Stalin
Historia y crítica de una leyenda negra

Con un ensayo de Luciano Canfora

Traducción de Antonio Antón Fernández

El Viejo Topo

Agredecimientos

En la investigación bibliográfica me han ayudado Bruno Böröcz y Eric Le Lenn, en la corrección de los borradores Paolo Ercolani y Giorgio Grimaldi. Mi agradecimiento para todos ellos.

Sumario

Preámbulo. El giro radical en la historia de la imagen de Stalin 13

DE LA GUERRA FRÍA AL INFORME KRUSCHOV 13

En pos de una comparativa global 20

1. Cómo arrojar un dios al infierno: el Informe Kruschov 25

Un «enorme, siniestro, caprichoso y degenerado monstruo humano» 25

La Gran guerra patriótica y las «invenciones» de Kruschov 28

Una serie de campañas de desinformación y la operación Barbarroja 31

El rápido desenlace y fracaso de la guerra-relámpago 35

La carencia de «sensatez» y las «deportaciones en masa de pueblos enteros» 43

El culto de la personalidad en Rusia; de Kerensky a Stalin 50

2. Los bolcheviques, del conflicto ideológico a la guerra civil 55

La Revolución rusa y la dialéctica de Saturno 55

El ministerio de Exteriores «cierra la ventanilla» 58

El ocaso de la «economía del dinero» y de la «moral mercantil» 64

«No más distinciones entre tuyo y mío»: la disolución de la familia 73

La condena de la «política de jefes» o la «transformación del poder en amor» 75

El asesinato de Kírov: ¿complot de los poderosos o terrorismo? 81

Terrorismo, golpe de Estado y guerra civil 86

Conspiración, infiltración en el aparato estatal y «lenguaje esópico» 89

Infiltración, desinformación y llamados a la insurrección 95

Guerra civil y maniobras internacionales 98

Entre «derrocamiento bonapartista», «golpes de Estado» y desinformación: el caso Tuchačevsky 104

Tres guerras civiles 108

3. Entre el siglo veinte y las raíces históricas previas, entre historia del marxismo e historia de Rusia: los orígenes del “estalinismo” 111

Una catástrofe anunciada 111

El Estado mso salvado por los defensores de la «extinción del Estado» 116

Stalin y la conclusión del Segundo período de desórdenes 119

Utopía exaltada y prolongación del estado de excepción 122

Del universalismo abstracto a la acusación de traición 127

La dialéctica de la revolución y la génesis del universalismo abstracto 131

Universalidad abstracta y terror en la Rusia soviética 135

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje 139

4. La andadura compleja y contradictoria de la era de Stalin 144

Del nuevo impulso de la «democracia soviética» a la «noche de San Bartolomé» 144

Del «democratismo socialista» al Gran terror 152

Del «socialismo sin dictadura del proletariado» a la vuelta de tuerca de la Guerra fría 155

¿Burocratismo o «fe furiosa» ? 158

Un universo concentracionario rico en contradicciones 166

Siberia zarista, “Siberia” de la Inglaterra liberal y Gulag soviético 174

El universo concentracionario en la Rusia soviética y en el Tercer Reich 177

Gulag, Konzentratiomlager y el “Tercero ausente” 182

El despertar nacional en Europa oriental y en las colonias: dos respuestas antitéticas 187

¿Totalitarismo o dictadura desarrollista? 191

5. Olvido de la historia y construcción de una mitología. Stalin y Hitler como monstruos gemelos 199

Guerra fría y reductio ad Hitlerum del nuevo enemigo 199

El culto negativo de los héroes 202

El teorema de las afinidades electivas entre Stalin y Hitler 206

El holocausto ucraniano equiparado al holocausto judío 218

La hambmna terrorista en la historia del Occidente liberal 225

Simetrías perfectas y autoabsoluciones: ¿antisemitismo de Stalin? 229

Antisemitismo y racismo colonial: la polémica Churchill-Stalin 235

Trotsky y la acusación a Stalin de antisemitismo 237

Stalin y la condena del antisemitismo zarista y nazi 242

Stalin y el apoyo a la fundación y consolidación de Israel 246

El viraje de la Guerra fría y el chantaje al matrimonio Rosenberg 252

Stalin, Israel y las comunidades judías de Europa oriental 255

La cuestión del «cosmopolitismo» 260

Stalin en la «corte» de los judíos, los judíos en la «corte» de Stalin 266

De Trotsky a Stalin, del monstmo “semita” al monstruo “antisemita” 268

6. Psicopatología, moral e historia en la lectura de la era de Stalin 270

Geopolítica, terror y “paranoia” de Stalin 270

La “paranoia” del Occidente liberal 277

¿“Inmoralidad” o indignación moral? 280

La reductio ad Hitlerum y sus variantes 287

Conflictos trágicos y dilemas morales 294

La Katyn soviética y la “Katyn” estadounidense y surcoreana 300

Ineludibilidad y complejidad del juicio moral 303

Stalin, Pedro el Grande y el «nuevo Lincoln» 304

7. La imagen de Stalin entre historia y mitología 310

Las diversas fuentes historiográficas de la imagen actual de Stalin 310

Otras cuestiones sobre la imagen de Stalin 313

Motivos contradictorios en la demonización de Stalin 318

Lucha política y mitología entre Revolución francesa y Revolución de Octubre 322

8. Demonización y hagiografía en la interpretación del mundo contemporáneo 328

Del olvido del Segundo período de desórdenes en Rusia al olvido del Siglo de las humillaciones en China 328

La obliteración de la guerra y la producción en serie de monstruos gemelos de Hitler 335

Socialismo y nazismo, arios y anglo-celtas 338

El Nuremberg anticomunista y la negación del principio de tu quoque 343

Demonización y hagiografía: el ejemplo del «más grande historiador moderno vivo» 350

Revoluciones abolicionistas y demonización de los «blancófagos» y de los bárbaros 353

¿La historia universal como «grotesca sucesión de monstruos» y como «teratología»? 356

De Stalin a Gorbachov: cómo acaba un imperio
Por Luciano Canfora 365

Bibliografía 383

Índice onomástico 395

Resumen

Notas a pie de página

Preámbulo
El giro radical en la historia de la imagen de Stalin

De la guerra fría al Informe Kruschov

Tras la desaparición de Stalin se sucedieron imponentes manifestaciones de duelo: en el transcurso de su agonía «millones de personas se agolparon en el centro de Moscú para rendir el último homenaje» al líder que estaba muriendo; el 5 de marzo de 1953, «millones de ciudadanos lloraron la pérdida como si se tratase de un luto personal»1. La misma reacción se produjo en los rincones más recónditos de todo el país, por ejemplo en un «pequeño pueblo» en el que, apenas se supo de lo ocurrido, se cayó en un luto espontáneo y coral2. La «consternación general» se difundió más allá de las fronteras de la URSS: «Por las calles de Budapest y de Praga muchos lloraban»3.

A miles de kilómetros del campo socialista, también en Israel la reacción fue de luto: «Todos los miembros del MAPAM, sin excepción, lloraron»; se trataba del partido al que pertenecían «todos los líderes veteranos» y «casi todos los ex-combatientes». Al dolor siguió la zozobra: «El sol se ha puesto» titulaba el periódico del movimiento de los kibbutz, “Al-Hamishmar”. Tales sentimientos fueron durante cierto tiempo compartidos por personajes de primera línea del aparato estatal y militar: «Noventa oficiales que habían participado en la guerra del ‘48, la gran Guerra de independencia de los judíos, se unieron en una organización clandestina armada filo-soviética [aparte de filo-estalinista] y revolucionaria. De estos, once ascendieron a generales y uno a ministro, y todavía hoy son honrados como padres de la patria de Israel»4.

En Occidente, entre los que homenajearon al líder desaparecido no se encontraban solamente los dirigentes y militantes de los partidos comunistas ligados a la Unión Soviética. Un historiador (Isaac Deutscher), que por lo demás era un ferviente admirador de Trotsky, escribió un una necrológica llena de reconocimientos:

Tras tres decenios, el rostro de la Unión Soviética se ha transformado completamente. Lo esencial de la acción histórica del estalinismo es ésto: se ha encontrado con una Rusia que trabajaba la tierra con arados de madera, y la deja siendo dueña de la pila atómica. Ha alzado a Rusia hasta el grado de segunda potencia industrial del mundo, y no se trata solamente de una cuestión de mero progreso material y de organización. No se habría podido obtener un resultado similar sin una gran revolución cultural en la que se ha enviado al colegio a un país entero para impartirle una amplia enseñanza.

En definitiva, aunque condicionado y en parte desfigurado por la herencia asiática y despótica de la Rusia zarista, en la URSS de Stalin «el ideal socialista tenía una innata, compacta integridad».

En este balance histórico no había ya sitio para las feroces acusaciones dirigidas en su momento por Trotski al líder desaparecido. ¿Qué sentido tenía condenar a Stalin como traidor al ideal de la revolución mundial y preconizador del socialismo en un sólo país, en un momento en el que el nuevo orden social se expandía por Europa y Asia y la revolución rompía su «cascarón nacional»?5 Ridiculizado por Trotsky como un «pequeño provinciano transportado, como si de un chiste de la historia se tratase, al plano de los grandes acontecimientos mundiales»6, en 1950 Stalin había surgido, en opinión de un ilustre filósofo (Alexandre Kojève), como encarnación del hegeliano espíritu del mundo y había sido por tanto llamado a unificar y a dirigir la humanidad, recurriendo a métodos enérgicos y combinando en su práctica sabiduría y tiranía7.

Al margen de los ambientes comunistas, es decir de la izquierda filo-comunista, y pese al recrudecimiento de la Guerra Fría y la persistencia de la guerra caliente en Corea, en Occidente la muerte de Stalin dio pie a necrológicas por lo general «respetuosas» o «equilibradas»: en aquél momento «él era todavía considerado un dictador relativamente benigno e incluso un estadista, y en la conciencia popular persistía el recuerdo afectuoso del “tío Joe”, el gran líder de la guerra que había guiado a su pueblo a la victoria sobre Hitler y había ayudado a salvar a Europa de la barbarie nazi»8. No habían menguado aún las ideas, impresiones y emociones de los años de la Gran Alianza contra el Tercer Reich y sus aliados, en la medida en que -recordaba Deutscher en 1948- «estadistas y generales extranjeros fueron conquistados por el excepcional dominio con el que Stalin se ocupaba de todos los detalles técnicos de su maquinaria de guerra»9.

Entre las personalidades “conquistadas” se encontraba también aquél que en su momento había defendido una intervención militar contra el país de la Revolución de Octubre, esto es, Winston Churchill, que a propósito de Stalin se había expresado reiteradas veces en estos términos: «Este hombre me gusta»10. En ocasión de la Conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el estadista inglés había saludado al homólogo soviético como «Stalin el Grande»: era digno heredero de Pedro el Grande; había salvado a su país, preparándolo para derrotar a los invasores11. Ciertos aspectos habían fascinado también a Averell Harriman, embajador estadounidense en Moscú entre 1943 y 1946, que siempre había retratado al líder soviético de manera bastante positiva en el plano militar: «Me parecía mejor informado que Roosevelt y más realista que Churchill, en cierto modo el más eficiente de los líderes de la contienda»12. En términos incluso enfáticos se había expresado en 1944 Alcide De Gasperi, que había celebrado «el mérito inmenso, histórico, secular, de los ejércitos organizados por el genio de José Stalin». Tampoco los reconocimientos del eminente político italiano se limitaban al plano meramente militar:

Cuando veo que Hitler y Mussolini perseguían a los hombres por su raza, e inventaban aquella terrible legislación antijudía que conocemos, y contemplo cómo los rusos, compuestos por 160 razas diferentes, buscan la fusión de éstas, superando las diferencias existentes entre Asia y Europa, este intento, este esfuerzo hacia la unificación de la sociedad humana, dejadme decir: esto es cristiano, esto es eminentemente universalista en el sentido del catolicismo13.

El prestigio del que Stalin había gozado y continuaba gozando entre los grandes intelectuales no era ni menos intenso ni menos generalizado. Harold J. Laski, prestigioso exponente del partido laborista inglés, conversando en otoño de 1945 con Norberto Bobbio, se había declarado «admirador de la Unión Soviética» y de su líder, describiéndolo como alguien «muy sabio» (très sage)14. En aquél mismo año Hannah Arendt había dejado escrito que el país dirigido por Stalin se había distinguido por el «modo, completamente nuevo y exitoso, de afrontar y armonizar los conflictos entre nacionalidades, de organizar poblaciones diferentes sobre la base de la igualdad nacional»; se trataba de una suerte de modelo, era algo «al que todo movimiento político y nacional debería prestar atención»15.

A su vez, escribiendo poco antes y poco después del final de la segunda guerra mundial, Benedetto Croce había reconocido a Stalin el mérito de haber promovido la libertad no sólo a nivel internacional, al haber contribuido a la lucha contra el nazifascismo, sino también en su propio país. Sí, dirigiendo la URSS se encontraba «un hombre dotado de genio político», que desarrollaba una función histórica en conjunto positiva: respecto a la Rusia pre-revolucionaria «el sovietismo ha sido un progreso de libertad», así como «en relación con el régimen feudal» también la monarquía absoluta fue «un progreso de la libertad que generó ulteriores y mayores progresos de ésta». Las dudas del filósofo liberal se concentraban sobre el futuro de la Unión Soviética, sin embargo estas mismas, por contraste, resaltaban aún más la grandeza de Stalin: había ocupado el lugar de Lenin, de modo que a un genio le había seguido otro, ¿pero qué sucesores depararía a la URSS «la Providencia»?16

Aquellos que, con el comienzo de la crisis de la Gran Alianza, comenzaban a aproximar la Unión Soviética de Stalin y la Alemania de Hitler, habían sido duramente reprobados por Thomas Mann. Lo que caracterizaba al Tercer Reich era la «megalomanía racial» de la sedicente «raza de Señores», que había puesto en marcha una «diabólica política de despoblación», y antes, de extirpación de la cultura en los territorios conquistados. Hitler se había limitado así a la máxima de Nietzsche: «Si se desean esclavos es estúpido educarlos como amos». La orientación del «socialismo ruso» era directamente la contraria; difundiendo masivamente instrucción y cultura, había demostrado no querer «esclavos», sino más bien «hombres pensantes», y por tanto, pese a todo, había estado dirigida «hacia la libertad». Resultaba por consiguiente inaceptable la aproximación entre los dos regímenes. Es más, aquellos que argumentaban así podían ser sospechosos de complicidad con el fascismo que pretendían condenar:

Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad; en el peor es fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata, pero en verdad y en el fondo de su corazón es en realidad ya un fascista, y desde luego sólo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita, mientras deja todo su odio para el comunismo17.

Después estalló la guerra fría y, al publicar su libro sobre el totalitarismo, Arendt llevaría a cabo en 1951 precisamente aquello que Mann denunciaba. Y sin embargo, casi simultáneamente, Kojève señalaba a Stalin como el protagonista de un giro histórico decididamente progresivo y de dimensiones planetarias. En el mismo Occidente la nueva verdad -el nuevo motivo ideológico de la lucha ecuánime contra las diferentes manifestaciones del totalitarismo-, tenía aún dificultades en afianzarse.

En 1948 Laski había reafianzado en cierto modo el punto de vista expresado tres años antes: para definir a la URSS retomaba una categoría utilizada por otra representante de primer nivel del laborismo inglés, Beatrice Webb, que ya en 1931, aunque también durante la segunda guerra mundial y hasta su muerte, había hablado del país soviético en términos de «nueva civilización». Sí -confirmaba Laski-, con el formidable impulso dado a la promoción social de las clases durante tanto tiempo explotadas y oprimidas, y con la introducción en la fábrica y en los puestos de trabajo de nuevas relaciones que ya no se apoyaban en el poder soberano de los propietarios de los medios de producción, el país guiado por Stalin había despuntado como el «pionero de una nueva civilización». Desde luego ambos se habían apresurado a precisar que sobre la «nueva civilización» que estaba surgiendo todavía pesaba el lastre de la «Rusia bárbara». Esta se expresaba en formas despóticas, pero -subrayaba en especial Laski- para formular un juicio correcto sobre la Unión Soviética era necesario no perder de vista un hecho esencial: «Sus líderes llegaron al poder en un país acostumbrado a una tiranía sangrienta» y estaban obligados a gobernar en una situación caracterizada por un «estado de sitio» más o menos permanente y por una «guerra en potencia o en acto». Además, en situaciones de crisis aguda, también Inglaterra y los Estados Unidos habían limitado de manera más o menos drástica las libertades tradicionales18.

Al referirse a la admiración expresada por Laski respecto a Stalin y al país dirigido por él, Bobbio escribirá mucho más tarde: «Al día siguiente de una victoria contra Hitler, a la cuál los soviéticos habían contribuido de manera determinante con la batalla de Stalingrado, [tal declaración] no me impresionó especialmente». En realidad, en el intelectual laborista inglés el homenaje rendido a la URSS y a su líder iban bastante más allá del plano militar. Por otro lado, ¿difería tanto de la posición del filósofo turinés en aquél momento? En 1954 este último publicaba un ensayo que señalaba como mérito de la Unión Soviética (y de los Estados socialistas) el haber «iniciado una nueva fase de progreso civil en países políticamente atrasados, introduciendo instituciones tradicionalmente democráticas: de democracia formal, como el sufragio universal y la elegibilidad de los cargos, y de democracia substancial, como la colectivización de los instrumentos de producción»; se trataba entonces de arrojar «una gota de aceite [liberal] en la maquinaria de la revolución ya realizada»19. Como se puede ver, el juicio expresado sobre el país todavía de luto por la muerte de Stalin era todo menos negativo.

En 1954 todavía latía en el pensamiento de Bobbio la herencia del socialismo liberal. Pese a subrayar con fuerza el valor irrenunciable de la libertad y de la democracia, en los años de la guerra de España Cario Rosselli había contrapuesto negativamente los países liberales («La Inglaterra oficial está con Franco, mata de hambre Bilbao») a una Unión Soviética empeñada en ayudar a la República española agredida por el nazifascismo20*. Tampoco se trataba solamente de la política internacional. Frente a un mundo caracterizado por la «fase del fascismo, de las guerras imperialistas y de la decadencia capitalista», Cario Rosselli había puesto el ejemplo de un país que, pese a estar todavía bien lejos de un socialismo democrático maduro, en todo caso había dejado atrás el capitalismo y representaba «un capital de valiosas experiencias» para cualquiera comprometido con la construcción de una sociedad mejor: «Hoy, con la gigantesca experiencia rusa [...] disponemos de un material positivo inmenso. Todos sabemos qué significa revolución socialista, organización socialista de la producción»21.

En conclusión, durante todo un período histórico, en círculos que iban bastante más allá del movimiento comunista, el país guiado por Stalin, así como el mismo Stalin, gozaron de interés y simpatía, de estima y quizás incluso de admiración. Desde luego, hay que contar con la grave desilusión provocada por el pacto con la Alemania nazi, pero Stalingrado ya se había ocupado de borrarla. Es por esto por lo que en 1953, y en los años siguientes, el homenaje al líder desaparecido unió al campo socialista, pareció por momentos fortalecer al movimiento comunista pese a las anteriores pérdidas, y acabó en cierto modo teniendo eco en el mismo Occidente liberal, que se había volcado ya en una Guerra fría dirigida por ambas partes, sin concesiones. No es casual que, en el discurso de Fulton en el que había dado comienzo oficialmente a la Guerra fría, Churchill se expresara de este modo: «Siento gran admiración y respeto por el valiente pueblo ruso y por mi compañero en tiempos de guerra, el mariscal Stalin»22. No hay duda; según aumentaba en intensidad la guerra fría, los tonos se iban haciendo más ásperos. Y sin embargo, todavía en 1952, un gran historiador inglés que había trabajado al servicio del Foreign Office, Arnold Toynbee, había podido permitirse comparar al líder soviético con «un hombre de genio: Pedro el Grande»; sí, «la prueba del campo de batalla ha acabado justificando el tiránico impulso de occidentalización tecnológica llevado a cabo por Stalin, tal y como ocurrió antes con Pedro el Grande». Es más, continuaba estando justificado incluso más allá de la derrota infligida al Tercer Reich: después de Hiroshima y Nagasaki, Rusia se encontraba de nuevo ante «la necesidad de acelerar la marcha para alcanzar a la tecnología occidental» que de nuevo la había «adelantado fulminantemente»23.

En pos de una comparativa global

De modo que, más aún que la Guerra fría, es otro acontecimiento histórico el que imprime un giro radical a la historia de la imagen de Stalin; el discurso de Churchill del 5 de marzo de 1946 tiene un papel menos importante que otro discurso, el pronunciado diez años después, para ser más exactos el 25 de febrero de 1956, por Nikita Kruschov en ocasión del XX Congreso del partido comunista de la Unión Soviética.

Durante más de tres decenios este Informe, que dibujaba el retrato de un dictador enfermizamente sanguinario, vanidoso y bastante mediocre -o incluso ridículo- en el plano intelectual, ha satisfecho a casi todos. Permitía al nuevo grupo dirigente que gobernaba la URSS el presentarse como el depositario único de la legitimidad revolucionaria en el ámbito del país, del campo socialista y del movimiento comunista internacional, que miraba a Moscú como su centro neurálgico. Reforzado en sus antiguas convicciones y con nuevos argumentos a disposición para emprender la Guerra fría, también Occidente tenía razones para estar satisfecho (o entusiasta). En los Estados Unidos la sovietología había manifestado la tendencia a desarrollarse alrededor de la CIA y otras agencias militares y de intelligence, previa eliminación de los elementos sospechosos de albergar simpatías por el país de la Revolución de Octubre24. Se había perfilado un proceso de militarización de la disciplina clave para el desarrollo de la Guerra fría; en 1949 el presidente de la American Historical Association había declarado: «No nos podemos permitir no ser ortodoxos», ya no se permitirá más la «pluralidad de objetivos y de valores». Es necesario aceptar «amplias medidas de alistamiento» puesto que la «guerra total, sea caliente o fría, nos recluta a cada uno de nosotros y nos llama a cumplir con nuestro deber. De esta obligación se libra tan poco el historiador como el físico»25. En 1956 no sólo no se disipa la fuerza de estas consignas, sino que a partir de entonces, una sovietología más o menos militarizada puede disfrutar de la comodidad y apoyo proveniente del mismo corazón del mundo comunista.

Es verdad; más que el comunismo en cuanto tal, el Informe Kruschov ponía bajo el dedo acusador a una única persona, pero en aquellos años era oportuno, también desde el punto de vista de Washington y de sus aliados, no ampliar demasiado el blanco, y concentrar el fuego sobre el país de Stalin. Con la firma del «pacto balcánico» de 1953, firmado con Turquía y Grecia, Yugoslavia se convirtió en una especie de miembro externo de la OTAN, y unos veinte años después también China cerrará con los EEUU una alianza defacto contra la Unión Soviética. Es a esta superpotencia a la que hay que aislar, y a la que se insta a realizar una “desestalinización” cada vez más radical, hasta quedar privada de toda identidad y autoestima, y tener que resignarse a la capitulación y a la disolución final.

Finalmente, gracias a las “revelaciones” provenientes de Moscú, los grandes intelectuales podían olvidar tranquilamente el interés, la simpatía e incluso la admiración con la que habían mirado hacia la URSS estaliniana. Además de estos, también los intelectuales que tenían en Trotsky su punto de referencia encontraron consuelo en aquellas “revelaciones”. Durante mucho tiempo había sido este último quien había encarnado, a ojos de los enemigos de la Unión Soviética, la ignominia del comunismo, y el que había sido el representante privilegiado del “exterminador”, es más, el «exterminador judío» (víd. infra, pp. 268); todavía en 1933, exiliado ya desde hacía algunos años, para Spengler Trotsky continuaba representando al «bolchevique asesino de masas» (bolschewistischer Massenmórder)26. A partir del giro realizado en el XX Congreso del PCUS, en el museo de los horrores se colocó solamente a Stalin y sus colaboradores más estrechos. Sobre todo, ejerciendo su influencia bastante más allá del ámbito trotskista, el Informe Kruschov cumplía una función de consuelo en los ambientes de cierta izquierda marxista, que se sentía así exonerada de la penosa obligación de repensar la teoría del Maestro y la historia de los efectos desplegados por ella. Es cierto, en vez de extinguirse, en los países gobernados por comunistas el Estado se encontraba bastante sobredimensionado; lejos de disolverse, las identidades nacionales cumplían un papel cada vez más importante en los conflictos que llevarían al desmembramiento y entierro definitivo del campo socialista; no se vislumbraba signo alguno de superación del dinero o del mercado, que con el desarrollo económico acaso tendían a expandirse. Sí, todo era incontestable, pero la culpa era... ¡de Stalin y del “estalinismo”! Y por lo tanto no había razones para poner en discusión las esperanzas o certezas que habían acompañado a la revolución bolchevique y que remitían a Marx.

Pese a encontrarse en posiciones contrapuestas, estas áreas político-ideológicas elaboraban una imagen de Stalin a partir de abstracciones colosales, arbitrarias. En la izquierda se procedía a una virtual eliminación de la historia del bolchevismo, y con mayor razón de la historia del marxismo, de aquél que durante más tiempo que ningún otro había ejercido el poder en el país surgido de la revolución preparada y llevada a cabo según las ideas de Marx y Engels. A su vez, los anticomunistas sobrevolaban con desenvoltura tanto la historia de la Rusia zarista como la historia de la Segunda guerra de los treinta años, en cuyo ámbito se coloca el desarrollo contradictorio y trágico de la Rusia soviética y de los tres decenios estalinianos. Y así cada una de las diferentes áreas político-ideológicas tomaba impulso del discurso de Kruschov para cultivar su propia mitología, ya se tratase de la pureza de Occidente, o de la pureza del marxismo y del bolchevismo. El estalinismo era el terrible término de comparación que permitía a cada uno de los antagonistas el auto-celebrarse, por contraste, en su infinita superioridad moral e intelectual.

Basadas en abstracciones notablemente diferentes entre ellas, estas lecturas acababan sin embargo produciendo cierta convergencia metodológica. Al investigar el terror sin prestar demasiada atención a la situación objetiva, lo reducían a la iniciativa de una única personalidad o de una restringida clase dirigente, decidida a reafirmar por todos los medios su poder absoluto. A partir de tal presupuesto, si se podía comparar a alguna otra gran personalidad política, esta sólo podía ser la de Hitler; por consiguiente, para el fin de la comprensión de la URSS estaliniana, la única comparación posible era con la Alemania nazi. Es un motivo que se repite ya a finales de los años treinta con Trotsky, que recurre repetidas veces a la categoría de «dictadura totalitaria» y, en el ámbito de este genus, distingue, por un lado, la species «estalinista» y, por el otro, la «fascista» (y sobre todo la hitleriana)27, recurriendo a una contextualización que se convertirá después en el sentido común de la Guerra fría y en la ideología hoy dominante.

¿Es convincente este modo de argumentar, o conviene más bien recurrir a una comparativa global, sin perder de vista ni la historia de Rusia en su totalidad ni los países implicados en la Segunda guerra de los treinta años? Es verdad, de este modo se procede a una comparación entre países y líderes con características bastante diferentes entre ellas; pero tal diversidad, ¿debe explicarse exclusivamente a través de las ideologías, o juega también un papel importante la situación objetiva, es decir, la colocación geopolítica y el bagaje histórico de cada uno de los países implicados en la Segunda guerra de los treinta años? Cuando hablamos de Stalin, nuestro pensamiento nos lleva inmediatamente a la personalización del poder, al universo concentracionario, a la deportación de grupos étnicos enteros. Sin embargo, estos fenómenos y prácticas, ¿remiten solamente a la Alemania nazi, aparte de la URSS, o se manifiestan también en otros países, en modalidades diferentes según la mayor o menor intensidad del estado de excepción y de su duración más o menos extensa, incluidos aquellos con una tradición liberal más consolidada? Desde luego, no se debe perder de vista el papel de las ideologías; pero la ideología de la que Stalin se reclama heredero, ¿puede realmente equipararse a la que inspira a Hitler, o en este campo, llevada a cabo sin prejuicios, la comparación acaba produciendo resultados inesperados? En perjuicio de los teóricos de la “pureza”, debe tenerse en cuenta que un movimiento o régimen político no puede ser juzgado en base a la excelencia de los ideales en los que declara inspirarse: en la valoración de estos mismos ideales no podemos pasar por alto la Wirkungsgeschichte, la «historia de los efectos» producidos por ellos; pero tal aproximación, ¿debe aplicarse globalmente, o solamente al movimiento que se inspiró en Lenin o Marx?

Estos interrogantes se muestran superfluos o incluso engañosos a aquellos que omiten el problema de la cambiante imagen de Stalin basándose en la creencia de que Kruschov habría sacado a la luz finalmente la verdad oculta. No obstante, daría muestra de una total despreocupación metodológica el historiador que quisiese considerar 1956 como el año de la revelación definitiva y última, sorteando descaradamente los conflictos e intereses que estimulaban la campaña de desestalinización y sus diversos aspectos, y que aún antes habían animado la sovietología de la Guerra fría. El contraste radical entre las diversas imágenes de Stalin debería animar al historiador no sólo a no absolutizar una sola, sino más bien a problematizarlas todas.

1
Cómo arrojar un dios al infierno
el Informe Kruschov

Un «enorme, siniestro, caprichoso y degenerado monstruo humano»

Si analizamos hoy Sobre el culto de la personalidad y sus consecuencias, leído por Kruschov en una reunión a puerta cerrada del Congreso del PCUS, y célebre después bajo el nombre de Informe secreto, un detalle llama inmediatamente la atención: estamos en presencia de un discurso reprobatorio que se propone liquidar a Stalin en todos los aspectos. El responsable de tantos crímenes horrendos era un individuo despreciable tanto en el plano moral como en el plano intelectual. Aparte de despiadado, el dictador era también ridículo: conocía el campo y la situación agrícola «sólo a través de las películas», películas que por lo demás «embellecían» la realidad hasta el punto de hacerla irreconocible28. Más que por una lógica política o de Realpolitik, la represión sangrienta desencadenada por él habría sido dictada por el capricho personal y por una patológica libido dominandi. Surgía así -observaba satisfecho Deutscher en junio de 1956, sacudido por las “revelaciones” de Kruschov y olvidando así el respetuoso y a ratos admirado retrato de Stalin realizado por él mismo tres años antes- el retrato de un «enorme, siniestro, caprichoso y degenerado monstruo humano»29. El despiadado déspota había carecido hasta tal punto de escrúpulos que se sospechaba hubiese tramado el asesinato del que era -o parecía ser- su mejor amigo, Kírov, para poder acusar de este crimen y liquidar así uno tras otro a sus opositores, reales o potenciales, verdaderos o imaginarios30. La despiadada represión tampoco se había cebado solamente con individuos y grupos políticos. No, ésta había conllevado «las deportaciones en masa de enteras poblaciones», arbitrariamente acusadas y condenadas en bloque por connivencia con el enemigo. ¿Habría al menos contribuido Stalin a salvar a su país y al mundo del horror del Tercer Reich? Al contrario -apremiaba Kruschov- la Gran guerra patriótica se había ganado pese a la locura del dictador: que inicialmente las tropas del Tercer Reich hubiesen conseguido penetrar tan profundamente en el territorio soviético, sembrando tanta muerte y destrucción, fue solamente a causa de su imprevisión, su obstinación y su ciega confianza en Hitler.

Sí: por culpa de Stalin la Unión Soviética había acudido a la trágica cita sin preparación e indefensa: «Empezamos a modernizar nuestro equipamiento militar sólo en vísperas de la guerra [...]. Al comenzar la guerra carecíamos también de un número suficiente de fusiles para armar a los efectivos movilizados». Como si todo ello no bastase, «después de las primeras derrotas y los primeros desastres en el frente» el responsable de todo ello se había abandonado al abatimiento e incluso a la apatía. Vencido por la sensación de derrota («Todo lo que Lenin ha creado lo hemos perdido para siempre»), incapaz de reaccionar, Stalin «se abstuvo durante mucho tiempo de dirigir las operaciones militares, y dejó de ocuparse de cualquier cosa»31. Es verdad, transcurrido cierto tiempo, plegándose finalmente a la insistencia de los otros miembros del Buró Político, había vuelto a su puesto. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! Aquél que dirigió monocráticamente la Unión Soviética, también en el plano militar, cuando ésta se enfrentaba a una prueba mortal, había sido un dictador tan incompetente que no tenía «familiaridad alguna con la dirección de operaciones militares». Es un cargo en el que el Informe secreto insiste con fuerza: «Es necesario tener en cuenta que Stalin preparaba sus maniobras en un mapamundi. Sí, compañeros, él señalaba la línea del frente en un mapamundi»32. Pese a todo, la guerra concluyó favorablemente; y, sin embargo, la paranoia sanguinaria del dictador se había agravado ulteriormente. Llegados a este punto se puede considerar completo el retrato del «degenerado monstruo humano» que emerge, según la observación de Deutscher, del Informe secreto.

Habían transcurrido apenas tres años desde las manifestaciones de aflicción provocadas por la muerte de Stalin, y tan fuerte y persistente era todavía su popularidad que, al menos en la URSS, la campaña lanzada por Kruschov encontró inicialmente una «fuerte resistencia»:

El 5 de marzo de 1956, en ocasión del tercer aniversario de su muerte los estudiantes de Tiflis salieron a la calle para colocar flores en el monumento dedicado a Stalin, y este gesto en honor a Stalin se transformó en una protesta contra las deliberaciones del XX Congreso. Las manifestaciones y asambleas continuaron realizándose durante cinco días, hasta que la tarde del 9 de marzo, se enviaron tanques a la ciudad para restaurar el orden.33

Quizás esto da cuenta de las características del texto que estamos examinando. En la URSS y en el campo socialista se estaba librando una enconada lucha política, y el retrato caricaturesco de Stalin servía perfectamente para deslegitimar a los “estalinistas” que podían hacer sombra al nuevo líder. El «culto a la personalidad», que había reinado hasta aquel momento, no permitía juicios matizados: un dios debía ser arrojado al infierno. Algún decenio antes, en el transcurso de otra batalla política, de características diferentes pero no menos intensa, Trotsky había esbozado también él un retrato de Stalin dirigido no solamente a condenarlo en el plano político y moral, sino también con la intención de ridiculizarlo en el plano personal: había sido un «pequeño provinciano», un individuo caracterizado desde el comienzo por una irremediable mediocridad y torpeza, que daba a menudo una pésima imagen tanto en el ámbito político, como en el militar e ideológico, y que nunca conseguía desembarazarse de la «tosquedad del campesino». Desde luego, en 1913 había publicado un ensayo de innegable valor teórico (El marxismo y la cuestión nacional), aunque el auténtico autor era Lenin, mientras que aquél que firmaba el texto debía entrar en la categoría de «usurpadores» de los «derechos intelectuales» del gran revolucionario.

Entre los dos retratos no faltan puntos de encuentro. Kruschov insinúa que el auténtico instigador del asesinato de Kírov había sido Stalin, y este último había sido acusado (o al menos considerado sospechoso) por Trotsky de haber acelerado, con «ferocidad mongólica», la muerte de Lenin34. El Informe secreto reprocha a Stalin la cobarde evasión de sus responsabilidades a comienzos de la agresión nazi, pero el 2 de septiembre de 1939, antes aún de la operación Barbarroja, Trotsky había escrito que «la nueva aristocracia» en el poder se caracterizaba por «su incapacidad para comandar una guerra»; la «casta dominante» en la Unión Soviética estaba destinada a adoptar la actitud «propia de todos los regímenes destinados al ocaso: “después de nosotros, el diluvio”»35.

Ampliamente convergentes entre ellos, ¿hasta qué punto estos dos retratos resisten la contrastación histórica? Conviene empezar a analizar el Informe secreto, que, hecho oficial por un Congreso del PCUS y por los máximos dirigentes del partido gobernante, se impone rápidamente como la revelación de una verdad largamente ocultada, pero ya incontestable.

La Gran guerra patriótica y las «invenciones» de Kruschov

A partir de Stalingrado y de la derrota infligida al Tercer Reich (una potencia que parecía invencible), Stalin había adquirido un enorme prestigio en todo el mundo. Y no es casual que Kruschov se detenga en este punto. El nuevo dirigente describe en términos catastróficos la falta de preparación militar de la Unión Soviética, cuyo ejército, en algunos casos, habría carecido incluso del armamento más elemental. Directamente opuesta es la imagen que surge de una investigación que parece provenir de los ambientes de la Bundeswehr* y que en todo caso recurre ampliamente a sus archivos militares. Se describe la «múltiple superioridad del Ejército Rojo en infantería mecanizada, aviones y artillería»; por otro lado, «la capacidad industrial de la Unión Soviética había alcanzado dimensiones tales como para procurar a las fuerzas armadas soviéticas un armamento casi inimaginable». Este crece a ritmos cada vez más intensos según se acerca la operación Barbarroja. Un dato es especialmente revelador: si en 1940 la Unión Soviética fabricaba 358 carros de combate del tipo más avanzado, netamente superiores a aquellos disponibles para otros ejércitos, en el primer semestre del año siguiente fabricaba 1.50336. A su vez, los documentos provenientes de los archivos rusos demuestran que, al menos en los dos años inmediatamente anteriores a la agresión del Tercer Reich, Stalin está literalmente obsesionado con el problema del «incremento cuantitativo» y de la «mejora cualitativa de todo el aparato militar». Algunos datos son de por sí elocuentes: si en el primer plan quinquenal llegan al 5,4 % del gasto estatal, en 1941 los presupuestos para la defensa suben hasta el 43,4 %; «en septiembre de 1939, siguiendo órdenes de Stalin, el Politburó tomó la decisión de construir antes de 1941 nueve fábricas nuevas para la fabricación de aviones»; en el momento de la invasión nazi «la industria había producido 2.700 aviones modernos y 4.300 carros de combate»37. A juzgar por estos datos, pueden decirse muchas cosas, excepto que la URSS haya llegado poco preparada a la trágica cita con la guerra.

Por otro lado, han pasado ya diez años desde que una historiadora norteamericana asestara un duro golpe al mito del derrumbe moral y evasión de responsabilidades por parte del dirigente soviético apenas iniciada la invasión nazi: «pese al impacto inicial, el día del ataque Stalin convocó una reunión de once horas con los dirigentes del partido, del gobierno y del ejército, y en los días siguientes hizo lo mismo»38. El caso es que ahora tenemos acceso al registro de los visitantes del despacho de Stalin en el Kremlin, descubierto a comienzos de los años noventa: parece ser que desde las horas inmediatamente siguientes a la agresión militar, el líder soviético se sumerge en una incesante sucesión de reuniones e iniciativas para organizar la resistencia. Son días y noches caracterizadas por una «actividad [...] extenuante», pero ordenada. En cualquier caso, «todo el episodio [narrado por Kruschov] es una completa invención», esta «historia es falsa»39. En realidad desde comienzos de la operación Barbarroja, Stalin no sólo toma las decisiones más comprometedoras, dando órdenes para el traslado de la población y de las instalaciones industriales lejos del frente, sino que «controla todo de manera minuciosa, desde el tamaño y forma de las bayonetas hasta los autores y títulos de los artículos de “Pravda”»40. No hay pruebas de pánico ni de histeria. Leamos la correspondiente entrada del diario de Dimitrov: «A las 7 de la mañana me han reclamado con urgencia en el Kremlin. Alemania ha atacado a la URSS. Ha comenzado la guerra [...]. Sorprendente calma, firmeza y seguridad en Stalin y en todos los demás». Sorprende todavía más la claridad de ideas. No se trata solamente de proceder a la «movilización general de nuestras fuerzas». Es necesario también definir la situación política. Sí, «solamente los comunistas pueden vencer a los fascistas», dando fin a la ascensión aparentemente imparable del Tercer Reich, pero no hay que perder de vista la naturaleza real del conflicto: «Los partidos [comunistas] impulsan sobre el terreno un movimiento en defensa de la URSS. No plantean la cuestión de la revolución socialista. El pueblo soviético combate una guerra patriótica contra la Alemania fascista. El problema es la derrota del fascismo, que ha sometido a una serie de pueblos e intenta someter a otros»41.

La estrategia política que habría precedido a la Gran guerra patriótica está claramente trazada. Ya algunos meses antes Stalin había subrayado que al expansionismo aplicado por el Tercer Reich «en pos del sometimiento, de la sumisión de otros pueblos», estos respondían con justificadas guerras de resistencia y liberación nacional (infra, p. 214). Por otro lado, a aquellos que escolásticamente oponían patriotismo e internacionalismo, la Internacional comunista había replicado ya antes de la agresión hitleriana, como demuestra la entrada del diario de Dimitrov del 12 de mayo de 1941, que

[e]s necesario desarrollar la idea que conjuga un sano nacionalismo, correctamente entendido, con el internacionalismo proletario. El internacionalismo proletario debe apoyarse en este nacionalismo de cada país [...]. Entre el nacionalismo correctamente entendido y el internacionalismo proletario no existe y no puede existir contradicción alguna. El cosmopolitismo sin patria, que niega el sentimiento nacional y la idea de patria, no tiene nada en común con el internacionalismo proletario.42

Lejos de ser una reacción improvisada y desesperada a la situación creada con el comienzo de la Operación Barbarroja, la estrategia de la Gran guerra patriótica señalaba una orientación teórica de carácter general madurada desde hacía tiempo: el internacionalismo y la causa internacional de la emancipación de los pueblos apuntaban concretamente hacia las guerras de liberación nacional, necesarias dada la pretensión de Hitler de retomar y radicalizar la tradición colonial, sometiendo y esclavizando en primer lugar a las supuestas razas serviles de Europa oriental. Son temas retomados en los discursos y declaraciones pronunciados por Stalin en el transcurso de la guerra: éstos constituyen «importantes piedras angulares en la clarificación de la estrategia militar soviética y sus objetivos políticos, y jugaron un papel importante a la hora de reforzar la moral popular»43; alcanzaron además una importancia también internacional, como observaba contrariado Goebbels a propósito del discurso radiado el 3 de julio de 1941, que «suscita enorme admiración en Inglaterra y en los EEUU»44.

Una serie de campañas de desinformación y la operación Barbarroja

Incluso en el estricto ámbito de la conducta militar, el Informe secreto ha perdido toda credibilidad. Según Kruschov, obviando las «advertencias» que de todos lados le llegaban sobre la inminencia de la invasión, Stalin se precipita hacia el desastre. ¿Qué decir de esta acusación? Mientras tanto, también las informaciones provenientes de un país amigo pueden resultar erróneas: por ejemplo, el 17 de junio de 1942 Franklin Delano Roosevelt pone sobre aviso a Stalin de un inminente ataque japonés, que después no se produce45. Y es que en los albores de la agresión nazi la URSS se ve obligada a orientarse entre gigantescas maniobras de distracción y desinformación. El Tercer Reich se dedica intensamente a hacer creer que la acumulación de tropas al este tiene como objetivo solamente el camuflar el inminente salto más allá del Canal de la Mancha, cosa que parecía bastante creíble después de la conquista de la isla de Creta. «Todo el aparato estatal y militar está movilizado», anota complacido Goebbels en su diario (31 de mayo de 1941), para escenificar la «primera gran oleada de mimetización» de la operación Barbarroja. Así, «14 divisiones son transportadas hacia el oeste»46; además, todas las tropas desplegadas sobre el frente occidental son puestas en estado de máxima alerta47. Unas dos semanas después la edición berlinesa del “Vólkischer Beobachter” publica un artículo que señala la ocupación de Creta como modelo para el proyectado ajuste de cuentas con Inglaterra: pocas horas después el original es secuestrado con el fin de dar la impresión de que haya sido desvelado a traición un secreto de gran importancia. Tres días después (14 de junio) Goebbels anota en su diario: «Las radios inglesas declaran ya que nuestro despliegue contra Rusia solamente es un bluff, detrás del cual buscábamos esconder nuestros preparativos para la invasión [de Inglaterra]»48. A esta campaña de desinformación Alemania añadía otra: se hacían circular voces según las cuales el despliegue militar en el este se proponía presionar a la URSS, llegado el caso recurriendo a un ultimátum, para que Stalin aceptase redefinir las cláusulas del pacto germano-soviético y se comprometiese a exportar mayor cantidad de cereales, petróleo y carbón, necesitados por un Tercer Reich inmerso en una guerra que no parecía concluir. Se quería por tanto hacer creer que la crisis se podía resolver con nuevas negociaciones y con alguna concesión suplementaria por parte de Moscú49. A esta conclusión llegaban en Gran Bretaña los servicios de información del ejército y los mandos militares, que todavía a fecha del 22 de mayo advertían a su Gabinete de guerra: «Hitler no ha decidido todavía si perseguir sus objetivos [la URSS] a través de la persuasión o con la fuerza de las armas»50. El 14 de junio Goebbels anota satisfecho en su diario: «En general creen todavía que puede ser un farol, o bien un intento de chantaje»51.

No se debe subestimar tampoco la campaña de desinformación escenificada en el lado opuesto y ya iniciada dos años antes: en noviembre de 1939 la prensa francesa publica un inexistente discurso (pronunciado frente al Politburó el 19 de agosto de ese mismo año) en el que Stalin habría expuesto un plan para debilitar Europa, promoviendo en su interior una guerra fratricida, para después sovietizarla. No hay dudas: se trata de un texto falso, que intentaba hacer saltar el pacto de no agresión germano-soviético y dirigir hacia el este la furia expansionista del Tercer Reich52. Según una difundida leyenda historiográfica, en la víspera de la agresión nazi el gobierno de Londres habría puesto en guardia a Stalin repetidas veces y de manera desinteresada, quien sin embargo, como buen dictador, se habría fiado solamente de su homólogo berlinés. En realidad, si por un lado comunica a Moscú las informaciones relativas a la operación Barbarroja, por el otro lado Gran Bretaña difunde rumores sobre un inminente ataque de la URSS contra Alemania o los territorios ocupados por ella53. Es evidente y comprensible el interés por hacer inevitable o acelerar el conflicto germano-soviético.

Entra en juego después el misterioso vuelo de Rudolf Hess a Inglaterra, claramente movido por la esperanza de reconstruir la unidad de Occidente en la lucha contra el bolchevismo, confiriendo así concreción al programa enunciado en Mein Kampf de alianza y solidaridad de los pueblos germánicos en su misión civilizadora. Los agentes soviéticos en el exterior informan al Kremlin de que el número dos del régimen nazi ha emprendido la iniciativa con la aquiescencia del Führer54. Por otro lado, personalidades de cierto relieve en el Tercer Reich han defendido sin fisuras la tesis según la cuál Hess había actuado animado por Hitler. Este, en todo caso, siente la necesidad de enviar inmediatamente a Roma al ministro de Asuntos Exteriores Joachim von Ribbentrop con el fin de despejar en Mussolini cualquier sospecha de que Alemania esté preparando un acuerdo de paz exclusivo con Gran Bretaña55. Obviamente, todavía más fuerte es la preocupación en Moscú por este golpe de efecto, sobre todo en la medida en que la actitud del gobierno británico no hace sino alimentarlo: éste no aprovecha la oportunidad de «capturar al lugarteniente del Führer» y conseguir así «un máximo efecto propagandístico, cosa que tanto Hitler como Goebbels se temían»; es más, el interrogatorio de Hess -informa a Stalin desde Londres el embajador Ivan Maysky- es confiado a un promotor de la política de appeasement. Mientras dejan la puerta abierta a una reaproximación anglosoviética, los servicios secretos de Su Majestad se dedican a alimentar los rumores ya existentes de una inminente paz firmada entre Londres y Berlín; todo ello con el objetivo de incrementar la presión sobre la Unión Soviética (que quizás habría buscado evitar la temida alianza entre Gran Bretaña y el Tercer Reich con un ataque preventivo del Ejército rojo contra la Wehrmacht) y reforzar en todo caso la capacidad negociadora de Inglaterra56.

Se comprenden bien la cautela y desconfianza del Kremlin: el peligro de una reedición de Múnich, a escala más amplia y trágica, estaba muy presente. Quizás se pueda especular con que la segunda campaña de desinformación escenificada por el Tercer Reich haya jugado un papel relevante. Basándonos al menos en la transcripción conservada en los archivos del partido comunista soviético, pese a dar por descontada a corto plazo la entrada de la URSS en el conflicto, Stalin subraya en su discurso del 5 de mayo de 1941, dirigido a los graduados de la Academia militar, cómo históricamente Alemania había conseguido la victoria cuando se había concentrado en un solo frente, mientras que había sufrido la derrota cuando había sido obligada a combatir contemporáneamente a este y oeste57. Desde luego, Stalin podría haber subestimado la seriedad con la que Hitler valoraba la posibilidad de agredir a la URSS. Por otro lado, él sabía bien que una precipitada movilización total habría proporcionado al Tercer Reich en bandeja de plata el casus belli, tal y como había ocurrido con la Primera guerra mundial. Hay en todo caso una cuestión indudable: pese a moverse con circunspección en una situación notablemente complicada, el líder soviético procede a «acelerar los preparativos de guerra». En efecto, «entre mayo y junio se llaman a filas a 800.000 reservistas, a mediados de mayo 28 divisiones se desplazan en los territorios occidentales de la Unión Soviética», mientras se siguen a un ritmo constante los trabajos de fortificación de fronteras y de camuflaje de los objetivos militares más sensibles. «En la noche entre el 21 y 22 de junio se les da la alarma a todas estas fuerzas y son llamadas a prepararse para un ataque por sorpresa por parte alemana»58.

Para desacreditar a Stalin, Kruschov insiste en las espectaculares victorias iniciales del ejército invasor, pero obvia las previsiones realizadas en Occidente en su momento. Después del desmembramiento de Checoslovaquia y la entrada en Praga de la Wehrmacht, Lord Halifax había continuado rechazando la idea de una reaproximación de Inglaterra y la URSS recurriendo a este argumento: no tenía sentido aliarse con un país cuyas fuerzas armadas eran «insignificantes». En la víspera de la operación Barbarroja o en el momento de su comienzo, los servicios secretos británicos habían calculado que la Unión Soviética habría sido «liquidada en 8 o 10 semanas»; a su vez, los consejeros del Secretario de Estado norteamericano (Henry L. Stimson) habían previsto el 23 de junio que todo habría concluido en un período de entre uno y tres meses59. Por otra parte, la fulminante penetración de la Wehrmacht en el territorio soviético -observa actualmente un ilustre historiador militar- se explica fácilmente con un poco de geografía:

La extensión del frente -1.800 millas- y la escasez de obstáculos naturales ofrecían al agresor inmensas ventajas a la hora de infiltrarse y maniobrar. Pese a las colosales dimensiones del Ejército rojo, la relación entre sus fuerzas y el espacio era tan desfavorable que las unidades mecanizadas alemanas podían encontrar fácilmente ocasiones para realizar maniobras indirectas a espaldas de su adversario. Además, las ciudades ampliamente separadas, donde convergían carreteras y vías de ferrocarril, ofrecían al agresor la posibilidad de apuntar a objetivos alternativos, poniendo al enemigo en la difícil situación de adivinar la dirección real de la marcha, y afrontar un dilema después de otro60.

El rápido desenlace negativo de la guerra-relámpago

No debe uno dejarse cegar por las apariencias: observado cuidadosamente, el proyecto del Tercer Reich de reeditar en el este el triunfal Blitzkrieg realizado en el lado occidental comienza a mostrarse problemático ya en las primeras semanas del gigantesco choque61. A tal propósito resultan reveladores los diarios de Joseph Goebbels. En la víspera de la agresión destaca lo imparable que resultaría a la postre el ataque alemán, «sin duda el más poderoso que la historia haya jamás conocido»; nadie podrá discutir el «despliegue más poderoso de la historia universal»62. Y por tanto: «Tenemos delante una marcha triunfal sin precedentes [...]. Considero la fuerza militar de los rusos muy baja, todavía más baja de lo que pueda considerarla el Führer. Si hubo y si hay una acción de resultado cierto, es ésta»63. En realidad no es inferior la seguridad de Hitler, que algunos meses antes delante de un diplomático búlgaro se había referido al ejército soviético de esta manera: es sólo un «chiste»64.

Lo cierto es que desde el inicio los invasores se encuentran, pese a todo, con sorpresas desagradables: «El 25 de junio, en ocasión del primer asalto a Moscú, la defensa antiaérea demuestra tal eficacia que desde ese momento la Luftwaffe se ve obligada a limitarse a ataques nocturnos a rangos reducidos»65. Bastan diez días de guerra para que comiencen a entrar en crisis las certezas anteriores. El 2 de julio Goebbels anota en su diario: «En conjunto, se combate muy dura y obstinadamente. De ningún modo puede hablarse de paseo. El régimen rojo ha movilizado al pueblo»66. Los sucesos se siguen y el humor de los dirigentes nazis cambia de manera radical, tal y como se comprueba en el diario de Goebbels.

24 de julio:

No podemos conservar duda alguna acerca del hecho de que el régimen bolchevique, que existe desde hace casi un cuarto de siglo, ha dejado profundas huellas en los pueblos de la Unión Soviética [...]. Sería por lo tanto justo subrayar con claridad, frente al pueblo alemán, la dureza del combate que se libra en el este. Debe decírsele a la nación que esta operación es muy difícil, pero que podemos superarla y la superaremos67.

1º de agosto:

En el cuartel general del Führer [...] también se admite abiertamente que se ha errado un poco en la valoración de la fuerza militar soviética. Los bolcheviques revelan una resistencia mayor de la que habríamos supuesto; sobre todo los medios materiales a su disposición son mayores de lo que pensábamos68.

19 de agosto:

El Führer está en privado muy irritado consigo mismo por el hecho de haberse dejado engañar hasta tal punto sobre el potencial de los bolcheviques, a través de los informes provenientes de [agentes alemanes enviados a] la Unión Soviética. Sobre todo su subestimación de la infantería acorazada y la aviación del enemigo nos ha creado muchos problemas. Ha sufrido mucho. Se trata de una grave crisis [...]. Comparadas, las campañas llevadas a cabo hasta ahora eran casi paseos [...]. En lo que respecta al oeste el Führer no tiene ningún motivo de preocupación [...]. Con nuestro rigor y objetividad los alemanes siempre hemos subestimado al enemigo, con la excepción en este caso de los bolcheviques69.

16 de septiembre:

Hemos calculado el potencial de los bolcheviques de modo completamente erróneo70.

Los investigadores en materia de estrategia militar subrayan las dificultades imprevistas en las que al entrar en la Unión Soviética se ve inmersa una maquinaria de guerra poderosa, experimentada y rodeada por el mito de la imbatibilidad como era la alemana71. Resulta «especialmente significativa para el éxito de la guerra oriental la batalla de Smolensk, en la segunda mitad de julio de 1941 (hasta ahora oculta en las investigaciones por la sombra de otros acontecimientos)»72. La observación es de un ilustre historiador alemán, que cita después estas elocuentes entradas del diario del general Fedor von Bock, del 20 y 26 de julio respectivamente:

El enemigo quiere reconquistar Smolensk a cualquier precio y constantemente moviliza nuevas tropas hacia allí. La hipótesis expresada en alguna parte de que el enemigo actúe sin una estrategia no se apoya en hecho alguno [...]. Se constata que los rusos han llevado a cabo alrededor del frente construido por mí un nuevo y compacto despliegue de fuerzas. En muchos puntos intentan pasar al ataque. Sorprendente para un adversario que ha sufrido golpes similares; debe poseer una cantidad increíble de material, de hecho nuestras tropas lamentan todavía hoy el potente efecto de la artillería enemiga.

Todavía más inquieto y de hecho decididamente pesimista es el almirante Wilhelm Canaris, dirigente del contraespionaje, que, hablando con el general Von Bock el 17 de julio, comenta: «Lo veo muy negro»73.

El ejército soviético no sólo no huye en desbandada en los primeros días y semanas del ataque, oponiendo de hecho una «tenaz resistencia», sino que demuestra estar bien dirigido, como revela por lo demás la «resolución de Stalin a la hora de frenar el avance alemán en el punto exacto para él». Los resultados de este atento liderazgo militar se revelan también en el plano diplomático: «impresionado por el tenaz combate ofrecido en el área de Smolensk», Japón, presente allí con observadores, decide rechazar la propuesta del Tercer Reich de participar en la guerra contra la Unión Soviética74. El análisis del historiador alemán, ferozmente anticomunista, es confirmado plenamente por investigadores rusos partidarios del Informe Kruschov y destacados como campeones de la lucha contra el “estalinismo”: «Los planes del Blitzkrieg [alemán] habían naufragado ya a mediados de julio»75. En este contexto no parece puramente formal el homenaje que Churchill y F. D. Roosevelt realizan el 14 de agosto de 1941 a la «espléndida defensa» del ejército soviético76. Al margen de los círculos diplomáticos y gubernamentales, en Gran Bretaña -según nos informa una entrada del diario de Beatrice Webb- ciudadanos normales e incluso de ideario conservador muestran un «vivo interés por el coraje e iniciativa sorprendentes y por el magnífico equipamiento de las fuerzas del Ejército Rojo, el único Estado soberano capaz de enfrentarse a la potencia casi mítica de la Alemania de Hitler»77. En la misma Alemania, tres semanas después del comienzo de la Operación Barbarroja, empiezan a oírse voces que ponen radicalmente en cuestión la versión triunfalista del régimen. Es lo que aparece en el diario de un eminente intelectual alemán de origen judío: al parecer, en el este «sufrimos una inmensa cantidad de bajas, habíamos infravalorado la capacidad de resistencia de los rusos», a los que «no se les acaban nunca los hombres y el material bélico»78.

Durante mucho tiempo leída como una expresión de ignorancia político-militar o incluso de ciega confianza respecto al Tercer Reich, la conducta extremadamente cauta de Stalin en las semanas que preceden al estallido de las hostilidades aparece ahora bajo una luz completamente diferente: «La concentración de fuerzas de la Wehrmacht a lo largo de la frontera con la URSS, la violación del espacio aéreo soviético y otras numerosas provocaciones tenían una única finalidad: atraer al grueso del Ejército Rojo lo más cerca posible de la frontera. Hitler pretendía ganar la guerra en una única y gigantesca batalla». Incluso generales de entre los más valiosos se sintieron atraídos por la trampa, y previendo la irrupción del enemigo, instan a un masivo desplazamiento de tropas hacia la frontera: «Stalin rechazó categóricamente la petición, insistiendo en la necesidad de mantener reservas a gran escala a considerable distancia de la línea del frente». Más tarde, siendo consciente de los planes estratégicos de los ideadores de la Operación Barbarroja, el mariscal Georgy K. Zhukov reconocía el acierto de la línea seguida por Stalin: «El mando de Hitler contaba con un desplazamiento del grueso de nuestras tropas hacia la frontera, con la intención de rodearlo y destruirlo»79.

De hecho, en los meses que preceden a la invasión de la URSS el Führer señala, discutiendo con sus generales: «Problema del espacio ruso. La amplitud infinita del espacio hace necesaria la concentración en puntos decisivos»80. Más tarde, con la Operación Barbarroja ya comenzada, en una conversación aclara ulteriormente su opinión: «En la historia mundial ha habido hasta ahora solamente tres batallas de aniquilación: Cannes, Sedan y Tannenberg. Podemos estar orgullosos del hecho de que dos de ellas han sido victoriosamente combatidas por ejércitos alemanes». Sin embargo, para Alemania la tercera y más grandiosa batalla decisiva de aniquilación y sometimiento, tan ansiada por Hitler, se le complica cada vez más, y una semana después se ve obligado a reconocer que la Operación Barbarroja había infravalorado gravemente al enemigo: «la preparación bélica de los rusos debe considerarse fantástica»81. Queda clara aquí la actitud de un jugador de cartas intentando justificar el fracaso de sus previsiones. Y sin embargo, el experto inglés en estrategia militar antes citado llega a conclusiones no muy diferentes: el motivo de la derrota de los franceses residió «no en la cantidad o calidad de su material sino en su doctrina militar»; es más, un despliegue demasiado avanzado del ejército influye desastrosamente, ya que «compromete gravemente su ductilidad estratégica»; un error similar había cometido también Polonia, favorecido por «la ferocidad nacional y la excesiva confianza de los militares». Nada de todo esto se da en el caso de la Unión Soviética.82

Más importante que cada una de las batallas es la imagen de conjunto: «El sistema estaliniano consiguió movilizar a la gran mayoría de la población y la práctica totalidad de los recursos»; en particular la «capacidad de los soviéticos» fue «extraordinaria», en una situación tan difícil como la creada en los primeros meses de la guerra, a «la hora de evacuar y de reconvertir después a la producción militar un número considerable de industrias». Sí, «puesto en pie dos días después de la invasión alemana, el Comité de evacuación consiguió desplazar al este 1.500 grandes fábricas, tras la realización de operaciones titánicas de una gran complejidad logística»83. Por otro lado, este proceso de deslocalización había comenzado ya en las semanas o meses que preceden a la agresión nazi (infra, p. 319), confirmando ulteriormente el carácter fantástico de la acusación lanzada por Kruschov.

Hay más. El grupo dirigente soviético había intuido de algún modo el desarrollo de la guerra que se perfilaba en el horizonte, ya desde el momento mismo en que impulsó la industrialización del país: con un giro radical respecto a la situación precedente, había identificado «un punto central en la Rusia asiática», a distancia y resguardado de posibles agresores84. En efecto, sobre ello Stalin había insistido con fuerza, repetidas veces.

31 de enero de 1931: se imponía la «creación de un campo industrial nuevo y bien dotado en los Urales, en Siberia, en Kazajistán». Pocos años después, el Informe presentado el 26 de enero de 1934 en el XVII Congreso del PCUS había llamado con satisfacción la atención sobre el poderoso desarrollo industrial que se había producido «en Asia central, en Kazajistán, en las Repúblicas Buriatas, Tártaras y Baskirias, en los Urales, en Siberia oriental y occidental, en el extremo oriente, etc.»85. Las implicaciones de todo ello no se le habían escapado a Trotsky, que pocos años después, al analizar los peligros de la guerra y el grado de preparación de la Unión Soviética, y al subrayar los resultados alcanzados por la «economía planificada» en el ámbito «militar», había observado: «La industrialización de regiones remotas, principalmente de Siberia, confiere a las regiones de la estepa y bosque una nueva importancia»86. Solamente ahora los grandes espacios asumían todo su valor y hacían más complicada que nunca la guerra-relámpago utilizada por el estado mayor alemán.

Es precisamente en el ámbito del aparato industrial edificado en previsión de la guerra donde el Tercer Reich se ve obligado a afrontar las sorpresas más amargas, como muestran dos anotaciones de Hitler.

29 de noviembre de 1941: «¿Cómo es posible que un pueblo tan primitivo pueda alcanzar tales objetivos técnicos en tan poco tiempo?»87

26 de agosto de 1942: «En lo que respecta a Rusia, es incontestable que Stalin ha alzado el nivel de vida. El pueblo ruso no sufría el hambre [en el momento del comienzo de la Operación Barbarroja]. En conjunto es necesario reconocer que: han sido construidos talleres de la importancia de las Hermann Goering Werke allí donde hasta hace dos años no existían sino aldeas desconocidas. Nos encontramos líneas de ferrocarril que no están en los mapas»88.

Llegados a este punto es conveniente dar la palabra a tres expertos, notablemente diferentes entre ellos (uno ruso y los otros dos occidentales). El primero, que en su momento dirigió el Instituto soviético de historia militar, y que ha compartido el antiestalinismo militante de los años de Gorbachov, parece movido por la intención de retomar y radicalizar la requisitoria del Informe Kruschov. Y sin embargo, por los mismos resultados de su investigación, se ve obligado a formular un juicio bastante más matizado: sin ser un especialista y mucho menos el genio descrito por la propaganda oficial, ya en los años que preceden al estallido de la guerra Stalin se ocupa intensamente de los problemas de la defensa, de la industria de defensa y de la economía de guerra en su conjunto. Sí, en el plano estrictamente militar, únicamente a través de pruebas y errores, incluso graves, y «gracias a la dura praxis de la vida militar cotidiana» él «aprende gradualmente los principios básicos de estrategia»89. En otros campos, sin embargo, su pensamiento se muestra «más desarrollado que el de muchos líderes militares soviéticos». Gracias también a la larga práctica en la gestión del poder político, Stalin no pierde nunca de vista el rol central de la economía de guerra, y contribuye a reforzar la resistencia de la URSS con la transferencia hacia el interior del aparato bélico industrial: «es casi imposible subestimar la importancia de este empeño»90. El líder soviético presta finalmente una gran atención a la dimensión político-moral de la guerra. En este ámbito «tenía ideas totalmente fuera de lo habitual», como demuestra la decisión «valiente y clarividente», tomada pese al escepticismo de sus colaboradores, de efectuar el desfile militar conmemorativo del aniversario de la Revolución de octubre, el 7 de noviembre de 1941, en una Moscú asediada y acosada por el enemigo nazi. En síntesis, puede decirse que respecto a los militares de carrera y al círculo de sus colaboradores, «Stalin da prueba de un pensamiento más universal»91. Y es un pensamiento -puede añadirse- que no pasa por alto ni siquiera los aspectos más ínfimos de la vida y de la moral de los soldados: informado del hecho de que se habían quedado sin cigarrillos, gracias también a su capacidad para despachar «una enorme carga de trabajo», «en el momento crucial de la batalla de Stalingrado, él [Stalin] encontró tiempo para llamar por teléfono a Akaki Mgeladze, jefe del partido en Abjasia, la principal región productora de tabaco: “¡Nuestros soldados ya no pueden fumar! ¡Sin cigarrillos el frente no aguanta!”»92

En la apreciación positiva de Stalin como líder militar los dos autores occidentales van aún más allá. Si Kruschov insiste en los arrolladores éxitos iniciales de la Wehrmacht, el primero de los dos expertos mencionados expresa esta misma evidencia con un lenguaje bastante diferente: no sorprende que «la mayor invasión de la historia militar» haya conseguido éxitos iniciales: la réplica del Ejército rojo tras los devastadores golpes de la invasión alemana en junio de 1941 fue «la mayor producción de armas que el mundo hubiese visto nunca»93. El segundo investigador, docente de una academia militar estadounidense, a partir de la comprensión del conflicto en términos de su larga duración, de la atención reservada tanto a la retaguardia como al frente, de la dimensión económica y política, así como la propiamente militar de la guerra, habla de Stalin como un «gran estratega», de hecho como «el primer auténtico estratega del siglo veinte»94. Es una valoración de conjunto ampliamente coincidente con la del otro investigador occidental antes citado, cuya tesis de fondo, resumida en las solapas del libro, ve en Stalin al «mayor líder militar del siglo veinte». Obviamente se pueden discutir o matizar estas valoraciones tan lisonjeras; queda sin embargo claro el hecho de que, al menos en lo que respecta al tema de la guerra, el paisaje trazado por Kruschov ha perdido toda credibilidad.

Sobre todo por el hecho de que llegado el momento del examen definitivo, la URSS se muestra bastante preparada también desde otro punto de vista esencial. Volvamos a dar la palabra a Goebbels, que, al explicar las inopinadas dificultadas de la operación Barbarroja, aparte del potencial bélico del enemigo, remite también a otro factor:

Para nuestros hombres de confianza y a nuestros espías era casi imposible penetrar en el interior de la Unión Soviética. No podían adquirir una visión precisa. Los bolcheviques se han esforzado directamente en engañarnos. De toda una serie de armas que poseían, sobre todo armas pesadas, no hemos podido sacar nada en claro. Exactamente lo contrario de lo que se ha producido en Francia, donde lo sabíamos prácticamente todo y no podríamos haber sido sorprendidos de ningún modo.95

La carencia de «sensatez» y las «deportaciones en masa de pueblos enteros»

Autor en 1913 de un libro que le había consagrado como teórico de la cuestión nacional, y comisario del pueblo para las nacionalidades inmediatamente después de la Revolución de Octubre, por la manera en que había desarrollado su labor, Stalin se había ganado el reconocimiento de personalidades tan diferentes como Arendt y De Gasperi. La reflexión sobre la cuestión nacional había desembocado finalmente en un ensayo sobre lingüística dirigido a demostrar que, lejos de disolverse tras el derrocamiento de una clase social determinada, la lengua de una nación tiene una notable estabilidad, al igual que goza de estabilidad la nación que se sirve de ella. Este ensayo había contribuido también a consolidar la fama de Stalin como teórico de la cuestión nacional. Todavía en 1965, pese a hacerlo desde una posición de dura condena, Louis Althusser atribuirá a Stalin el mérito de haberse opuesto a la «locura» que pretendía «a cualquier precio, hacer de la lengua una super-estructura» ideológica: gracias a estas «simples paginitas» -concluirá el filósofo francés- «vislumbramos que el uso del criterio de clase no era ilimitado»96. La desacralización-liquidación en la que participó Kruschov en 1956 no podía dejar de prestar atención, para ridiculizarlo, al teórico y político que había dedicado una atención especial a la cuestión nacional. Al condenar «las deportaciones en masa de naciones enteras», el Informe secreto sentencia:

No es necesario ser marxistas-leninistas para entenderlo: cualquier persona de buen juicio se pregunta cómo es posible hacer a naciones enteras responsables de actos hostiles, sin hacer excepción con las mujeres, niños, viejos, comunistas y miembros del Komsomol [la juventud comunista] hasta el extremo de emprender contra ellos una represión general, arrojándolos a la miseria y sufrimiento sin otro motivo que la venganza por algún error perpetrado por individuos o grupos aislados97.

Fuera de discusión están el castigo colectivo, la deportación impuesta a poblaciones sospechosas de escasa lealtad patriótica. Desgraciadamente, lejos de remitir a la locura de un único individuo, esta práctica caracteriza en profundidad a la Segunda guerra de los Treinta años, comenzando por la Rusia zarista, que pese a ser aliada del Occidente liberal, durante el primer conflicto mundial conoce «una oleada de deportaciones» de «dimensiones desconocidas en Europa», que afectaron a alrededor de un millón de personas (sobre todo de origen judío o alemán)98. De dimensiones más reducidas, pero igualmente significativa, es la medida que se toma durante la Segunda guerra mundial con los americanos de origen japonés, deportados y encerrados en campos de concentración (infra, pp. 177-178).

Aparte de la intención de eliminar una potencial quinta columna, la expulsión y deportación de pueblos enteros puede ser llevada a cabo en función de la reconstrucción o redefinición de la geografía política. En el transcurso de la primera mitad del siglo veinte, esta práctica arrecia a nivel planetario, desde el Medio Oriente, donde los hebreos que habían conseguido escapar a la «solución final» obligan a huir a árabes y palestinos, hasta Asia, donde la división en India y Pakistán de la joya del Imperio británico pasa a través de la «mayor migración forzada, a nivel mundial, del siglo»99. Quedándonos todavía en el continente asiático, merece la pena echar un vistazo a lo que ocurre en una región administrada por una personalidad o nombre de una personalidad (el 14° Dalai Lama), destinada posteriormente a conseguir el premio Nobel de la Paz y a convertirse en sinónimo de no-violencia: «En julio de 1949 todos los han residentes [durante varias generaciones] en Lhasa fueron expulsados del Tíbet» con el fin tanto de «hacer frente a la posibilidad de una “quinta columna”», como de hacer más homogénea la composición demográfica.100

Aquí se trata de una práctica no solamente llevada a cabo en las áreas geográficas y político-culturales más variadas, sino en aquellos años respaldada teóricamente por grandes personalidades. En 1938 David Ben Gurion, el futuro padre de la patria de Israel, declara: «Estoy a favor del traslado forzado [de los árabes palestinos]; no le veo nada de inmoral»101. De hecho, a este programa se ceñirá él mismo diez años después.

Pero aquí es necesario concentrar la atención sobre todo en Europa centro-oriental, donde se produce una tragedia silenciada, si bien de las más grandes del siglo veinte. En total, alrededor de dieciséis millones y medio de alemanes fueron obligados a abandonar sus casas, y dos millones y medio no sobrevivieron a la gigantesca operación de limpieza, o contra-limpieza, étnica.102 En este caso es posible proceder a una comparación directa entre Stalin por un lado, y los estadistas occidentales y filo-occidentales por el otro. ¿Qué actitud asumieron estos últimos en tales circunstancias? Lo analizaremos siempre a partir de una historiografía que no puede ser sospechosa de indulgencia respecto a la Unión Soviética:

Fue el gobierno británico el que desde 1942 impulsó un traslado de poblaciones desde los territorios alemanes orientales y desde los Sudetes [...]. El subsecretario de Estado Sargent fue más lejos que nadie, al pedir una investigación para determinar «si Gran Bretaña no debería impulsar el traslado a Siberia de los alemanes de Prusia oriental y del Alta Silesia».103

En una intervención en la Cámara de los Comunes, el 15 de diciembre de 1944, sobre el programado «traslado de varios millones» de alemanes, Churchill dejó clara de esta manera su opinión:

Por lo que hemos podido comprender, la expulsión es el método más satisfactorio y más duradero. No habrá más mezcla de poblaciones provocando un desorden sin fin, como ha ocurrido en el caso de Alsacia y Lorena. Se realizará un corte limpio. No me alarma la perspectiva de la separación entre las poblaciones, así como no me alarman los traslados a gran escala, que en las condiciones modernas son mucho más factibles de lo que hayan sido nunca en el pasado.104

F. D. Roosevelt se adheriría poco después, en junio de 1943, a los planes de deportación; «Stalin cedió casi al momento a las presiones de Beneš para la expulsión de Checoslovaquia de los alemanes de los Sudetes»105. Un historiador estadounidense cree poder ahora concluir que

[a]l final, sobre la cuestión de la expulsión de los alemanes en Checoslovaquia o en la Polonia de postguerra, no hubo ninguna diferencia entre políticos comunistas y no comunistas: respecto a este tema Beneš y Gottwald, Mikołajczyk y Bierut, Stalin y Churchill, hablaban todos la misma lengua.106

Esta conclusión ya bastaría por sí sola a refutar la contraposición en blanco y negro implícita en el Informe Kruschov. En realidad, al menos en lo que respecta a los alemanes de Europa oriental, quien tomó la iniciativa respecto a las «deportaciones en masa de pueblos enteros» no fue Stalin; las responsabilidades no se distribuyen de manera equivalente. Acaba por reconocerlo el mismo historiador estadounidense antes citado. En Checoslovaquia, Jan Masaryk expresó la convicción según la cual «el alemán no tiene alma, y las palabras que mejor entiende son las ráfagas de ametralladora». No es una actitud aislada: «También la Iglesia católica checa hace oír su voz. Monseñor Bohumil Stasek, canónigo de Vysehrad, declaró: “Tras mil años ha llegado el momento de ajustar cuentas con los alemanes, gente malvada para los que el mandamiento ‘Ama a tu prójimo’ no se aplica”»107. En estas circunstancias, un testimonio alemán recuerda: «A menudo tuvimos que pedir ayuda a los rusos contra los checos, cosa que hicieron a menudo, siempre que no se tratara de poner las manos encima a una mujer»108. Pero hay más. Demos de nuevo la palabra al historiador estadounidense: «En el antiguo campo nazi de Theresienstadt, los alemanes internados se preguntaban qué les habría ocurrido si el comandante ruso local no les hubiese protegido de los checos». Un Informe secreto soviético enviado al Comité central del partido comunista, en Moscú, informaba de las súplicas dirigidas a las tropas soviéticas para que permanecieran: «“Si el Ejército Rojo se va, estamos acabados”. Las manifestaciones de odio contra los alemanes son evidentes. [Los checos] no los matan pero los atormentan como si se tratara de bestias salvajes. Los consideran animales.» En efecto -continúa el historiador al que cito- «el horrible trato dado por los checos les llevó a la desesperación. Según estadísticas checas, solamente en 1946 los alemanes que se suicidaron fueron 5.558»109. Algo parecido ocurrió en Polonia. En conclusión:

Los alemanes encontraron al personal militar ruso mucho más humano y responsable que los encargados checos o polacos. En ocasiones, los rusos dieron de comer a niños alemanes hambrientos, allí donde los checos les dejaban morir de inanición. A veces las tropas soviéticas daban a los exhaustos alemanes un paseo en sus vehículos durante las largas marchas para salir del país, mientras los checos se quedaban mirándolos con desprecio o indiferencia110.

El historiador estadounidense habla de «checos» o de «polacos» en general, pero de manera no completamente correcta, como se observa en su mismo relato:

La cuestión de la expulsión de los alemanes puso a los comunistas checos -y de otros países- en serias dificultades. Durante la guerra, la posición de los comunistas, definida por Dimitrov en Moscú, consistía en que los alemanes responsables de la guerra y de sus crímenes, tuvieran que ser procesados y condenados, mientras los obreros y campesinos alemanes debían ser reeducados111.

De hecho «en Checoslovaquia fueron los comunistas, una vez conquistado el poder en febrero de 1948, los que pusieron fin a la persecución de las pocas minorías étnicas que habían sobrevivido»112.

Al contrario de lo que insinuaba Kruschov, en comparación con los dirigentes burgueses de Europa occidental y centro-oriental, al menos en este caso son Stalin y el movimiento comunista dirigido por él los que demuestran estar menos desprovistos de «sentido común».

Aquello no fue casual. Si hacia el final de la guerra F. D. Roosevelt afirma estar «más sediento que nunca de sangre alemana» a causa de las atrocidades cometidas por ellos, e incluso llega a acariciar por algún tiempo la idea de la «castración» de un pueblo tan perverso, Stalin actúa de manera muy diferente, y apenas desencadenada la operación Barbarroja afirma que la resistencia soviética puede contar con el apoyo de «todos los mejores hombres de Alemania» e incluso del «pueblo alemán a las órdenes de los oficiales hitlerianos»113. Especialmente solemne es la toma de posición de febrero de 1942:

Sería ridículo identificar a la camarilla hitleriana con el pueblo alemán, con el Estado alemán. La experiencia histórica demuestra que los Hitler vienen y van, pero que el pueblo alemán, el Estado alemán, permanece. La fuerza del Ejército rojo reside en el hecho de que no nutre ni puede nutrir ningún odio racial contra otros pueblos, y por tanto tampoco contra el pueblo alemán; está educado en el espíritu de la igualdad de todos los pueblos y todas las razas, en el espíritu del respeto de los derechos de los otros pueblos114.

Incluso un anticomunista inflexible como Ernst Nolte se ve obligado a reconocer que la actitud asumida por la Unión Soviética respecto al pueblo alemán no muestra esos tonos racistas, por lo demás bien presentes en las potencias occidentales115. Para concluir a este respecto: si bien distribuida desigualmente, la carencia de “sentido común” estaba bastante difundida entre los líderes políticos del siglo veinte.

Hasta aquí me he ocupado de las deportaciones provocadas por la guerra y por el período de guerra, es decir por la reconstrucción y redistribución de la geografía política. Al menos hasta los años cuarenta, en los Estados Unidos continúan sin embargo arreciando las deportaciones realizadas en los centros urbanos, que quieren ser, como advierten los carteles colocados en su entrada, para whites only. Aparte de los afroamericanos, los perjudicados también son mexicanos, reclasificados como no-blancos en base a un censo de 1930: se ven así deportados a México «miles de trabajadores y sus familias, incluidos muchos americanos de origen mexicano». Las medidas de expulsión y deportación de las ciudades que quieren ser «sólo para blancos» es decir «sólo para caucásicos» no eximen ni siquiera a los judíos.116

El Informe secreto retrata a Stalin como un tirano tan privado del sentido de la realidad que, al tomar medidas colectivas contra determinados grupos étnicos, no duda en castigar a inocentes y a sus mismos compañeros de partido. Viene a la memoria el caso de los exiliados alemanes (en su mayoría enemigos declarados de Hitler) que, apenas acabada la guerra con Alemania, son recluidos en bloque en los campos de concentración franceses (infra, p. 177). Pero es inútil querer buscar un esfuerzo de análisis comparado en el discurso de Kruschov.

Su intención es dar la vuelta a dos temas hasta aquel momento difundidos no sólo por la propaganda oficial, sino también por la opinión pública y los medios internacionales: el gran líder que había contribuido de manera decisiva a la destrucción del Tercer Reich se transforma así en un torpe diletante que apenas consigue orientarse en un mapamundi; el destacado teórico de la cuestión nacional se revela precisamente como alguien carente de todo «sentido común». Los reconocimientos hasta aquél momento tributados a Stalin son todos atribuidos a un culto de la personalidad que ahora hay que liquidar para siempre.

El culto a la personalidad en Rusia; de Kerensky a Stalin

La denuncia del culto a la personalidad es el argumento principal de Kruschov. En su Informe sin embargo no aparece una pregunta que parecería obligatoria: ¿tiene que ver con la vanidad y el narcisismo de un único líder político, o con un fenómeno de carácter más general que hunde sus raíces en un contexto objetivo determinado? Puede ser interesante leer las observaciones realizadas por Bujarin mientras en EEUU se ultiman los preparativos para la intervención en la Primera guerra mundial:

Puesto que la máquina estatal está más preparada para las tareas militares, se transforma por sí misma en una organización militar, al mando de la cuál hay un dictador. Este dictador es el presidente Wilson. Se le han concedido poderes excepcionales. Tiene un poder casi absoluto. Y se intenta instalar en el pueblo sentimientos serviles hacia el “gran presidente”, como en la antigua Bizancio, donde divinizaron al propio monarca117.

En situaciones de crisis aguda la personalización del poder tiende a entrelazarse con la transfiguración del líder que lo detenta. Cuando llega a Francia en diciembre de 1918, el presidente americano victorioso es aclamado como el salvador y sus catorce puntos son comparados con el Sermón de la montaña118.

Sobre todo, dan que pensar los procesos políticos que se producen en Estados Unidos, en el período que va desde la Gran crisis a la Segunda guerra mundial. Elegido presidente con la promesa de poner remedio a una situación social y económica bastante preocupante, F. D. Roosevelt ostentará el cargo durante cuatro mandatos consecutivos (aunque muere al comienzo del cuarto): un caso único en la historia de su país. Más allá de la larga duración de esta presidencia, fuera de lo común son también las previsiones y esperanzas que lo rodean. Destacadas personalidades hablan de «dictador nacional» e invitan al nuevo presidente a dar muestra de toda su energía: «Se convierte en un tirano, un déspota, un auténtico monarca. Durante la guerra mundial tomamos nuestra Constitución, la apartamos a un rincón hasta que no hubo acabado la guerra». La permanencia del Estado de excepción exige no dejarse atrapar en excesivos escrúpulos legalistas. El nuevo líder de la nación está llamado a ser y es ya definido como «una persona providencial», esto es, en palabras del cardenal O’Connell: «un hombre enviado por Dios». La gente de la calle escribe y se dirige a F. D. Roosevelt en términos aún más enfáticos, mirándolo «casi como se mira a Dios» y esperando poder colocarle algún día «en el Panteón de los inmortales, al lado de Jesús»119. Invitado a comportarse como un dictador y hombre de la Providencia, el nuevo presidente hace un amplísimo uso de su poder ejecutivo ya desde el primer día u horas de su mandato. En su mensaje inaugural exige «un amplio poder del Ejecutivo [...] tan grande como sería el que se me concedería si fuésemos invadidos por un enemigo extranjero»120. Con el estallido de las hostilidades en Europa, antes aún de Pearl Harbor, F. D. Roosevelt comienza por iniciativa propia a arrastrar al país a la guerra, al lado de Inglaterra; a continuación, con una orden ejecutiva emitida de manera soberana, impone la reclusión en campos de concentración de todos los ciudadanos americanos de origen japonés, incluidos mujeres y niños. Es una presidencia que, si por un lado goza de una gran devoción popular, por otro lado hace saltar las alarmas por el peligro «totalitario» (totalitarian): ello ocurre en ocasión de la Gran crisis (cuando el que pronuncia la acusación es concretamente el ex-presidente Hoover121) y sobre todo en los meses que preceden a la intervención en el segundo conflicto mundial (en cuya ocasión es el senador Burton K. Wheeler el que acusa a Roosevelt de ejercer un «poder dictatorial» y de promover una «forma totalitaria de gobierno»)122. Al menos desde el punto de vista de los adversarios del presidente, el totalitarismo y el culto a la personalidad habían atravesado el Atlántico.

Desde luego, el fenómeno que aquí estamos investigando (la personalización del poder y el culto de la personalidad vinculado con ésta) en la República norteamericana se presenta solamente en forma embrionaria, protegida por el océano de cualquier intento de invasión, y llevando a sus espaldas una tradición política bien diferente de la de Rusia. Es en este país en el que se debe concentrar la atención. Veamos lo que ocurre entre febrero y octubre de 1917, antes por lo tanto de la llegada al poder de los bolcheviques. Empujado por su vanidad personal, pero también por el deseo de estabilizar la situación, nos encontramos a Kerensky «adoptando la forma de Napoleón»: pasa lista a las tropas «con el brazo metido en la chaquetilla»; por otro lado «en el escritorio de su despacho en el ministerio de la guerra resplandecía un busto del emperador de los franceses». Los resultados de esta puesta en escena no tardan en manifestarse: florecen las poesías que homenajean a Kerensky como a un nuevo Napoleón123. En la vigilia de la ofensiva de verano, que cambiaría definitivamente la suerte del ejército ruso, el culto reservado para Kerensky (en ciertos círculos restringidos) alcanza su paroxismo:

En todas partes era aclamado como un héroe, los soldados lo alzaban a hombros, le arrojaban flores, se tiraban a sus pies. Una enfermera inglesa pudo presenciar anonadada cómo hombres de la tropa le besaban, besaban su coche y la tierra sobre la que ponía los pies. Muchos caían de rodillas y rezaban, otros lloraban.124

Como puede verse no tiene mucho sentido explicar, como hizo Kruschov, la forma exaltada que alcanza a partir de cierto momento el culto a la personalidad en la URSS, a través del narcisismo de Stalin. En realidad, cuando Kaganovich le propone sustituir la expresión de marxismo-leninismo por la de marxismo-leninismo-estalinismo, el líder al que está destinado tal homenaje responde: «Quieres comparar la polla con la torre de bomberos»125. Al menos, en comparación con Kerensky, Stalin parece acaso más modesto. Lo confirma la actitud que asume al concluir una guerra ya ganada, no imaginariamente, como en el caso del dirigente menchevique amante de las poses napoleónicas. Inmediatamente después del desfile de la victoria, un grupo de mariscales contactan con Molotov y Malenkov: proponen solemnizar el triunfo alcanzado durante la Gran guerra patriótica, otorgando el título de «héroe de la Unión Soviética» a Stalin, quien sin embargo declina la oferta126. El líder soviético rehúye la exageración retórica también en ocasión de la Conferencia de Potsdam: «Tanto Churchill como Traman se tomaron tiempo para pasear entre las ruinas de Berlín; Stalin no mostró tal interés. Sin hacer ruido, llegó con el tren, ordenando incluso a Zhukov que cancelara cualquier ceremonia de bienvenida con una banda militar y una guardia de honor»127. Cuatro años después, en la víspera de su septuagésimo aniversario, se desarrolla en el Kremlin una conversación que vale la pena citar:

[Stalin] convoca a Malenkov y le advierte: «Que no se le pase por la cabeza honrarme de nuevo con una “estrella”».

«Pero camarada Stalin, ¡un aniversario así! El pueblo no lo entendería.»

«No se remita al pueblo. No quiero discutir. ¡Ninguna iniciativa personal! ¿Me han entendido?» «Desde luego, camarada Stalin, pero los miembros del politburó opinan...»

Stalin interrumpe a Malenkov y declara cerrada la cuestión.

Naturalmente, puede decirse que en las circunstancias aquí referidas juega un papel más o menos importante el cálculo político (y sería muy extraño que no lo jugase); es un hecho, sin embargo, que la vanidad personal no toma las riendas. Y mucho menos en la medida en que están en juego decisiones vitales de carácter político o militar: en el transcurso de la segunda guerra mundial Stalin invita a sus interlocutores a expresarse sin rodeos, discute animadamente e incluso se pelea con Molotov, que a su vez, pese a cuidarse bien de poner en duda la jerarquía, continúa defendiendo su opinión. A juzgar por el testimonio del almirante Nikolai Kuznetsov, el líder supremo «apreciaba especialmente a aquellos compañeros que pensaban por su cuenta y no dudaban en expresar su punto de vista sin ambages»128.

Interesado en señalar a Stalin como el único responsable de todas las catástrofes acaecidas a la URSS, lejos de liquidar el culto a la personalidad, Kruschov se limita a transformarlo en un culto negativo. Queda clara la imagen en base a la cuál in principio erat Stalin! También al afrontar el capítulo más trágico de la historia de la Unión Soviética (el terror y las sangrientas purgas, que se propagaron a gran escala sin hacer excepción con el propio partido comunista), el Informe secreto no tiene dudas: es un horror del que se debe culpar exclusivamente a un individuo sediento de poder y poseído por una paranoia sangrienta.

2
Los bolcheviques, del conflicto ideológico a la guerra civil

La Revolución rusa y la dialéctica de Saturno

A ojos de Kruschov, Stalin se mancha con crímenes horrendos en perjuicio de sus mismos compañeros de partido, desviándose del leninismo y del bolchevismo, y traicionando los ideales del socialismo. De hecho, es precisamente la acusación recíproca de traición la que, estimulando o profundizando el desangramiento interno del mismo grupo dirigente de la revolución de octubre de 1917, contribuye de manera destacada a las tragedias acaecidas en la Rusia soviética. ¿Cómo explicar este desangramiento? La dialéctica en base a la cuál “Saturno devora a sus hijos” no es ciertamente una característica exclusiva de la Revolución de Octubre: la unidad coral que antecede al derrocamiento de un antiguo régimen rechazado por la mayoría de la población inevitablemente se pudre o disuelve en el momento en el que se intenta decidir el nuevo orden que debe ser construido. Esto vale también para la Revolución inglesa y la americana129. Pero esta dialéctica se ha manifestado en Rusia de manera especialmente violenta y prolongada. Ya en el momento del derrumbe de la autocracia zarista, mientras se siguen los intentos de restauración monárquica o de instauración de una dictadura militar, entre aquellos que también están decididos a evitar el retorno al pasado se imponen en todo caso decisiones bastante dolorosas: ¿esforzarse antes por la paz o, como sostienen los mencheviques, continuar o incluso intensificar los esfuerzos bélicos, agitando ahora también en Rusia las proclamas del intervencionismo democrático?

La consolidación de la victoria de los bolcheviques no acaba desde luego con la dialéctica de Saturno, que de hecho se intensifica aún más. El llamado de Lenin a la conquista del poder y a la transformación en sentido socialista de la revolución aparece como una intolerable desviación del marxismo a ojos de Kamenev y de Zinoviev, que ponen al corriente de la situación a los mencheviques y así atraen sobre sí la acusación de traición lanzada por la mayoría del partido bolchevique. Es un debate que atraviesa las fronteras de Rusia y del mismo movimiento comunista: los primeros en poner la voz en grito por el abandono de la ortodoxia, que excluía la revolución socialista en un país que todavía no había alcanzado un pleno desarrollo capitalista, son en primer lugar los socialdemócratas, mientras que por un lado Karl Kautsky, y por otro Rosa Luxemburg condenaban la aceptación por parte de Lenin del lema de “la tierra para los campesinos” como un abandono del camino hacia el socialismo.

Pero conviene aquí concentrarse sobre las rupturas que ocurren dentro del mismo grupo dirigente bolchevique. Una explicación de la fuerza especialmente devastadora que asume la dialéctica de Saturno es la actitud mesiánica suscitada por un cúmulo de circunstancias, objetivas y subjetivas. El azoramiento e indignación, universalmente compartidos, por la innombrable carnicería y el enfrentamiento entre los diferentes Estados como si de sanguinarios Moloch se tratase, decididos a sacrificar a millones y millones de hombres en el altar de la defensa de la patria, cuando en realidad compiten en una carrera imperialista por la hegemonía mundial, todo ello estimula la reivindicación de un orden político-social completamente nuevo: se trataba de arrancar de una vez por todas las raíces de las que surgieron los horrores acaecidos desde 1914. Alimentada ulteriormente por una visión del mundo (que con Marx y Engels parece invocar un futuro carente de límites nacionales, de relaciones mercantiles, de aparato estatal e incluso de coerción jurídica) y por una relación casi religiosa con los textos de los padres fundadores del movimiento comunista, esta reivindicación no puede verse desilusionada a medida que la construcción del nuevo orden comienza a tomar cuerpo.

He aquí por qué, poco antes de irrumpir en el núcleo de la reflexión de Trotsky, y después de haber aparecido ya durante el derrumbe de la autocracia zarista, el motivo de la revolución traicionada acompaña como su sombra a la historia iniciada con la llegada al poder de los bolcheviques. La acusación o la sospecha de traición emerge a cada paso de esta revolución especialmente tortuosa, impulsada por las necesidades para la actuación del gobierno de repensar ciertos motivos utópicos originarios y en todo caso obligada a medir sus grandes ambiciones con la extremada dificultad de la situación objetiva.

El primer desafío afrontado por el nuevo poder es el representado por la disolución del aparato estatal y por la continuidad del anarquismo, muy extendido entre los campesinos (todavía más acá de toda visión estatal y nacional, por tanto sustancialmente indiferentes al drama de las ciudades, carentes de recursos alimentarios). Inclinado a fundar efímeras «Repúblicas campesinas», el anarquismo estaba presente también entre los desertores, ya refractarios a toda disciplina (lo confirma el surgimiento en un distrito de Besarabia de una «República libre de los desertores»). En este caso, el calificado de traidor es Trotsky, que como dirigente del ejército está en primera fila en el restablecimiento del poder central y del principio mismo de Estado: es entonces cuando campesinos, desertores (entre los cuales no faltan desertores del Ejército rojo) y desplazados invocan al “auténtico” socialismo y a los “verdaderos” Soviets, añoran a Lenin (había avalado o estimulado la revuelta contra el poder estatal) y consideran a Trotsky y a los judíos vulgares usurpadores130. En este mismo contexto puede colocarse la revuelta de los marineros de Kronstadt en 1921. Por lo que parece, en tal ocasión Stalin se habría pronunciado en favor de un enfoque más cauto, es decir, mantenerse a la espera en función de las reservas de víveres y combustible a disposición de la fortaleza asediada; pero, en una situación en la que no se habían diluido todavía los peligros de la guerra civil interna y la intervención de las potencias contrarrevolucionarias, acaba por imponerse una rápida solución militar. De nuevo, el que es considerado «defensor de la organización burocrática», «dictador» y en última instancia traidor al espíritu originario de la revolución, es el «gendarme», o el «mariscal» Trotsky. Este, a su vez, sospecha que Zinoviev haya alimentado durante semanas la agitación desembocada después en la revuelta, agitando demagógicamente la bandera de la «democracia obrera [...] como en 1917»131. A juzgar por estos hechos, la primera acusación de “traición” marca el paso -inevitable en toda revolución pero tanto más doloroso por cuanto se da en una revolución realizada también en nombre de la extinción del Estado- del derrocamiento del antiguo régimen a la construcción del nuevo orden; de la fase “libertaria” a la “autoritaria”. Y, naturalmente, la acusación o sospecha de «traición» se entrelaza con las ambiciones personales y la lucha por el poder.

El ministerio de asuntos exteriores «cierra la ventanilla»

La retórica patriotera y las odas nacionales, en parte “espontáneas”, en parte conscientemente azuzadas, habían desembocado en la pesadilla de la guerra imperialista. La necesidad de acabar con todo ello se hace imperiosa. De este modo, en ciertos sectores del movimiento comunista surge un internacionalismo opuesto a todo realismo, y que tiende a liquidar como un simple prejuicio las diversas identidades nacionales. Veamos en qué términos, a comienzos de 1918, Bujarin se opone no solamente a la paz de Brest-Litovsk sino a cualquier intento por parte del poder soviético de utilizar las contradicciones entre las varias potencias imperialistas, estipulando acuerdos o compromisos con una u otra: «¿Qué estamos haciendo? Estamos transformando el partido en un montón de estiércol [...]. Siempre hemos dicho [...] que antes o después la Revolución rusa habría chocado contra el capital internacional. Ese momento ha llegado»132.

Se comprenden bien la desilusión y la desazón de un Bujarin que, unos dos años antes, contra la guerra a muerte entre las grandes potencias capitalistas y los diversos Estados nacionales, y contra el viraje chovinista de la socialdemocracia, había defendido la perspectiva de una humanidad finalmente unificada y hermanada gracias a la «revolución social del proletariado internacional, que armado derroca la dictadura del capital financiero». Derrotados, junto a la burguesía, «los epígonos socialistas del marxismo» (responsables de haber olvidado u ocultado «la conocida tesis del Manifiesto comunista» según la cuál «los proletarios no tienen patria»), «se agota la última forma de limitación de la concepción del mundo del proletariado: su limitación nacional-estatal, su patriotismo»; «surge el lema de la abolición de las fronteras estatales y de la convergencia de los pueblos en una única familia socialista»133.

No se trata de la fantasía de una única persona. Al asumir el cargo de comisario del pueblo para asuntos exteriores, Trotsky había declarado: «Emitiré algúna proclama revolucionaria a los pueblos del mundo, después cerraré la ventanilla»134. Con la llegada, sobre las ruinas de la guerra y siguiendo a la revolución mundial, de una humanidad unificada a nivel planetario, el primer ministerio en mostrarse superfluo habría sido el que normalmente se ocupa de las relaciones entre los diferentes Estados. Respecto a esta perspectiva tan exaltada, ¡cuán mediocres y degenerados parecían la realidad y el proyecto político subrayados por las negociaciones de Brest-Litovsk, con el retorno de los límites estatales y nacionales, y con la reaparición incluso de la razón de Estado! No pocos militantes y dirigentes bolcheviques viven este acontecimiento como el derrumbe, es más, como el abandono vil y traicionero, de todo un mundo de ideales y esperanzas. Desde luego, no era fácil resistir al ejército de Guillermo II, pero ceder al imperialismo alemán solamente porque los campesinos rusos, mezquinamente apegados a sus intereses e ignorantes de las tareas impuestas por la revolución mundial, rechazaban continuar combatiendo... ¿no era la prueba de la incipiente «degeneración campesina de nuestro partido y del poder soviético»? A finales de 1924 Bujarin describe el clima espiritual dominante en tiempos de Brest-Litovsk entre «los comunistas de izquierda “purasangre”» y los «ambientes que simpatizaban con el camarada Trotsky»: se distinguió en particular el «camarada Riazanov, que entonces salió del partido porque en su opinión habíamos perdido la pureza revolucionaria»135. Más allá de las personalidades individuales, son importantes organizaciones de partido las que declaran: «En interés de la revolución internacional consideramos oportuno admitir la posibilidad de perder el poder soviético, que se está convirtiendo ahora en algo puramente formal». Se trata de palabras «extrañas y monstruosas» a ojos de un Lenin136 que, rodeado por la sospecha o acusación de traición, llega incluso a ser el objetivo de un proyecto -por poco claro que resultara- de golpe de Estado por parte de Bujarin137.

Se requiere todo el prestigio y toda la energía del gran dirigente revolucionario para superar la crisis. Esta, sin embargo, retorna algunos años después. Con la derrota de los Imperios centrales y la irrupción de la revolución en Alemania, Austria, Hungría, y su prepotente acercamiento a otros países, la perspectiva de la que los bolcheviques tuvieron que despedirse en Brest-Litovsk parece volver a adquirir nueva actualidad. Al concluir el I Congreso de la Internacional comunista, es el mismo Lenin el que declara: «La victoria de la revolución proletaria en todo el mundo está asegurada. Se aproxima la fundación de la República soviética internacional»138. Por tanto, a la inminente derrota del capitalismo a escala mundial le habría seguido rápidamente la fusión de las diversas naciones y los diferentes Estados en un único organismo: ¡de nuevo el ministerio de asuntos exteriores estaba a punto de quedar obsoleto!

El ocaso de estas ilusiones coincide con la enfermedad y la muerte de Lenin. Mucho más grave es la nueva crisis por el hecho de que ahora, dentro del partido bolchevique, falta una autoridad indiscutida. Desde el punto de vista de Trotsky y de sus aliados y seguidores no puede haber dudas: lo que prescribía la elección del «socialismo en un sólo país», con el consiguiente abandono de la idea de revolución mundial, no era el realismo político y el cálculo de las relaciones de fuerza, sino solamente la rutina burocrática, el oportunismo, la cobardía; en última instancia, la traición.

El primero en recibir esta acusación es Stalin, que desde el comienzo había dedicado una atención muy especial a la cuestión nacional, con miras a la victoria de la revolución a nivel internacional, pensando antes en Rusia. Entre febrero y octubre de 1917 había presentado la revolución proletaria como el instrumento necesario no solamente para construir el nuevo orden social sino también para reafirmar la independencia nacional de Rusia. La Entente intentaba obligarla por cualquier medio disponible a continuar combatiendo y a desangrarse, e intentaba igualmente transformarla de algún modo «en una colonia de Inglaterra, de América y de Francia»; peor aún, se comportaba en Rusia como si estuviese «en África central»139; de esta operación eran cómplices los mencheviques, que con su insistencia en la continuación de la guerra se plegaban al Diktat imperalista, se dirigían hacia la «venta gradual de Rusia a los capitales extranjeros», llevaban al país «a la ruina» y se revelaban por tanto como los auténticos «traidores» de la nación. En contraposición a todo ello, la revolución que debía realizarse no solamente promovía la emancipación de las clases populares sino que abría «el camino hacia la liberación efectiva de Rusia»140.

Después de Octubre, la contrarrevolución desencadenada por los Blancos, apoyados o aguijoneados por la Entente, también había sido derrotada gracias al llamado de los bolcheviques al pueblo ruso para rechazar la invasión de potencias imperialistas decididas a reducir a Rusia a colonia o semicolonia de Occidente: es por esto que al nuevo poder soviético le habían dado su apoyo también oficiales de extracción noble141. En la defensa de esta línea se había distinguido de nuevo Stalin, que había descrito así la situación durante la guerra civil:

La victoria de Denikin y de Kolčak significa la pérdida de la independencia de Rusia, la transformación de Rusia en una copiosa fuente de dinero para los capitalistas anglofranceses. En este sentido el gobierno Denikin-Kolčak es el gobierno más antipopular y más antinacional. Y en este sentido el gobierno soviético es el único gobierno popular y nacional en el mejor significado del término, porque este lleva consigo no solamente la liberación de los trabajadores del capital, sino también la liberación de toda Rusia del yugo del imperialismo mundial: la transformación de Rusia de colonia a país libre e independiente142.

En los campos de batalla se enfrentaban por un lado «oficiales rusos que se han vendido, han olvidado a Rusia, han perdido su honor y están listos para pasar al lado de los enemigos de la Rusa obrera y campesina»; por el otro los soldados del Ejército rojo, conscientes de «luchar no por los beneficios de los capitalistas, sino por la liberación de Rusia»143. Desde esta perspectiva, lucha social y lucha nacional se entrelazan: sustituyendo a la «unidad imperialista» (es decir a la unidad basada en la opresión nacional) una unidad fundada en el reconocimiento del principio de igualdad entre naciones, la nueva Rusia soviética habría puesto fin a la «disgregación» y a la «completa ruina» que había supuesto la vieja Rusia zarista; por otro lado, incrementando su «fuerza» y su «peso», la nueva Rusia soviética habría contribuido al debilitamiento del imperialismo y a la causa de la victoria de la revolución mundial.144

Sin embargo, cuando la guerra civil y la lucha contra la intervención extranjera estaban yendo hacia mejor, se había difundido la ilusión de una rápida expansión del socialismo al ritmo de los éxitos del Ejército rojo y de su avance más allá de los límites sancionados por Brest-Litovsk. Gracias a su realismo y sobre todo a su aguda sensibilidad por la cuestión nacional, Stalin había señalado los peligros derivados del internarse en profundidad dentro de territorio polaco:

La retaguardia de los ejércitos polacos [...] difiere notablemente de las de Kolčak y Denikin, en favor de Polonia. A diferencia de las retaguardias de Kolčak y Denikin, las de las tropas polacas son homogéneas y de una única nacionalidad. De ahí su unidad y su estabilidad. En el espíritu de sus pueblos predomina el “sentimiento patriótico”, que se transmite al frente polaco por numerosas vías, generando en las tropas unidad nacional y firmeza.

Por tanto, una cosa era derrotar en Rusia a un enemigo desacreditado también en el plano nacional, pero otra cosa era afrontar fuera de Rusia a un enemigo nacionalmente motivado. Por tanto, las proclamas en favor de una «marcha sobre Varsovia», y las declaraciones según las cuales se podía «aceptar solamente una “Varsovia roja, soviética”» eran expresión de vacuas «fanfarronadas» y de un «sentido de autosuficiencia dañino para la causa»145.

El fracasado intento de exportar el socialismo en Polonia, que hasta hacía poco tiempo formara parte del Imperio zarista, había reforzado a Stalin en sus convicciones. En 1929 señala un fenómeno en gran parte inesperado por los protagonistas de la Revolución de octubre: «la estabilidad de las naciones es colosalmente sólida»146: Parecían destinadas a ser una fuerza vital durante un largo período histórico. Por consiguiente, durante un largo período de tiempo la humanidad habría continuado dividida no solamente entre diferentes sistemas sociales, sino también entre diferentes identidades lingüísticas, culturales, nacionales.

¿Qué relación se habría establecido entre ellas? En 1936, en una entrevista a Roy Howard (del Times), Stalin afirma:

La exportación de la revolución es una patraña. Cada país puede hacer su propia revolución si lo desea, pero si no quiere, no habrá revolución. Nuestro país ha querido hacer una revolución, y la ha hecho.

Escandalizado, Trotsky comenta:

Citemos literalmente. De la teoría del socialismo en un sólo país es natural el paso a la teoría de la revolución en un sólo país [...]. Hemos proclamado infinitas veces que al proletariado del país revolucionario victorioso se le considera moralmente obligado a ayudar a las clases oprimidas que se rebelan, y esto no solamente en el campo de las ideas sino también, si es posible, con las armas. No nos hemos limitado a declararlo. Hemos defendido con las armas a los obreros de Finlandia, de Estonia, de Georgia. Hemos intentado, haciendo marchar sobre Varsovia a los ejércitos rojos, ofrecer al proletariado polaco la ocasión propicia para una insurrección147.

Oscurecida la perspectiva de una rápida llegada de la «República soviética internacional», con la consiguiente disolución definitiva de los límites estatales y nacionales, Stalin hacía valer el principio de coexistencia pacífica entre países con diferentes regímenes sociales. Pero este nuevo principio, que era el resultado de un proceso de aprendizaje y que en todo caso garantizaba a la Unión Soviética el derecho a la independencia en un mundo hostil y militarmente más poderoso, era a ojos de Trotsky la traición al internacionalismo proletario; el rechazo de la solidaridad recíproca entre los oprimidos y explotados del mundo como deber inexcusable. Su actividad polémica es incansable, contra la transmutación de la política «internacionalista-revolucionaria» inicial en una política «nacional-conservadora»; contra «la política exterior nacional-pacifista del gobierno soviético»; contra la obligación del principio en base al cuál el único Estado obrero debe hacer en solitario de «líder de la revolución mundial»148. En cualquier caso, como no es pensable el paso pacífico del capitalismo al socialismo, «un Estado socialista no puede integrarse y desarrollarse (hineinwachsen) pacíficamente en el ámbito del sistema capitalista mundial». Es una actitud que Trotsky defiende todavía en 1940: habría sido mejor no implicarse en la guerra contra Finlandia, Pero una vez comenzada, esta debería haber sido «conducida hasta el final, es decir, hasta la sovietización de Finlandia»149.

El ocaso de la «economía del dinero» y de la «moral mercantil»

La dialéctica de Saturno se manifiesta en numerosos otros ámbitos de la vida política y social. En el ámbito interno, ¿cómo debía entenderse la igualdad que el régimen nacido de Octubre estaba llamado a realizar? La guerra y la pobreza habían dado lugar a un “comunismo” basado en la distribución más o menos igualitaria de raciones de alimentos bastante míseras. Respecto a esta práctica y a la ideología que se había desarrollado sobre ella, la ola de robos provocada por la NEP resulta arrolladora, con el surgimiento de nuevas y estridentes desigualdades, posibilitadas por la tolerancia adoptada hacia ciertos sectores de la economía capitalista. La sensación de “traición” es un fenómeno masivo, y se dirige especialmente al partido bolchevique: «En 1921-1922 literalmente decenas de miles de obreros bolcheviques rompieron el carnet decepcionados por la NEP: la habían rebautizado como Nueva Extorsión al Proletariado»150. Más allá de la Rusia soviética, vemos también a un dirigente comunista francés aceptar el cambio radical, pero sin dejar de añadir, al escribir en L’Humanité: «La NEP trae consigo algo de la podredumbre capitalista que había desaparecido completamente durante el comunismo de guerra»151.

Quizás se tiene la impresión de que al ser mirados con desconfianza o con indignación no sean aspectos determinados de la realidad económica, sino esta misma realidad en conjunto. Es necesario no perder de vista la espera mesiánica que caracteriza a las revoluciones vinculadas a los estratos más profundos de la población y que sobrevienen después de una crisis de larga duración. En la Francia de 1789, antes aún del asalto a la Bastilla, a partir de la reunión de los Estados generales y de la agitación del Tercer Estado se agita «en el ánimo popular el antiguo milenarismo, la ansiosa espera por la revancha de los pobres y la felicidad de los humillados: ello impregnará profundamente a la mentalidad revolucionaria». En Rusia, estimulado por la opresión zarista y sobre todo por el horror del Primer conflicto mundial, el mesianismo se había manifestado con fuerza ya en ocasión de la Revolución de febrero: saludándola como una Pascua de resurrección, círculos cristianos y sectores importantes de la sociedad rusa habían esperado de ella una regeneración total, con el surgimiento de una comunidad íntimamente unificada, y con la disolución de la división entre ricos y pobres, así como del hurto, de la mentira, del juego, de la blasfemia, de la embriaguez152. Decepcionada por la política menchevique y por la prolongación de la guerra y de la carnicería, esta espera mesiánica había inspirado ulteriormente no pocas adhesiones a la revolución bolchevique.

Es el caso, por ejemplo, de Pierre Pascal, un católico francés que se verá después profundamente decepcionado por el paso a la NEP, si bien inicialmente había saludado así los acontecimientos de octubre del ‘17:

Se están realizando el cuarto salmo de las vísperas dominicales y el Magníficat: los poderosos arrojados del trono y el pobre rescatado de la miseria [...]. Ya no hay más ricos: sólo pobres y paupérrimos. El saber no confiere ni privilegio ni respeto. El ex-obrero promovido a director da órdenes a los ingenieros. Altos y bajos salarios se aproximan. El derecho de propiedad se reduce a los efectos personales. El juez no se dedica más a aplicar la ley, si el mismo sentido de equidad proletaria la contradice153.

Leyendo este fragmento, resuenan ecos de la afirmación de Marx, según la cuál no hay «nada más fácil que dar al ascetismo cristiano una mano de barniz socialista». No debe pensarse que esta visión circule solamente entre los ambientes abiertamente religiosos. Incluso el Manifiesto del partido comunista hace notar que «los primeros lemas del proletariado» a menudo se caracterizan por reivindicaciones en la línea de «un ascetismo universal y un tosco igualitarismo»154. Es esto lo que se produce en Rusia tras la catástrofe de la Primera guerra mundial. En los años cuarenta un bolchevique describe eficazmente el clima espiritual del período inmediatamente posterior a la Revolución de octubre, surgido de una guerra provocada por la competición imperialista, por el saqueo de las colonias, por la conquista de mercados y materias primas, por la caza capitalista del beneficio y el super-beneficio:

Nosotros los jóvenes comunistas habíamos crecido todos en la convicción de que el dinero habría sido quitado de en medio de una vez por todas [...]. Si reaparecía el dinero, ¿no aparecerían de nuevo los ricos? ¿No nos encontrábamos en una pendiente resbaladiza que nos llevaba de vuelta al capitalismo?155

Es un sentimiento que encuentra su expresión también en la obra de eminentes filósofos occidentales. En 1918 el joven Bloch llama a los Soviets a acabar no solamente con «toda economía privada» sino también con toda «economía dineraria» y, con ella, «la moral mercantil que bendice todo lo malvado que hay en el hombre». Solamente liquidando tal podredumbre en su totalidad era posible acabar de una vez por todas con la carrera por la riqueza y el dominio, por la conquista de las colonias y de la hegemonía, catastróficamente desembocada en la guerra. Al publicar en 1923 la segunda edición de Espíritu de la utopía, Bloch considera oportuno eliminar los pasajes de impronta mesiánica antes citados. Y sin embargo, el estado de ánimo y la visión que los había inspirado no se atenúan ni en la Unión Soviética ni fuera de ella156.

Si por un lado la suavizan, la cicatrización de las heridas abiertas por el primer conflicto mundial y dos guerras civiles (contra los Blancos y contra los kulaks), y la recuperación económica vuelven a agudizar la crisis moral. Sobre todo después de completada la colectivización de la agricultura y la consolidación del nuevo régimen, ya no es posible remitir a los residuos capitalistas y el peligro inmediato del derrumbe para explicar el fenómeno de la permanencia de las diferencias retributivas: ¿eran tolerables? ¿hasta qué punto?

En la Fenomenología del espíritu, Hegel destaca la aporía contenida en la idea de igualdad material que está en la base de la reivindicación de la «comunidad de bienes»: si se procede a la satisfacción igual de las diferentes necesidades de los individuos, está claro que se produce una desigualdad en relación a la «cuota de participación», esto es, a la distribución de los bienes; sin embargo, si se procede a una «distribución igual» de los bienes, entonces está claro que resulta desigual en los individuos la «satisfacción de las necesidades» (diferentes entre ellas). En cualquiera de los casos la «comunidad de bienes» no consigue mantener la promesa de una igualdad material. Marx, que conocía muy bien la Fenomenología, resuelve (en la Crítica del programa de Gotha) la dificultad haciendo corresponder los dos modos diferentes de declinar la «igualdad» (que siempre es parcial y limitada) a dos diferentes fases de desarrollo de la sociedad postcapitalista: en la fase socialista la distribución según «igual derecho», es decir, retribuyendo con la misma medida el trabajo realizado por cada individuo, siempre diferente para cada uno, produce una evidente desigualdad en la retribución global y en la renta; en este sentido el «derecho igual» no es otra cosa que el «derecho de la desigualdad». En la fase comunista, la satisfacción igual de las diversas necesidades comporta también una desigualdad en la distribución de los recursos, salvo que el enorme desarrollo de las fuerzas productivas, satisfaciendo integralmente las necesidades de todos, hace que tal desigualdad carezca de importancia157. Es decir, en el socialismo la igualdad material no es posible; en el comunismo ya no tiene sentido. Quedando clara la desigualdad en la distribución de los recursos, el paso de la satisfacción desigual a la satisfacción igual de las necesidades presupone, más allá del derrocamiento del capitalismo, el desarrollo prodigioso de las fuerzas productivas, y esto puede conseguirse solamente gracias a la afirmación, en el transcurso de la fase socialista, del principio de retribución de cada individuo sobre la base del diferente trabajo desarrollado por él. De aquí la insistencia de Marx en el hecho de que, una vez conquistado el poder, el proletariado está llamado a luchar, aparte de por la transformación de las relaciones sociales, por el desarrollo de las fuerzas productivas158. Por otro lado, sin embargo, al celebrar el París obrero enfrentado a la burguesía francesa, que nada en el lujo mientras ejecuta una sangrienta represión, Marx señala como modelo una medida aprobada por la Comuna: «el servicio público debía realizarse a cambio de salarios obreros»159. En este caso la igualdad retributiva y material tiende a ponerse como objetivo de la sociedad socialista.

No es fácil conciliar las dos perspectivas, y su divergencia jugará un rol ineludible a la hora de dividir y lastrar de manera irremediable al partido y al grupo dirigente bolchevique. A medida que se refuerza, el poder soviético se ve llevado a prestar una atención creciente al problema de la edificación económica, con el fin tanto de consolidar la base social de consenso y conseguir la legitimidad nacional para el pueblo ruso, como de defender al «país del socialismo» frente a las amenazas que se perfilan en el horizonte. Remitiendo a la polémica ya conocida del Manifiesto del partido comunista contra el «ascetismo universal» y el «tosco igualitarismo», Stalin insiste: «Es el momento de entender que el marxismo es enemigo del igualitarismo». La igualdad producida por el socialismo consiste en la eliminación de la explotación de clase, no desde luego en la imposición de uniformidad y homologación, que es el ideal al que aspira el primitivismo religioso:

La nivelación en el ámbito de las necesidades y de la vida personal es un sinsentido reaccionario y pequeño-burgués, digno de cualquier secta primitiva de ascetas, pero no de una sociedad socialista organizada marxianamente, porque no se puede exigir que todos los hombres tengan necesidades y gustos iguales, que todos los hombres vivan su vida personal según un único modelo [...]. Por igualdad, el marxismo entiende no ya la nivelación en el ámbito de las necesidades personales y de las condiciones de vida, sino la destrucción de las clases160.

El primitivismo religioso puede expresarse mediante la aspiración a una vida comunitaria, en cuyo ámbito son llamadas a disolverse las diferencias individuales, en perjuicio también del desarrollo de las fuerzas productivas:

La idealización de las comunas agrícolas se ha visto impulsada en determinado momento hasta el intento de introducir las comunas incluso en oficinas y fábricas, donde los obreros cualificados y no-cualificados, trabajando cada uno según su categoría, tenían que poner su salario en la caja común y dividirlo después en partes iguales. Es bien sabido cuánto daño hayan provocado a nuestra industria estos pueriles ejercicios de nivelación debidos a alborotadores de “izquierda”161.

El objetivo a largo plazo de Stalin es bastante ambicioso, tanto en el plano social como en el nacional: «Hacer de nuestra sociedad soviética la sociedad con mayor bienestar»; realizar la «transformación de nuestro país en el más avanzado de los países»; pero para conseguir este resultado «es necesario que en nuestro país la productividad del trabajo supere a la productividad del trabajo de los países capitalistas más avanzados»162, lo que todavía una vez más conlleva el recurso a incentivos materiales aparte de morales, y por tanto la superación de ese igualitarismo considerado por el líder soviético como tosco y mecánico.

De nuevo, y de hecho más que nunca, resurge un primitivismo religioso, con su desprecio no solamente hacia las diferencias retributivas, sino sobre todo respecto a la riqueza en cuanto tal: «Si todos acaban alcanzando el bienestar y los pobres dejan de existir ¿sobre quiénes apoyaremos los bolcheviques nuestro trabajo?»: así argumentan y se angustian según Stalin los «alborotadores de “izquierda”, que idealizan a los campesinos pobres como el sostén eterno del bolchevismo»163. Esto nos remite a las observaciones críticas que elabora Hegel a propósito del mandamiento evangélico que impone el ayudar a los pobres: soslayando el hecho de que se trata de un «precepto condicionado», y absolutizándolo, los cristianos acaban absolutizando también la pobreza, pues sólo ella puede dar sentido a la norma que exige el socorro a los pobres. Y sin embargo la seriedad de la ayuda a los pobres se mide por la contribución aportada a la superación de la pobreza en cuanto tal164. En el clima de rechazo hacia la carnicería provocada por el capitalismo y por el auri sacra fames, se reproduce la desconfianza religiosa hacia el oro, hacia la riqueza en cuanto tal, y la idealización de la miseria o por lo menos de la escasez, entendidas y vividas como expresión de plenitud espiritual o de rigor revolucionario. Y Stalin se siente obligado a subrayar un punto central: «Sería estúpido pensar que el socialismo pueda ser construido sobre la base de la miseria y las privaciones, sobre la base de la reducción de las necesidades personales y de la nivelación del nivel de vida de los hombres al de los pobres»; al contrario, «el socialismo puede ser edificado solamente sobre un impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad» y «sobre la base de una vida acomodada de los trabajadores», es más, «una vida acomodada y civil para todos los miembros de la sociedad»165. Al igual que el precepto cristiano de ayudar a los pobres, también el precepto revolucionario, que insta a los partidos comunistas a colocarse en primer lugar entre los explotados y los pobres, está «condicionado» y es realmente tomado en serio sólo cuando es entendido en su condicionalidad.

Por tanto, para Stalin era necesario intensificar los esfuerzos con el fin de acrecentar decididamente la riqueza social, imprimiendo «un nuevo impulso» a la «emulación socialista»; se imponía recurrir tanto a los incentivos materiales (haciendo valer el principio socialista de la retribución según el trabajo) como a los incentivos morales (confiriendo por ejemplo «el más alto honor» a los estajanovistas más destacados)166. Diferente y contrapuesta es la orientación de Trotsky: al «restablecer grados y condecoraciones» liquidando así la «igualdad socialista», la burocracia prepara el terreno para cambios también en las «relaciones de propiedad»167. Si Stalin se remontaba de manera explícita a los ataques del Manifiesto contra el socialismo entendido como sinónimo de «ascetismo universal» y «tosco igualitarismo», la oposición de izquierdas avalaba conscientemente o no la tesis contenida en la Guerra civil en Francia, según la cual también en al nivel más alto los dirigentes debían ser retribuidos con «salarios obreros». Se equivocaban, insistía Trotsky, cuando para justificar sus privilegios la burocracia y Stalin recurrían a la Crítica del programa de Gotha: «Marx no sugería con esto la creación de una nueva desigualdad, sino una eliminación gradual de la desigualdad en los salarios, preferible a la eliminación brusca»168.

Sobre la base de esta línea política (de nivelación de las retribuciones tanto en las fábricas como en el aparato estatal) era bastante difícil promover el desarrollo de las fuerzas productivas. Para Stalin la diferencia retributiva no implicaba la restauración del capitalismo: no había que confundir las diferencias sociales que subsistían en el ámbito del nuevo régimen con el viejo antagonismo entre clases explotadoras y clases explotadas. Sin embargo, para Trotsky se trataba de un torpe intento de simplificación: «el contraste entre la miseria y el lujo choca demasiado en los centros urbanos». En conclusión:

Que la diferencia entre la aristocracia obrera y la masa obrera sea, desde el punto de vista de la sociología estaliniana, “radical” o “superficial”, importa poco; en todo caso, es de esta diferencia de donde nació en su momento la necesidad de romper con la socialdemocracia y fundar la III Internacional169.

Según Marx, el socialismo estaba llamado también a superar la contraposición entre trabajo intelectual y manual. De este modo reaparecía el problema: ¿cómo realizar un objetivo tan ambicioso? Y una vez más el grupo dirigente bolchevique acaba dividido; también en este caso, la perspectiva elaborada por Stalin en los años treinta se distingue por su cautela:

Algunos piensan que la supresión del antagonismo entre trabajo intelectual y trabajo físico puede ser alcanzada mediante cierta nivelación cultural y técnica de los trabajadores intelectuales y manuales, que se obtendría rebajando el nivel cultural y técnico de los ingenieros y los técnicos, de los trabajadores intelectuales, hasta el nivel de los obreros de cualificación media. Esto es totalmente erróneo.170

Había que estimular el acceso a la formación en todos los estratos sociales hasta aquél momento excluidos. En el frente opuesto, Trotsky reconocía que se había dado un proceso de «formación de cuadros científicos provenientes del pueblo», y sin embargo afirmaba: «La distancia social entre el trabajo manual y el intelectual se ha incrementado en el transcurso de los últimos años en vez de disminuir»171. Persistencia de la división del trabajo y persistencia de las desigualdades económicas y sociales eran las dos caras de la misma moneda, es decir, del retorno de la explotación capitalista y por tanto de la completa traición a los ideales socialistas:

La nueva Constitución, cuando declara que la «explotación del hombre por el hombre está abolida en la URSS» dice lo contrario de la verdad. La nueva diferenciación social ha creado las condiciones para un renacimiento de la explotación bajo las formas más bárbaras, como la adquisición del hombre para el servicio personal ajeno. Los domésticos no figuran en el censo, teniendo que ser incluidos evidentemente bajo el término «obreros». Las siguientes preguntas no se plantean: ¿el ciudadano soviético tiene domésticos? ¿Y cuáles (mujer del servicio, institutriz, nodriza, cocinera, conductor)? ¿Tiene un automóvil a su disposición? ¿De cuántas habitaciones dispone? ¡Tampoco se habla de las dimensiones de su salario! Si se reactivase la regla soviética, que priva de derechos políticos a todo aquél que explote el trabajo ajeno, ¡se vería repentinamente que los máximos dirigentes de la sociedad soviética deberían verse privados del derecho constitucional! Afortunadamente, una igualdad completa está establecida... entre el patrón y los domésticos.172

Por lo tanto, la misma presencia de la figura social de la «mujer del servicio» y del doméstico en general era sinónimo no sólo de explotación, sino de «explotación bajo las formas más bárbaras»: ¿cómo explicar la persistencia o reaparición en la URSS de tales relaciones, si no es por el abandono de una perspectiva auténticamente socialista, esto es, por una traición?

La onda larga del mesianismo, desde luego ya implícita en los aspectos más utópicos del pensamiento de Marx pero enormemente sobredimensionados como reacción al horror de la Primera guerra mundial, continúa haciéndose eco. En su Informe al XVII Congreso del PCUS (26 de enero de 1934), Stalin siente la necesidad de advertir contra «las habladurías siniestras, que han prosperado entre una parte de nuestros militantes, según las cuales el comercio soviético sería una fase superada y el dinero debería ser rápidamente abolido». Aquellos que argumentan así, «con su actitud soberbia hacia el comercio soviético, no expresan un punto de vista bolchevique, sino un punto de vista propio de nobles decadentes, llenos de pretensiones, pero sin dinero en el bolsillo»173. Trotsky, sin embargo, si por un lado no pierde ocasión de condenar el anterior «aventurismo económico» reprochado a Stalin, por el otro se burla de la «rehabilitación del rublo» y del retorno a los «métodos burgueses de distribución»174. En todo caso, continúa afirmando que en el comunismo, junto al Estado, están destinados a disolverse también el «dinero» y toda forma de mercado175.

«No más distinciones entre tuyo y mío»: la disolución de la familia

Junto al imperialismo y el capitalismo, la Revolución de octubre estaba llamada a acabar también con la opresión de la mujer. Para hacer posible su participación con los mismos derechos en la vida política y social, era necesario liberarla, gracias al desarrollo lo más amplio posible de los servicios sociales, de la reclusión doméstica y de una división del trabajo que la humillaba y embrutecía; después la crítica de la moral tradicional y su doble rasero habría hecho posible garantizar también a la mujer una emancipación sexual hasta ese momento reservada, aunque de manera parcial y distorsionada, al hombre. ¿Tras estas grandes transformaciones habría seguido teniendo sentido la institución de la familia o estaba destinada a disolverse? Alexandra Kollontai no tiene dudas: «la familia ya no es necesaria». Mientras tanto ésta estaba en crisis por la completa libertad, espontaneidad y «fluidez» que caracterizarían a partir de entonces a las relaciones sexuales. Además de estar en declive, la familia parecía superflua: «la educación de los hijos pasa gradualmente a manos de la sociedad». Por otra parte, no había que dejarse llevar por lamentaciones: la familia era un lugar privilegiado para el cultivo del egoísmo, fomentando también el apego a la propiedad privada. En conclusión: «La madre trabajadora socialmente consciente se alzará hasta el punto de no hacer más distinción entre tuyo y mío, y por tanto hasta recordar que sólo existen nuestros hijos, los hijos de la Rusia comunista de los trabajadores». Se trata de ideas duramente criticadas por el grupo dirigente bolchevique en su conjunto. En especial, interviniendo en 1923, Trotsky señala sabiamente que tal visión ignoraba «la responsabilidad del padre y de la madre hacia el hijo», estimulando así el abandono del niño y por tanto agravando un flagelo de por sí bastante difundido en el Moscú de aquellos años176. Y, sin embargo, en una forma u otra tales ideas «continuaban siendo bastante populares en los círculos del partido»177. Contra ellas, todavía a comienzos de los años treinta, se ve obligado a enfrentarse un estrecho colaborador de Stalin, Kaganovich. Demos la palabra a su biógrafo:

Pese a adherirse completamente al principio de la liberación de la mujer, Kaganovich se enfrentó con vehemencia contra las posiciones extremistas, que solicitaban la liquidación de las cocinas individuales y defendían una convivencia forzada en comunas. Sabsovich, uno de los planificadores de izquierda, había incluso propuesto suprimir todo espacio de convivencia común entre marido y mujer, a excepción de un pequeño dormitorio para la noche. Había impulsado la idea de grandes edificios con estructura de panal, albergando a 2.000 personas con todos los servicios en común, todo para estimular el «espíritu comunitario» y suprimir la institución de la familia burguesa.178

Pero la actitud de Kaganovich (y de Stalin) suscita la dura crítica de Trotsky, a la sazón líder de la oposición: «El culto totalmente reciente de la familia soviética no cae del cielo. Los privilegios que no se pueden legar a los hijos pierden la mitad de su valor. Ahora, el derecho de dejar herencia es inseparable del de propiedad»179. Por lo tanto, la recuperación de la institución de la familia (y el rechazo de las comunas, destinadas a absorberla y disolverla) remitía a la defensa del derecho de transmisión hereditaria y el derecho de propiedad, y asumía por consiguiente un claro significado contrarrevolucionario. Y de hecho, por una «coincidencia providencial» -ironiza Trotsky- «la solemne rehabilitación de la familia» tiene lugar en el mismo momento en que retorna con honores el dinero; «la familia renace al mismo tiempo en que se afirma el rol educativo del rublo»180. La consagración de la fidelidad conyugal va a la par de la consagración de la propiedad privada: por decirlo en términos religiosos, «el quinto mandamiento vuelve a ponerse en vigor de manera simultánea al séptimo, sin invocación a la autoridad divina, de momento»181.

En realidad, esta invocación ya se perfila en el horizonte. Al intervenir sobre el proyecto de Constitución de 1936, Stalin polemiza contra aquellos que querían «prohibir la celebración de las ceremonias religiosas» y «privar de sus derechos electorales a los sacerdotes»182. De nuevo Trotsky interviene para denunciar este inadmisible repliegue respecto a los proyectos iniciales de liberación definitiva de la sociedad de los yugos de la superstición: «El asalto al cielo ha acabado [...]. Preocupada por su buena reputación, la burocracia ha ordenado a los jóvenes ateos deponer las armas y ponerse a leer. No es sino el comienzo. Un régimen de neutralidad irónica se instituye poco a poco respecto a la religión»183. Junto a la familia y al derecho de herencia y propiedad, no se podía sino volver al marxiano opio del pueblo.

Tras este nuevo capítulo de la requisitoria contra la “traición”, está la dialéctica que ya conocemos. Acabando con la familia burguesa, con sus mezquinos intereses, sus inveterados prejuicios y sus leyes muertas, la revolución habría abierto también un espacio reservado exclusivamente al amor, a la libertad y a la espontaneidad. Y sin embargo...

Es interesante notar que lo que provocaba la protesta e indignación de Trotsky era todavía la idea de una reglamentación jurídica de las relaciones familiares:

La auténtica familia socialista, liberada por la sociedad de los pesados y humillantes fardos cotidianos, no necesitará ninguna reglamentación y la sola idea de leyes sobre el divorcio y el aborto no le parecerán mejores que el recuerdo de las casas de tolerancia o de los sacrificios humanos184.

La condena de la «política de jefes» o la «transformación del poder en amor»

De este modo, más allá de la institución de la familia (junto a los derechos de herencia y de propiedad) y de la consagración religiosa del poder (del jefe de familia y del propietario), la polémica de Trotsky atañe al problema de la organización jurídica en su conjunto; el problema del Estado. Se trata de la cuestión central hacia la que convergen todas las cuestiones particulares antes analizadas: ¿cuándo y bajo qué modalidades comienza el proceso de extinción del Estado previsto por Marx después de la superación del capitalismo? El proletariado victorioso -afirma El Estado y la revolución antes del Octubre bolchevique- «necesita únicamente un Estado en vías de extinción»; y sin embargo, poniendo en marcha una gigantesca oleada de nacionalizaciones, el nuevo poder da un impulso sin precedentes a la extensión del aparato estatal. Por lo tanto, a medida que se procede a la construcción de la nueva sociedad, Lenin se ve obligado, conscientemente o no, a tomar cada vez más distancia del anarquismo (así como de otras de sus anteriores opiniones). Para advertirlo con mayor claridad, basta con echar una ojeada a una importante intervención, Mejor menos, pero mejor, publicada en Pravda el 4 de marzo de 1923. Enseguida se aprecia la novedad de las consignas: «mejorar nuestro aparato estatal», dedicarse seriamente a la «construcción del Estado», «construir un aparato verdaderamente nuevo que merezca realmente el apelativo de socialista, de soviético», mejorar el «trabajo administrativo», y hacer todo ello aprendiendo si es preciso de los «mejores modelos de Europa occidental»185.

Ampliar masivamente el aparato estatal y plantearse con firmeza el problema de su mejora ¿no significa renunciar de hecho al ideal de la extinción del Estado? Desde luego, la realización de tal ideal puede remitirse a un futuro bastante lejano, pero mientras, ¿cómo debe gestionarse la propiedad pública, que ahora ha conocido un enorme ampliación, y cuáles formas debe asumir el poder en la Rusia soviética en su conjunto? Incluso en El Estado y la revolución, escrito en el momento en el que más áspera y necesaria era la denuncia de los regímenes representativos, igualmente responsables de la masacre, podemos leer que incluso la democracia más desarrollada no puede carecer de «instituciones representativas»186. Y sin embargo, la espera por la extinción del Estado continúa alimentando la desconfianza respecto a la idea de representación precisamente en el momento en el que los dirigentes de la Rusia soviética multiplican los organismos representativos (como sin duda es el caso de los Soviets), sin rehuir tampoco una representación de segundo y tercer grado: los Soviets de nivel inferior elegían a sus delegados para el Soviet de nivel superior. La polémica no tarda en avivarse.

El problema del restablecimiento del orden y la revitalización del aparato productivo, con el consiguiente reconocimiento del principio de competencia, se plantea también en las fábricas; de este modo, ya a inicios del nuevo régimen, ambientes sociales y políticos reluctantes al cambio denuncian la llegada al poder de los «especialistas burgueses», o de una «nueva burguesía», y de nuevo eligen como blanco de sus críticas a Trotsky, que en aquél momento desempeña un papel destacado en la dirección del aparato estatal-militar187. Es una polémica que acaba llegando más allá de Rusia. Es significativa la crítica dirigida a Gramsci, que celebra el nuevo Estado que está formándose en el país de la Revolución de octubre y homenajea a los bolcheviques como «una aristocracia de estadistas» y a Lenin como «el más grande estadista de la Europa contemporánea»: ellos han sabido poner fin al «oscuro abismo de miseria, barbarie, anarquía, descomposición» abierto «por una guerra larga y desastrosa». Pero -objeta un anarquista- «esta apología, llena de lirismo» del Estado y de la «estadolatría», del «socialismo estatal, autoritario, legalitario y parlamentarista», está en contradicción con la misma Constitución soviética, que se compromete con la instauración de un régimen en cuyo seno «no habrá más división de clases, ni poder del Estado»188.

No son solamente ambientes y autores de orientación claramente anarquista los que adoptan una postura crítica. También exponentes del movimiento comunista internacional expresan insatisfacción, desilusión y una clara disensión. Demos la palabra a uno de ellos, Pannekoek, que ya no se reconoce en la acción política de los bolcheviques: «los funcionarios técnicos y administrativos ejercen en las fábricas un poder mayor del que debería ser compatible con la evolución comunista [...]. De los nuevos jefes y funcionarios ha surgido una nueva burocracia»189. «La burocracia», enfatiza la Plataforma de la Oposición obrera en Rusia, «es una negación directa de la acción de las masas»; desgraciadamente, se trata de una «dolencia» que «ya ha invadido las fibras más íntimas de nuestro partido y de las instituciones soviéticas»190.

Más allá de Rusia, tales críticas se dirigen también y en primer lugar a Occidente: apelan a acabar «con el sistema representativo burgués, con el parlamentarismo»191. Más que la dictadura bolchevique, se condena el principio de representatividad: sí, «es cualquier otro el que decide vuestro destino, esta es la esencia de la burocracia»192. La degeneración de la Rusia soviética reside en el hecho de que quien asume un cargo determinado es una persona concreta: en las fábricas, como en cualquier nivel, a la «dirección colectiva» la está sustituyendo la «dirección individual», que «es un producto de la concepción individualista de la clase burguesa» y expresa «fundamentalmente una voluntad del hombre ilimitada, libre y aislada, disociada de la colectividad»193. Más que una «política de masas» (Massenpolitik), la Tercera Internacional también «lleva a cabo una política de jefes» (Führerpolitik)194.

Como se ve, la acusación de traición a los ideales originarios, más que dirigirse contra el abuso de poder, carga contra los órganos del poder, fundados en la distinción/oposición entre gobernados y gobernantes, entre jefes y masas, entre dirigentes y dirigidos, fundados en la exclusión de la acción directa o «política de masas». Si los Soviets no se libran de la desconfianza, igualmente explícito es el desprecio hacia el Parlamento, los sindicatos y los partidos, incluido quizás el partido comunista basado también en el principio de representatividad y, por lo tanto, afectado por el virus de la burocracia. En última instancia, más que los órganos de poder, es el mismo poder en cuanto tal el que recibe las críticas. «Es la maldición del movimiento obrero: apenas consigue cierto “poder”, intenta incrementarlo con medios carentes de principios». De ese modo deja de ser «puro»: es lo que ocurrió con la socialdemocracia alemana, y es lo que ocurre también con la Tercera internacional195.

En este contexto puede situarse al joven Bloch, quien desde la revolución y los Soviets, aparte de la superación de la economía, el espíritu mercantil y el mismo dinero, espera también la «transformación del poder en amor»196. Si el filósofo alemán, al pulir la segunda edición de Espíritu de la utopía eliminando estos fragmentos y proposiciones desiderativas, toma distancia de los aspectos más claramente mesiánicos de su pensamiento, no son pocos -en la Rusia soviética y en el exterior- los comunistas que gritan escandalizados, en definitiva a causa del ausente milagro de la «transformación del poder en amor».

En los primeros años de vida de la Rusia soviética, más que Stalin, la polémica “anti-burocrática” implica en primer lugar a Lenin y al mismo Trotsky, incluido entre los más destacados «defensores y cruzados de la burocracia»197. La situación cambia sensiblemente en los años siguientes. Antes aún que por los contenidos, la sanción de la Constitución de 1936 representa un cambio radical por el hecho mismo de romper con las representaciones anarcoides, tenazmente apegadas al ideal de la extinción del Estado y en base a las cuáles «el derecho es el opio del pueblo» y «la idea de Constitución es una idea burguesa»198. En palabras de Stalin la Constitución de 1936 «no se contenta con fijar los derechos formales de los ciudadanos, sino que desplaza el centro de gravedad sobre la garantía de estos derechos, sobre los medios necesarios para el ejercicio de estos derechos»199. Si también es insuficiente y no constituye tampoco el aspecto esencial, la garantía «formal» de los derechos no parece ser aquí irrelevante. Stalin subraya con aprobación el hecho de que la nueva Constitución «ha asegurado la aplicación del sufragio universal, directo e igual, con el secreto de voto»200. Pero precisamente sobre este punto interviene la crítica de Trotsky: en la sociedad burguesa el secreto de voto sirve para «sustraer a los explotados de la intimidación de los explotadores»; la reaparición de esta institución en la sociedad soviética es la confirmación de que también en la URSS el pueblo debe defenderse de la intimidación, si no de una auténtica clase explotadora, en todo caso de una burocracia201.

A aquellos que exigían que se recomenzase a afrontar el problema de la extinción del Estado, Stalin respondía en 1938 invitando a no transformar las enseñanzas de Marx y Engels en un dogma y una vacua escolástica; el retraso en la realización del ideal se explicaba por el permanente asedio capitalista. Y sin embargo, al enumerar las funciones del Estado socialista, aparte de aquellas tradicionales, como la defensa contra el enemigo de clase en el plano interior e internacional, Stalin llamaba la atención sobre una «tercera función, es decir, el trabajo de organización económica y el trabajo cultural y educativo de los órganos de nuestro Estado», un trabajo destinado al «fin de desarrollar los gérmenes de la nueva economía socialista, y de reeducar a los hombres en el espíritu del socialismo». Era un punto sobre el que el Informe al XVIII Congreso del PCUS insistía con fuerza: «Ahora la tarea fundamental de nuestro Estado, dentro del país, consiste en un trabajo pacífico de organización económica, en un trabajo cultural y educativo». La teorización de esta «tercera función» era ya de por sí una novedad esencial. Pero Stalin iba más allá, al declarar: «La función de la represión ha sido sustituida por la función de salvaguarda de la propiedad socialista de los ladrones y de aquellos que derrochen el patrimonio del pueblo»202.

Desde luego, se trataba de una declaración más bien problemática, es más, mistificadora: desde luego no reflejaba correctamente la situación de la URSS en 1939, donde arreciaba el terror y se dilataba monstruosamente el Gulag. Pero aquí nos estamos ocupando de otro aspecto: ¿es válida, y hasta qué punto, la tesis de la extinción del Estado? «Se conservará entre nosotros el Estado también durante el comunismo? Sí, se conservará, si no es liquidado el acoso capitalista, si no se elimina el peligro de agresiones armadas del exterior»203. Por tanto, la realización del comunismo en la Unión Soviética o en determinado conjunto de países habría conllevado el definitivo declive de la primera función del Estado socialista (la salvaguarda del peligro de contrarrevolución en el ámbito interno), aunque no de la segunda (la protección contra las amenazas externas) que, en presencia de potentes países capitalistas, habría continuado siendo vital incluso «en un período comunista». ¿Pero por qué al derrumbe del acoso capitalista y al declinar de la segunda función tendría que seguirles también el ocaso de la «tercera función», es decir, el «trabajo de organización económica» y «cultural», por no decir la «salvaguarda de la propiedad socialista de los ladrones y aquellos que derrochen el patrimonio del pueblo»? No hay duda de que Stalin revela incertidumbres y contradicciones, estimuladas probablemente también por la necesidad política de moverse con cautela sobre un terreno minado, donde todo pequeño desvío respecto a la clásica tesis de la extinción del Estado lo exponía a la acusación de traición.

El asesinato de Kírov: ¿complot del poder o terrorismo?

El grupo dirigente que asume el poder en octubre de 1917 se muestra desde el comienzo profundamente dividido acerca de las cuestiones más importantes de política interna e internacional. Apenas contenida mientras Lenin está en activo, tal fractura se hace irremediable una vez desaparecido el líder carismático. ¿Se mantiene limitado el choque al ámbito político-ideológico?

Ya han pasado los tiempos en los que, en relación al caso de Sergei M. Kírov (dirigente de primerísima línea del PCUS asesinado a tiros frente a la puerta de su oficina por un joven comunista, Leonid Nikolaev, el 1 de diciembre de 1934 en Leningrado), se podía escribir que «no hay ninguna duda ya sobre el hecho de que el asesinato haya sido organizado por Stalin y realizado por sus agentes de policía»204. La versión y las insinuaciones contenidas en el Informe secreto habían suscitado una patente perplejidad ya a mediados de los años noventa205. Pero ahora disponemos del trabajo de una investigadora rusa, publicada también en francés en una colección dirigida por Stéphane Courtois y Nicolas Werth, esto es, los editores del Libro negro del comunismo. Estamos por lo tanto en presencia de un trabajo que se presenta con credenciales antiestalinistas más que probadas; y sin embargo, pese a negar que tras el asesinato hubiese una amplia conspiración, destroza la versión contenida o sugerida en el Informe secreto al XX Congreso del PCUS. La narración de Kruschov se revela como mínimo «inexacta» ya sólo a partir de una serie de detalles; por otro lado, su autor «sabía que necesitaba argumentos de peso para provocar un shock psicológico en los seguidores del “padrecito de los pueblos”»; de hecho, la tesis del «complot de Stalin contra Kírov respondía admirablemente a esta necesidad»206.

Las relaciones reales de colaboración y amistad establecidas entre el líder y su colaborador emergen con claridad del retrato que la investigadora rusa traza acerca de Kírov:

Este hombre abierto no amaba ni la intriga, ni la mentira, ni el engaño. Stalin tuvo que apreciar estos rasgos de carácter que fueron la base de sus relaciones. Según los testimonios de sus contemporáneos, Kírov era en efecto capaz de hacerle objeciones a Stalin, de atravesar su espíritu suspicaz y su tosquedad. Stalin lo entusiasmaba sinceramente y confiaba en él. Apasionado de la pesca y la caza, enviaba a menudo a Moscú pescado fresco y caza mayor. Stalin tenía tal confianza en Kírov, que le invitó varias veces a ir a la sauna con él, “honor” que él otorgaba a un sólo mortal, el general Vlassik, jefe de su guardia personal.207

Hasta el final, nada interviene para turbar esta relación, como se confirma en las investigaciones de otro historiador ruso: de los archivos no surge ningún elemento que apunte hacia una divergencia política o una rivalidad entre los dos. Aún más ridícula es esta tesis por el hecho de que Kírov participa sólo ocasionalmente «en la actividad del más alto órgano de poder del partido», el Politburó, concentrándose más bien en la administración de Leningrado.208

Pero, si «la idea de una rivalidad que opusiese Kírov a Stalin no se apoya en nada»209, da que pensar la reacción de Trotsky:

El cambio hacia la derecha en la política exterior e interior no podía sino alarmar a los elementos del proletariado con una mayor consciencia de clase [...]. También la juventud se ve golpeada por una profunda inquietud, sobre todo la parte que vive cerca de la burocracia y observa su arbitrariedad, sus privilegios y su abuso de poder. En esta atmósfera sofocante detonó el disparo de arma de fuego de Nikolaev [...]. Es extremadamente probable que él quisiese protestar contra el régimen existente en el partido, contra la incontrolabilidad de la burocracia o contra el viraje a la derecha.210

Transparente es la simpatía o la comprensión hacia el perpetrador y explícitos el desprecio y el odio reservados a Kírov. Lejos de compadecerlo como víctima del dictador del Kremlin, Trotsky lo etiqueta como el «dictador hábil y sin escrúpulos de Leningrado, personalidad típica de su corporación»211. Y aún más, in crescendo: «Kírov, sátrapa brutal, no suscita en nosotros compasión alguna»212. La víctima es un individuo contra el que crecía desde hacía un tiempo la cólera de los revolucionarios:

Quienes recurren al nuevo terror no son ni las viejas clases dominantes ni los kulaks. Los terroristas de los últimos años son reclutados exclusivamente en la juventud soviética, en las filas de la organización juvenil comunista y del partido213.

Al menos en este momento -entre 1935 y 1936- no se habla en modo alguno del atentado contra Kírov en términos de montaje. Sí, se afirma que todo ello puede ser instrumentalizado por la «burocracia en su conjunto», pero se subraya al mismo tiempo, no sin complacencia, que «cada burócrata tiembla frente al terror» proveniente de abajo214. Si también se ven privados de la «experiencia de la lucha de clases y de la revolución», estos jóvenes inclinados a «colocarse en la ilegalidad, a aprender a combatir y templarse para el porvenir» constituyen un motivo de esperanza.215 Trotsky apela a la juventud soviética, que ya comienza a sembrar el miedo entre los miembros de la casta dominante, llamándola a una nueva revolución que presiente cercana. El régimen burocrático ha desencadenado «la lucha contra la juventud», como ya denuncia en el título de uno de los párrafos centrales de La revolución traicionada. Ahora los oprimidos derrocarán a los opresores:

Cualquier partido revolucionario encuentra sobre todo apoyo en la joven generación de la clase ascendente. La senilidad política se expresa en la pérdida de la capacidad para arrastrar a la juventud [...]. Los mencheviques se apoyan en los estratos superiores y más maduros de la clase obrera, no sin encontrar en ello motivos de orgullo y no sin mirar por encima del hombro a los bolcheviques. Los acontecimientos mostraron despiadadamente su error: en el momento decisivo, los jóvenes arrastraron a los hombres maduros e incluso a los viejos216.

Es una dialéctica destinada a repetirse. Por inmaduras que puedan ser las formas que esta asuma inicialmente, la revuelta contra la opresión siempre tiene un valor positivo. Después de haber reafirmado su desprecio y odio hacia Kírov, Trotsky añade:

Permanecemos neutrales frente a aquél que lo ha asesinado solamente porque ignoramos sus móviles. Si supiésemos que Nikolaev ha golpeado intencionadamente en un intento de vengar a los obreros cuyos derechos pisoteaba Kírov, nuestras simpatías irían sin reservas para el terrorista.

Como los «terroristas irlandeses» o de otros países, también los terroristas «rusos» merecen respeto217.

Inicialmente, las investigaciones de las autoridades se dirigen hacia los «Guardias blancos». De hecho, en París estos círculos estaban bien organizados: habían conseguido efectuar «cierto número de atentados en territorio soviético». En Belgrado actuaban círculos parecidos: la revista mensual que publicaban especificaba, en el número de noviembre de 1934, que con el fin de «derrocar a los dirigentes del país de los soviets» convenía «utilizar el arma del atentado terrorista». Entre los dirigentes a eliminar figuraba precisamente Kírov. Y sin embargo, estas investigaciones no llevan a resultados; las autoridades soviéticas comienzan entonces a mirar hacia la oposición de izquierdas.218

Como hemos visto, quien avala la nueva pista es Trotsky, que no se limita a subrayar la ebullición revolucionaria de la juventud soviética sino que aclara además que quienes recurren a la violencia no son y no pueden ser clases definitivamente derrotadas y por tanto ya próximas al abandono:

La historia del terrorismo individual en la URSS caracteriza fuertemente las etapas de la evolución general del país. Al alba del poder de los Soviets, los Blancos y los socialistas-revolucionarios organizan atentados terroristas en una atmósfera de guerra civil. Cuando las viejas clases propietarias han perdido toda esperanza de restauración, el terrorismo cesa. Los atentados de los kulaks, que se han prolongado hasta los últimos tiempos, han tenido un carácter local; completaban una guerrilla contra el régimen. El terrorismo más reciente no se apoya ni en las viejas clases dirigentes ni en los campesinos ricos. Los terroristas de la última generación se reclutan exclusivamente en la juventud soviética, entre los jóvenes comunistas y en el partido, a menudo también entre los hijos de los dirigentes219.

Si las viejas clases despachadas antes por la Revolución de octubre y después con la colectivización de la agricultura se han resignado, no ocurre lo mismo respecto al proletariado, protagonista de la revolución y momentáneamente bloqueado y oprimido por la burocracia estalinista. Es esta última la que debe temblar: el atentado contra Kírov y la difusión del terrorismo entre la juventud soviética son el síntoma del aislamiento y de la «hostilidad» que rodean y alcanzan a los usurpadores del poder soviético220.

Es cierto, Trotsky se apresura a precisar que el terrorismo individual no es realmente eficaz. Pero se trata de una precisión no del todo convincente y, quizás, no del todo convencida. Mientras, en las condiciones en las que se encuentra la URSS, se trata de un fenómeno inevitable: «El terrorismo es la trágica realización del bonapartismo»221. Además, si tampoco es capaz de resolver el problema, «el terrorismo individual tiene sin embargo la mayor importancia como síntoma, por cuanto caracteriza la dureza del antagonismo entre la burocracia y las vastas masas populares, más concretamente entre los jóvenes». En todo caso se va incrementando la masa crítica para una «explosión», es decir para un «cataclismo político», destinado a infligir al «régimen estalinista» una suerte análoga a la sufrida por el régimen «en cuya cúspide se encontraba Nicolás II»222.

Terrorismo, golpe de Estado y guerra civil

Al derrocamiento de la dinastía de los Romanov le había precedido una larga serie de atentados terroristas promovidos por organizaciones que, pese a los duros golpes de la represión, habían logrado siempre reconstituirse. A ojos de Trotsky un proceso similar se está desarrollando en la URSS en respuesta a la “traición” cometida por la burocracia. Lo que la amenaza no son exactamente actos de terrorismo individual sino más bien los prolegómenos de una nueva gran revolución:

Todos los indicios nos inducen a creer que los acontecimientos llevarán a un conflicto entre las fuerzas populares reforzadas por el estímulo de la cultura y la oligarquía burocrática. Esta crisis no conlleva solución pacífica [...]; el país se dirige manifiestamente hacia una revolución.223

Se perfila en el horizonte una decisiva guerra civil, y «en el ámbito de una guerra civil, el asesinato de tales opresores no pertenece ya al terrorismo individual»; en todo caso, «la IV Internacional sostiene contra el estalinismo una lucha mortal», llamada a acabar con «una facción ya condenada por la historia»224.

Como se ha visto, el atentado contra Kírov evoca el espectro de la guerra civil entre las fuerzas que habían derrocado al antiguo régimen. En realidad este espectro acompaña como una sombra a la historia de la Rusia soviética desde el momento de su constitución. Para evitar la paz de Brest-Litovsk, considerada como una capitulación ante el imperialismo alemán y una traición al internacionalismo proletario, Bujarin alberga por un instante la idea de una suerte de golpe de Estado, con el objetivo de alejar del poder, al menos durante cierto tiempo, a aquél que hasta ese momento era el líder indiscutido de los bolcheviques (supra, p. 59). Si el espectro del desgarro interno dentro del grupo dirigente bolchevique, amenazando incluso con una guerra civil dentro de la misma organización, ya acecha mientras Lenin está vivo —pese al enorme prestigio del que goza—, este espectro toma cuerpo definitivamente en los años siguientes. Es lo que se colige inequívocamente de importantes testimonios provenientes del interior de la oposición antiestalinista y de tránsfugas del movimiento comunista, en los que la vieja fe se ha transformado en odio implacable. Veamos de qué manera describe Boris Souvarine la situación creada en el PCUS alrededor de diez años después de la Revolución de octubre:

La oposición consolida su propia organización como partido clandestino en el seno del partido único, con su jerarquía en miniatura, su Politburó, su Comité Central, sus agentes regionales y locales, sus grupos de base, sus cuotas de participación, sus circulares, su código de correspondencia.225

La perspectiva es la de un choque no solamente político sino también militar. Inmediatamente después de acabado el Segundo conflicto mundial, se publican en Estados Unidos las memorias de Ruth Fischer, ya entonces personaje de primera línea del comunismo alemán y miembro del Presidium de la Komintern de 1922 a 1924. En estas memorias Fischer narra de qué modo había participado en su momento en la organización en la URSS de la «resistencia» contra el «régimen totalitario» asentado en Moscú. Estamos en 1926. Después de haber roto con Stalin el año antes, Zinoviev y Kamenev se han vuelto a aproximar a Trotsky: el «bloque» se organiza para la conquista del poder. Se desarrolla así una red capilar clandestina que se extiende «hasta Vladivostok» y el Extremo Oriente: mensajeros distribuyen documentos reservados del partido y del Estado, o transmiten mensajes cifrados; guardias de corps armadas proporcionan la vigilancia necesaria para realizar encuentros secretos. «Los dirigentes del bloque se aprestan a establecer los pasos definitivos»: sobre la base de que el choque con Stalin sólo puede resolverse mediante la «violencia», se encuentran en un bosque en las cercanías de Moscú con el fin de analizar en profundidad «el aspecto militar de su programa», comenzando por el «papel de aquellas unidades del ejército» dispuestas a apoyar el «golpe de Estado». Así continúa Fischer su relato:

Se trataba de una cuestión en gran parte técnica, que debía ser discutida entre los dos líderes militares, Trotsky y Lasevi [subcomisario de Guerra, que morirá no mucho después, antes de las purgas]. Ya que como subcomisario del Ejército rojo él estaba todavía en una posición legal más favorable, a Lasevi se le encargó la planificación de la acción militar contra Stalin226.

Es en este contexto en el que deben enmarcarse las manifestaciones organizadas, el año después, para la conmemoración del décimo aniversario de la Revolución de octubre: desde Moscú y Leningrado estas debían haberse extendido a los «altos centros industriales» para así «obligar a la jerarquía del partido a ceder»227.

En aquellos años, en Europa no era un misterio para nadie la aspereza del choque político en curso en la Rusia soviética: «La historia de la lucha entre Stalin y Trotsky es la historia del intento de Trotsky de adueñarse del poder [...], es la historia de un fallido golpe de Estado». El genial organizador del Ejército rojo, todavía rodeado de una «inmensa popularidad», desde luego no se resignó a la derrota: «Su violencia polémica y su orgullo cínico y temerario, hacen de él una especie de Bonaparte rojo respaldado por el ejército, por las masas obreras y por el espíritu de rebeldía de los jóvenes comunistas contra la vieja guardia del leninismo y el alto clero del partido». Sí, «la marea alta de la sedición avanza hacia el Kremlin»228. El que traza este cuadro es un libro, Técnica del golpe de Estado, que ve la luz en París en 1931 y goza enseguida de un notable éxito. El autor, Curzio Malaparte, que ha estado en Moscú y se ha entrevistado con personalidades de primer plano, da una lectura de las tensiones de 1927 que es confirmada por Ruth Fischer, es decir, por un autorizado representante de la oposición antiestalinista:

En la víspera de la celebración del décimo aniversario de la Revolución de octubre, el arresto de Trotsky suscitaría una impresión desfavorable [...]. La ocasión escogida por Trotsky para adueñarse del Estado no podría ser mejor. Como buen táctico que es, se ha puesto a cubierto: para no parecer un tirano, Stalin no se atreve a arrestarlo. Cuando pueda atreverse, será demasiado tarde, piensa Trotsky. Las luces del décimo aniversario de la Revolución estarán ya apagadas, y Stalin no estará ya en el poder229.

Como es sabido, estos planes fallan y Trotsky, expulsado del partido, se ve obligado a transferirse en primer lugar a Alma Ata y después a Turquía. Aquí «las autoridades consulares soviéticas» le expenden «a título de “derechos de autor”, 1.500 dólares»230. Será quizás «una suma ridícula» como afirma un historiador partidario y biógrafo de Trotsky231, pero el gesto puede leerse como un intento de no agudizar ulteriormente la contradicción.

Conspiración, infiltración en el aparato estatal y «lenguaje esópico»

El revolucionario exiliado no renuncia a sus proyectos. ¿De qué manera intenta realizarlos? Escribe Malaparte:

Los actos de sabotaje en las vías de ferrocarril, en las centrales eléctricas, en las líneas telefónicas, en los telégrafos, aumentan cada día. Los agentes de Trotsky se deslizan por todas partes. Trasteando en los engranajes de la organización técnica del Estado, provocan de cuándo en cuándo la parálisis parcial de los organismos más delicados. Son las escaramuzas previas a la insurrección232.

¿Se trata sólo de fantasías o de mera propaganda del régimen? El libro aquí citado, tras ser publicado, circula ampliamente en Europa y las tesis contenidas en él no parecen suscitar sonrisas irónicas o gritos de escándalo. Como para el «terrorismo», también respecto al «sabotaje» es necesario no perder de vista la historia peculiar de Rusia. En 1908 tanto los magnates del petróleo como Stalin habían condenado repetidas veces, con motivaciones obviamente diferentes, la tendencia de ciertos sectores de la clase obrera a impulsar sus reivindicaciones recurriendo al «terrorismo económico». Pese a subrayar que la causa primera de este fenómeno era la explotación capitalista, el dirigente bolchevique había saludado «la última resolución de los huelguistas de la [fábrica] Mirzoiev, dirigida contra los incendios y los asesinatos “económicos”», contra «las viejas tendencias terroristas» y anárquicas233. ¿A comienzos de los años treinta esta tradición se ha disuelto completamente o continúa manifestándose en nuevas formas? En todo caso a quienes hemos visto atesorar esta tradición son las Guardias Blancas. ¿Y la oposición de izquierda?

Al menos los proyectos de «insurrección» que menciona Malaparte encuentran una importante confirmación. El biógrafo de Trotsky se refiere así a la actitud que su héroe continúa asumiendo en el exilio: «Los consejos son simples: los opositores deben dotarse de una sólida formación; militar con seriedad y conciencia en el partido, y una vez que hayan sido expulsados, en las organizaciones proletarias y soviéticas en general, remitiéndose siempre a la Internacional»234. Se revuelve aquí contra el poder soviético la tradición conspirativa que había contribuido poderosamente a su establecimiento. En ¿Qué hacer? Lenin había subrayado con fuerza: nosotros los revolucionarios «tendremos que ocuparnos con la máxima atención de la propaganda y de la agitación entre los soldados y los oficiales, de la creación de “organizaciones militares” pertenecientes a nuestro partido»235

Tomando nota de tal lección, la oposición organiza una red clandestina que presta particular atención al aparato militar en sentido estricto. Su atormentado proceso de formación hacía más fácil la tarea de infiltración. Lo que ocurre en el momento de constituirse la Cheká, la primera policía política de la Rusia soviética, es significativo. El 6 de julio de 1918 un atentado se cobra la vida del embajador alemán en Moscú: el responsable es Iakov G. Blumkin, un socialista revolucionario que pretende protestar contra el tratado de Brest-Litovsk y volver a someterlo a discusión: cuando el jefe de la Cheká, Félix E. Dherzhinsky, se dirige a la embajada alemana en Moscú para presentar las excusas del gobierno soviético, es informado de que los perpetradores del atentado se habían presentado con credenciales de la Cheká. Para confirmar la verdad se dirige al cuartel general de esta institución, donde es sin embargo arrestado por «chekistas disidentes», ellos mismos militantes o próximos al partido de los socialistas revolucionarios. Ulteriormente liberado por la Guardia Roja, Dherzhinsky procede después a la depuración de la policía política y a la ejecución de los responsables de la conspiración y amotinamiento. En conclusión, las víctimas de la primera «purga» son chekistas, aunque formen parte de la oposición236.

El protagonista del atentado consigue huir, pero no por esto desaparece de escena: «Trotsky reconoció públicamente, a finales de 1929, haber recibido la visita de Blumkin, todavía agente de los servicios de información del Ejército rojo». Lev Sedov, hijo y colaborador de Trotsky, intentó hacer creer que se habría tratado de algo casual; sin embargo un documento conservado en Stanford «muestra que los contactos de Trotsky con Blumkin no nacen de un encuentro fortuito, sino de un vínculo organizado con la URSS»; en este contexto «el agente secreto desempeñaba evidentemente un papel importante». Será este vínculo el que empuje a Stalin «a ordenar el fusilamiento de Blumkin»237.

Como puede verse, «los agentes» de la oposición «asoman por todas partes»238. Incluso «en la GPU» se refugia durante cierto tiempo un «pequeño núcleo de fieles a Trotsky»239. Según un historiador estadounidense contemporáneo, es posible que desempeñase el papel de doble agente el mismo Genrij G. Yagoda, que dirigió la primera fase del Gran terror, antes de verse él también engullido240. Por los testimonios de militantes antiestalinistas se sabe que «algunas octavillas [de la oposición] han sido publicadas en la imprenta tipográfica de la GPU»; puede comprobarse que hay «tensiones permanentes en el aparato [estatal] terrorista de [la] Rusia» soviética241.

La infiltración se hace más fácil aún por las tímidas aperturas del régimen. Al llamar a la lucha contra la «dictadura burocrática», Trotsky subraya que «la nueva Constitución ofrece al mismo tiempo una trinchera semilegal para combatirla»242. Se la combate todavía mejor camuflándose, ocultando la intención de minar y derrocar al poder. Es un punto sobre el que el líder de la oposición no deja lugar a dudas: «El trabajo de corrosión exige tales precauciones conspirativas»; es necesario «observar en la lucha [...] las reglas de la conspiración». Y además:

La lucha mortal no es concebible sin astucias de guerra, en otras palabras: sin mentiras y engaños. ¿Pueden quizás los proletarios alemanes evitar engañar a la policía de Hitler? ¿Faltarían los bolcheviques soviéticos a su ética engañando a la GPU?243

De nuevo la tradición conspirativa bolchevique se vuelve contra el régimen surgido de la revolución. En 1920 Lenin había llamado la atención de los revolucionarios sobre «la obligación de combinar las formas ilegales de lucha con sus formas legales, con la participación obligatoria en el parlamento más reaccionario y en un cierto número de otras instituciones sometidas a leyes reaccionarias». Y no es todo: los revolucionarios deben saber «afrontar todos los sacrificios y -en caso de necesidad- recurrir también a todas las astucias, a todos los trucos, a los métodos ilegales, silenciar y ocultar la verdad con objeto de penetrar en los sindicatos, permanecer en ellos y realizar allí, cueste lo que cueste, una labor comunista»244. Es precisamente así como se comporta la oposición respecto a las instituciones y las organizaciones políticas y sociales del odiado régimen «termidoriano».

Los conspiradores se atienen a una precisa regla de conducta:

Hacen autocrítica, reconocen sus “errores” y son a menudo transferidos. Aquellos a los que la prensa estalinista llama «hombres de dos caras» o también «la fracción izquierda-derecha», intentan desde ese mismo momento establecer contactos que les permitirían ensanchar el frente de resistencia a la política de Stalin.

Por este camino, se encuentran con otros grupos...245

Se entiende ahora la obsesión por la “doble medida”, la obsesión que Kruschov reprocha a Stalin246.

Mientras tanto, con el abandono de la NEP se ha consumado la ruptura con Bujarin. A propósito de la actitud asumida por este último puede resultar interesante leer el testimonio de Humbert-Droz, dirigente de la Komintern, expulsado del partido comunista suizo en 1942 por sus diferencias con Stalin. En un viaje a la I Conferencia de los sindicatos revolucionarios de América Latina, en la primavera de 1929 se encuentra con Bujarin y tiene una reunión con él, que recuerda con estas palabras: «Me puso al corriente de los contactos emprendidos por su grupo con la fracción Zinoviev-Kamenev para coordinar la lucha contra el poder de Stalin», una lucha que preveía recurrir también al «terrorismo individual» cuyo objetivo central «era eliminar a Stalin» y, para ser claros, «eliminarlo físicamente»247. Tres años después es otro representante de la “derecha”, Martemjan N. Riutin, el que redirige y hace circular un documento que pasa de mano en mano y que etiqueta a Stalin como un «provocador» del que es necesario desembarazarse, recurriendo acaso al tiranicidio248. Cuando Bujarin plantea sus planes, Humbert-Droz le objeta que «la introducción del terrorismo individual en las luchas políticas nacidas de la Revolución rusa corría el riesgo de volverse contra aquellos que lo utilizaran», pero Bujarin no se deja impresionar249. Por otro lado, difícilmente podía tener efecto la objeción apenas citada en un hombre que ya -tal y cómo él mismo revela confidencialmente en 1936- es presa de un «odio» profundo hacia Stalin, de hecho el odio «absoluto» que se reserva para un «demonio»250.

Mientras se expresa así en privado, Bujarin dirige el órgano del gobierno soviético Izvestija. ¿Se trata de una clamorosa incoherencia? No lo es desde el punto de vista del dirigente bolchevique, que continúa alternando trabajo legal e ilegal, con el fin de derrocar un régimen, siguiendo otra indicación de Lenin, que a tales alturas le parecía odioso. En referencia a la Rusia zarista, podemos leer en ¿Qué hacer? que

En un país autocrático, donde la prensa está totalmente subyugada, en una época de reacción política despiadada, que reprime también la más mínima muestra de descontento y de protesta política, la teoría del marxismo revolucionario se abre camino de repente, en la prensa censurada, expresándose en un lenguaje esópico, pero comprensible a todos los “interesados”251.

Es precisamente así como Bujarin utiliza la tribuna del gobierno soviético. La condena del «Estado total omnipotente», fundado en la «ciega disciplina», en la «obediencia jesuítica», en la «glorificación del “Jefe”» finge hacer referencia solamente a la Alemania hitleriana, pero en realidad apunta también a la URSS. El «lenguaje esópico» recomendado por Lenin se hace inmediatamente transparente, cuando la denuncia refiere al «provincianismo cruel e inculto»252. Es claramente el retrato que la oposición ofrece de Stalin. Hemos visto a Trotsky hablar de él como de un «pequeño provinciano» (supra, p. 14), y en los coloquios a puerta cerrada es el mismo Bujarin el que expresa su desdén por un dirigente que ha sucedido a Lenin, pese a ignorar completamente las lenguas extranjeras253.

Deteniéndose en la eficacia desplegada en la Rusia zarista por el mensaje revolucionario expresado en «lenguaje esópico», ¿Qué hacer? prosigue así:

Antes de que el gobierno hubiese reparado en ello, antes de que el pesado ejército de censores y de policías hubiese descubierto al nuevo enemigo y se le echase encima, no pasó poco tiempo [...]. Y durante este tiempo se publicaron, una tras otra, obras marxistas, empezaron a publicarse revistas y periódicos marxistas; todo el mundo, como por contagio, se hacía marxista; a los marxistas se les halagaba, se les lisonjeaba; los editores estaban entusiasmados por la extraordinaria rapidez con que se vendían los libros marxistas.254

Bujarin y la oposición esperaban que un fenómeno similar hubiese creado un clima favorable al derrocamiento de Stalin. Pero éste había leído también el ¿Que hacer? y conocía bien las reglas bolcheviques de conspiración. En conclusión: asistimos a una guerra civil prolongada. La red clandestina se reorganiza o intenta reorganizarse pese a las sucesivas oleadas de una represión que se va haciendo cada vez más despiadada. Por decirlo con palabras de una militante activa de la lucha contra Stalin: «Pese a que fuera pisada y aniquilada, la oposición sobrevivió y creció; en el ejército, en la administración, en el partido, en las ciudades y en el campo cada oleada terrorista [del régimen estalinista] suscitó un movimiento de resistencia»255. El grupo dirigente bolchevique se vio entonces quebrado por un pulso que se hace sin excluir golpes y que, al menos en los cálculos y esperanzas de los enemigos de Stalin, de un momento a otro puede implicar de manera abierta y generalizada a todo el país. Mientras la oposición se remite a la lección de Lenin y a la tradición conspiradora del bolchevismo para tejer sus planes en la sombra, este doble juego suscita la indignación del poder soviético, que identifica en los falsos amigos al enemigo más peligroso y resbaladizo: la tragedia va camino de su desenlace.

Infiltración, desinformación y llamados a la insurrección

Las «reglas de conspiración» teorizadas por Trotsky, ¿comportan sólo la ocultación de la identidad política propia, o pueden incluir la utilización de denuncias falsas, sembrando la confusión y el caos en el campo enemigo y haciendo todavía más difícil la identificación de la red clandestina que lucha por el derrocamiento del régimen estalinista? En otras palabras, las «reglas conspirativas» ¿traen consigo sólo la protección rigurosa de las informaciones reservadas o también la vía libre a las desinformaciones? Quien alberga sospechas en esta dirección no es solamente la periodista americana Anne Louise Strong, favorable al gobierno256. Es el mismo Informe secreto el que habla de denuncias falaces y de «provocaciones» realizadas tanto por «auténticos trotskistas», que se tomaban así su «venganza», como por «arribistas sin conciencia» proclives a abrirse camino también a través de los medios más despreciables257. Resulta significativo un episodio que se produce en el momento del anuncio del asesinato de Kírov. Los sentimientos predominantes -recuerda Andrew Smith, que trabajaba en aquel momento en la fábrica Elektrozavod de Kuznecov- son el shock y la angustia por el futuro; pero no falta quien expresa lamentación por el hecho de que el asesinado no haya sido Stalin. Se desarrolla después una asamblea, durante la cual los obreros son invitados a denunciar a los enemigos o posibles enemigos del poder soviético.

Smith recordaba sorprendido cómo, en el transcurso del debate, el grupo de disidentes con el que él mismo estaba en contacto, se hubiese mostrado el más activo a la hora de atacar a opositores y desviacionistas y pedir contra ellos las medidas más severas258.

Es sintomático también un episodio que se produce fuera de la URSS pero que puede servir para comprender lo que ocurre dentro de este país. Cuando el general Alexandr M. Orlov, ya en ese momento colaborador de primer nivel de la NKVD (y en 1938 huido a los EEUU), es acusado por el periodista Louis Fischer de haber participado en tiempos de la guerra civil española en la liquidación de cuadros comunistas antiestalinistas, él responde con la falsa afirmación de que su acusador era en realidad un espía al servicio de Moscú259.

En la Unión Soviética de los años treinta hemos visto a la oposición infiltrarse en los más altos niveles del aparato de represión: ¡sería bastante extraño si, después de haber alcanzado este resultado, se hubiese limitado a ejecutar las órdenes de Stalin! La desinformación, que conlleva la doble ventaja de poner en dificultades la máquina de represión y de desembarazarse precisamente gracias a ella de cualquier enemigo especialmente detestado, es parte integrante de la guerra: y de eso se trata, a juzgar al menos por una intervención en julio de 1933 de Trotsky, que considera «ya en curso» la guerra civil contrarrevolucionaria desencadenada por la «burocracia estaliniana» y desembocada en la «infame aniquilación de los bolcheviques-leninistas». Es necesario entonces tomar consciencia de la nueva situación. Deja de tener sentido «el lema de la reforma del PCUS». Se impone una lucha frontal: el partido y la Internacional dirigidos por Stalin y ya agotados «pueden aportar ya sólo desdichas y nada más que desdichas» al «proletariado mundial»; en el bando opuesto los auténticos revolucionarios no pueden desde luego inspirarse en la práctica de los «pacifistas pequeño-burgueses»260. No hay dudas: «Sólo con la violencia puede verse obligada la burocracia a devolver el poder a la vanguardia proletaria»261. El ascenso al poder de Hitler no significa para Trotsky que sea necesaria la unidad con el fin de enfrentarse al enorme peligro que acecha desde Alemania, sino más bien que no podían detenerse a mitad de camino en la lucha contra un poder, el estaliniano, que ha llevado a la derrota al proletariado alemán e internacional.

Como puede verse, es el mismo líder de la oposición el que habla de «guerra civil» en el ámbito del partido que había dirigido tanto la Revolución de octubre como la Rusia soviética de los primeros años. Estamos en presencia de una categoría que constituye el hilo conductor de la investigación de un historiador ruso de segura y declarada adscripción trotskista, autor de una obra monumental en varios volúmenes, dedicada precisamente a la reconstrucción detallada de esta guerra civil. Se habla, a propósito de la Rusia soviética, de «guerra civil preventiva» desencadenada por Stalin contra aquellos que se organizan para derrocarlo. También fuera de la URSS, esta guerra civil se manifiesta y a ratos se intensifica dentro del frente que combate contra Franco; de hecho, en referencia a la España de 1936-1939, se habla no de una, sino de «dos guerras civiles»262. Con gran honestidad intelectual y dando muestra del nuevo y rico material documental disponible gracias a la apertura de los archivos rusos, el autor aquí citado llega a la siguiente conclusión: «Los procesos de Moscú no fueron un crimen sin motivo y a sangre fría, sino más bien la reacción de Stalin durante una aguda lucha política»263.

Polemizando contra Alexander Soljenitsyn, que describe a las víctimas de las purgas como un grupo de «conejos», el historiador trotskista ruso cita una octavilla que en los años treinta llamaba a barrer del Kremlin «al dictador fascista y su claque». Después comenta: «Incluso desde el punto de vista de la legislación rusa hoy en vigor, esta octavilla debe ser juzgada como una llamada al derrocamiento violento del poder (más exactamente de la cúpula dirigente)»264. En conclusión, lejos de ser expresión de «un acceso de violencia irracional e insensata», el sanguinario terror desencadenado por Stalin es en realidad el único modo con el que consigue doblegar la «resistencia de las auténticas fuerzas comunistas». El blanco es «el partido de los fusilados», definido así «en analogía con la expresión utilizada para designar al partido comunista francés, la principal fuerza de la resistencia antifascista y diana principal del terror hitleriano»265. Stalin es así comparado con Hitler; debe advertirse el hecho de que comunistas y partisanos franceses no se limitaban a oponerse a este último mediante una resistencia pasiva o no-violenta.

Guerra civil y maniobras internacionales

No sorprende que de la guerra civil latente en la Rusia soviética haya intentado de vez en cuando obtener beneficios tal o cuál superpotencia. Quien solicita o quiere provocar la intervención extranjera es en cada ocasión el grupo derrotado, que considera no tener otra posibilidad de éxito. Tal dialéctica se desarrolla ya desde los primeros meses de vida de la Rusia soviética. Volvamos al atentado del 6 de julio de 1918. Este es parte integrante de un proyecto bastante ambicioso. De un lado, los socialistas revolucionarios de izquierdas promueven «en bastantes centros sublevaciones contrarrevolucionarias contra el gobierno soviético» o también «una insurrección en Moscú esperando derrocar al gobierno comunista»; por otro lado, se proponen también «asesinar a bastantes representantes alemanes», con el fin de provocar una reacción militar de Alemania y la consiguiente reanudación de la guerra. Esta habría sido abordada con una levée en masse del pueblo ruso, que habría infligido una derrota al mismo tiempo al gobierno de los traidores y al enemigo invasor266. El protagonista del atentado contra el embajador alemán es un revolucionario sincero: antes de emprender contactos con los ambientes trotskistas, intenta emular a los jacobinos, protagonistas de la fase más radical de la Revolución francesa y de la heroica resistencia de masas contra la invasión de las potencias contrarrevolucionarias. A ojos de las autoridades soviéticas, sin embargo, Blumkin no puede ser otra cosa que un provocador: el éxito de su plan habría tenido como resultado una acometida del ejército de Guillermo II y quizás el derrumbe del poder nacido de la Revolución de octubre.

En cada cambio histórico se vuelve a presentar el entrelazamiento entre política interna y política internacional. La llegada al poder de Hitler, con la aniquilación o el diezmado de la sección alemana de la Internacional comunista, representa un duro golpe para la Unión Soviética: ¿qué consecuencias tendrá sobre los equilibrios políticos internos? El 30 de marzo de 1933, Trotsky, que adjudica a la burocracia gobernante en la URSS la responsabilidad de la derrota de los comunistas en Alemania, escribe que «la liquidación del régimen de Stalin» es «absolutamente inevitable y [...] no muy lejana»267. En el verano de aquél mismo año, en Francia el gobierno Daladier otorga el visado a Trotsky: han transcurrido apenas unos meses desde la oposición de Herriot, y surgen dudas sobre las razones de tal cambio de parecer. Ruth Fischer considera que el gobierno francés partía de la presunción de la «debilidad de la posición de Stalin», de la «reagrupación de la oposición contra él» y del próximo retorno de Trotsky a Moscú con funciones dirigentes de primer nivel.268

Un nuevo y dramático giro de los acontecimientos se produce con el estallido de la Segunda guerra mundial. En la primavera de 1940, la Unión Soviética está todavía fuera del gigantesco choque, es más, continúa vinculada al pacto de no agresión con Alemania. Es una situación intolerable para los países ya envueltos en la agresión nazi; tomando como pretexto el conflicto ruso-finés, meditan sobre el proyecto de bombardeo de los centros petrolíferos de Bakú. No se trata solamente de golpear la línea de aprovisionamiento energético del Tercer Reich: «los planes bélicos franco-británicos apuntaban a quebrar la alianza militar de la Unión Soviética con Alemania a través de ataques contra las industrias petrolíferas del área del Cáucaso y tener así un eventual régimen post-estalinista a su lado contra Alemania»269.

Volvamos por un momento al atentado contra el embajador alemán Mirbach. El responsable intentaba desde luego provocar el ataque de Alemania, pero no porque esperase su victoria: al contrario, esperaba que el latigazo despertara a Rusia, llevándola a una respuesta decidida. Más tarde veremos a Blumkin participar en la conspiración dirigida por Trotsky. Y éste, a su vez, para aclarar su postura, se compara en 1927 al primer ministro francés Clemenceau, que en el transcurso de la Primera guerra mundial asume la dirección del país después de haber denunciado la escasa energía bélica de sus predecesores y por tanto proponiéndose como el único estadista capaz de llevar a Francia a la victoria contra Alemania270. De la cantidad de sucesivas interpretaciones y reinterpretaciones de esta analogía sólo una cosa quedaba clara: ni siquiera la invasión de la Unión Soviética habría acabado con los intentos de la oposición de conquistar el poder. Todavía más inquietante es la comparación ya citada de Stalin con Nicolás II: en el transcurso del Primer conflicto mundial, leído y denunciado como guerra imperialista, los bolcheviques habían proclamado el lema del derrotismo revolucionario y habían identificado en la autocracia zarista y en el enemigo interno al enemigo principal, aquél que en primer lugar había que combatir y derrotar.

En los años siguientes Trotsky va bastante más allá de la evocación del espíritu de Clemenceau: el 22 de abril de 1939 se pronuncia en favor de «la liberación de la llamada Ucrania Soviética del yugo estalinista»271. Una vez independiente, esta se habría unificado con la Ucrania occidental, que sería arrancada a Polonia, y con la Ucrania carpática, anexionada poco antes por Hungría. Reflexionemos sobre el momento en el que aparece tal posicionamiento: el Tercer Reich acaba de llevar a cabo el desmembramiento de Checoslovaquia y se incrementan las voces que indican a la Unión Soviética (y en especial Ucrania) como el siguiente objetivo de Alemania. En estas circunstancias, en julio de 1939 incluso Kerensky toma posición contra el sorprendente proyecto de Trotsky que, según el líder menchevique, sólo favorece los planes de Hitler. «Es la misma opinión del Kremlin», replica rápidamente un Trotsky que, por otro lado, ya en el artículo del 22 de abril había escrito que con la independencia de Ucrania «la claque bonapartista [de Moscú] recogerá lo que ha sembrado»; es bueno que «la actual casta bonapartista se vea minada, sacudida, destruida y barrida». Solamente así se allana el camino para una auténtica «defensa de la República soviética» y de su «futuro socialista»272. Inmediatamente después de la invasión de Polonia, Trotsky va más allá. Al prever la ruina final del Tercer Reich, añade: «Y, sin embargo, antes de irse al infierno, Hitler podría infligir a la Unión Soviética una derrota tal que podría costarle la cabeza a la oligarquía del Kremlin»273. Esta previsión (o esperanza) de una liquidación (también física) de la «claque» o «casta bonapartista» por obra de una revolución desde abajo o también de una invasión militar, no puede sino parecer a ojos de Stalin la confirmación de sus sospechas sobre la convergencia al menos «objetiva» entre dirigencia nazi y oposición trotskista: ambas tenían interés en provocar en la URSS el derrumbe del frente interno, aunque la primera viese en este derrumbe el antecedente de la esclavización del país eslavo y la segunda el desencadenamiento de una nueva revolución.

No se trataba tampoco de una sospecha especialmente infamante: remitiéndose al primer Lenin, Trotsky aspiraba a utilizar en su favor la dialéctica que en su momento había llevado a la derrota del ejército ruso, al derrumbe de la autocracia zarista y a la victoria de la Revolución de octubre. Una vez más, la historia previa del bolchevismo se vuelve contra el poder soviético. Kerensky, que en 1917 había denunciado la traición de los bolcheviques, ahora alerta acerca de la traición de aquellos que se autodefinen «bolcheviques-leninistas». Desde el punto de vista de Stalin, se ha producido un cambio radical respecto a la Primera guerra mundial: ahora se trata de enfrentarse a un partido político o una fracción que, al menos en lo que respecta a la fase inicial del conflicto, espera el derrumbe del país y el triunfo militar de una Alemania ya no desgastada por tres años de guerra, como era el caso de Guillermo II, sino más bien en la plenitud de su potencia bélica y explícitamente dedicada a construir su imperio colonial en el este. Dados estos antecedentes, desde luego no sorprende el surgimiento de una acusación de traición. Volvamos al artículo de Trotsky del 22 abril de 1939. En éste hay una sola afirmación que puede haber sacudido el consenso a favor de Stalin: «La guerra que se aproxima suscitará un clima favorable para todos los posibles aventureros, profetas y buscadores del vellocino de oro»274.

Mientras las llamas de la Segunda guerra mundial arden cada vez más alto, destinadas a extenderse también hacia la Unión Soviética según la misma previsión de Trotsky, éste continúa haciendo declaraciones y afirmaciones que son todo menos tranquilizadoras. Veamos algunas: «el patriotismo soviético no puede separarse de la lucha irreconciliable contra la claque estaliniana» (18 de junio de 1940); «la Cuarta Internacional ha reconocido desde hace tiempo la necesidad de derrocar a la burocracia [en el poder en Rusia] mediante una sublevación revolucionaria de los trabajadores» (25 de septiembre de 1939); «Stalin y la oligarquía guiada por él representan el peligro principal para la Unión Soviética» (13 de abril de 1940)275. Es bastante comprensible que, etiquetada como «enemigo principal», la «burocracia» o la «oligarquía» albergue el convencimiento de que la oposición, si no al servicio directo del enemigo, en todo caso está lista en un principio para acompañarla en sus acciones.

Cualquier gobierno habría encontrado en organizaciones de esta orientación una amenaza para la seguridad nacional. Las preocupaciones y sospechas de Stalin se ven aumentadas por la visión a la que se abandona Trotsky (25 de septiembre de 1939); la de una «inminente revolución en la Unión Soviética»: faltarían «pocos años o quizás meses para el poco glorioso derrumbe» de la burocracia estaliniana276. ¿De dónde proviene esta seguridad? ¿Es una previsión formulada en base solamente a los acontecimientos ocurridos dentro del país?

Mucho más difícil se muestra el análisis del entrelazamiento entre los conflictos políticos de la Rusia soviética y las tensiones internacionales, por el hecho de que las sospechas y las acusaciones son alimentadas por la patente realidad de la quinta columna y las operaciones de desinformación, puestas en marcha por los servicios secretos de la Alemania nazi. En abril de 1938 Goebbels anota en su diario: «Nuestra estación de radio clandestina que emite desde Prusia oriental hacia Rusia despierta un enorme alboroto. Opera en nombre de Trotsky, y pone en apuros a Stalin»277. Inmediatamente después del comienzo de la Operación Barbarroja, el jefe de los servicios de propaganda del Tercer Reich se encuentra todavía más satisfecho: «Ahora trabajamos con tres radios clandestinas en Rusia: la primera es trotskista, la segunda separatista, la tercera nacionalista-rusa, todas críticas con el régimen estaliniano». Es un instrumento al que los agresores atribuyen gran importancia: «Trabajamos con todos los medios, sobre todo con las tres radios clandestinas en Rusia»; éstas «son un ejemplo de astucia y sutileza»278. Respecto al papel de la propaganda «trotskista» es especialmente significativa una entrada del diario del 14 de julio, que después de haberse referido al tratado estipulado entre la Unión Soviética y Gran Bretaña y del comunicado conjunto de los dos países, prosigue así: «Esta es para nosotros una buena ocasión para demostrar el hermanamiento entre capitalismo y bolchevismo [en este caso sinónimo del poder soviético oficial]. La declaración encontrará escasa aceptación entre los círculos leninistas en Rusia» (téngase en cuenta que a los trotskistas les gustaba definirse como «bolcheviques-leninistas», en contraposición a los «estalinistas», considerados traidores al leninismo)279.

Naturalmente, hoy parece grotesca la pretensión de Stalin y sus colaboradores de condenar en bloque a la oposición como un nido de agentes enemigos, pero es necesario no perder de vista el marco histórico aquí presentado a grandes rasgos. Sobre todo es necesario tener en cuenta que sospechas y acusaciones similares y de signo contrapuesto eran formuladas contra la dirigencia estaliniana. Tras haber descrito a Stalin como un «dictador fascista», las octavillas que la red trotskista hacía circular en la Unión Soviética añadían: «Los dirigentes del Buró político son o enfermos mentales o mercenarios del fascismo»280. También en documentos oficiales de la oposición se insinuaba que Stalin podría ser el protagonista de una «gigantesca provocación consciente»281. De un lado y de otro, más que dedicarse a un arduo análisis de las contradicciones objetivas y de las opciones contrapuestas, así como de los conflictos políticos que sobre ellas se desarrollan, se prefiere recurrir apresuradamente a la categoría de traición y, en su forma extrema, el traidor se convierte en agente consciente y valioso para el enemigo. Trotsky no se cansa de denunciar «el complot de la burocracia estaliniana contra la clase obrera», y el complot es aún más despreciable por cuanto que «la burocracia estaliniana» no es sino «un aparato de transmisión del imperialismo»282. No es necesario decir que a Trotsky se le paga con la misma moneda: él mismo se lamenta al verse descrito como «agente de una potencia extranjera», pero etiqueta a su vez a Stalin de «agente provocador al servicio de Hitler»283.

De un lado y del otro se intercambian las acusaciones más insidiosas; bien visto, las más fantasiosas son las provenientes de la oposición. El estado de ánimo contradictorio y atormentado de su líder ha sido analizado con sutileza por un historiador ruso poco sospechoso de simpatías estalinistas:

Trotsky no quería la derrota de la Unión Soviética, sino el derrocamiento de Stalin. En sus profecías sobre la inminente guerra se advierte la inseguridad: el exiliado sabía que sólo una derrota de su patria podía acabar con el poder de Stalin [...]. Deseaba la guerra, porque en esta guerra él veía la única posibilidad de derrocar a Stalin. Pero esto Trotsky no quiso admitirlo ni siquiera ante sí mismo.284

Entre «derrocamiento bonapartista», «golpes de Estado» y desinformación: el caso Tuchačevsky

En este contexto de guerra civil (latente o manifiesta) dentro del nuevo grupo dirigente surgido del derrumbe del antiguo régimen, de acusaciones recíprocas de traición y de connivencia con el enemigo imperialista, y de intensa actividad de los servicios secretos, dedicados tanto al reclutamiento de agentes como a la manipulación, debe colocarse el asunto que en 1937 lleva a la incriminación y ejecución del mariscal Tuchačevsky y de otros numerosos y destacados miembros del Ejército rojo.

Tras este caso hay una larga historia previa. Años antes Lenin vislumbra la posibilidad de un período bonapartista y expresa su preocupación también a Trotsky: ¿llegará realmente el poder civil a hacerse obedecer por el militar? En 1920 Tuchačevsky parece querer decidir de manera soberana una anhelada marcha victoriosa sobre Varsovia. Se perfila con claridad -observan actualmente historiadores de primer nivel- la tendencia del brillante general a «convertirse en el Bonaparte de la revolución bolchevique»285. Diez años después Stalin es alertado por la GPU acerca de los planes que en ambientes militares se tejen contra él. ¿Es sólo un montaje?286 En abril del año siguiente es Trotsky el que expresa sus profundas dudas sobre Tuchačevsky, y hace este análisis de la situación creada en la URSS tras la derrota política de Bujarin y la “derecha”: ahora el peligro principal para el socialismo está representado no por el «giro termidoriano», que formalmente conserva el carácter soviético del país y el carácter comunista del partido en el poder, sino más bien el «giro bonapartista», que asume «la forma más abierta, “más madura” de la contrarrevolución, dirigiéndose contra el sistema soviético y el partido bolchevique en su conjunto, desenvainando la espada en nombre de la propiedad burguesa». En tal caso, «los elementos aventureros-pretorianos a la Tuchačevsky» podrían desarrollar un papel de gran importancia. Oponiéndose a ellos «con las armas en la mano» habrían estado los «elementos revolucionarios» del partido, del Estado y -observése bien- «del ejército», reunidos alrededor de la clase obrera y la «fracción de los bolcheviques-leninistas» (es decir, los trotskistas)287.

Esta toma de posición representa una novedad en el conflicto entre bolcheviques: pese a tener «a las fuerzas armadas bajo su control», Stalin «tuvo cuidado de no implicarlas demasiado íntimamente en todas las polémicas e intrigas que agitaron al partido y al Estado»288; ahora claramente la oposición intenta meter el pie o consolidar su presencia en el ejército en nombre de la lucha contra el peligro bonapartista, que solamente éste sería capaz de enfrentar de manera consecuente. No obstante, sin dejarse impresionar por este peligro bonapartista, en 1936 Stalin eleva a Tuchačevsky y a otros cuatro dirigentes militares a la dignidad de mariscales. Es una promoción decidida en el contexto de una reforma que prevé que el ejército abandone «el carácter principal de milicia territorial», se convierta en «una verdadera fuerza permanente» y restaure «la antigua disciplina prerrevolucionaria»289. El 21 de diciembre del mismo año, junto al resto de miembros del vértice político y militar soviético, el nuevo mariscal festeja en casa de Stalin el cumpleaños de este último, «¡hasta las 5:30 de la mañana!» subraya Dimitrov290.

Es precisamente esta reforma la que suscita la indignación de Trotsky, que retoma una vieja acusación: el Ejército rojo «no se ha librado de la degeneración del régimen soviético; al contrario, tal degeneración ha encontrado en el ejército su expresión más cumplida». Por otro lado Trotsky adopta tonos nuevos, mencionando la «formación de una especie de fracción de oposición en el ejército» que, desde la izquierda, lamenta el abandono de la «perspectiva de la revolución mundial». El texto aquí citado insinúa de algún modo que por tal oposición podría verse atraído el mismo Tuchačevsky: aquél que en 1921 se había batido incluso con «exagerada impetuosidad» por la formación del «estado mayor mundial» difícilmente podía reconocerse en el abandono del internacionalismo y el «culto del statu quo» que habían arraigado en la URSS. ¿Qué decir de este nuevo texto? La agitación en el ejército continúa y parece reforzarse: sólo que ahora la lucha en el horizonte ve cómo se contraponen no la «fracción de los bolcheviques-leninistas» contra los generales bonapartistas, sino más bien una parte consistente del ejército y de sus vértices contra los dirigentes termidorianos y traidores del Kremlin. La resistencia del Ejército rojo o su rebelión contra el poder central estarían tanto más justificadas por el hecho de que el nuevo curso de su política era en realidad como un «doble golpe de Estado» que, rompiendo con el Octubre bolchevique, procede arbitrariamente a la «liquidación de la milicia» y al «restablecimiento de la casta de los oficiales, dieciocho años después de su supresión revolucionaria»291; sublevándose contra Stalin, el Ejército rojo en realidad habría evitado los golpes de Estado proyectados por él y habría restablecido la legalidad revolucionaria. Como si todo ello no fuese suficiente, el trotskista “Boletín de la oposición” anuncia una inminente revuelta del ejército292. Una medida adoptada en Moscú algún mes antes de los procesos tiene quizás como objetivo enfrentarse a este eventual peligro: «El 29 de marzo de 1937 el Politburó deliberó acerca de retirar del Ejército rojo a todos los comandantes y dirigentes que hubiesen sido expulsados del partido por motivos políticos, ordenando su traslado a las oficinas económicas»293.

Los rumores difundidos en los ambientes de los rusos Blancos en París acerca del golpe de Estado militar que se preparaba en Moscú alimentan ulteriormente el clima de sospecha y preocupación294. En definitiva: en la segunda mitad de enero de 1937 llegan al presidente checoslovaco Eduard Beneš informaciones relacionadas con las «negociaciones» secretas en curso entre el Tercer Reich y «la claque antiestaliniana en la URSS del mariscal Tuchačevsky, Rykov y otros»295: ¿tenía algún fundamento la acusación o era todo una puesta en escena de los servicios secretos alemanes? Todavía a comienzos de 1937, conversando con el ministro de exteriores Konstantin von Neurath, Hitler rechaza la idea de una mejora de las relaciones con la URSS, pero añade: «Sería diferente si las cosas en Moscú se desarrollaran en la dirección de un despotismo absoluto, basado en los militares. En este caso no sería lícito malgastar la ocasión de hacer sentir de nuevo nuestra presencia en Rusia»296. Beneš pone al corriente de las «negociaciones» también a los dirigentes franceses, «cuya confianza en el Pacto franco-soviético se vio notablemente debilitada»297. Por tanto quien daba crédito a las voces o informaciones transmitidas por el presidente checoslovaco no era solamente Stalin. Y por otro lado, todavia después de la conclusión del Segundo conflicto mundial, Churchill parece avalar la versión de Moscú al señalar que, como veremos más adelante (infra, p. 313), la depuración había golpeado a los «elementos filogermánicos», a lo que añadía: «Stalin sintió una fuerte deuda en reconocimiento hacia el presidente Beneš»298.

Queda sin embargo abierta la cuestión, y para responderla de modo concluyente apenas ayuda una conversación privada de Hitler en el verano de 1942: pese a no mencionar una conspiración militar determinada, observa que Stalin tenía serios motivos para temer su asesinato por parte del círculo de Tuchačevsky299. Si todo hubiese sido una puesta en escena realizada con la directa supervisión o consenso del mismo Führer300, éste quizás se habría vanagloriado de ello, en un momento en el que era reciente el recuerdo de los primeros éxitos arrolladores de la Wehrmacht.

Habiendo ya tenido lugar el “proceso” y ejecución, al plantearse la pregunta clave («¿hubo realmente una conspiración militar?»), Trotsky da una respuesta que da qué pensar: «Todo depende de lo que se entienda por conspiración. Cualquier motivo de descontento y todo contacto entre los descontentos, toda crítica y toda reflexión sobre qué hacer, sobre cómo enfrentarse a la desgraciada política del gobierno, todo ello es desde el punto de vista de Stalin una conspiración. Y en un régimen totalitario toda oposición es indudablemente la semilla de una conspiración»; en este caso una «semilla» era la aspiración de los generales de proteger al ejército de las «intrigas desmoralizantes de la GPU». ¿Es la refutación de la tesis de la conspiración o su reconocimiento, expresado en un «lenguaje esópico» impuesto por las circunstancias? El historiador ruso fervientemente trotskista que ya hemos mencionado (Rogowin) llama la atención sobre esta ambigua declaración, y acaba retomando la tesis de la «conspiración antiestalinista» de Tuchačevsky, colocándola en un contexto político “bolchevique” más que burgués301.

En conclusión; quedan dudas, aunque parece difícil explicar todo lo acontecido a través del habitual deus ex machina: un dictador sediento de poder y de sangre, deseoso de rodearse de marionetas listas para la obediencia ciega e incondicional. Aún mayor es la fragilidad de esta explicación por cuanto que en 1932 Stalin no había tenido dificultades a la hora de acudir, junto con Molotov, a las clases del director de la Academia militar, Boris M. Shaposhnikov; y de estas clases, impartidas por un estratega de gran prestigio pero que no era miembro del partido comunista, Stalin parece haber sacado un gran provecho302. Por otro lado, «el arte militar fue uno de los pocos campos políticamente importantes en el que Stalin favoreció la originalidad y la innovación», por lo que «el cuerpo de oficiales» pudo dar muestra de notable «independencia espiritual»303. Quienes ocuparon el puesto de Tuchačevsky y sus colaboradores fueron generales que, lejos de ser ejecutores pasivos de órdenes, expresaban con franqueza sus opiniones y argumentaban con independencia de criterio304, sin dudar a la hora de contradecir al líder supremo, quien por otro lado animaba y ocasionalmente premiaba tal actitud (supra, p. 53).

Tres guerras civiles

Si no se quiere permanecer estancados en el retrato caricaturesco de Stalin realizado por Trotsky y Kruschov durante dos luchas políticas diferentes pero igualmente enconadas, es necesario no perder de vista el hecho de que el camino iniciado en octubre de 1917 está marcado por tres guerras civiles. La primera presencia el enfrentamiento entre la revolución por un lado y el frente formado por sus diversos enemigos por el otro, apoyados por unas potencias capitalistas obsesionadas con la contención del contagio bolchevique por todos los medios posibles. La segunda se desarrolla a partir de la revolución desde lo alto y desde el exterior, y consiste sustancialmente, pese a algunos impulsos desde abajo por parte del mundo campesino, en la colectivización de la agricultura. La tercera es la que fractura al grupo dirigente bolchevique.

Esta última es más compleja en la medida en que está caracterizada por una gran movilidad e incluso por llamativos cambios de frente. Hemos visto a Bujarin, en ocasión del tratado de Brest-Litovsk, acariciar por un momento el proyecto de una suerte de golpe de Estado contra Lenin, al que reprocha querer transformar «el partido en un montón de estiércol». Pero si en éste momento Bujarin se coloca en posiciones cercanas a las de Trotsky, a ojos de éste último se convertirá diez años después en la encarnación principal del Termidor y la traición burocrática: «¿Con Stalin contra Bujarin? Sí. ¿Con Bujarin contra Stalin? Nunca»305. Es un momento en el que Trotsky parece alertar a Stalin contra Bujarin: este último rápidamente podría «derrotar a Stalin tachándolo de trotskista, exactamente tal y como Stalin había derrotado a Zinoviev». Estamos en 1928 y ya se está fraguando la ruptura entre Stalin y Bujarin, quien efectivamente, a causa del abandono de la NEP, comienza «a describir en privado a Stalin como el representante del neotrotskismo» y como «un intrigante carente de principios», en última instancia como el peor y más peligroso enemigo dentro del partido306. El antiguo miembro del duunvirato se encamina así hacia un futuro bloque con Trotsky. Al final las diferentes oposiciones se coaligarán contra el vencedor; queda patente que en el conflicto mortal que enfrenta a los bolcheviques hasta el último momento las alineaciones cambian rápidamente.

En un país carente de tradición liberal y caracterizado por un lado por la prolongación del estado de excepción, y del otro por la persistencia de una ideología inclinada a liquidar como meramente «formales» las normas que presiden el gobierno de la ley, la tercera guerra civil asume la ferocidad de una guerra de religión. Trotsky, que «se consideraba el único hombre apto para ser jefe de la revolución», tiende a recurrir a «cualquier medio para derrocar del trono al “falso Mesías”»307. Una «fe furiosa» inspira también al frente opuesto y Stalin está decidido a liquidar todo peligro de conspiración, incluso el más remoto, en la medida en que se acumulan en el horizonte las nubes de una guerra que amenaza la existencia misma de Rusia y del país del socialismo y que por lo tanto representa un peligro mortal tanto para la causa nacional como para la causa social, dos causas para las que Stalin siente el convencimiento de ser el líder.

No siempre fácilmente distinguibles entre ellas (los actos de terrorismo y de sabotaje pueden ser la expresión de un proyecto de contrarrevolución o de una nueva revolución), las tres guerras civiles resultan a su vez entrelazadas con la intervención de una u otra gran potencia. El conjunto enrevesado y trágico de estos conflictos se disuelve en el contexto descrito de diferentes modos por Trotsky primero y Kruschov después, que narra la fábula simple y edificante del monstruo que con sólo tocarlo transforma el oro en sangre y barro.

3
Entre el siglo veinte y las raíces históricas previas, entre historia del marxismo e historia de Rusia: los orígenes del “estalinismo”

Una catástrofe anunciada

Hasta ahora nos hemos concentrado en el entrelazamiento entre contradicciones ideológicas, políticas y militares del proceso revolucionario, por un lado, y conflictos internacionales, por el otro. Pero el conjunto no estaría completo si no se hiciese también intervenir la dimensión de la larga duración histórica en la historia de Rusia. La aproximación de la catástrofe había sido advertida por observadores de las más diversas ideologías bastante antes de 1917 e incluso bastante antes de la formación del partido bolchevique. En 1811, desde la ciudad de San Petersburgo, todavía sacudida por la revuelta campesina encabezada por Pugachov (analfabeto aunque dotado de gran intuición política) y sofocada con dificultad algunos decenios antes, Joseph de Maistre expresaba la preocupación porque pudiese estallar una nueva revolución de tipo «europeo», dirigida esta vez por una clase intelectual de extracción o sentimientos populares; por un «Pugachov de la Universidad». En comparación, los acontecimientos vividos en Francia parecerían un mero juego de niños: «no hay palabras para expresar lo que podría temerse»308.

Hagamos un salto de aproximadamente medio siglo. Una profecía todavía más ajustada a la realidad -de hecho sorprendente por su lucidez- se puede leer en un artículo sobre Rusia publicado por Marx en el periódico americano (New York Daily Tribune del 17 de enero de 1859): si la nobleza continúa oponiéndose a la emancipación de los campesinos, estallará una gran revolución; de ella surgirá un «régimen de terror de los siervos de la gleba semi-asiáticos, sin precedentes en la historia»309.

Inmediatamente después de la revolución de 1905 será el mismo primer ministro, Serge Witte, el que subraye la insostenibilidad de la situación existente en Rusia, y el que ponga en guardia al zar contra el peligro representado por el bunt, la revuelta campesina:

No puede bloquearse el progreso de la humanidad en marcha. Si no es gracias a la reforma, la idea de la libertad humana triunfará mediante la revolución. Pero en éste último caso nacerá de las cenizas de mil años de desastres. El bunt ruso, ciego y despiadado, barrerá con todo a su paso, reducirá todo a cenizas [...]. Los horrores del bunt ruso superarán todo aquello que la historia ha conocido.310

Por lo demás, es el mismo Witte el que se ve implicado en la represión feroz con la que es afrontada la revolución de 1905 y las jacqueries a menudo salvajes que la acompañan: el ministro de interior P. N. Dournovo ordena «a los gobernadores que “procedan a la ejecución inmediata” de los subversivos, al incendio y destrucción de los pueblos de los que han surgido los tumultos»; se suceden múltiples «tribunales militares», «represalias colectivas», escuadrones de la muerte, pogromos contra los judíos, acusados de alimentar la subversión. Es una situación que se prolonga hasta el estallido de la guerra. Es precisamente el ministro de Interior el que advierte: «La revolución bajo su forma más extrema y una anarquía irreversible serán los únicos resultados previsibles de un desgraciado conflicto con el Káiser»311.

Y esto es lo que se produce exactamente. Veamos cuál es el cuadro de conjunto que presenta una Rusia en las vísperas de la llegada al poder de los bolcheviques. Ha entrado ya en crisis el mito de un país felizmente encaminado por la vía del liberalismo y de la democracia tras el derrumbe de la autocracia. Es un mito cultivado en su momento por Churchill que, como justificación de su política de intervención acusa a los bolcheviques, alimentados por el «oro alemán», de haber derrocado por la fuerza la «República rusa» y el «parlamento ruso»312. Sería fácil acusar al estadista inglés de hipocresía: él sabía bien que entre febrero y octubre Londres había apoyado regularmente los intentos de golpe de Estado destinados a restaurar a la autocracia zarista o a imponer una dictadura militar. Es el mismo Kerensky el que subraya que «los gobiernos de Francia e Inglaterra aprovecharon toda ocasión para sabotear al gobierno provisional» ruso313. Y, sin embargo, en su exilio estadounidense el líder menchevique continúa cultivando el mito hasta el último momento, acusando a los bolcheviques de doble traición: a la patria y a la «recién nacida democracia rusa»314.

Si a partir del final de la Segunda guerra mundial y el surgimiento de la URSS como superpotencia la acusación de traición a la nación se hace obsoleta -Kerensky es uno de los pocos líderes mencheviques derrotados que la mantiene-, es todavía hoy un lugar común hablar de traición bolchevique a la democracia rusa, con su culminación en el terror estaliniano. Pero este lugar común no resiste ningún análisis histórico. No se trata solamente de la obstinación de los dirigentes surgidos de las jornadas de febrero (en primer lugar el mismo Kerensky) en perseverar en una carnicería que la gran mayoría de la población está decidida a terminar: línea política que puede ser llevada adelante sólo mediante el puño de hierro y el terror en el frente y la retaguardia. Ni tampoco los recurrentes intentos de instaurar una dictadura militar (nada ajenos a Churchill). Hay mucho más: «La idea de que Febrero haya sido una “revolución incruenta” y que la violencia de las masas no estallara hasta Octubre, ha sido un mito liberal»: se trata de uno de los mitos más tenaces sobre 1917, «que ya ha perdido toda credibilidad»315. Observemos el desarrollo real de los acontecimientos: «Los insurgentes se tomaron una terrible venganza sobre los funcionarios del antiguo régimen. Se dio caza a los policías para lincharlos y asesinarlos sin piedad»316. En San Petersburgo «en pocos días el número de muertos alcanzó los 1.500 aproximadamente», con el linchamiento a menudo feroz de los representantes más odiados del antiguo régimen; «la violencia más grave fue la perpetrada por los marineros de Kronstadt, que mutilaron y asesinaron a cientos de oficiales»317. Los que se amotinan son reclutas jovencísimos: a éstos «no se les aplicaban los reglamentos disciplinarios normales», y los oficiales aprovechaban para tratarlos «con una brutalidad todavía más sádica de lo habitual»; de ahí que se desencadenase la venganza con una «ferocidad inaudita»318.

La situación se precipita ulteriormente en septiembre, tras el intento de golpe de Estado del general Lavr Kornílov: aumentan las ejecuciones populares y los asesinatos que acompañan a una «violencia inaudita». Sí, «los oficiales eran torturados (ojos y lenguas arrancados, orejas cortadas, clavos en el acolchado de las chaquetas) y mutilados antes de ser ejecutados, colgados cabeza abajo, empalados. Según el general Brusílov, gran número de jóvenes oficiales se suicidó para escapar a una muerte horrible»319. Por otro lado, «los métodos para asesinar a los superiores eran tan brutales (los subordinados llegaban a cortar los miembros y los genitales de la víctima, o a desollarla viva), que no podía reprochárseles el suicidio»320. Por lo demás, la furia estaba ya presente antes de octubre, y «en las resoluciones de los Soviets, entonces ampliamente dominados por los socialistas revolucionarios [eseristas], se estigmatizaba como “enemigos del pueblo trabajador a los capitalistas sedientos de sangre, burgueses que chupan la sangre del pueblo”»321.

Por otro lado, «la crisis del comercio entre campo y ciudad, bastante anterior a la conquista del poder por parte de los bolcheviques», crea un nuevo y agudo foco de violencia. En la situación trágica que se ha creado tras la catástrofe de la guerra, con el descenso de la producción agrícola y el acaparamiento de los escasos recursos alimenticios disponibles, la supervivencia de los habitantes de las ciudades pasa a través de medidas bastante radicales: antes de la Revolución de octubre un ministro que además es «economista liberal reconocido» se pronuncia a favor del recurso, en caso de fracasar los incentivos de mercado, a la requisación mediante «la fuerza armada»; el hecho es que «la práctica de las requisaciones» es común a «todos los partidos en conflicto»322.

El entrelazamiento de estas múltiples contradicciones provoca una anarquía sangrienta, con el «derrumbe de toda autoridad y de toda estructura institucional», con la explosión de una salvaje violencia de abajo a arriba (cuyos protagonistas en primer lugar son los millones de soldados desertores o desbandados) y con «una brutalidad y militarización general en los comportamientos sociales y las prácticas políticas»323. Es «una brutalidad sin posibles puntos de comparación con la conocida por las sociedades occidentales»324.

Para comprender esta tragedia, es necesario tener en cuenta «el proceso de extensión de la violencia social desde las zonas de violencia militar», la «contaminación de la retaguardia por obra de la violencia ejercida por los soldados-campesinos-desertores apartados de la disciplina militar», por los «millones de desertores del ejército ruso en descomposición», la creciente labilidad de los «límites entre frente y retaguardia, entre esfera civil y militar». En conclusión: «la violencia de las zonas militares se propaga por todas partes» y la sociedad en su conjunto no solamente cae en el caos y la anarquía, sino que acaba siendo presa de una «brutalidad inaudita»325.

Se trata por lo tanto de comenzar por la primera guerra mundial y la crisis y disgregación del ejército ruso. Es más, conviene quizás retroceder aún más. La carga excepcional de violencia que se cierne sobre la Rusia del siglo veinte se explica a la luz de dos fenómenos: «la gran jacquerie del otoño de 1917», que venía de siglos atrás y que precisamente por esto libera una violencia ciega e indiscriminada contra la propiedad, la morada y la vida misma de los propietarios, aparte de un fortísimo resentimiento contra la ciudad como tal. El segundo proceso es «la disgregación del ejército zarista, el ejército más numeroso de la historia, compuesto por un 95% de campesinos»326.

La opresión, explotación y humillación de una masa inabarcable de campesinos por obra de una reducida élite aristocrática, que se considera extraña respecto a su propio pueblo, considerado como una raza diferente e inferior, eran precursores de una catástrofe de proporciones inauditas. Todavía más cuando en el conflicto social interviene, para intensificarlo aún más, la Primera guerra mundial, donde cotidianamente los oficiales nobles ejercitan un poder literalmente sobre la vida y la muerte de los siervos-soldados: no por caso, a los primeros síntomas de crisis se intenta mantener la disciplina en el frente y retaguardia recurriendo incluso a la artillería327. El derrumbe del antiguo régimen es el momento de la revancha y la venganza cultivadas y enterradas durante siglos. Lo reconoce autocríticamente el príncipe G. E. L’Vov: «la venganza de los siervos de la gleba» era un ajuste de cuentas con aquellos que se habían negado durante siglos a «tratar a los campesinos como personas, en vez de perros»328.

Por desgracia, precisamente porque se trataba de venganza, ésta asumía formas no solo salvajes sino también puramente destructivas: «obreros y soldados borrachos vagaban a miles por las ciudades, saqueando almacenes y tiendas, irrumpiendo en los domicilios, pegando y robando a los paseantes». Todavía peor es lo que ocurría en los campos: «destacamentos enteros de desertores se dispersaban por los campos cercanos al frente y se dedicaban al bandolerismo». La agitación conjunta de soldados en desbandada y campesinos aviva en Rusia un incendio devastador no sólo bajo la bandera de la jacquerie (se incendian las casas señoriales y a menudo se asesina a sus propietarios) sino también del luddismo (se destruye la maquinaria agrícola que en años anteriores había reducido la demanda de trabajo asalariado) y del vandalismo (se destruye y ensucia «todo lo que podía oler demasiado a riqueza: pinturas, libros y esculturas»). Sí, «los campesinos devastaron residencias señoriales, iglesias, escuelas. Hicieron arder bibliotecas y destrozaron obras de arte inestimables»329.

El Estado ruso salvado por los defensores de la «extinción del Estado»

En conjunto, podemos caracterizar así la situación que se crea tras la revolución de febrero y el derrumbe del antiguo régimen:

Rusia estaba en resumen sufriendo un proceso de balcanización [...]. Si algo demostró 1917, fue que la sociedad rusa no era ni suficientemente fuerte ni estaba lo bastante cohesionada como para sostener una revolución democrática. Sin el mismo Estado, no había nada que mantuviera unida Rusia.330

¡Por ironías de la historia el que reintrodujo el Estado fue un partido que profetizaba y defendía la extinción final del Estado! Se hace necesario un ímpetu despiadado para llevar el orden a un mundo que, enrudecido por siglos de aislamiento y de opresión, conoce un nuevo momento de barbarie tras la guerra, la disolución del antiguo régimen y la anarquía y caos que crecen por doquier. Pero sería banalmente ideológico centrarse sólo en el recurso que hace una de las partes a la violencia terrorista. Veamos de qué manera se ve contrarrestado el nuevo poder que está emergiendo:

Fue una sobrecogedora guerra de venganza contra el régimen comunista. Miles de bolcheviques fueron brutalmente asesinados. Muchos fueron víctimas de horribles (y simbólicas) torturas. Orejas, lengua y ojos arrancados, extremidades, cabeza y genitales cortados; estómagos vaciados y llenados de arena, cruces marcadas a fuego en la frente y el pecho; personas clavadas en los árboles, quemadas vivas, ahogadas en agua helada, sepultadas hasta el cuello y hechas devorar por perros y ratas bajo la mirada jubilosa de turbas campesinas. Puestos de policía y juzgados arrasados. Escuelas y centros de propaganda devastados [...]. También tuvo su papel el simple bandolerismo. Casi todas las bandas asaltaban trenes. En el Donbas se decía que en la primavera de 1921 estos saqueos eran «casi diarios». Otra fuente habitual de aprovisionamiento eran las incursiones en centros habitados e incluso también en las granjas aisladas.331

¿Qué causa esta violencia salvaje? ¿La política llevada a cabo por los bolcheviques? Sólo en parte: en 1921-1922 arreciaba «una terrible hambruna [...] provocada directamente por un año de sequía y heladas»332. Por otra parte, la revuelta campesina era también la protesta contra «un Estado que se llevaba a los hijos y a los caballos para el ejército, que prolongaba la devastación de la guerra civil, que reclutaba a la fuerza a los campesinos para los escuadrones de trabajo, que depredaba sus víveres»333; era por tanto la protesta contra una catástrofe que había comenzado en 1914.

También en lo que respecta a la política bolchevique es necesario saber distinguir las medidas que de manera insensata golpeaban a los campesinos, de aquellas que tenían un carácter completamente diferente. Piénsese en las granjas colectivas que se habían asentado ya en 1920 y que a menudo estaban constituidas por militantes comunistas provenientes de la ciudad, impulsados no solamente por sus ideales, sino también por el hambre que se enseñoreaba de los centros urbanos: «Se comía y se trabajaba en grupo. Las mujeres desarrollaban el duro trabajo del campo al lado de los hombres, y en ciertos casos se habilitaban guarderías para cuidar de los niños. Además no se realizaba práctica religiosa alguna». También en este caso la hostilidad de los campesinos era insuperable, ya «que estaban convencidos de que habría que poseer colectivamente no solamente tierra y herramientas, sino también mujeres y niños, y que todos tendrían que dormir juntos bajo una única gran manta»334. Por otro lado, aún más amarga había sido la experiencia sufrida entre finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte por los populistas, decididos a «ir hacia el pueblo» y ayudarlo con la institución de cooperativas, pero rápidamente forzados a revisar la imagen idealizada que tenían del campesino ruso. Aquí vemos lo que vivió uno de ellos, Mijail Romas:

Desde el comienzo los lugareños se mostraron suspicaces respecto a su cooperativa, no llegando a comprender cómo es que los precios de la nueva iniciativa fueran considerablemente menos caros que los de los otros minoristas. Los agricultores más hábiles, más estrechamente conectados con los comerciantes de la zona, comenzaron a perseguir a Romas y a los suyos con una serie de intimidaciones, esparciendo pólvora en la leña que usaban para las chimeneas, amenazando a los agricultores pobres que mostraban algún interés por la cooperativa, hasta el punto de asesinar brutalmente a un pobre campesino del lugar, al que desmembraron horriblemente, esparciendo después los restos a lo largo de la orilla del río. Por último hicieron volar por los aires la cooperativa (y parte del pueblo) incendiando el depósito de queroseno.

Los ingenuos populistas consiguen salvarse por muy poco, dándose a la fuga.335

Una vez más emerge la perspectiva de largo alcance histórico que está tras la violencia que se desencadena en una Rusia en crisis. Esto vale también para los horribles pogromos contra judíos y bolcheviques, especialmente los segundos en la medida en que se les sospechaba manipulados por los primeros. Demos de nuevo la palabra al historiador inglés ya antes citado:

En algunas localidades, por ejemplo en Chernobil, los judíos fueron hacinados en la sinagoga, que después fue incendiada. En otros lugares como en Cherkassy fueron violadas cientos de niñas que no llegaban a los diez años, muchas de las cuales fueron después castigadas con terribles heridas de bayoneta y sable en las vaginas [...]. Los cosacos de Terek torturaron y mutilaron a cientos de judíos, en gran parte mujeres y niños. Cientos de cadáveres fueron abandonados en la nieve, pasto de los perros y los cerdos. En esta macabra atmósfera, los oficiales cosacos celebraron una fiesta surreal en los locales de la oficina de correos, con bailes, trajes de noche y orquesta, con la participación del magistrado local y un grupo de prostitutas traídas de Cherson. Y mientras los soldados rasos continuaban masacrando judíos por pura diversión, los oficiales y sus doncellas pasaron la noche bebiendo champán y bailando.

Para tal propósito, «el informe final de una investigación llevada a cabo en 1920 por la organización judía de la Rusia soviética, habla de “más de ciento cincuenta mil muertos documentados” y de casi trescientas mil presuntas víctimas, entre muertos y heridos»336.

Stalin y la conclusión del Segundo período de desórdenes

La Revolución rusa se muestra ahora bajo una perspectiva nueva: «Sin duda, el éxito de los bolcheviques en la guerra civil se debió, en última instancia, a su extraordinaria capacidad para “construir el Estado”, capacidad que sin embargo faltaba a sus adversarios»337. Quienes han llamado la atención sobre esta cuestión fueron, en la Rusia de 1918, algunos de los enemigos declarados de los bolcheviques. A éstos últimos Pavel Miliukov reconoce el mérito de haber sabido «restablecer el Estado». Vassily Maklakov va más allá: «El nuevo gobierno ha comenzado a restaurar el aparato de Estado, a restablecer el orden, a luchar contra el caos. En este campo los bolcheviques han dado muestras de energía, diré aún más, de un innegable talento»338. Tres años después, en un periódico americano ultraconservador incluso se podía leer: «Lenin es el único hombre en Rusia que tiene el poder para mantener el orden. Si fuese derrocado, sólo reinaría el caos»339.

La dictadura revolucionaria surgida de la Revolución de octubre asume también una función nacional. Lo entiende bien Gramsci cuando, en junio de 1919, celebra a los bolcheviques como protagonistas de una gran revolución, sí, pero también por haber demostrado su grandeza revolucionaria conformando un grupo dirigente constituido por «estadistas» excelentes y capaces por tanto de salvar a toda la nación de la catástrofe en la que se había precipitado por el antiguo régimen y la vieja clase dominante (supra, p. 77). El año después lo mencionará indirectamente el mismo Lenin cuando, en polémica contra el extremismo, subraya que «la revolución no es posible sin una crisis de toda la nación (que implique por tanto a explotados y explotadores)»; conquista la hegemonía y consigue la victoria la fuerza política que se muestra capaz de resolver precisamente tal crisis340. Es sobre esta base que se adhiere a la Rusia soviética Aleksei Brusilov, el brillante general de origen noble al que hemos visto intentar en vano salvar a sus oficiales, llevados al suicidio por la violencia salvaje de los campesinos alzados: «Mi sentido del deber hacia la nación me ha obligado a menudo a desobedecer a mis naturales inclinaciones sociales»341. Pocos años después, en 1927, al esbozar un retrato de Moscú, Walter Benjamin subrayaba con agudeza «el fuerte sentido nacional que el bolchevismo ha desarrollado en todos los rusos, sin distinción»342. El poder soviético había conseguido conferir una nueva identidad y una nueva autoconsciencia a una nación no solamente terriblemente puesta a prueba, sino también de algún modo trastornada y a la deriva, carente en todo caso de firmes puntos de referencia.

Y, sin embargo, la «crisis de toda la nación rusa» no había acabado realmente. Habiendo estallado en toda su violencia en 1914 pero con un largo período de incubación a sus espaldas, ha sido definida en alguna ocasión como un “Segundo período de desórdenes”, en analogía con el que arreció en Rusia en el siglo diecisiete.343 La lucha entre los pretendientes al trono, que se desarrolla entrelazándose con la crisis económica y la revuelta campesina, así como con la intervención de las potencias extranjeras, se agudiza en el siglo veinte con la ampliación del conflicto también a los diversos principios de legitimación del poder. Siguiendo la tripartición clásica de Weber, el poder tradicional había acompañado en la sepultura a la familia del Zar, aunque algún que otro general intentaba desesperadamente exhumarlo; ya en descomposición tras el duro conflicto surgido a causa del tratado de Brest-Litovsk, el poder carismático no sobrevive a la muerte de Lenin; finalmente, el poder legal encuentra una extraordinaria dificultad para afirmarse, después de una revolución que triunfa ondeando una ideología completamente atravesada por la utopía de la extinción del Estado, en un país en el que el odio de los campesinos por sus señores se expresaba tradicionalmente en tonos violentamente antiestatales.

De ser todavía posible un poder carismático, su realización más probable descansaba en la figura de Trotsky, genial organizador del Ejército rojo, brillante orador y escritor que pretendía encarnar las esperanzas de triunfo de la revolución mundial, de la que hacía descender la legitimidad de su aspiración a gobernar el partido y el Estado. Stalin era sin embargo la encarnación del poder legal-tradicional que con esfuerzo intentaba afianzarse: a diferencia de Trotsky, llegado tarde al bolchevismo, Stalin representaba la continuidad histórica del partido protagonista de la revolución y por tanto detentor de la nueva legalidad; por añadidura, afirmando la posibilidad del socialismo también en un sólo (gran) país, Stalin daba una nueva dignidad e identidad a la nación rusa, que superaba así la temible crisis -de ideas además de económica- sufrida tras la derrota y el caos de la primera guerra mundial, para encontrar finalmente una continuidad histórica. Pero precisamente por ésto los adversarios proclamaban la “traición” consumada, mientras que para Stalin y sus seguidores los traidores eran todos aquellos que con el riesgo que suponía facilitar la intervención de las potencias extranjeras, ponían en peligro en última instancia la supervivencia de la nación rusa, que era al mismo tiempo la vanguardia de la causa revolucionaria. El choque entre Stalin y Trotsky es el conflicto no solamente entre dos programas políticos sino también entre dos principios de legitimación.

Por todas estas razones, el Segundo período de desórdenes se concluye no con la derrota de los defensores del antiguo régimen apoyados por las potencias extranjeras, como comúnmente se sostiene, sino más bien con el final de la tercera guerra civil (la que divide al mismo grupo dirigente bolchevique) y también con el final del conflicto entre principios de legitimación contrapuestos; por lo tanto no en 1921, sino en 1937. Pese a dejar atrás el Período de desórdenes propiamente dicho con la llegada de la dinastía de los Romanov, la Rusia del siglo diecisiete conoció una consolidación definitiva con la ascensión al trono de Pedro el Grande. Tras haber atravesado su fase más aguda en los años que van desde el estallido de la Primera guerra mundial hasta el final de la intervención de la Entente, el segundo período de desórdenes acaba con el afianzamiento del poder de Stalin y la industrialización y “occidentalización” impulsadas por él en previsión de una guerra cercana.

Utopía exaltada y prolongación del Estado de excepción

Obviamente, la larga duración del Segundo período de desórdenes no es meramente un dato objetivo. ¿Qué papel desempeñan en su prolongación los estratos intelectuales y políticos, así como la ideología en la que se inspiran? Una corriente de pensamiento que tiene en Arendt su punto de referencia, se dedica sobre todo a la búsqueda del pecado original ideológico que sería propio de aquellas revoluciones cuyo desarrollo fue más tortuoso. Me parece más fructífero un enfoque diferente, que tome impulso de una sociología comparada de los estratos intelectuales y políticos. En los movimientos que desembocaron en una revolución, tanto en Francia como Rusia, vemos trabajar a los «pordioseros de la pluma» —Gueux plumées, según la definición de Burke-, o los «Pugačev de la Universidad», según la definición de Maistre. Se trata por tanto de intelectuales no propietarios, cuyos adversarios despreciaban por “abstractos”. No hay duda de que los intelectuales propietarios llegan a la caída del antiguo régimen teniendo ya tras de sí una experiencia política real e incluso de práctica del poder político. En EEUU los propietarios de esclavos, de cuyas filas provienen los intelectuales y estadistas más eminentes (durante treinta y dos de los primeros treinta y seis años de vida de la República norteamericana, quienes ejercen la Presidencia son precisamente propietarios de esclavos), no se limitan a disfrutar de su riqueza como una especie “peculiar” de propiedad privada junto a las otras: sobre sus esclavos ejercen un poder al mismo tiempo ejecutivo, legislativo y judicial. Consideraciones no muy diferentes podrían hacerse respecto a la Inglaterra de la Revolución Gloriosa: la propiedad de tierras (de la que a menudo provienen intelectuales y dirigentes liberales) está muy presente en la Cámara de los Lores y en los Comunes, y junto a la gentry controla directamente a los jueces de paz, detentando así el poder judicial también. La cita con el poder encuentra menos preparados a los intelectuales no propietarios. Su abstracción contribuye a hacer más problemático y atormentado el proceso de estabilización de la revolución. Existe sin embargo otra cara de la moneda: son precisamente esa “abstracción” y distanciamiento de la propiedad los que hacen posible para los «pordioseros de la pluma» apoyar la abolición de la esclavitud en las colonias, y a los «Pugačev de la Universidad» dar su apoyo al proceso de descolonización, que se desarrollará después a nivel planetario.

En la larga duración del Segundo período de desórdenes es indudable también el papel desarrollado por la ideología. Es necesario sin embargo añadir enseguida que no se trata solamente de la ideología de los bolcheviques. Hemos visto las esperanzas mesiánicas que acompañan al derrumbe de la autocracia zarista y sabemos también que el motivo de la revolución traicionada supera los límites de Rusia y del movimiento comunista. Poquísimos meses o semanas después de octubre de 1917, Kautsky subraya cómo los bolcheviques no mantienen o no son capaces de mantener ninguna de las promesas esgrimidas en el momento de la conquista del poder:

Ahora es cuando el gobierno de los Soviets se ha visto obligado a diferentes compromisos frente al capital [...]. Pero más que frente al capital ruso, la República de los Soviets tuvo que retroceder ante el alemán, y reconocer sus pretensiones. Es todavía incierto cuándo volverá el capital de la Entente a introducirse en Rusia; todo apunta a que la dictadura del proletariado haya aniquilado al capital ruso solamente para ceder el puesto al alemán y americano.344

Los bolcheviques habían llegado al poder prometiendo «la propagación, bajo el impulso de la experiencia rusa, de la revolución en los países capitalistas». ¿Pero qué había sido de ésta perspectiva «grandiosa y fascinante»? Había sido socavada por un programa de «paz inmediata a cualquier precio»345. Estamos en 1918 y paradójicamente la crítica de Kautsky a Brest-Litovsk no es muy diferente a la que hemos visto ya, especialmente en Bujarin.

Más allá de las relaciones internacionales, aún más catástrofico es, siempre para Kautsky, el balance de la Revolución de octubre en el plano interno:

Echando fuera los restos del capitalismo, ésta ha expresado más pura y fuertemente que nunca la fuerza de la propiedad privada de la tierra. Ha hecho del campesino, hasta ahora interesado en la disolución de la gran propiedad privada de la tierra, un enérgico defensor de la propiedad privada creada ahora, y ha consolidado la propiedad privada de los medios de producción y la producción de mercancías346.

De nuevo nos vemos llevados a pensar en aquellos que, también dentro del partido bolchevique, describen la persistente propiedad privada de la tierra y la NEP como un culpable abandono de la vía socialista.

La ulterior colectivización de la agricultura no acaba con la denuncia de traición; ésta, precisamente a mediados de los años treinta, encuentra su expresión orgánica en el libro de Trotsky dedicado a la «revolución traicionada». Es interesante notar cómo las imputaciones fundamentales de esta acusación estén de algún modo ya presentes en el libro de Kautsky de 1918. Veamos de qué manera argumenta el eminente teórico socialdemócrata: si la propiedad privada individual también es sustituida por la propiedad cooperativa, no debe olvidarse que ésta última es solamente «una nueva forma de capitalismo». Por otro lado, la misma «economía estatal no es todavía el socialismo», y no solamente por el hecho de que continúan subsistiendo el mercado y la producción mercantil347. Hay algo más. La liquidación de determinada forma de capitalismo no significa en absoluto la liquidación del capitalismo como tal: el nuevo poder «puede anular muchas formas de propiedad capitalista», pero ello no significa todavía la «fundación de una producción socialista». En realidad, en la Unión Soviética ha surgido o está surgiendo una nueva clase explotadora: «En el lugar de aquellos que hasta ahora eran capitalistas, ahora convertidos en proletarios, entran intelectuales o proletarios, ahora convertidos en capitalistas»348. Si también Trotsky, al diferencia de ciertos seguidores suyos más radicales, prefiere hablar de «burocracia», más que de nueva clase capitalista, quedan claras las analogías entre los dos discursos comparados aquí, sobre todo porque también para el revolucionario ruso la «burocracia soviética» parece aspirar a «alcanzar a la burguesía occidental».349

Desde luego, no faltan diferencias. Para Kautsky es el grupo dirigente bolchevique como tal el que ha abandonado y de algún modo traicionado los nobles ideales del socialismo; por lo demás, más que de una elección y de una abjuración subjetivas y conscientes, tal abandono es expresión de la «impotencia de todos los intentos revolucionarios que no han tenido en cuenta las condiciones objetivas sociales y económicas»350. En comparación con Trotsky, parece más convincente el discurso de Kautsky, pues no comete la ingenuidad de explicar gigantescos procesos sociales objetivos (que más allá de Rusia han implicado a toda una serie de otros países), ¡clamando contra la traición de un restringido estrato político, o incluso de una única personalidad, que cumple así un papel de deus ex machina! Hay sin embargo un momento en el que también el dirigente socialdemócrata alemán introduce la categoría de traición subjetiva y consciente. Los bolcheviques la habrían consumado cuando, ignorando voluntariamente la inmadurez de las condiciones objetivas, se abandonan al «culto a la violencia» que sin embargo «el marxismo condena duramente»351. Es solamente la elección inicial de desencadenar la Revolución de octubre la que es sinónimo de abjuración de los nobles ideales de Marx y el socialismo; en este caso, sin embargo, la acusación de traición implica no menos a Trotsky que a Lenin y Stalin. Queda todavía por ver si la condena que Kautsky pronuncia respecto al «culto a la violencia» de los bolcheviques sea compatible con el reproche de haber querido en Brest-Litovsk «una paz inmediata a cualquier precio».

Más importante que las diferencias son las analogías que subsisten entre los dos teóricos del marxismo aquí examinados conjuntamente. En ambos discursos la visión mesiánica de la sociedad futura abre un abismo entre la belleza del socialismo y comunismo auténticos, por un lado, y la irremediable mediocridad del presente y lo real, por el otro: se intenta colmar ese abismo recurriendo en el caso de Trotsky a la categoría de traición, y en el caso de Kautsky a la categoría de inmadurez objetiva de Rusia, que acaba inevitablemente provocando la desfiguración y traición de los ideales originarios. Para el dirigente socialdemócrata alemán, dado el «retraso económico» de un país que «no pertenece a los Estados industriales evolucionados», va de suyo el fracaso del proyecto socialista: «En realidad, en Rusia se está realizando la última de las revoluciones burguesas, no la primera de las socialistas. Esto cada vez está más claro. La actual Revolución rusa podrá asumir un carácter socialista solamente cuando coincida con una revolución socialista en Europa occidental»352. De nuevo nos encontramos con los deseos y pronósticos de Trotsky.

En efecto, surgida ya en la Revolución de febrero, la visión mesiánica de la nueva sociedad todavía por construir acaba siendo defendida, de modos diferentes y contrapuestos entre ellos, por una franja bastante amplia. Es una dialéctica que se manifiesta con especial claridad en ocasión de la introducción de la NEP. Los escandalizados no serán solamente sectores importantes del partido bolchevique, y tampoco es siempre la preocupación por la fidelidad a la ortodoxia marxista la que motiva la indignación. Si el cristiano Pierre Pascal lamenta la llegada de una nueva «aristocracia» y el perfilarse de un proceso «contrarrevolucionario», el gran escritor Joseph Roth menciona contrariado la «americanización» que vive la Rusia soviética, perdiendo no solamente la vía al socialismo sino su misma alma, para caer así en «el vacío espiritual»353. A los gritos de escándalo por las esperanzas mesiánicas defraudadas y traicionadas, les corresponden en el campo burgués los gritos de triunfo por el hecho de que, con la introducción de la NEP, también Lenin -así se argumenta- se ve obligado a dar la espalda a Marx y al socialismo354. He aquí de nuevo la categoría de traición, aunque declinada esta vez con un juicio de valor positivo.

Paradójicamente, empujando de algún modo a los bolcheviques en dirección a una nueva revolución se encontraba un frente más bien amplio y heterogéneo. Los horrores de la guerra habían llevado a Pascal a profetizar con tonos apocalípticos, ya en agosto de 1917, «una revolución social universal» de una radicalidad sin precedentes355. En el frente opuesto, adversarios y enemigos de la Revolución de octubre estaban listos para celebrar su fracaso cada vez que en Rusia se perfilaba el intento de pasar de la fase de espera mesiánica a la menos enfática pero más realista de construcción de una nueva sociedad. Todo esto no podía dejar de reforzar la tendencia ya bastante presente en el partido bolchevique, por tanto también del clima espiritual suscitado por la guerra, de radicalizar ulteriormente los motivos utópicos del pensamiento de Marx. En este sentido la ideología que contribuye a la prolongación del Segundo período de desórdenes resulta estar enraizada ella misma en una concreta situación objetiva.

Del universalismo abstracto a la acusación de traición

Echemos ahora una mirada de conjunto a las imputaciones alrededor de la acusación contra la «traición». Formulando el problema en términos filosóficos, podríamos decir que pese a ser entre ellos sensiblemente diferentes, y pese a ser formulados a partir de posiciones ideológicas y políticas bastante variadas, estas imputaciones comparten una visión del universalismo que sería oportuno ahora examinar. Animada por la exigencia de contrarrestar y superar el egoísmo doméstico de la familia burguesa que, concentrando la mirada exclusivamente en en su círculo restringido, soslaya las tragedias que se desarrollan en su exterior, Kollontai llama a los comunistas a cultivar un sentimiento de responsabilidad universal, superando, también en lo que respecta a la prole, la distinción entre «tuyo» y «mío», y luchando junto a otros por aquello que es común a todos, por lo que es «nuestro». Hemos visto a Trotsky llamar la atención precisamente sobre las consecuencias catastróficas que se producen cuando los padres ignoran la responsabilidad particular que tienen para con sus hijos. Es decir, saltando el momento de obligación de asistencia al círculo de parientes más estrechos, sin partir en primer lugar de una obligación particular e ineludible, la responsabilidad universal se revela vacua e incluso se convierte en un instrumento de evasión. En este sentido, según Lenin, la teoría de Kollontai era «antisocial»356.

Pero mientras la hacen valer en relación al problema de la familia, los dirigentes bolcheviques tienden a olvidar la unidad de universal y particular cuando afrontan la cuestión nacional. En el momento de su fundación la Tercera Internacional parte del presupuesto de un partido internacional del proletariado, llamado a realizar la emancipación universal de la humanidad, sin dejarse confundir por los «intereses denominados “nacionales”»357; hemos visto a Kollontai teorizar de manera similar una suerte de familia universal en cuyo ámbito lo «mío» y lo «tuyo» se disuelven sin residuos en lo «nuestro». Ulteriormente, la Tercera Internacional pasará por un complicado proceso de aprendizaje que la conducirá, con el Informe de Dimitrov al VII Congreso de 1935, a denunciar como peligrosa toda forma de «nihilismo nacional»358. ¿Pero el redescubrimiento de la nación no es una traición al internacionalismo? Si para Kollontai la permanencia de la institución de la familia y la atención particular dirigida a los propios hijos son sinónimo de mezquindad egoísta y de desinterés por la suerte de todos los niños del mundo, para Trotsky «examinar las perspectivas de la revolución social dentro de los límites de una nación» significa ceder o ser indulgentes con el «social-patriotismo» y el social-chovinismo, responsable entre otras cosas de la carnicería de la Primera guerra mundial. Así también «la idea de una evolución socialista que se cumpla e incluso se complete en un sólo país» es un «punto de vista que es fundamentalmente nacional-reformista, ni revolucionario ni internacionalista»359. Son declaraciones de 1928; diez años después es fundada la Cuarta Internacional, que retoma (y radicaliza ulteriormente) el universalismo abstracto de los comienzos y que por lo tanto se autodefine «partido mundial de la revolución socialista».

Sería fácil aplicar contra Trotsky la crítica por él utilizada en la polémica con Kollontai. Así como no constituye una superación real del egoísmo doméstico el ignorar y evitar las responsabilidades particulares que se tienen respecto a los propios hijos y los más cercanos parientes, del mismo modo no es en absoluto sinónimo de internacionalismo perder de vista el hecho de que las posibilidades y tareas concretas de transformación revolucionaria se colocan en primer lugar sobre un terreno nacional determinado. El distanciamiento o indiferencia respecto al país en el que se vive puede asumir perfectamente un significado todo menos progresista: en la Rusia zarista Herzen, un autor apreciado por Lenin, señalaba que la aristocracia era bastante «más cosmopolita que la revolución»; lejos de tener una base nacional, su dominio descansaba en la negación de la posibilidad misma de una base nacional, en la «profunda división [...] entre las clases civilizadas y los campesinos», entre una élite bastante restringida e inclinada a comportarse como una raza superior y la inmensa mayoría de la población360. Sin liquidar la racialización de las clases subalternas y sin afirmar las ideas de nación y responsabilidad nacional no se es revolucionario.

Esto Stalin lo tiene bastante en cuenta, como ejemplifica el discurso pronunciado el 4 de febrero de 1931. Se presenta en tal ocasión como un líder revolucionario e internacionalista, que es al mismo tiempo un estadista y un líder nacional ruso, dedicado a resolver los problemas que la nación arrastra desde hace tiempo: «nosotros bolcheviques, que hemos hecho tres revoluciones, que hemos conseguido salir victoriosos de una dura guerra civil», tenemos que hacernos cargo también del problema de superar el tradicional retraso industrial y la fragilidad militar de Rusia. «En el pasado no teníamos patria y no podíamos tenerla»361; con el derrumbe del viejo régimen y la llegada del poder soviético el nihilismo nacional es más insensato que nunca, la causa de la revolución es al mismo tiempo la causa de la nación. El acento parece ahora desplazarse de la lucha de clase (con su dimensión internacionalista) a la edificación económica nacional. Pero más exactamente, en la concreta situación política que se ha creado, la lucha de clases se muestra como la tarea de realizar para el país del socialismo un desarrollo económico y tecnológico, poniéndolo así en situación de enfrentarse a los terribles desafíos venideros y aportar una contribución real a la causa internacionalista de la emancipación. La lucha de clases no solamente asume una dimensión nacional sino que parece adoptar, en la Rusia soviética, la forma de una tarea banal y prosaica: «en el período de reconstrucción la técnica decide todo»; y por tanto es necesario «estudiar la técnica» y hacerse «dueños de la ciencia». En realidad, esta nueva tarea no es menos difícil y exaltante que la conquista del Palacio de Invierno: «los bolcheviques deben conquistar la técnica» y convertirse ellos mismos en «especialistas»; desde luego, es un objetivo todo menos fácil de alcanzar, pero «no hay fortalezas que los bolcheviques no puedan asaltar»362. La política previa a la Gran guerra patriótica encuentra su primera expresión en los años en los que la Rusia soviética se emplea a fondo en un gigantesco esfuerzo de industrialización y refuerzo de la defensa nacional.

Hemos visto a Stalin subrayar en la víspera de la agresión nazi la necesidad de conectar «el sentimiento nacional y la idea de patria», «un sano nacionalismo, correctamente entendido, con el internacionalismo proletario» (supra, p. 30). En la situación concreta que se había producido tras la ofensiva expansionista del Tercer Reich, la marcha de la universalidad pasaba a través de las luchas concretas y particulares de los pueblos decididos a no dejarse reducir a la condición de siervos al servicio del hitleriano Pueblo de Señores*; lo que en realidad hacía avanzar el internacionalismo era la resistencia de las naciones amenazadas más directamente por los planes de esclavización del imperialismo nazi. Pero ya tres años antes, como confirmación del hecho de que estamos en presencia de un proceso de aprendizaje favorecido o impuesto por la necesidad concreta de desarrollar luchas de resistencia nacionales contra el imperialismo, Mao Tsé-Tung declara: «Separar el contenido del internacionalismo de su forma nacional es la praxis de aquellos que no entienden nada de internacionalismo. En cuanto a nosotros, sin embargo, debemos ligarlos estrechamente. Para este propósito se han cometido en nuestras filas graves errores que deben ser corregidos con la máxima dedicación»363. En términos similares Gramsci distingue entre «cosmopolitismo» e «internacionalismo», que sabe y de hecho debe saber ser al mismo tiempo «profundamente nacional».

Además del rechazo a la familia nuclear y la teorización de una suerte de paternidad y maternidad colectivas («nuestros hijos»), a nivel político general el universalismo abstracto se deja ver con claridad en la propuesta de una «dirección colectiva», vista una vez más como la disolución de las responsabilidades personales y de los cargos desempeñados a nivel individual. No es casual que Kollontai forme parte durante cierto tiempo de la Oposición obrera, cuyos eslóganes a nivel de fábrica y en los diversos puestos de trabajo en el partido y el sindicato, en la administración y en el Estado, son: «poder de un órgano colectivo», «voluntad colectiva», «pensamiento común», «gestión colectiva»364. En este contexto debe ser colocada la esperanza mesiánica de la completa disolución de la distinción entre «mío» y «tuyo» también en el ámbito económico, con la consiguiente condena, más que de un determinado sistema de producción y distribución de la riqueza social, de la «economía del dinero» y del mercado, de la propiedad privada en cuanto tal, por muy limitada y estrecha que pueda ser. En todos estos casos la universalidad anhelada es la que se presenta inmediatamente en su incontaminada pureza, sin pasar a través de la mediación y entrelazamiento con la particularidad. Y es este culto a la universalidad abstracta el que encuentra la traición cada vez que la particularidad ve reconocidos sus derechos o su fuerza.

La dialéctica de la revolución y la génesis del universalismo abstracto

Pero ¿cómo explicar el surgimiento de una visión y de un purismo a primera vista tan ingenuos y carentes de sentido de la realidad? No menos ingenuo e irreal sería atribuirlos a una u otra única personalidad. En realidad actúa aquí una dialéctica objetiva. Siguiendo la estela de la lucha contra las desigualdades, los privilegios, las discriminaciones, las injusticias, la opresión del antiguo régimen y contra los particularismos, el exclusivismo, la mezquindad y el egoísmo reprochados a la vieja clase dominante, las revoluciones más radicales se ven llevadas a expresar una visión fuerte, exaltadora y grandilocuente de los principios de igualdad y universalidad. Es una visión que, por un lado, con el impulso y entusiasmo que conlleva, facilita el derrocamiento de las viejas relaciones sociales y de las viejas instituciones políticas; por otro lado, hace más compleja y problemática la construcción del nuevo orden.

¿Hasta qué punto éste estará a la altura de las promesas, de las ambiciones y esperanzas que han precedido a su nacimiento? ¿No corre el riesgo de reproducir bajo una nueva forma las distorsiones tan apasionadamente denunciadas en el antiguo régimen? Este paso es especialmente delicado por el hecho de que las revoluciones más radicales cultivan por un lado ambiciosos proyectos de transformación político-social, mientras que precisamente a causa de esta extrañeza y lejanía respecto al orden existente, experimentan la llegada al poder de estratos dirigentes sin una sólida experiencia política tras de sí y que por lo demás se ven en la necesidad de construir e incluso inventar un nuevo orden, no sólo político sino también social. Tan lábil tiende a mostrarse en estas circunstancias el límite entre proyecto político ambicioso y frase altisonante y vacua, entre utopía concreta (un horizonte desde luego remoto pero que sin embargo orienta y estimula el proceso real de transformación) y utopía abstracta, desorientadora (sinónimo en última instancia de evasión y fuga de la realidad).

Para que sea victoriosa no solamente a corto plazo sino también a largo plazo, una revolución debe ser capaz de conferir un contenido concreto y duradero a las ideas de igualdad y universalidad que la han acompañado en la consecución del poder. Y al hacerlo, el nuevo grupo dirigente está llamado a depurar aquellas ideas de la forma ingenua que tienden a asumir en los momentos de entusiasmo, y está llamado también a cumplir tal operación de depuración no en un espacio vacío y aséptico, sino en un espacio históricamente colmado en el que hacen sentir su presencia y su peso las compatibilidades económicas y políticas, las relaciones de fuerza, las contradicciones y los conflictos que surgen inevitablemente. Es en el transcurso de este difícil paso que el frente revolucionario, hasta aquel momento caracterizado, al menos aparentemente, por una unidad coral, que comienza a mostrar las primeras grietas o fracturas internas, e intervienen las desilusiones, el desencanto, las acusaciones de traición.

Es un proceso y una dialéctica que Hegel analiza con gran lucidez y profundidad en relación con la Revolución francesa365. Ésta se desarrolla ondeando la bandera del «sujeto universal», de la «voluntad universal», de la «autoconciencia universal». En esta fase, en el momento de la destrucción del antiguo régimen, se asiste a la «anulación de las masas espirituales diferenciadas y de la vida limitada de los individuos»; «son por tanto abolidos todos los estratos sociales, que son las esencias espirituales en las que el Todo se articula». Es como si la sociedad, disueltos todos los cuerpos sociales intermedios, se hubiese desarticulado completamente en una miríada de individuos que rechazando todas las autoridades tradicionales ya carentes de legitimidad, reivindican no solamente la libertad y la igualdad sino también la participación en la vida pública y en cada fase del proceso de toma de decisiones. Siguiendo este entusiasmo y exaltación, en una situación en la que es como si la autoridad y el poder en cuanto tales estuvieran suspendidos en la nada, surge un mesianismo anarcoide, que exige la «libertad absoluta», preparada para denunciar como traición toda contaminación y restricción, verdadera o presunta, de la universalidad.

Un nuevo orden presupone una redistribución de los individuos en «masas espirituales», en organismos sociales, cuerpos intermedios, si bien constituidos y organizados según nuevas y diferentes modalidades respetuosas de los principios de la revolución. En todo caso, para el mesianismo anarcoide la nueva articulación de la sociedad, sea la que sea, se muestra como una negación de la universalidad. De hecho, «la actividad y el ser de la personalidad [individual] se encontrarían de tal modo limitados a una rama del Todo, a una única especie de la actividad y del ser». Y por lo tanto: «Puesta en el elemento del ser, la personalidad recibiría así el significado de personalidad determinada, y en verdad cesaría de ser autoconciencia universal». Es un análisis iluminador de la dialéctica que se desarrolla a lo largo de la Revolución francesa pero también, y de manera aún más clara, en la Revolución de octubre, cuando el pathos de la universalidad se deja oír con mayor fuerza aún, tanto en sus formas más ingenuas como en las más maduras. En la situación de exaltado universalismo que precede al derrocamiento del antiguo régimen, toda división del trabajo, por articulada que sea, se convierte en sinónimo de exclusividad, de secuestro de la «autoconciencia universal» y de la «voluntad universal» por obra de una minoría burocrática y privilegiada.

Esto vale para las relaciones sociales tanto como para las instituciones políticas. No hay un orden que pueda satisfacer la pretensión de realización directa y carente de mediaciones de la universalidad prevista por el mesianismo anarcoide. La manera en la que éste último actúa aparece con claridad una vez más en las memorables páginas de la Fenomenología del espíritu:

Sin dejarse engañar ni por la comedia (Vorstellung) de la obediencia a leyes que pretenden ser expresión de autogobierno y que les asignarían sólo una parte, ni por el hecho de gozar de representación en la legislación y en la actividad universal, la autoconciencia no se deja despojar de la realidad que consiste en darse ella misma las leyes y realizarse a sí misma no en una obra individual, sino más bien en la obra universal. De hecho, cuando se encuentra sólo en la forma de la representación y de la representación teatral, el individuo no es real; donde hay alguien que sea representante del individuo, no es el individuo.

Nos viene aquí a la memoria la definición que la Oposición obrera da de la burocracia en la Rusia soviética: «algún otro decide vuestro destino». Contra esta inadmisible expropiación es reivindicada una «dirección» que sea «colectiva» en cada fase del proceso de toma de decisiones, con la consiguiente condena de todo organismo representativo. Es más, bien visto, es objeto de crítica e incluso de regulación jurídica, etiquetado a priori como intento de encadenamiento o ruptura de la universalidad y, por lo tanto, como expresión de un antiguo régimen difícil de matar.

Para llegar a la «acción», para conseguir realidad y eficacia y convertirse en «voluntad real» -prosigue Hegel-, la universalidad debe encontrar expresión en individuos concretos, debe «colocar en el vértice una autoconciencia individual». Hete aquí que el mesianismo y el anarquismo se llevan las manos a la cabeza: «De esta manera, sin embargo, el resto de individuos se ven excluidos de la totalidad de la acción y juegan un papel sólo limitado, por lo que no sería acción de la efectiva autoconciencia universal». La tragedia de la Revolución francesa (aunque también, y a mayor escala, de la Revolución de octubre) consiste en esto: si quiere evitar reducirse a una frase vacía, el pathos de la universalidad debe darse un contenido concreto y determinado, pero es precisamente este contenido concreto y determinado el que es considerado una traición. En realidad, es la particularidad en cuanto tal la que es etiquetada como un elemento de contaminación y negación de la universalidad. Mientras continúa prevaleciendo esta visión, a la liquidación del antiguo régimen no le sigue la construcción de un orden nuevo y concreto: «La libertad universal, por lo tanto, no puede producir ninguna obra y ninguna acción positiva, y le queda solamente la actividad negativa. La libertad universal es solamente la furia de la disolución».

Universalidad abstracta y terror en la Rusia soviética

En el análisis de Hegel, si el terror es resultado no de la situación objetiva sino de una ideología, debe imputársele en primer lugar al mesianismo anarcoide; al universalismo abstracto que, en su huida lejos de todo elemento particular y determinado, consigue expresarse sólo como «furia disolvente». En lo que respecta a la revolución bolchevique no se debe perder de vista el estado de excepción permanente, provocado por la intervención y asedio imperialista. El componente más propiamente ideológico del terror remite sin embargo al culto de la universalidad y de la utopía abstracta, que obstaculiza la acción del nuevo grupo dirigente y acaba provocando su fractura interna. Es interesante ver de qué modo a mediados de los años treinta Trotsky, dejando atrás las sabias críticas a Kollontai, se mofa de la rehabilitación estaliniana de la familia:

Cuando se esperaba confiar al Estado la educación de las jóvenes generaciones, el poder, lejos de preocuparse por defender la autoridad de los mayores, del padre y de la madre en especial, trató, por el contrario, de separar a los hijos de la familia para inmunizarlos contra las viejas costumbres. Todavía recientemente, durante el primer periodo quinquenal, la escuela y las Juventudes Comunistas solicitaban ampliamente la ayuda de los niños para desenmascarar al padre ebrio o a la madre creyente, para avergonzarlos, para tratar de “reeducarlos”. Otra cosa es el éxito alcanzado. De todas maneras, este método minaba las bases mismas de la autoridad familiar.366

Por su contribución al mantenimiento de las «viejas costumbres» y por tanto de la ideología y el particularismo del antiguo régimen, la familia es identificada como un obstáculo que la marcha de la universalidad está llamada a derribar o golpear. La denuncia de la «autoridad familiar» produce no una disminución, sino incluso un suplemento de violencia. El mismo resultado produce la condena de la Constitución y el derecho como instrumentos del dominio burgués. A partir de estos presupuestos es imposible realizar e incluso pensar en un Estado socialista de derecho. Naturalmente existe una contradicción entre el homenaje al ideal de la extinción del Estado y el recurso al Estado a la hora de intervenir también en el ámbito de las relaciones familiares, pero es la contradicción que constantemente se manifiesta entre la retórica libertaria del universalismo abstracto y las prácticas violentas que acaba por estimular.

Llegados a este punto estamos obligados a hacer una consideración ulterior. La tendencia a ver en el particular en cuanto tal un elemento de perturbación o de contaminación de la universalidad se manifiesta más allá del grupo dirigente bolchevique. Piénsese en la desconfianza u hostilidad con la que Rosa Luxemburg contempla los movimientos nacionales, a los que se les reprocha el olvido de la causa internacional del proletariado. Después de la Revolución de octubre, la gran revolucionaria critica por un lado a los bolcheviques por su carencia de respeto por la democracia o incluso su liquidación activa, pero por el otro los invita a «sofocar desde su nacimiento, con puño de hierro, toda tendencia separatista» proveniente de los «pueblos sin historia», «cadáveres putrefactos que surgen de sus milenarios sepulcros»367.

Y ahora vemos de qué manera Stalin describe los efectos de la «revolución socialista» sobre la cuestión nacional:

Ésta, socavando los estratos más profundos de la humanidad y empujándolos a la escena política, le insufla nueva vida a toda una serie de nuevas nacionalidades, antes desconocidas o poco conocidas. ¿Quién habría podido pensar que la vieja Rusia de los zares representaría no menos de cincuenta naciones y grupos nacionales? Sin embargo, la Revolución de octubre, rompiendo las viejas cadenas y haciendo surgir toda una nueva serie de nacionalidades y pueblos olvidados, les ha dado nueva vida y desarrollo.368

Llegamos aquí a un resultado paradójico, al menos desde el punto de vista de los habituales balances históricos y de los estereotipos ideológicos hoy dominantes. Respecto a los pueblos que «emergen de sus milenarios sepulcros», según el lenguaje de Luxemburg, o los «pueblos olvidados» según Stalin, es Rosa Luxemburg quien manifiesta una actitud más amenazante o represiva. Desde luego, en lo que respecta al juicio sobre aquel que realmente ha ejercido el poder, se tratar de ver si la praxis ha correspondido a la teoría, y hasta qué punto. Queda claro que es el universalismo abstracto de Luxemburg el que muestra potencialmente una mayor carga de violencia, ya que, en el transcurso de toda su evolución se ha mostrado inclinada a leer las reivindicaciones nacionales como una desviación respecto a la ruta principal del internacionalismo y el universalismo.

Alcanzamos un resultado comparable si, siempre sobre la cuestión nacional, comparamos esta vez a Stalin y Kautsky. A la teoría formulada por el dirigente socialdemócrata alemán, en base a la cuál con la victoria del socialismo en un sólo país o grupos de países, y ya desarrollada la sociedad democrático-burguesa, se disolverían o tenderían a disolverse las diferencias y particularidades nacionales, el primero replica: tal visión, que ignora de manera superficial «la estabilidad de las naciones», acaba abriendo de par en par las puertas de la «guerra contra la cultura nacional» de las minorías o pueblos oprimidos, a la «política de asimilación» y «colonización»; a la política preferida, por ejemplo, por los «germanizadores» y «rusificadores» de Polonia369. También en este caso, es una universalidad incapaz de abrazar lo particular la que estimula la violencia y la opresión. Siempre dentro del contexto de la comparación entre las diferentes teorías, este universalismo abstracto le es más próximo a Kautsky que a Stalin.

Al igual que el dirigente socialdemócrata alemán, también Rosa Luxemburg critica duramente a los bolcheviques por su reforma agraria «pequeño-burguesa», que concede la tierra a los campesinos. A esta visión se puede contraponer la de Bujarin, según el cual en las condiciones de la Rusia de aquel momento, con el monopolio del poder soviético firmemente mantenido por los bolcheviques, precisamente eran los «intereses privados» y el impulso dado al enriquecimiento de los campesinos y otros estratos sociales los que habrían podido contribuir al desarrollo de las fuerzas productivas y, en última instancia, a la causa del socialismo y del comunismo370. Se ha producido un cambio significativo en Bujarin: si en ocasión del tratado de Brest-Litovsk había dado pruebas de universalismo abstracto respecto a la cuestión nacional, sin embargo ahora, en relación con la NEP y la cuestión agraria, para Bujarin el proceso de construcción de la universalidad está llamado a avanzar también a través de la oportuna utilización de intereses particulares. Estamos en presencia de un proceso de aprendizaje y de una reflexión autocrítica de extraordinario interés, que nos ayudan a comprender lo que en nuestros días ha ocurrido en países como China y Vietnam. Así prosigue Bujarin:

Nos imaginábamos las cosas de la siguiente manera: alcanzamos el poder, lo tomamos casi todo en nuestras manos, ponemos en funcionamiento en seguida una economía planificada, no pasa nada si surgen dificultades, en parte las eliminamos, en parte las superamos, y la cosa concluye felizmente. Hoy vemos claramente que la cuestión no se resuelve así.

La pretensión de «organizar la producción por medio de órdenes, por medio de la coerción», lleva a la catástrofe. Superando esta «caricatura de socialismo», los comunistas se ven obligados por la experiencia a tener en cuenta la «enorme importancia del incentivo privado individual» con el objetivo de desarrollar las fuerzas productivas, «un desarrollo de las fuerzas productivas que nos conduzca al socialismo y no a la completa restauración del denominado capitalismo “sano”»371. Clamar, sin embargo, como hacían Trotsky y la oposición, por la «degeneración» de la Rusia soviética a causa de la persistencia de la economía privada en el campo y la «colaboración de clase» de los comunistas con los campesinos (y con los estratos burgueses tolerados por la NEP), habría llevado al fin de la «paz civil» y a una gigantesca «noche de San Bartolomé»372.

¿Lo que determinó la derrota de Bujarin, fue solamente la necesidad de acelerar al máximo la industrialización del país en previsión de la guerra, o bien contribuyó también la hostilidad irreductible hacia toda forma de propiedad privada y economía mercantil? Es un problema del que nos ocuparemos ulteriormente. Se puede ya desde ahora fijar un punto de referencia: el universo concentracionario alcanza su cénit tras la colectivización forzada de la agricultura y el puño de hierro contra las tendencias burguesas y pequeño-burguesas entre los campesinos, miembros por lo demás de los «pueblos sin historia», por usar el desafortunado lenguaje que Luxemburg retoma de Engels. Más allá de los errores o brutalidad de este u otro dirigente político, no hay dudas sobre el funesto papel desarrollado por un universalismo incapaz de subsumir y respetar lo particular.

Las páginas que hemos empleado de Hegel (el autor en el que Lenin descubre «raíces del materialismo histórico»373) son como la refutación anticipada de la explicación del “estalinismo” contenida en el denominado Informe secreto de 1956 pronunciado en ocasión del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Sería desde luego desleal pretender que Kruschov estuviese a la altura de Hegel, pero es curioso que la tragedia y el horror de la Rusia soviética continúen imputándoseles a una única persona, y de hecho a un único chivo expiatorio, como si no hubiese existido nunca el extraordinario análisis que en la Fenomenología del espíritu dedica a la «libertad absoluta» y al «Terror».

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje

Volvamos al análisis hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y de las grandes revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular a la universalidad, poniendo fin a la persecución enloquecida de la universalidad en su inmediatez y pureza. Renunciando al igualitarismo absoluto, los individuos «aceptan nuevamente la negación y la diferencia», esto es, «la organización de las masas espirituales en las que se articula la multitud de consciencias individuales». Éstas, además, «vuelven a una obra particular y limitada, pero precisamente por ello vuelven a su realidad sustancial». Por lo tanto se entiende ya el carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no de Hegel sino de no pocos revolucionarios rusos, de una democracia directa, una «dirección colectiva» que sin mediaciones ni obstáculos burocráticos se exprese directa e inmediatamente en las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.

Como se ve, más que el jacobinismo, el blanco de las críticas de Hegel son el radicalismo y mesianismo anarcoide. Esto se confirma por las consideraciones que realiza a propósito de otra gran revolución: la revolución puritana que estalla en Inglaterra a mediados del siglo diecisiete. Acabando con un período de inconcluyente exaltación religiosa y pseudo-revolucionaria, dando un cauce político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran esplendor el trono, como Protector»374. Saber gobernar significa aquí ser capaz de otorgar un contenido concreto a los ideales de universalidad que han precedido a la revolución, por ejemplo tomando claramente distancia, en lo que respecta a la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte de gobernar.

Tras una gran revolución, sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni acaba con Stalin. De hecho, el límite más grave de este estadista (aunque también, de diferente manera, de los otros estadistas que todavía en nuestros días se vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente inacabado este proceso de aprendizaje.

Tomemos la cuestión nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las naciones» y de las «diferencias nacionales», incluidas las lingüísticas, pasa a través de un «período transitorio» de pleno y libre despliegue de las naciones y sus diferentes lenguas, culturas e identidades. Al menos en lo que respecta al «período transitorio» está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos encontramos más allá del universalismo abstracto por ejemplo de Luxemburg, para quien las particularidades nacionales son de por sí una negación del internacionalismo.

Y sin embargo, en lo que respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin parece acogerla sólo en relación al «período de transición». Stalin es a ratos más radical:

Algunos, por ejemplo Kautsky, hablan de crear en el período de socialismo una única lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría375.

A juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial376. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en el movimiento comunista internacional, Stalin se muestra más audaz. No se limita a defender con fuerza que «la historia registra una gran estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada»377. Ahora la elaboración teórica va más allá: «la lengua difiere de manera radical de una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien por toda la sociedad, por todas las clases de la sociedad, gracias a los esfuerzos de cientos de generaciones», por tanto es absurdo hablar de una «“naturaleza clasista” de la lengua»378. Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las lenguas nacionales? ¿Por qué tendrían que disolverse las naciones en cuanto tales, si es verdad que «la comunidad lingüística representa uno de los más importantes signos distintivos de una nación»?379 Sin embargo, la ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo continúa siendo concebido como el triunfo de la «lengua común internacional» y en última instancia, de una única nación380. Al menos en lo que respecta a este mítico estadio final, el universal puede ser pensado de nuevo en su pureza, sin la contaminación de lo particular, representado por las lenguas e identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido ciertamente a la comprensión de las contradicciones permanentes entre las naciones que se remiten al socialismo y se consideran comprometidas en la construcción del comunismo. Son éstas las contradicciones que han desarrollado un rol de primer plano en el proceso de crisis y disolución del “campo socialista”.

También en otros campos de la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían la liquidación de la «economía mercantil» como tal. En polémica con ellos, Stalin observa juiciosamente:

Se dice que la producción mercantil bajo cualquier condición debe llevar y necesariamente llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera condiciones! No se puede identificar la producción mercantil con la producción capitalista. Son dos cosas diferentes.

Puede existir perfectamente «una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados «todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma propiedad cooperativa381.

Finalmente, el problema quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera función», más allá de la represión y de la lucha de clases en el plano interior e internacional. Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un cambio radical de la doctrina desarrollada por Marx y Engels»382. Era un cambio al que Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante. De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste modo la posición de Marx, Engels y Lenin: «La generación que ha conquistado el poder, la vieja guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente llevará a cabo esta tarea»383. Si este milagro no se producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia estaliniana?

Puede parecer confundente remitirse a categorías filosóficas para explicar la historia de la Rusia soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe la «excelente fórmula» de la Lógica hegeliana según la cuál el universal debe ser tal como para acoger en sí «la riqueza del particular»384. Al expresarse así piensa sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que llega al punto de ruptura del eslabón débil de la cadena en un país particular. La «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder. Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los intentos de hacer que el universal abrace «la riqueza del particular» se han encontrado con la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues gobernó durante más tiempo que cualquier otro líder el país de la Revolución de octubre y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por la disolución del Estado, de las naciones, de la religión, del mercado, del dinero, y experimentó directamente el efecto paralizante de una visión del universal inclinada a etiquetar como una contaminación la atención prestada a las necesidades e intereses particulares de un Estado, de una nación, de una familia, de un individuo determinado.

Si es verdad que la ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período de desórdenes, debe precisarse que ésta apunta en especial a los antagonistas de Stalin. Este último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno, se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución.

4
La andadura compleja y contradictoria de la era de Stalin

Del nuevo impulso de la «democracia soviética» a la «noche de San Bartolomé»

Es necesario en todo caso afirmar -como reconoce contradictoriamente uno de los autores del Libro negro del comunismo— la necesidad de la «inserción de la violencia política bolchevique antes y estaliniana después, en la “larga duración” de la historia rusa»: es necesario no perder de vista «la “matriz” generadora del estalinismo que supuso el período de la Primera guerra mundial, de las revoluciones de 1917 y de las guerras civiles tomado en su conjunto»385. Y por lo tanto, gestado cuando nadie puede prever la llegada de Stalin al poder, y antes aún de la revolución de los bolcheviques, el “estalinismo” no es el resultado en primer lugar ni de la sed de poder de un individuo ni de una ideología, sino más bien del estado de excepción permanente que invade Rusia a partir de 1914. Como hemos visto, ya desde comienzos del siglo diecinueve a ciertas personalidades diversas no se les escapan los signos premonitorios de la inaudita tempestad que se cierne sobre el país colocado entre Europa y Asia, y ésta comienza a manifestarse en toda su violencia con el estallido de la Primera guerra mundial. Es desde aquí, desde la amplísima escala del Segundo período de desórdenes, donde hay que tomar impulso. No por caso se trata de un fenómeno de andadura todo menos unilineal: lo veremos atenuarse en los momentos de relativa normalización y manifestarse en toda su dureza cuando el estado de excepción alcanza su cénit.

Comencemos planteándonos una pregunta preliminar: ¿a partir de qué momento se puede hablar respecto de la Rusia soviética de dictadura personal y solitaria? Historiadores respetables parecen estar de acuerdo en un punto esencial: «A comienzos de los años treinta Stalin no era todavía un autócrata. No se veía exonerado de tener que enfrentarse a la crítica, a la disensión y la propia y auténtica oposición dentro del partido comunista». No se ha producido todavía la llegada al poder en solitario de un líder coronado por el culto a la personalidad: persiste la tradición leniniana de «dictadura de partido» y de poder oligárquico386. Los historiadores aquí citados utilizan indiferentemente las dos categorías; de todas formas la segunda se atiene mal a un régimen que estimula una fortísima promoción social de las clases subalternas y que abre la vida política y cultural del país a estratos sociales y grupos étnicos hasta aquél momento totalmente marginados. Parece claro que, a partir en todo caso de 1937 y del desencadenamiento del Gran terror, la dictadura de partido cede su puesto a la autocracia.

¿Debemos entonces distinguir dos fases dentro del “estalinismo”? Pese a tener el mérito de poner en duda la habitual visión “monolítica”, esta periodización no constituye un auténtico paso adelante en la comprensión de aquellos años: quedarían por explicar todavía el paso de la primera a la segunda fase y la forma concreta de ambas.

Para ser conscientes del problema, veamos lo que ocurre a mediados de los años veinte, en un momento en el que, superada la crisis aguda representada por la intervención extranjera y la guerra civil, la NEP ha conseguido ya resultados significativos: no solamente no hay autocracia, sino que pese a continuar la dictadura del partido comunista, la gestión del poder tiende de algún modo a hacerse más “liberal”. Bujarin parece permitirse llegar a reivindicar una suerte de rule of law, imperio de la ley: «El campesino debe tener frente a sí el orden soviético, el derecho soviético, la ley soviética y no el arbitrio soviético, moderado por una “oficina de reclamaciones” cuya ubicación es desconocida». Son necesarias «claras normativas legales», vinculantes también para los comunistas. El Estado se debe implicar en el «pacífico trabajo organizativo», y el partido, en su relación con las masas, debe «adoptar la persuasión y solamente la persuasión». Ya no tiene sentido el terror: «éste pertenece ya al pasado»387. Se trata de dejar espacio a la «iniciativa de las masas»: en tal contexto es necesario contemplar favorablemente el florecimiento de «asociaciones populares» y «organizaciones voluntarias»388.

No estamos frente a opiniones meramente personales. Estos son los años del «duunvirato»389: Bujarin gestiona el poder junto a Stalin, que en 1925 pide repetidas veces la «liquidación de los vestigios del comunismo de guerra en el campo» y condena la «desviación» que denuncia una imaginaria «restauración del capitalismo» llegando así «a reavivar la lucha de clases en el campo» y «la guerra civil en nuestro país»390. Es necesario darse cuenta sin embargo de que «estamos en la fase de la edificación económica»391.

El desplazamiento del acento, de la lucha de clases a la edificación económica comporta consecuencias relevantes también en el plano político: la primera tarea de los estudiantes comunistas es la de «enseñorearse de la ciencia»392. Sólo así pueden aspirar a desarrollar un papel dirigente: cuenta «la competencia»; «ahora se exige que la dirección sea concreta, práctica». Y por tanto: «Para dirigir verdaderamente es necesario conocer el propio trabajo, es necesario estudiarlo concienzudamente, pacientemente, con perseverancia»393. La centralidad de la edificación económica y por lo tanto de la competencia hace menos rígido el monopolio del partido: «es indispensable que el comunista se comporte hacia el sin-partido de igual a igual», aún más por el hecho de que «el control de los miembros del partido» por obra de los «sin partido» puede producir resultados bastante positivos394.

En conjunto, se impone para Stalin un cambio político radical: «hoy ya no es posible dirigir con métodos militares»; «ahora no necesitamos la máxima presión, sino la máxima ductilidad, tanto en la política como en la organización, tanto en la dirección política como organizativa»; es necesario dedicarse a captar, y de manera receptiva, «las aspiraciones y necesidades de los obreros y de los campesinos». También en lo que respecta a los campesinos, que a menudo se muestran más atrasados que los obreros, la tarea de los comunistas y de los cuadros es la de «aprender a convencerlos sin ahorrar para esta tarea tiempo ni esfuerzo»395.

No se trata solamente de asimilar una pedagogía política más sofisticada. Es necesario acabar con elecciones puramente formales y teledirigidas, con una mala costumbre que conlleva «la falta de control, el abuso de poder, el arbitrio de los administradores». Se requiere un giro radical: «la vieja práctica electoral era un remanente del comunismo de guerra, que debía ser liquidada como práctica nociva y podrida de arriba a abajo»396. Se trata ahora «de reactivar los Soviets, de transformar los Soviets en auténticos órganos electivos, de instaurar en el campo los principios de la democracia soviética»397.

Ya antes de Octubre los Soviets habían comenzado a transformarse en «estructuras burocráticas», y viendo menguar «la frecuencia y consistencia de las asambleas»398; pero ahora, devueltos a su función originaria, los Soviets están llamados a asegurar «la participación de los trabajadores en el trabajo cotidiano de administración del Estado»399. ¿De qué manera ocurre ésto?

Ocurre a través de organizaciones surgidas a iniciativa de las masas, a través de comisiones y comités de todo tipo, conferencias y asambleas de delegados que se forman alrededor de los Soviets, a través de los organismos económicos, los comités de fábrica y de oficina, las instituciones culturales, las organizaciones del partido, las organizaciones de la Unión de la Juventud, las cooperativas de todo tipo, etc. etc. Nuestros compañeros quizás no se dan cuenta del hecho de que alrededor de nuestras organizaciones de base del partido, soviéticas, culturales sindicales, educativas, de la Unión de la Juventud comunista, del ejército, de las secciones femeninas, y de todo tipo, se agitaba un auténtico hormiguero de organizaciones, comisiones, conferencias surgidas espontáneamente, que abarcan a masas de millones de obreros y campesinos sin partido, un hormiguero que crea con su trabajo cotidiano, imperceptible, meticuloso y silencioso la base y la vida de los Soviets, la fuente de la fuerza del Estado soviético400.

Por todas estas razones es erróneo «identificar el partido con el Estado»: es más, proceder así «significa desnaturalizar el pensamiento de Lenin». Por otra parte, una vez consolidada la posición del nuevo Estado en el plano interno e internacional, es necesario «extender la Constitución a toda la población, incluida la burguesía»401.

En este momento, retomando algunas expresiones utilizadas por Marx en el momento de la celebración de la Comuna de París, Stalin mira con interés el ideal del sometimiento e incluso extinción del aparato estatal. La reactivación de los Soviets y de la participación política quiere ser un paso en tal dirección. Se trata «de transformar nuestro aparato estatal, de vincularlo a las masas populares, hacerlo sano y honesto, simple y barato»402; deben además impulsarse las asociaciones que surgen de la sociedad civil: éstas «conectan los Soviets con los “estratos inferiores” más profundos, funden el aparato estatal con masas de millones de hombres y suprimen gradualmente todo aquello que puede parecer una barrera entre el aparato estatal y la población»403. En conclusión: «La dictadura del proletariado no es un fin en sí mismo: la dictadura es un medio, es la vía que lleva al socialismo. ¿Y qué es el socialismo? El socialismo es el paso de la sociedad en la que exista la dictadura del proletariado a la sociedad sin Estado»404. Desde luego no el final, sino más bien una perceptible disminución de la «dictadura del proletariado» y del partido parece estar a la orden del día.

A esta línea de apertura común a Bujarin y Stalin, pero descrita por los seguidores de Zinoviev como «bolchevismo del campesino medio»405, le sigue la crisis que desemboca en la liquidación de la NEP, en la colectivización forzada de la agricultura y en la industrialización a marchas forzadas, con la consiguiente radical expansión del universo concentracionario. Lo que determina el cambio no es, como se dice a menudo, el furor ideológico del grupo dirigente, es decir, la manía de liquidar toda forma de propiedad privada y de mercado. Mientras tanto, no debe menospreciarse la presión proveniente de abajo; en sectores nada despreciables de la sociedad continúa actuando la nostalgia por el igualitarismo previo a la introducción de la NEP. Además entra en juego otro elemento.

Casi como queriendo responder al tipo de interpretación hoy dominante, el 19 de noviembre de 1928 Stalin afirma que quien dirige la Unión Soviética es «gente sobria y tranquila», angustiada sin embargo por el problema de cómo defender «la independencia» de un país decididamente más atrasado que los potenciales enemigos que lo rodean406. Actúa por lo tanto la preocupación por una situación internacional percibida como cada vez más amenazadora. A finales de noviembre de 1925 había sido estipulado el tratado de Locarno. Reaproximando Francia y Alemania, había recompuesto la fractura de las potencias occidentales que se habían enfrentado durante la Primera guerra mundial, sancionado así el aislamiento de la URSS: no faltaban voces que pedían «una cruzada europea contra el comunismo»407. De modo que en Moscú, personalidades de primer plano como Zinoviev, Radek y Kamenev subrayan dramáticamente el peligro de agresión que se está dibujando en el horizonte.408

Interviene, algunos meses después, el golpe de Estado que corona en Polonia la ascensión al poder de Pilsudski, un enemigo declarado de la Unión Soviética: en su estudio está bien a la vista el Napoleón de David, retratado mientras pasa los Alpes; en realidad Pilsudski lo admiraba por su invasión de Rusia. Esta última empresa había contado con la participación de los polacos: lo subraya con orgullo el nuevo hombre fuerte de Varsovia, que aspira a arrancar Ucrania a la URSS para hacer de ella un aliado fiel y subalterno409. El 24 de agosto de 1926, Pilsudski rechaza la propuesta de Moscú de un tratado de no agresión, y más tarde el ministro de Exteriores soviético denuncia los planes de Polonia dirigidos a «adquirir un protectorado en los países bálticos». El año después la situación internacional se oscurece aún más: Gran Bretaña rompe relaciones comerciales y diplomáticas con la Unión Soviética y el mariscal Ferdinand Foch invita a Francia a hacer lo mismo; en Pekín la embajada de la URSS sufre la incursión de las tropas de Chiang Kai-shek, azuzadas quizás desde Londres (al menos según Moscú), mientras en Varsovia el embajador soviético es asesinado por un emigrado de la Rusia blanca; finalmente, en Leningrado se produce una explosión en una sede del Partido comunista.

Llegados a este punto, es el mismo Tuchačevsky, jefe del Estado Mayor, el que hace sonar las alarmas y exige una rápida modernización del ejército. La NEP no parece ya capaz de resolver el problema: sí, la economía da señales de recuperación y en 1926-1927 ha vuelto a los niveles anteriores a la guerra, pero en lo que respecta a la producción industrial y la tecnología, la distancia respecto a los países capitalistas más avanzados permanece igual. Se imponen medidas incisivas o drásticas410. Y en los ámbitos militares se presiona por medidas similares también en la agricultura, con el fin de asegurar la regularidad del aprovisionamiento para el frente. Como se ve, el giro de 1929 no es resultado del capricho azaroso de Stalin, que de hecho debe, si no contener, al menos encauzar el empuje proveniente del ámbito militar: rechazando los sorprendentes objetivos reivindicados sobre todo por Tuchačevsky, advierte del «militarismo rojo» que, apuntando exclusivamente a la industria armamentística, correría el riesgo de comprometer el desarrollo económico y por lo tanto la misma modernización del aparato militar en su conjunto411. El viraje no es tampoco el resultado de un cisma ideológico: más allá del poder del partido comunista y de las relaciones sociales vigentes en la URSS está en juego la existencia de la nación: esta es la opinión de una gran parte del grupo dirigente soviético, comenzando obviamente por Stalin.

La alarma parece estar más justificada por el hecho de que al oscurecerse el horizonte internacional tanto en el plano diplomático como en el económico (1929 es el año de la Gran depresión) se le añade dentro de Rusia la “crisis del trigo” (la brusca caída de la cantidad de trigo puesta en el mercado por los campesinos): «colas para adquirir alimentos se generalizaron en las ciudades» provocando un ulterior agravamiento de la crisis. Era una situación que «no podía no ir contra las directrices de Bujarin» -observa uno de sus biógrafos-412. Es en este punto donde la suerte del duunvirato está echada. La ruptura no se explica sólo por los escrúpulos morales del miembro derrotado del duunvirato, que prevé con antelación la «noche de San Bartolomé» provocada por la colectivización forzada de la agricultura (supra, pp. 138-139). Lo que provoca la fractura interna es sobre todo otro factor. También Bujarin está gravemente preocupado por el peligro de una guerra, pero no cree que se pueda encontrar una solución en el plano puramente nacional: «la victoria real definitiva del socialismo en nuestro país no es posible sin la ayuda de otros países y de la revolución mundial»413. El dirigente bolchevique, que ya había condenado la paz de Brest-Litovsk como una deserción cobarde y nacionalista de la causa de la lucha internacional del proletariado revolucionario, continúa siendo fiel a tal visión del internacionalismo:

Si exageramos nuestras posibilidades, podría surgir una tendencia... “a escupir” sobre la revolución internacional: tal tendencia podría dar origen a una ideología específica, un “bolchevismo nacional” peculiar, o cualquier otra cosa en este mismo espíritu. De aquí a otras tantas ideas aún más peligrosas no hay más que un paso.414

Stalin, sin embargo, parte con mayor realismo de la premisa de la estabilización del mundo capitalista: la defensa de la URSS es en primer lugar una tarea nacional. No se trata solamente de promover la industrialización del país a marchas forzadas: como demuestra la “crisis del grano”, la afluencia de alimentos del campo hacia la ciudad y el ejército no está en absoluto garantizado. A este problema era especialmente sensible un dirigente como Stalin, que a partir de la rica experiencia acumulada en el transcurso de la guerra civil había subrayado varias veces la importancia primordial que tendrían para un futuro conflicto la estabilidad de la retaguardia y los suministros alimentarios provenientes del campo. He aquí las conclusiones que emanan de una carta a Lenin y de una entrevista a Pravda, respectivamente del verano y del otoño de 1918: «la cuestión de los aprovisionamientos alimentarios está naturalmente conectada con la militar». Es decir: «un ejército no puede subsistir mucho sin una retaguardia sólida. Para que el frente sea estable es necesario que el ejército reciba regularmente de la retaguardia los complementos, suministros militares y avituallamientos»415. Todavía en vísperas de la agresión nazi, Stalin prestará gran atención a la agricultura, considerada como un elemento central de la defensa nacional416. Se entiende entonces por qué al final de los años veinte la colectivización de la agricultura pareciera la vía obligatoria si se quería acelerar drásticamente la industrialización del país y asegurar de manera estable a las ciudades y el ejército los suministros que necesitan: todo en previsión de la guerra. En efecto:

Dejando aparte los costes humanos, los resultados económicos del primer plan quinquenal fueron sorprendentes. Incrementando un 250% su producción industrial, la Rusia soviética daba pasos de gigante para convertirse en una gran potencia industrial [...]. Obviamente, el “gran salto adelante” en la economía industrial de la Rusia soviética conllevaba un “gran salto adelante” en el sector militar, con los gastos militares multiplicándose por cinco entre 1929 y 1940417.

Más modestos son los resultados alcanzados en la agricultura, donde la superación de la economía de subsistencia y la centralización crean en todo caso condiciones más favorables para el normal avituallamiento de un ejército de grandes dimensiones.

Del «democratismo socialista» al Gran terror

Superada la «noche de San Bartolomé» que supone la colectivización forzada de la agricultura, con los terribles costes sociales y humanos que ésta conlleva, parece resurgir la política aperturista que ya conocemos. Después de la victoria sobre los kulaks, observa Kaganovich en septiembre de 1934 -es necesario «pasar completamente a la legalidad» y «educar a nuestra población en la conciencia socialista del derecho»; sí, sin la educación masiva de «160 millones de personas en el espíritu y conciencia del derecho» no es posible realizar «la consolidación de nuestra legalidad»418. Todavía más necesario por el hecho de que -afirma Stalin- en la URSS «no existen ya clases antagonistas»419. Y por lo tanto, no hay más motivos para retrasar la introducción del «sufragio universal, directo e igual, con voto secreto»420, «sufragio universal sin ninguna restricción»421. Deben ser por lo tanto rechazadas las enmiendas a la nueva Constitución, que proponen «privar de derechos electorales a los sacerdotes, a los ex-Guardias Blancos, a todos los “ex” y personas que no desarrollan un trabajo de utilidad pública». Y no tiene sentido tampoco querer conceder a estos grupos «solamente el derecho de elegir, sin el de ser elegidos»; del mismo modo en que conviene rechazar la propuesta de «prohibir la celebración de las ceremonias religiosas». Es posible ya avanzar hacia el «democratismo socialista»422.

No se trata solamente de propaganda, que desde luego juega aquí un papel importante. Estamos frente a una perspectiva que suscita una dura polémica con Trotsky, que identifica en el «liberalismo de Stalin» el abandono del «sistema de consejos» y el retorno a la «democracia burguesa», dentro de la cual, eliminadas las diferencias de clase, el sujeto es el «ciudadano» en su abstracción. Se entiende este giro: «la primera preocupación de la aristocracia soviética es la de desembarazarse de los Soviets de obreros y de los soldados del Ejército rojo»423.

Es clara la antítesis entre las dos perspectivas. Una vez sorteado el peligro que supone para la independencia del país un campo atrasado, hegemonizado por los kulaks y capaz de bloquear el flujo de suministros hacia la ciudad y el ejército, y quedando fijada la dictadura ejercida por el partido comunista, Stalin no tiene ningún interés en intensificar ulteriormente el conflicto político y social. Es el mismo apremio por la industrialización a marchas forzadas el que lo empuja a solicitar la promoción a puestos de responsabilidad en la fábrica y en la sociedad de elementos «sin partido». Es inadmisible asumir respecto a ellos una actitud de rechazo: «no hay nada más estúpido ni más reaccionario»; «nuestra política no consiste en absoluto en la transformación del partido en una casta cerrada», es necesario realizar el máximo esfuerzo en ganar para la causa del desarrollo industrial y tecnológico del país a especialistas, ingenieros y técnicos de la «vieja escuela»424.

Por otro lado, no es posible promover el desarrollo industrial y tecnológico sin incentivar también en el plano material la formación de obreros y técnicos especializados; de aquí la polémica contra la «nivelación “izquierdoide” de los salarios». Sólo tomando distancias de una tosca igualación retributiva es posible introducir una «organización del trabajo» más eficiente y acabar con la fluctuación de la fuerza-trabajo, sobre todo la más cualificada, que se desplaza de una fábrica a otra en busca de una remuneración mejor y menos reducida. Además del igualitarismo y el desánimo de los trabajadores más cualificados y productivos, la política de incentivos debe acabar también con la falta de responsabilidad colectiva para introducir sin embargo el principio de «responsabilidad personal»425.

Es precisamente en este momento cuando maduran las condiciones para el estallido de la tercera guerra civil, la que diezmará las mismas filas bolcheviques. La postura de Trotsky es muy dura respecto a lo que define como «neo-NEP». Sí, en el PCUS se está produciendo un «giro a la derecha» cada vez más acentuado, con el favorecimiento de los «estratos superiores del pueblo» y el contraataque de los kulaks: la burocracia «está lista para hacer concesiones económicas a los campesinos, a sus intereses y a sus tendencias pequeño-burguesas». Más en general: también el «giro hacia el mercado», «cálculo monetario» y el aumento consiguiente del coste de la vida; lejos de avanzar hacia el socialismo y hacia la superación de las desigualdades y de la división en clases, la sociedad soviética está cada vez más caracterizada por «nuevos procesos de estratificación en clases»426. A esta involución en el plano interno correspondería, en lo que respecta a la política internacional, la renuncia a toda perspectiva revolucionaria e internacionalista por parte de la «burocracia conservadora y mezquinamente nacional de la Unión Soviética»427.

Ahora «¡el único principio-guía es el statu quo!», como se confirma por «el ingreso de la Unión Soviética en la Sociedad de naciones»428.

Obviamente, ni a Stalin ni a Trotsky se les escapa la gravedad creciente de la situación internacional, pero diferentes y contrapuestas son las respuestas que proporcionan al problema. En primer lugar se trata de concentrarse en el desarrollo económico y tecnológico de Rusia, retejiendo en la medida de lo posible las fracturas provocadas por la Revolución de octubre y por la colectivización del campo, y presentando al partido comunista como guía de la nación en su conjunto. La condición de estabilidad y equilibrio así alcanzada en el interior puede permitir al mismo tiempo impulsar una política de alianzas en el plano internacional apta para garantizar la seguridad de la URSS. Para Trotsky, sin embargo, por impetuoso que pueda ser el desarrollo industrial de la Rusia soviética, ésta podrá derrotar la agresión de los países imperialistas más avanzados sólo si cuenta con el apoyo del proletariado en los países agresores429. Por tanto, el acomodamiento con la burguesía en el plano interior e internacional no solamente constituye una traición sino que impide al país de Octubre atraer hacia sí al proletariado revolucionario internacional, único capaz de salvarlo. El choque entre estas dos perspectivas es inevitable. Kírov es asesinado el 1º de diciembre de 1934; el pacto franco-soviético es del 2 de mayo de 1935: entre estas dos fechas se coloca la amplia intervención arriba citada de Trotsky (¿A dónde está llevando la burocracia estalinista a la URSS?) que es publicado el 30 de enero de 1935 y que es una dura requisitoria contra la «neo-NEP» interna e internacional.

Del «socialismo sin dictadura del proletariado» a la vuelta de tuerca de la Guerra fría

Al Gran Terror y a la terrible depuración que conlleva le sigue la Gran guerra patriótica. Después de la derrota del Tercer Reich Stalin, que «prevé un gran futuro para la Gran alianza» antifascista y que intenta evitar el estallido de la Guerra fría430, declara repetidas veces, también durante reuniones confidenciales con dirigentes comunistas de Europa oriental, que no se trata de introducir el modelo político soviético: «Es posible que si en la Unión Soviética no hubiésemos tenido la guerra, la dictadura del proletariado habría asumido un carácter diferente». La situación creada en Europa oriental después de 1945 es claramente más favorable: «En Polonia no existe la dictadura del proletariado y no la necesitáis»; «¿debe seguir Polonia la vía de la introducción de la dictadura del proletariado? No, no está obligada a hacerlo, no es necesario». Y a los dirigentes comunistas búlgaros: es posible «realizar el socialismo de un modo nuevo, sin la dictadura del proletariado»; «la situación ha cambiado de manera radical respecto a nuestra revolución, es necesario aplicar métodos y formas diferentes [...]. No tenéis que temer las acusaciones de oportunismo. Esto no es oportunismo, sino la aplicación del marxismo a la situación actual». Y a Tito: «En nuestros días el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es ya necesaria en todas partes [...]. Sí, el socialismo es posible incluso bajo un rey inglés». El historiador que cita tales declaraciones comenta a su vez: «Como muestran estas observaciones, Stalin estaba repensando activamente la validez universal del modelo soviético de revolución y socialismo»431. Quizás se puede ir un paso más allá y decir que este replanteamiento tiene que ver también con la relación en general entre socialismo y democracia, con referencia por tanto a la misma Unión Soviética: formular la hipótesis de un socialismo bajo un rey inglés significa poner de algún modo en discusión, si no la concentración monopolista del poder en manos del partido comunista, en todo caso la dictadura terrorista y la autocracia. Sintomática es la política mantenida en la zona de ocupación soviética en Alemania: «Los rusos no promovieron solamente el teatro, el ballet, la ópera y el cine socialistas; promovieron también las artes burguesas», y ello en conformidad con el programa formulado en Moscú, «en base al cuál el sistema soviético no se ajustaba a Alemania, que debería sin embargo ser reorganizada en base a principios amplios, antifascistas y democráticos». Ya que «durante los primeros tres años después de acabada la guerra, en la capital no hubo ninguna división real cultural, y la zona soviética continuó desarrollando un papel de liderazgo en el campo cultural»432.

El estallido de la Guerra fría interrumpió bruscamente esta experiencia y esta reflexión: el problema central es ahora la creación de una banda de seguridad alrededor de un país duramente golpeado por la agresión y ocupación nazi, con el fin de evitar que se repitan las tragedias del pasado. Si también «el problema del desmantelamiento, al menos parcial, del Gulag es planteado en la URSS aún antes de la desaparición de Stalin»433, un deshielo total resulta imposible. Después de Hiroshima y Nagasaki, la Unión Soviética debe esforzarse en una nueva «marcha forzada» para seguir la nueva «revolución tecnológica occidental». Se ha liberado de la «ocupación occidental alemana», pero no puede «concederse un descanso»: ha surgido una nueva y terrible amenaza434. Sobre todo porque algún año después, el 1 de noviembre de 1952, interviene la explosión de la primera bomba de hidrógeno, mil veces más potente que la arrojada sobre las ciudades japonesas:

Cuando el gobierno americano anunció los resultados de la prueba, en otros países hubo reacciones de shock y lamentación. Estaba claro que una bomba de potencia tan extraordinaria no habría podido ser utilizada nunca contra objetivos militares. Si no era un arma de guerra, podía ser solamente un arma de genocidio y chantaje político [...]. Stalin recibió un informe sobre la prueba americana a mediados de noviembre, y esto sirvió sólo para confirmar su convicción de que los Estados Unidos se estaban preparando seriamente para una guerra contra la Unión Soviética435.

Una preocupación en absoluto infundada, si se piensa que en enero de 1952, para desbloquear la situación de estancamiento en las operaciones militares en Corea, Truman acaricia una idea radical que incluso registró en su diario: se podría lanzar un ultimátum a la URSS y la China Popular, aclarando anticipadamente que la falta de obediencia «significa que Moscú, San Petersburgo, Mukden, Vladivostock, Pekín, Shangai, Port Arthur, Dairen, Odessa, Stalingrado y toda zona industrial en China y la Unión Soviética serían eliminados» [eliminated]436.

En los tres decenios de historia de la Rusia soviética dirigida por Stalin el aspecto principal no es el paso de la dictadura de partido a la autocracia, sino más bien los repetidos intentos de pasar del estado de excepción a una condición de relativa normalidad, intentos que fracasan por razones tanto internas (utopía abstracta y mesianismo que impiden reconocerse en los resultados conseguidos) como internacionales (la amenaza permanente que se cierne sobre el país de Octubre), o bien por la suma de unas y otras. Si el mismo mesianismo por un lado es expresión de tendencias intrínsecas al marxismo, por otro lado es una reacción al horror del Primer conflicto mundial, que también en ambientes y personalidades lejanas al marxismo suscita la aspiración a un mundo absolutamente nuevo, sin ninguna relación con una realidad susceptible de producir o reproducir tal horror. Con la germinación de la tercera guerra civil (dentro de las filas bolcheviques) y la simultánea aproximación de la Segunda guerra mundial (en Asia antes que en Europa) esta serie de fracasos desemboca en la llegada de la autocracia, ejercida por un líder objeto de auténtico culto.

¿Burocratismo o «fe furiosa»?

¿Qué idea podemos hacernos del grupo dirigente que consigue la victoria en el transcurso de la tercera guerra civil, y que intenta poner fin al Segundo período de desórdenes precisamente mientras en el horizonte acechan nuevas y enormes tempestades? Hemos visto que, mientras Kruschov mediante alusiones tortuosas hace de Kírov la víctima de un complot orquestado desde el Kremlin, Trotsky lo describe como un cómplice del tirano y exponente del primer plano de la odiada burocracia usurpadora y parasitaria, que la deseada nueva revolución estaba llamada a barrer de una vez por todas. Pero ¿el que es asesinado por la pistola de Nikolaiev es realmente un burócrata? Volvamos a la historiadora rusa ya citada, crítica del mito del asesinato inspirado por Stalin, para ver de qué manera describe a la víctima. Y bien, ¿quién era Kírov? Era un dirigente leal, discreto y devoto de la causa. Y no es todo: lo que caracterizaba su personalidad era la atención por los problemas más insignificantes de la vida cotidiana de sus colaboradores, una gran modestia, la «tolerancia respecto a opiniones diferentes de las suyas, el respeto a la cultura y tradiciones de otros pueblos»437.

Este juicio halagador acaba proyectando una luz favorable sobre todo el ambiente frecuentado por Kírov, y en última instancia, sobre el mismo Stalin, del que el primero era un colaborador estrecho y digno de confianza. No estamos en absoluto en presencia de un estrato de burócratas carente de ideales e interesado exclusivamente en su carrera:

Como numerosos dirigentes de la época, Kírov creía sinceramente en el futuro radiante por el que trabajaba entre dieciocho y veinte horas al día: comunista convencido, lo era también cuando cantaba las loas a Stalin en nombre del fortalecimiento del partido y de la Unión Soviética, del desarrollo y de la potencia del país. Esta fe furiosa fue quizás la tragedia de toda una generación438.

En cualquier caso, es el grupo dirigente en su conjunto el que da muestras de dedicación al trabajo y espíritu de sacrificio. Sabemos ya de la «enorme carga de trabajo» con la que lidia el líder soviético.

[Al menos en los años de guerra] Stalin trabajaba catorce o quince horas al día en el Kremlin o en la dacha [...]. En otoño de 1946, Stalin fue al sur a pasar unas vacaciones por primera vez desde 1937 [...] [A pocos meses de su muerte y desatendiendo el apremiante consejo de los médicos] Stalin rechazó la posibilidad de tomarse un descanso en el otoño o invierno de 1952, pese a la enorme cantidad de tiempo y esfuerzo dedicados a la organización del XIX Congreso del partido en el mes de octubre439.

Consideraciones similares pueden hacerse respecto a un estrecho colaborador de Stalin, Lazar M. Kaganovich, que despliega un «frenético empeño» en dirigir la construcción del transporte subterráneo de Moscú: «descendía directamente a los túneles, incluso de noche, para verificar el estado de los trabajadores y hacerse una idea de la situación»440. En definitiva, estamos en presencia de un grupo dirigente que, sobre todo en los años de la guerra, despliega una «dedicación casi sobrehumana»441.

Le impulsa una «fe furiosa», que no se limita al ámbito de este grupo restringido, y tampoco solamente a los miembros del partido comunista. Daban muestra de este «celo misionero» también «hombres y mujeres comunes»; en conjunto «fue un período de genuino entusiasmo, de esfuerzos febriles y sacrificios voluntarios»442. Es un clima espiritual que se puede entender bien si se tiene en cuenta que el país quemaba etapas de desarrollo industrial y ofrecía a amplias capas de la población grandes perspectivas de promoción social, precisamente mientras el mundo capitalista se veía inmerso en una crisis devastadora. Damos aquí la palabra a un historiador que se sirve además de una interesante base autobiográfica:

Los años 1928-1931 fueron para la clase trabajadora un período de enorme movilidad hacia arriba. Los promotores de la competición socialista y los trabajadores de asalto no constituían solamente los cuadros considerados “no aptos”, sino que ocupaban masivamente los puestos disponibles en los aparatos burocráticos y en los institutos educativos, todos en rápida expansión. No se veían promovidos pasivamente, sino que eran más bien protagonistas activos de la promoción (samovydvizhentsy). Tenían «un objetivo claro y definido para el presente y el futuro» e «intentaban adquirir la mayor cantidad de conocimientos y experiencia práctica, para ser lo más útiles posible a la nueva sociedad».

El movimiento de asalto y la competición socialista cumplieron un papel crucial en el proceso de industrialización: ayudaron a la dirección política a acelerar el ritmo del proceso, a promover la modernización industrial, a reorganizar la troika de fábrica según el modelo de la dirección única, a seleccionar mediante promoción a los trabajadores jóvenes, ambiciosos, competentes y políticamente dignos de confianza. El surgimiento de estos trabajadores como salvia nueva tenía un efecto de arrastre sobre los líderes del partido, de la industria y del sindicato443.

Confirma y enriquece ulteriormente la situación aquí esbozada un testimonio bastante autorizado. En 1932, desde Riga, un joven diplomático estadounidense destinado después a hacerse famoso como teórico del containment antisoviético, George Kennan, envía un despacho a Washington que contiene un análisis bastante interesante. Antes de nada destaca que «en la Unión Soviética la vida continúa siendo administrada en el interés de una doctrina», esto es, del comunismo. Es una visión del mundo que cuenta con un amplio consenso; el «proletariado industrial» goza de un reconocimiento social tan elevado que según él compensa en gran medida las «desventajas materiales» conectadas a la programada aceleración del desarrollo económico. Sobre todo los jóvenes o «cierta parte de la juventud» se muestran «extremadamente entusiastas y felices, como sólo puede ocurrir en seres humanos completamente dedicados a tareas que no tienen ninguna relación con la vida personal», es decir, personas completamente implicadas en el esperanzador proyecto de construcción de una nueva sociedad. En este sentido se puede hablar de «ilimitada confianza en sí mismos, salud mental y felicidad de la joven generación rusa». Pero aquí interviene una advertencia que, a la luz de la posterior experiencia histórica, puede ser considerada clarividente: «De ser el país moralmente más unido del mundo, Rusia puede pasar de un momento a otro al peor caos moral»444. En una condición de tan fuerte tensión moral difícilmente habría resistido al paso del tiempo y las inevitables dificultades y fracasos del proyecto de construcción de una nueva sociedad: ésta habría podido fácilmente transformarse en su contrario. Queda claro el hecho de que en 1932 y en la víspera del asesinato de Kírov, la Rusia soviética se presenta, para el futuro teórico del containment, como «el país moralmente más unido del mundo».

Desde luego, al expresarse así Kennan parece tener en cuenta más la realidad de las ciudades (donde, pese a las contradicciones, el cambio había suscitado de hecho el entusiasmo de un gran sector de jóvenes, intelectuales y obreros de la industria445) que la del campo. Aquí la colectivización forzada de la agricultura había provocado, según la previsora advertencia de Bujarin, «una “noche de San Bartolomé” para los campesinos ricos» y más en general para «un grandísimo número de campesinos», pertenecientes muy a menudo a las minorías nacionales. Había estallado una guerra civil llevada de manera despiadada y horrible por una y otra parte, tan despiadada y terrible como para empujar al suicidio a un alto representante del poder militar soviético, sorprendido por una inspección en el transcurso de la cuál habría gritado varias veces que no se trataba de comunismo sino de «horror»446. Es probablemente este «horror» el que habría provocado la crisis moral de Bujarin, indignado por la noche de San Bartolomé a gran escala contra la que había advertido en vano, horrorizado por el gigantesco experimento de ingeniería social que procedía sin «piedad», sin distinguir «entre una persona y un trozo de madera»447. También después de la conclusión del proceso de colectivización, no es convincente hablar del campo en el sentido de «moralmente unido», como si se hubiese disuelto completamente incluso el recuerdo de la guerra civil que lo había fracturado y ensangrentado.

Sin embargo, pese a estas necesarias precisiones, la insistencia de Kennan en el apego a la «doctrina» y el entusiasmo nos hacen pensar en la «fe furiosa» y en el «celo misionario» al que ya se ha hecho referencia. Hasta el desencadenamiento del gran terror de 1937 el cuadro no cambia de manera radical, manteniéndonos al menos en los análisis convergentes de un historiador estadounidense y un historiador ruso. El primero, aunque insiste en la manipulación de la opinión pública desde arriba, observa sin embargo que en 1935 Stalin gozaba de una gran popularidad: un eventual intento de derrocarle se habría enfrentado con una amplia resistencia448. En relación con el año siguiente, el segundo (un historiador antiestalinista militante) constata que «el partido y el pueblo soviéticos continuaban confiando en Stalin»; es más, como consecuencia del hecho de que «el nivel de vida urbano y rural aumentó de modo apreciable», se difundió «cierto entusiasmo popular»449.

No solamente el aumento del nivel de vida motiva tal «entusiasmo». Hay mucho más: el «desarrollo real» de las naciones hasta aquel momento marginadas; la conquista por parte de las mujeres de la «igualdad jurídica con los hombres, acompañada por una mejoría de su estatus social»; el surgimiento de «un sólido sistema de protección social» que incluye «pensiones, asistencia médica, protección de las mujeres embarazadas, pensiones familiares»; «el considerable desarrollo de la educación y de la esfera intelectual en su conjunto», con la extensión «de la red de bibliotecas y salas de lectura» y la difusión «del gusto por las artes, la poesía»; es la llegada tumultuosa y exultante de la modernidad (urbanización, familia nuclear, movilidad social)450. Se trata de procesos que caracterizan la historia de la Rusia soviética en su conjunto, pero que comienzan a despegar precisamente en los años de Stalin.

Las masas de población tradicionalmente condenadas al analfabetismo irrumpen masivamente en las escuelas y en las universidades; se forma así «toda una nueva generación de obreros especializados, técnicos y administradores técnicamente preparados», llamados rápidamente a desarrollar una función dirigente. «Se inauguran nuevas ciudades, y viejas ciudades son reconstruidas»; el surgimiento de nuevos y gigantescos complejos industriales va acompañado del «ascenso a los niveles superiores de la escala social de ciudadanos hábiles y ambiciosos de origen obrero o campesino»451. A este respecto se ha hablado de «una mezcla de coerciones brutales, heroísmo memorable, locura desastrosa y resultados espectaculares»452.

Pero quizás no son tampoco estos resultados y las consiguientes mejoras económicas los que constituyen el aspecto principal a identificar en la transformación radical que sufre el lugar de trabajo y producción en el paso del antiguo al nuevo régimen.

[En la Rusia zarista] los empleados pedían al dueño un tratamiento más respetuoso, insistiendo en el uso del “usted” en vez de “tú”, en el que ellos veían un residuo del antiguo sistema de la servidumbre de la gleba. Querían ser tratados “como ciudadanos”. Y a menudo era precisamente la cuestión del respeto a la dignidad humana, más que las reivindicaciones salariales, lo que alimentaba las agitaciones y manifestaciones obreras.453

Después de haberlo buscado y deseado durante tanto tiempo en vano, los siervos consiguen el reconocimiento (en el sentido hegeliano del término) con la llegada del poder soviético. Y ello no vale solamente para los trabajadores, sino también, como veremos, para las minorías nacionales. Es este entrelazamiento de «resultados espectaculares» en el plano del desarrollo económico por un lado, y de derrumbe de las jerarquías del antiguo régimen (confirmado por una posibilidad de movilidad y de ascenso social sin precedentes) por el otro, lo que estimula en la población una sensación exultante: al reconocimiento ya alcanzado en cuanto trabajadores va a añadírsele el reconocimiento en cuanto pueblo soviético unido, que ya está a punto de alcanzar a los países más avanzados, desembarazándose de la tradición y la imagen de atraso. Esto explica la sensación eufórica de estar participando en la construcción de una nueva sociedad y una nueva civilización, que avanzan pese a los errores, sacrificios y terror.

Por otro lado, es interesante releer la imputación principal contra la dirección burocrática soviética, formulada por Trotsky en vísperas del Gran Terror. Es como si de pronto la requisitoria se abriese a concesiones tan grandes y reconocimientos tan importantes, que se convirtiese en su contrario:

Los inmensos resultados obtenidos en la industria, el comienzo tan prometedor de un desarrollo de la agricultura, el desarrollo extraordinario de las viejas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel de vida y de las necesidades, tales son los resultados incontestables de la Revolución de octubre, en la que los profetas del viejo mundo vieron la tumba de la civilización. No es el caso de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria no en las páginas de El Capital, sino sobre la arena económica que abarca la sexta parte de la superficie del globo [...]. Solamente la revolución proletaria ha permitido a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia454.

Con el desarrollo económico se añade el acceso a la cultura no solamente de nuevas capas sociales, sino también de pueblos enteros:

En la URSS la educación se imparte actualmente en al menos ochenta idiomas. Para la mayor parte de estos idiomas ha sido necesario crear un alfabeto o sustituir alfabetos asiáticos demasiado aristocráticos por alfabetos latinizados, más aptos para un uso de masas. Aparecen periódicos en otras tantas lenguas e informan a los pastores nómadas y campesinos los elementos de la cultura; las lejanas regiones del Imperio, en su momento olvidadas, contemplan el surgimiento de industrias. El tractor destruye viejas costumbres, que se remiten todavía al clan. Contemporáneamente a la escritura aparecen la medicina y la agronomía. No es fácil apreciar en toda su amplitud esta valorización de nuevos estratos de la humanidad455.

Al menos en lo que respecta a la relación instituida con «las nacionalidades atrasadas», la odiada burocracia desarrolla pese a todo «cierto trabajo de progreso»: «construye para ellos un puente hacia los beneficios elementales de la cultura burguesa y, parcialmente, pre-burguesa»456. Cómo pudiese pensar Trotsky que la revolución antiburocrática estuviese al acecho basándose en esta visión de conjunto, es un misterio. Pero no es éste el punto que ahora nos interesa. Los reconocimientos que el líder de la oposición deja escapar son el síntoma del prestigio y el consenso del que todavía disfruta la dirección soviética. No podría explicarse de otro modo la difusión de un «nuevo patriotismo soviético», un sentimiento «ciertamente muy profundo, sincero y dinámico»457.

Los años 1937 y 1938 son el bienio del Gran terror. Ni siquiera en «su peor fase» el régimen de Stalin ve disolverse su base social de consenso y sus «entusiastas seguidores», que continúan motivados tanto por la ideología como por las posibilidades de promoción social: es un «error» leer el consenso permanente como «un simple artificio de la censura y la represión de Estado»458. Se produce un entrelazamiento paradójico y trágico: como consecuencia, por un lado, del fuerte desarrollo económico y cultural, y por el otro de los vacíos temibles abiertos por la represión, «decenas de miles de estajanovistas se convirtieron en directores de fábrica» y una similar, rapidísima movilidad vertical se produce en las fuerzas armadas459. En agosto de 1939, en el transcurso de las negociaciones del pacto de no agresión, el traductor-jefe del ministerio de exteriores alemán visita Moscú, y describe así el espectáculo que le ofrece la Plaza Roja y el mausoleo dedicado a Lenin:

Una larga fila de campesinos rusos esperaba pacientemente frente al mausoleo para ver en su tumba de cristal al precedesor momificado de Stalin. Por su actitud y expresión facial, los rusos me dieron la impresión de peregrinos devotos. «Quién ha estado en Moscú y no ha visto a Lenin» -me dijo un miembro de la embajada- «no vale nada para la población rural rusa»460.

La extendida veneración por el «predecesor de Stalin» era también un síntoma de la amplia base social de consenso del que este último continuaba disfrutando. En cualquier caso, las profundas brechas provocadas por el Gran terror son al menos en parte marginadas por la unidad patriótica que se asienta en el transcurso de la resistencia contra la guerra nazi de aniquilación y esclavización. Es cierto que -citemos ahora una vez más a una historiadora poco sospechosa de indulgencia respecto al comunismo y el «estalinismo»-«la victoria hizo aumentar de manera inigualable no solamente el prestigio internacional de la Unión Soviética, sino también la autoridad del régimen dentro del país», de modo que «la popularidad de Stalin alcanzó su cénit en los años posteriores a la guerra»461. Esta «popularidad» quedó intacta hasta su muerte, y se hizo notar también fuera de la URSS e incluso, en cierta medida, más allá de las fronteras del movimiento comunista internacional.

Un universo concentracionario rico en contradicciones

Como el terror, también el universo concentracionario producido por él no presenta una marcha rectilínea y un paisaje homogéneo: lejos de ser «un sistema estático», éste «gira como una peonza» y en todo caso «pasó por ciclos de relativa crueldad y relativa humanidad»462. Son las consideraciones de una historiadora estadounidense, que no solamente describe del modo más oscuro posible la historia comenzada en octubre de 1917, sino que se mofa también de los «estadistas occidentales», que se dejaron engatusar por un «exterminador» tan taimado como Stalin y llegaron a sentir por él un sentimiento de respeto463. De manera similar argumenta el libro de un historiador ruso dedicado también a demostrar la equivalencia de la URSS estalinista y el Tercer Reich. Sin embargo las dos monografías, a las que me referiré sobre todo al analizar el universo concentracionario en la Rusia soviética, narran una historia bastante diferente de las intenciones de sus autores. Es más, el cuadro esbozado por la historiadora estadounidense podría ser intercambiado a ratos por un producto de la propaganda soviética, ¡si no fuese porque proviene de una autora ferozmente anticomunista! Comencemos a examinarlo. En 1921, mientras se intensifica la guerra civil, así funciona la prisión moscovita de Butyrka:

A los prisioneros se les permitía salir libremente de la prisión. Organizaban sesiones de gimnasia matutinas, habían formado una orquesta y un coro, creado un “círculo” surtido con revistas extranjeras y una buena biblioteca. Según la tradición de la época pre-revolucionaria, tras la liberación cada prisionero dejaba sus libros. Un consejo de prisioneros asignaba las celdas, algunas de las cuales estaban bien acondicionadas, con tapices en el suelo y las paredes. Otro prisionero recordaba: «Paseábamos a lo largo de los pasillos como si fueran callejuelas». A Babina [socialista revolucionaria] la vida en prisión le pareció irreal: «¿conseguirán mantenernos encerrados?»

Otra socialista revolucionaria, arrestada en 1924 y enviada a Savatievo, se ve felizmente sorprendida al encontrarse en un lugar «en absoluto parecido a una prisión». No solamente puede conseguirles a los prisioneros políticos provisiones alimentarias y ropa en abundancia gracias a sus contactos, sino que también convierte su celda en la sección femenina de los socialistas revolucionarios. Algún año después, vemos cómo los detenidos en el archipiélago de las Soloveckie, muchos de los cuales eran científicos de San Petersburgo, disponen de un teatro, una biblioteca de 30.000 volúmenes, y un huerto botánico, crean «también un museo de la flora, la fauna, el arte y la historia locales» y producen «revistas mensuales y periódicos en los que aparecían viñetas satíricas, poesías llenas de nostalgia y relatos sorprendentemente sinceros»464. Es cierto, el retrato del sistema carcelario que surge en el mismo período no es homogéneo. Y sin embargo, los arriba citados no son casos aislados. Por otro lado, incluso si se tratase de oasis felices y fugaces, su existencia ya sería de por sí significativa.

Desde luego, no faltan las protestas, pero es interesante leer las reivindicaciones (parcialmente acogidas) expresadas mediante una huelga de hambre de prisioneros políticos (en su mayor parte trotskistas):

Ampliar la biblioteca, integrarla tanto con periódicos publicados en la URSS como al menos con ediciones de la sección de la KI [Internacional Comunista]; actualizar sistemáticamente las secciones de economía, política y literatura, y la de obras en lenguas minoritarias. Subscribirse al menos a una copia de periódicos extranjeros. Permitir la inscripción en cursos por correspondencia. Organizar para tal fin un fondo cultural, como ocurre incluso en los centros penitenciaros criminales [...]. Permitir la introducción en la cárcel de todas las ediciones extranjeras admitidas en la URSS, en particular los periódicos extranjeros permitidos, sin excluir los burgueses [...]. Consentir el intercambio de libros [...]. Adquirir papel en cantidad no inferior a 10 cuadernos al mes por persona465.

Estamos en junio de 1931, y la fecha es significativa. Mientras conllevan una masiva extensión del universo concentracionario, por otro lado la llegada al poder de Stalin y la campaña lanzada por él para la «liquidación de los kulaks como clase» no modifican de manera radical la situación existente dentro de tal universo. Esto no vale solamente para los prisioneros políticos: «los comienzos de los años treinta [...] fueron para los detenidos una época casi “próspera” e incluso “liberal”». La dirección del Gulag muestra «cierta tolerancia religiosa» y acoge la petición de una dieta vegetariana avanzada por los pertenecientes a ciertas «sectas religiosas»466. Aquí tenemos un esbozo de las colonias penales en el extremo norte a comienzos de los años treinta:

Se necesitaban hospitales y los administradores los construyeron, introduciendo sistemas para preparar a algunos detenidos en la profesión de farmacéuticos y enfermeros. Para suplir las necesidades alimentarias, construyeron sus propias granjas agrícolas colectivas, depósitos y un sistema propio de distribución. Necesitando electricidad, construyeron plantas eléctricas, y para satisfacer la demanda de material de construcción, construyeron fábricas de ladrillos.

Al necesitar obreros especializados, adiestraron a los que tenían. Muchos de los ex kulaks eran analfabetos o semianalfabetos, y esto provocaba problemas enormes cuando se debían afrontar proyectos de una cierta complejidad técnica. De hecho la administración de los campos proporcionó escuelas de formación técnica, que a su vez exigieron más edificios y nuevos cuadros de trabajadores, profesores de matemáticas y física, así como “instructores políticos” para supervisar su trabajo. En los años cuarenta, Vorkuta, una ciudad construida sobre un terreno permanentemente helado, donde las calles debían ser reasfaltadas y las tuberías reparadas cada primavera, tenía ya un instituto geológico y una universidad, teatros, pequeños teatros de marionetas, piscinas y guarderías467.

Por «extraño» que pueda parecer, «el Gulag poco a poco llevaba la “civilización”, si así puede llamarse, a remotas zonas deshabitadas»468.

Entre los dirigentes y los administradores, no faltan personas que dan prueba de humanidad e inteligencia:

Por lo que parece Berzin aprobaba en gran medida (es más, al menos por sus palabras, con entusiasmo) las ideas de Gorki sobre rehabilitación de los prisioneros. Exudaba benevolencia y paternalismo y abrió para sus detenidos salas cinematográficas y círculos de discusión, bibliotecas y cafeterías “estilo restaurante”. Plantó jardines con fuentes, y creó un pequeño jardín zoológico. Además pagaba un salario regular a los prisioneros y ponía en funcionamiento la misma política del «préstamo anticipado a cambio de un buen trabajo» que los comandantes del canal del mar Blanco.469

Por otro lado, provocadas por la hambruna, la necesidad de aumentar la productividad de los detenidos, la desorganización y a menudo la incompetencia o rapacidad de los dirigentes locales, «las tragedias abundaban»470. Especialmente atroz es la que en 1933 asalta a los deportados que deberían haber debido cultivar la isla de Nazino (Siberia occidental). Una tarea que en seguida se prueba desesperada: sin instrumentos, con las medicinas y el alimento notablemente disminuidos durante el viaje, en una isla «completamente virgen», carente de «construcciones de cualquier tipo» y de «víveres», los deportados intentan sobrevivir alimentándose de cadáveres o realizando actos de auténtico canibalismo. Son detalles extraídos de una carta enviada por un dirigente comunista local a Stalin, y después transmitidos a todos los miembros del Politburó, que en cierto modo se mostraron escandalizados: «la tragedia de Nazino tuvo gran resonancia y fue objeto de investigación por parte de diversas comisiones»471. Claramente, la causante del horror no había sido una voluntad homicida: estamos en presencia de «un ejemplo significativo de cómo podían torcerse las cosas por la simple ausencia de programación». Al menos hasta 1937 en el Gulag «la gente moría aleatoriamente» a causa de la desorganización472. Lo que caracteriza al universo concentracionario soviético es en primer lugar la obsesión por el desarrollo, y tal obsesión, si por un lado provoca la ignominia de Nazino, por el otro tiene consecuencias bastante diferentes. Como en la sociedad en su conjunto, también entre los detenidos se intenta estimular la «emulación socialista»: aquellos que se distingan pueden disfrutar de «un suplemento alimenticio» además de «otros privilegios». Y no es todo:

Y finalmente, los obreros más eficientes eran liberados anticipadamente; por cada tres días de trabajo en los que el plan era realizado al cien por cien, a cada detenido se le descontaba un día de condena. Cuando el canal [del mar Blanco] fue completado a tiempo, en agosto de 1933, fueron liberados 12.484 prisioneros. Muchos otros recibieron medallas y premios. Un detenido festejó su liberación anticipada con una ceremonia en la que se realizó también la tradicional ofrenda rusa de pan y sal, mientras los asistentes gritaban: «¡Hurra por los constructores del canal!». En el arrebato del momento, comenzó a besar a una desconocida. Acabaron pasando la noche juntos en las orillas del canal.473

A la obsesión productiva se le añade la pedagógica, como muestra la presencia en los campos de una «Sección educativo-cultural» (KVC), una institución en la que «los dirigentes moscovitas del Gulag [...] en realidad creían mucho». Precisamente por esto, tomaban «bastante en serio los periódicos murales». Y bien; si los leemos, vemos que las biografías de los detenidos rehabilitados están escritas en «un lenguaje extraordinariamente parecido al de los buenos trabajadores fuera de la colonia: trabajaban, estudiaban, hacían sacrificios e intentaban mejorar»474. Se intenta «reeducar» a los detenidos, transformándolos en estajanovistas listos para participar en primera línea, y con entusiasmo patriótico, al desarrollo del país. Demos una vez más la palabra a la historiadora estadounidense del Gulag: «En los campos, como en el mundo exterior, continuaban desarrollándose “competiciones socialistas”, competiciones de trabajo en las que los detenidos se enfrentaban por ser quienes consiguiesen producir más. Además festejaban a los trabajadores estajanovistas por su presunta capacidad de triplicar o cuadruplicar las cuotas»475. No es casual que, hasta 1937, al dirigirse al prisionero, la guardia lo llamase «compañero»476. La reclusión en el campo de concentración no excluía la posibilidad de promoción social: «Muchos detenidos acabaron trabajando como guardias o administradores en los campos»477; sobre todo, como hemos visto, no pocos aprenden una profesión a ejercer tras su liberación.

Desde luego, un giro brutal se produce en 1937. Mientras arrecia la tercera guerra civil y nubes de tormenta cada vez más densas se agolpan en el horizonte internacional, la quinta columna, real o presunta, se convierte en objeto de una caza cada vez más obsesiva. En tales circunstancias el detenido ya no es un potencial «compañero»: está prohibido llamarlo de este modo; se le prescribe la calificación de «ciudadano», pero se trata de un ciudadano que es un potencial enemigo del pueblo. ¿A partir de este momento, está el campo de concentración soviético animado por una voluntad homicida?478 Así lo considera la historiadora estadounidense aquí citada, aunque todavía una vez más su propio relato la desmiente: «En los años cuarenta, en teoría la KVC de cada campo tenía al menos un instructor, una pequeña biblioteca y un “círculo” donde se organizaban espectáculos teatrales y conciertos, se organizaban conferencias políticas y debates»479. Hay más. Mientras se intensifica la guerra nazi de aniquilación y todo el país se encuentra en una situación absolutamente trágica, «tiempo y dinero» se invierten copiosamente para reforzar «la propaganda, manifiestos y reuniones de adoctrinamiento político» de los detenidos:

Solamente entre los papeles de administración del Gulag, hay cientos y cientos de documentos que certifican la intensa actividad de la Sección educativo-cultural. En los primeros tres meses de 1943, en plena guerra, entre los campos y Moscú se daba un frenético intercambio de telegramas, porque los comandantes locales intentaban conseguir por todos los medios instrumentos musicales para los detenidos. Mientras, los campos organizaron un concurso sobre el tema «la Gran guerra patriótica del pueblo soviético contra los ocupantes alemanes fascistas»: participaron cincuenta pintores y ocho escultores detenidos480.

Todavía por las mismas fechas, el responsable de un campo con 13.000 detenidos trazaba un significativo balance de su actividad:

Destacaba con orgullo que en la segunda mitad del año se habían desarrollado 762 conferencias políticas, a las que habían asistido 70.000 prisioneros (probablemente muchos participaban varias veces). Además la KVC había organizado 444 reuniones de información política, en las que habían participado 82.400 prisioneros, publicado 5.046 “periódicos murales” leídos por 350.000 personas; habían realizado 232 conciertos y espectáculos, proyectado 69 películas y organizado 38 compañías teatrales481.

Desde luego, a partir de la invasión nazi los detenidos advierten dramáticamente los efectos de la escasez, pero esto no tiene nada que ver con la aparición de una voluntad homicida:

Las altas tasas de mortandad en los campos de concentración durante determinados años reflejaban en parte los acontecimientos que se producían en el exterior [...]. En el invierno de 1941-1942, cuando un cuarto de la población del Gulag murió de inanición, murió de hambre también alrededor de un millón de habitantes en Leningrado, atrapada por el bloqueo alemán.

La escasez y la desnutrición golpeaban a una gran parte de la Unión Soviética482. Por otro lado, pese a la situación tan desesperada, en enero de 1943 «el gobierno soviético instituyó un “fondo alimentario” especial para el Gulag», pese a que «la situación de los suministros mejoró cuando la suerte de la guerra se inclinó a favor de la Unión Soviética»483.

Estamos tan lejos de la aplicación de una voluntad homicida, que el clima de unidad nacional suscitado por la Gran guerra patriótica se deja oír también dentro del Gulag. Mientras, éste conoce una masiva despoblación por una serie de amnistías; vemos a los ex-detenidos combatir valientemente, expresar satisfacción y orgullo por el hecho de disponer de armas tecnológicamente avanzadas y producidas «gracias a la industrialización del país» (que había significado la primera y más consistente expansión del universo concentracionario), hacer carrera en el Ejército rojo, ser admitidos en el partido comunista, conseguir honores y medallas al valor militar484.

Con la alternancia de fases relativamente “prósperas” o “liberales”, y fases de claro deterioro de las condiciones económicas y jurídicas de los detenidos, la historia del Gulag refleja la historia de la sociedad soviética. A los intentos de realizar en el país en su conjunto la «democracia soviética», el «democratismo socialista» e incluso un «socialismo sin la dictadura del proletariado» corresponden los intentos de restablecer en el Gulag la «legalidad socialista» o la «legalidad revolucionaria». Es por ésto que se escuchan duras denuncias del universo concentracionario soviético en su interior y en sus cúpulas dirigentes. En 1930 es Yagoda el que pide intervenir en «todo el sistema carcelario, que está marchito hasta la raíz». En febrero de 1938 es el mismo Vysinsky, procurador general de la URSS, el que denuncia las «condiciones de detención [...] insatisfactorias, y en algunos casos absolutamente intolerables», que reducen a los hombres «a bestias salvajes». Algunos meses después es Laurentii Beria, jefe de la policía secreta, el que apoya una política que invita a «castigar severamente a los interrogadores que consideran los golpes como el principal método de investigación y que lisian a los arrestados cuando no tienen pruebas suficientes de su actividad antisoviética»485. No se trata de denuncias rituales: cuando son descubiertos, los responsables de los “abusos” son severamente castigados, también con la muerte; muchos otros son despedidos; no faltan tampoco conflictos entre la magistratura y el aparato represivo, que se queja de la introducción de «reglas» que parecen «una sorpresa extremadamente desagradable»486. Con el fin de reforzar el control se anima la presentación de reclamaciones e instancias por parte de los detenidos. Otras veces se intenta mejorar la situación recurriendo a amnistías y descongestión de los campos487. En el intervalo entre una denuncia y otra se asiste a una mejora real: son las fases de “liberalismo”, a menudo arrolladas por la irrupción de nuevas crisis. A causa de la coexistencia de circunstancias objetivas y responsabilidades subjetivas, al igual que la sociedad en su conjunto, el Gulag tampoco consigue superar el estado de excepción.

Siberia zarista, “Siberia” de la Inglaterra liberal y Gulag soviético

¿Debemos aproximar o incluso asimilar el Gulag soviético al Konzentrationslager nazi? Es una pregunta a la que se podría responder con otra: ¿por qué limitar la comparación sólo a estas dos realidades? En la Rusia de los zares -sentencia Conquest (siguiendo a Solzhenitsyn)- el universo concentracionario estaba menos superpoblado y era menos despiadado que en tiempos de Lenin y sobre todo de Stalin488. Vale la pena recordar lo que Anton Chéjov escribía en 1890:

Hemos dejado marchitarse en prisión a millones de personas sin motivo, sin consideración alguna y de modo bárbaro; hemos arrastrado a esta gente encadenada al hielo a lo largo de decenas de miles de verstas, la hemos hecho contagiarse de sífilis y la hemos corrompido, hemos aumentado el número de criminales. Pero somos todos nosotros los que sin embargo tomamos frente a todo este asunto la distancia debida, casi como si no tuviese nada que ver con nosotros489.

En el transcurso de su duración secular, el universo concentracionario zarista (que, a partir al menos de Pedro el Grande, de manera similar al Gulag intenta también procurarse la fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo de las regiones más desoladas y menos desarrolladas) ha presentado a menudo trazos de extrema crueldad. Una via dolorosa conducía a los condenados al exilio, es decir, al trabajo forzado en Siberia: «además de ser golpeados con el bastón, muchos de ellos sufrían la mutilación de una mano, de un pie, de una oreja, así como la humillación de ser marcados a fuego». Sí, en el siglo diecinueve se intentan eliminar «las formas más extremas de crueldad», pero se trata de medidas parciales que por lo demás no siempre tienen éxito.490

De todo ello emerge cuán frágil es el intento de relativizar la Siberia zarista, con el fin de aislar al Gulag soviético y asimilarlo al Konzentrationslager nazi. Pero es más importante una consideración ulterior: ¡es metodológicamente incorrecta una comparación que equipara una condición de normalidad con un agudo estado de excepción! Leída con mayor conciencia crítica, la comparación realizada por Conquest puede tener un resultado opuesto al proclamado por él: solamente en la Rusia pre-revolucionaria la detención y deportación por vía administrativa es considerada una práctica normal, también en ausencia de conflictos y peligros particulares. En la Rusia soviética, sin embargo, el estado de excepción influye potentemente en la génesis y la configuración del universo concentracionario, que se hace más brutal cuanto más se aleja de las condiciones de normalidad.

Es necesario ahora dar un paso más adelante. Más allá de Rusia (zarista y soviética) y de Alemania, es necesario también convocar a otros países para la comparación. Al universo concentracionario realizado por la Inglaterra liberal le corresponde una función doble. A propósito de los «disidentes irlandeses» se ha observado que éstos «entre el siglo dieciocho y el diecinueve tuvieron en Australia su Siberia oficial», que al menos hasta 1868 engulle a «representantes de casi todos los movimientos radicales existentes en Gran Bretaña»491. Esto en lo que respecta a la represión. Pero es necesario no perder de vista la función económica de la “Siberia” liberal inglesa. Inmediatamente después de la Revolución Gloriosa, aumentan de manera masiva las sentencias que sancionan la pena de muerte. Esta recae tanto sobre los responsables del hurto de un chelín o de un pañuelo, como sobre los responsables del corte abusivo de un seto ornamental, y no pueden evitar el castigo ni siquiera los chicos de once años. Esta legislación terrorista, que con algún retoque perdura todavía en el siglo diecinueve, prevé una alternativa: los beneficiarios de la gracia son sometidos a una servidumbre penal, que los obliga a trabajar por un determinado número de años en colonias todavía poco aprovechadas y exploradas, en especial en Norteamérica y más tarde en Australia. En otras palabras; también en el ámbito económico Australia constituye la «Siberia» de la Inglaterra liberal: sus funciones disminuyen a medida que interviene el trabajo primero de los esclavos negros y después de los coolies indios y chinos, además de otros pueblos coloniales492.

La “Siberia” inglesa no es menos cruel que la zarista. De esta «sociedad totalitaria» que se desarrolla en Australia mientras se perpetúa al mismo tiempo el exterminio de los aborígenes, se hizo un retrato basado además en la literatura autobiográfica disponible y que resulta especialmente aterrador:

A intervalos impredecibles se reunía a los detenidos, se les contaba, y se les sometía a una inspección completa, con inspección de la boca y del ano [...]. «La comida se llevaba a las diferentes escuadrillas en platos de madera o cubos de estaño que eran colocados frente a ellos como si fueran perros y cerdos, y como perros y cerdos tenían que llevársela a la boca» [...]. La disciplina se apoyaba en la figura del delator [...]. No hacer de espía se había convertido por tanto en un comportamiento sospechoso de por sí. No pasaba una semana sin que fueran desveladas retorcidas conspiraciones, con listas de nombres incluidas, en una carrera de delaciones [...]. «Este tráfico de sangre humana [...] era el único modo de obtener indulgencias». Para los soplos contaba bastante más el número que el contenido. Los delatores tenían sus cuotas de denuncias que alcanzar y eran «capaces de cualquier acto de traición y de sangre, no importaba cuán vil o aleatorio» [...]. Las relaciones normales entre culpa y castigo se transmutaban en una ininterrumpida historia de sadismo, cuyo único objeto era mantener el terror [...]. La autoridad se ejercía de manera absoluta y caprichosa [...]. Los doscientos latigazos [de castigo] fueron repartidos [en más días...]. Los flageladores se llenaban tanto de sangre como nosotros [...]. El único modo resolutivo para acabar con el sufrimiento era el suicidio.

En efecto el suicidio no solamente era habitual, sino que era una práctica que a menudo implicaba a toda la comunidad de detenidos: «En un grupo de presos se echaban suertes entre dos hombres: al primero le tocaba morir, al segundo la tarea de matar al primero. Al resto el papel de testigos». De este modo, para los pocos días del viaje y del proceso (que se desarrollaba en Sidney, a cierta distancia de la “Siberia” propiamente dicha), antes de ir a la horca, el asesino podía disfrutar de la condición de detenido normal (el suyo en realidad era un suicidio indirecto y diferido). Y esta pausa les permitía a los testigos respirar, antes de volver al infierno y proceder eventualmente a un nuevo sorteo493.

El universo concentracionario en la Rusia soviética y en el Tercer Reich

Por otro lado, en el transcurso del Segundo conflicto mundial el campo de concentración irrumpe de manera explícita también en el Occidente liberal. Más allá del Atlántico, Franklin D. Roosevelt manda internar en campos de concentración a los ciudadanos americanos de origen japonés, incluidos mujeres y niños, aunque los Estados Unidos están en una situación geopolítica claramente más favorable que la Unión Soviética. En todo caso, después de la batalla de Midway no se puede seguir hablando de problemas de seguridad militar. Y sin embargo los americanos de origen japonés continúan siendo encerrados en campos de concentración: comenzado de manera gradual, el acceso a la libertad llega a completarse solamente a mediados de 1946, casi un año después del final de la guerra. Todavía más lento es el retorno a casa de los ciudadanos latinoamericanos de origen japonés, deportados por los EEUU desde trece países de América Latina: sólo en 1948 pudieron salir los últimos del “campo de internamiento”, es decir, de concentración, de Crystal City, Texas.494 De todas formas sería como mínimo precipitado explicar este asunto no desde el marco de la guerra y del estado de excepción, sino más bien desde la ideología de un presidente acusado de «totalitarismo» por sus adversarios, principalmente a causa del intervencionismo económico aplicado por su administración durante la Gran Depresión, aunque también por la desenvoltura constitucional con la que arrastra a la guerra a un país tan reacio (supra, p. 51).

De este modo nos encontramos con otro aspecto que la comparativa histórica habitual oculta: el universo concentracionario que durante el siglo veinte se desarrolla también en el Occidente liberal, asumiendo incluso formas horribles. Los exiliados alemanes que tras el estallido de la guerra son encerrados en campos de concentración franceses tienen la impresión de estar destinados a «arder»495. Claramente rechazables son los maltratos a los que son sometidos los prisioneros alemanes por parte de EEUU con la guerra ya acabada, como documentó en su momento el historiador canadiense James Bacque y como han acabado por reconocer, a duras penas y con reservas, los defensores del general Dwight D. Eisenhower. Estudios más recientes han desvelado otros detalles. Me limito a citar uno: una comisión estadounidense confirmó en su momento que, de 139 detenidos examinados, 137 tenían los «testículos destruidos permanentemente, a causa de los golpes recibidos»496. Veremos el horror también de los campos de concentración en los que, con el estallido de la Guerra fría, los ingleses encierran a los sospechosos de comunismo. Finalmente, es necesario recordar el Gulag en el que se encierra en Yugoslavia a los comunistas fieles a Stalin a partir de 1948 y tras la ruptura con la URSS497. Al menos en este caso los “estalinistas” no son los artífices sino más bien las víctimas del universo concentracionario, instalado por un país comunista pero en aquel momento aliado de occidente.

Incluso partiendo del presupuesto de la especial amplitud y gravedad del Gulag soviético, queda abierto en todo caso el problema principal: es necesario distinguir el papel de la ideología del papel de las condiciones objetivas (la excepcional gravedad del peligro y la generalizada escasez que caracterizan a la URSS). Respecto a análisis tan complejos son más fáciles el deductivismo que hace descender todo de la ideología y la asimilación de los universos concentracionarios a las dos ideologías «totalitarias».

Pero concentrémonos de todas formas en la Rusia soviética y en el Tercer Reich. En el primer caso, el universo concentracionario surge mientras continúa arreciando el Segundo período de desórdenes. Todavía en los años treinta el poder no ejerce un control total del territorio: «La criminalidad común, también a causa de las fracturas radicales acaecidas en el país, que habían destruido las estructuras tradicionales de organización social, había alcanzado en verdad un nivel preocupante»498. Decididamente más grave es la situación de las regiones del Extremo Oriente:

Espacios de inseguridad, mal controlados por las autoridades, donde se concentran marginados y gentes fuera de la ley, donde las bandas armadas atacan los koljoses aislados y asesinan a los escasos «representantes del poder soviético». Espacios de aleatoriedad y violencia, donde todos están armados, la vida humana no tiene valor y la caza del hombre, cuando ocurre, sustituye a la de los animales [...]. Espacios en los que el Estado, al menos el definido por Max Weber como el «sistema que reivindica con éxito el derecho a legislar sobre un territorio, en cuanto poseedor en monopolio del uso legítimo de la fuerza» está casi completamente ausente.499

Desde el atentado al embajador alemán en Moscú, realizado en julio de 1918 «durante la sesión del V Congreso Panruso de los Soviets» por obra del miembro de un partido (los socialistas-revolucionarios [eseristas]) que forma parte del gobierno, hasta al menos el asesinato de Kírov frente a la puerta de su oficina y por obra de un joven comunista, el poder soviético debe enfrentarse al terrorismo (un fenómeno con una larga historia en Rusia) y teme la infiltración en todos los niveles del aparato estatal de una oposición decidida a derrocar del poder a los “usurpadores” y “traidores”. El poder soviético alcanza el pleno control del territorio y del aparato estatal sólo con la llegada de la autocracia, y el terror es una respuesta a una crisis cuanto menos aguda y de larga duración.

Posteriormente, la situación continuará estando caracterizada por una mezcla de contradicciones (la intensificación de la guerra en el plano internacional, la guerra civil latente en el plano interno, la industrialización a marchas forzadas que es considerada necesaria para la salvación del país pero que provoca al mismo tiempo nuevos conflictos y nuevas tensiones), que prolonga el estado de excepción bajo nuevas formas. Precisamente por esto, como subraya un estudio reciente, «el terror no puede ser interpretado exclusivamente como una serie de órdenes emanadas por Stalin» y sus cómplices. En realidad, en éste actúan también «elementos populares» y no faltan iniciativas «desde abajo»; a menudo son los obreros, animados por la «fe furiosa» que ya hemos mencionado, los que exigen la condena a muerte de los “traidores” e incluso la renuncia a las sutilezas «jurídicas» de largos y caros procedimientos judiciales.500 Y todo esto ocurre en el transcurso de un proceso de democratización limitada pero aun así real, con el desarrollo de la participación popular en la gestión del poder en los puestos de trabajo, con la sustitución del voto secreto por el voto público y con la posibilidad de elegir, en la votación de los dirigentes sindicales y de fábrica, entre varios candidatos. Y los nuevos elegidos a menudo se implican personalmente en la mejora de las condiciones de trabajo y la disminución de los accidentes de trabajo.501 Sí, «en la psicología política de Stalin y de sus seguidores no hay contradicción entre represión y democracia», y en este sentido se puede hablar incluso de una «democratización de la represión»502.

Pero es precisamente tal democratización la que estimula una dilatación de la represión. Valiéndose de la nueva posibilidad de dejar al descubierto, en la fábrica y en las cartas a la prensa, a los funcionarios corruptos e ineficientes, este movimiento tumultuoso desde abajo tiende a describirlos como enemigos del pueblo y a identificar en los permanentes accidentes de trabajo una forma de sabotaje de la nueva sociedad que está comprometido a construir503. La sensación de la creciente amenaza de guerra y la caza obsesiva de una quinta columna capilarmente extendida aunque bastante bien oculta, el temor y la histeria crecientes, transforman las asambleas de fábrica, sindicales y de partido en una «guerra de todos contra todos». En ocasiones, son Stalin y sus más estrechos colaboradores los que se ven obligados a intervenir para contener y canalizar esta furia, alertando contra la tendencia a rebuscar en todas partes traidores y saboteadores y a destruir de tal manera las organizaciones de partido y sindicales504. Nos vemos ahora llevados a pensar al Gran Terror que domina la Francia de 1789 en las semanas y meses inmediatamente posteriores a la toma de la Bastilla, cuando, dilatando exageradamente un peligro que sin embargo no es imaginario, «la fantasía campesina ve por todas partes a mercenarios de la conjura aristocrática y de la invasión extranjera»505. En la URSS de la segunda mitad de los años treinta el peligro es real y de extremada gravedad, pero no menos real es la histeria.

En conclusión. En la URSS el terror emerge en el período de tiempo que va desde la Primera guerra mundial, que abre el Segundo período de desórdenes, y la Segunda guerra mundial, que amenaza con infligir al país y a la nación en su conjunto una catástrofe todavía más colosal: la exterminación y esclavización enunciadas claramente en el Mein Kampf. Y el terror surge en el transcurso de una industrialización a marchas forzadas que apunta a salvar al país, en cuyo transcurso el horror de la feroz represión a gran escala se entrelaza con procesos reales de emancipación (la difusión masiva de la instrucción y de la cultura, la prodigiosa movilidad social, el surgimiento del Estado social, el protagonismo arrollador y contradictorio de clases hasta aquél momento condenadas a una total subalternidad).

Quedan patentes ahora las diferencias respecto al Tercer Reich, que desde su llegada puede contar con el pleno control del territorio y del aparato estatal, y con la tradicional eficiencia de una red burocrática extensa y capilar. Si en Rusia la ideología cumple un papel secundario en la creación del estado de excepción (preexistente a octubre de 1917 y si acaso prolongado por el mesianismo revolucionario, parcialmente combatido por Stalin), en Alemania el estado de excepción y su contraparte, el universo concentracionario, son desde el comienzo el resultado de un proyecto político claramente establecido y una clara visión ideológica. Hitler llega al poder con un programa explícito de guerra y de expansión territorial: con el fin de evitar el derrumbe del frente interno producido en el transcurso del Primer conflicto mundial, está decidido a recurrir al terror más despiadado. El expansionismo de la Alemania nazi apunta también a reafirmar a escala planetaria la supremacía blanca y aria, y a retomar y radicalizar la tradición colonial, aplicándola también en la misma Europa oriental: desde el inicio, el Konzentrationslager tiene como objetivos los posibles opositores a la guerra y al Imperio colonial y racial que Hitler intenta conquistar y construir. Un presupuesto para el éxito de este programa es la neutralización del virus hebreo-bolchevique que siembra la subversión y mina los fundamentos de la civilización, poniendo en discusión la jerarquía natural de los pueblos y de las razas: es necesario por tanto liquidar a los judíos, a los «comisarios» y cuadros políticos comunistas en los territorios por conquistar, como ya se hace en Alemania. El camino se allana así para tratar a las razas inferiores de Europa oriental siguiendo lo ocurrido con los indios, que deben ser exterminados para dejar sitio a los colonos alemanes, y por otro lado continuando la esclavización al servicio de la blanca y aria raza de los Señores.

Gulag, Konzentrationslager y el “Tercero ausente”

A partir de la invasión primero de Polonia, y después de la URSS, el universo concentracionario nazi parece retomar y agravar ulteriormente los capítulos más trágicos de la historia de la esclavitud colonial. Cuando, gracias a la trata de esclavos, la disponibilidad de esclavos era más bien ilimitada, los propietarios no tenían ningún interés económico en ahorrárselos; podían tranquilamente condenarlos a morir por sobrecarga de trabajo para sustituirlos por otros y extraer de cada uno la máxima ventaja posible. Es así que -observa un economista decimonónico sobre el que Marx llama la atención- la florida agricultura de las Indias Occidentales «se ha tragado a millones de hombres de raza africana»; sí, «la vida de los negros es sacrificada sin ningún escrúpulo»506. La guerra desencadenada por Hitler en Europa oriental representa la forma nueva y todavía más brutal de la trata de esclavos. Capturados y exterminados en masa, los Untermenschen eslavos (los supervivientes de la germanización del territorio) son obligados a morir de sobrecarga de trabajo, con el fin de hacer posible la civilización de la raza de los Señores y alimentar su máquina de guerra; sufren una condición similar a la de los negros (del Caribe) a los que por otro lado son comparados explícitamente por el Führer.

El sistema carcelario reproduce las relaciones de la sociedad que lo expresa. En la URSS, dentro y fuera del Gulag, vemos funcionar una dictadura desarrollista que intenta movilizar y “reeducar” a todas las fuerzas en función de la superación del atraso secular, aún más urgente por la aproximación de una guerra que, por declaración explícita del Mein Kampf, quiere ser una de esclavización y de aniquilación: en este marco el terror se funde con la emancipación de nacionalidades oprimidas, aparte de una fuerte movilidad social y el acceso a la instrucción, a la cultura e incluso a puestos de responsabilidad y de dirección de estratos sociales hasta aquel momento completamente marginados. El estímulo productivista y pedagógico y la consiguiente movilidad se dejan notar, para bien y para mal, incluso dentro del Gulag. El universo concentracionario nazi refleja, sin embargo, la jerarquía de base racial que caracteriza al Estado racial ya existente y al Imperio racial que debe construirse: en este caso el comportamiento concreto de los detenidos cumple un papel irrelevante o casi marginal; y por tanto la preocupación pedagógica carece de sentido. En definitiva; el detenido del Gulag es un “compañero” potencial obligado a participar en condiciones de especial dureza en el esfuerzo productivo de todo el país, y después de 1937 es en todo caso un “ciudadano” potencial, aunque sea ya sutil la línea de demarcación entre enemigo del pueblo o miembro de la quinta columna, que la guerra total que se aproxima o ya ha comenzado exige neutralizar; el detenido del Lager nazi es en primer lugar un Untermensch, marcado para siempre por su nacionalidad o degeneración racial.

Si se quiere buscar una analogía para el Konzentrationslager, es necesario convocar al universo concentracionario que atraviesa en profundidad la tradición colonial (sobre la que Hitler quiere colocarse de manera explícita) y que apunta a los pueblos coloniales o de origen colonial. ¡Aquí tenemos la omisión central de la comparación! En este sentido podríamos hablar del Tercero ausente de la comparativa hoy de moda. Dos ilustres historiadores han definido respectivamente los «campos de trabajo militarizados» de la India colonial de 1877 y los campos de concentración en los que los libios fueron encarcelados por la Italia liberal, como «campos de exterminio»507. Aunque se considere exagerada esta definición, la lógica y jerarquía racial del Tercer Reich nos remiten de nuevo al universo concentracionario, estando ambas presentes tanto en el Imperio colonial italiano como en los occidentales, al igual que en los campos de concentración construidos por ellos.

Nos vemos impulsados a pensar en el nazismo también cuando leemos las modalidades en las que se perpetran el «holocausto canadiense» o la «solución final de nuestra cuestión india». La «Comisión de la verdad del genocidio canadiense» habla de «campos de muerte», de «hombres, mujeres y niños» que son «exterminados deliberadamente», de un «sistema cuyo objetivo es el de destruir en su mayor parte al pueblo nativo mediante las enfermedades, la deportación o el mismo asesinato». Para alcanzar este resultado, los campeones de la supremacía blanca no dudan en ocuparse también de «niños inocentes», a los que se les da muerte «con palizas o torturas, o después de haber sido deliberadamente expuestos a la tuberculosis y otras enfermedades»; otros sufrirán después la esterilización forzada. Una pequeña «minoría de colaboracionistas» conseguirá sobrevivir, pero solamente después de haber renunciado a su lengua nativa y a su identidad, poniéndola al servicio de los asesinos508. También en este caso se puede presumir que la justa indignación haya contribuido a cargar las tintas; queda claro el hecho de que nos enfrentamos a prácticas idénticas o similares a aquellas en vigor en el Tercer Reich y puestas en funcionamiento a partir de una ideología similar, una vez más, a la que apoya la construcción del Estado racial nazi.

Desplacémonos ahora al Sur de los Estados Unidos: en los decenios posteriores a la Guerra de secesión, los detenidos negros (la abrumadora mayoría de la población carcelaria) a menudo dados en alquiler a haciendas privadas, eran hacinados en «grandes jaulas con ruedas que seguían a los campamentos de los empresarios inmobiliarios y de las constructoras ferroviarias». En los mismos informes oficiales consta:

[...] «que los detenidos eran excesivamente e incluso cruelmente castigados; que eran miserablemente vestidos y alimentados, que los enfermos eran ignorados, en la medida en que no se había provisto ningún hospital, y se les encerraba junto con los detenidos sanos». Una investigación realizada por el fiscal del estado en el hospital del penitenciario de Mississipi informó de que los carceleros dejaron «en todos sus cuerpos los signos de maltratos más inhumanos y brutales. Muchísimos tienen los hombros rotos, con llagas, cicatrices y ampollas, algunos con la piel cruelmente destrozada a latigazos... yacían moribundos, y algunos de ellos sobre simples mesas, tan débiles y demacrados que sus huesos se entreveían entre la piel, y muchos se lamentaban de la deficiente alimentación [...]. Llegamos a ver parásitos vivos arrastrarse por sus rostros, y lo poco que tenían para dormir y cubrirse está hecho trizas y lleno de suciedad». En los campos de mineros de Arkansas y de Alabama a los trabajadores forzados se les hacía trabajar todo el invierno sin calzado, con los pies dentro del agua durante muchas horas. En estos dos Estados incluso se utilizaba el sistema del trabajo a destajo, mediante el cuál un equipo de tres se veía obligado a extraer cierta cantidad de carbón al día bajo pena de una dura fustigación para todo el equipo. A los forzados de los campos de trabajo entre bosques de terebintos, en Florida, con «cadenas en los pies» y «cadenas en la cintura» alrededor de sus cuerpos, se les obligaba a trabajar al trote509.

Estamos en presencia de un sistema que se sirve de «cadenas, perros, látigos y armas de fuego» y que «produce para los prisioneros un infierno viviente». La tasa de mortandad es altamente significativa. Entre 1877 y 1880, en el transcurso de la construcción de las líneas ferroviarias de Grenwood y Augusta, «murió casi el 45 por ciento» de la fuerza de trabajo forzada allí empleada, «y eran jóvenes en la flor de la vida»510. O también se puede citar otro dato estadístico, relativo al mismo período de tiempo: «En los primeros años en los que Alabama puso en alquiler sus prisioneros, murió casi el 20 por ciento. El año siguiente la mortandad subió hasta el 35 por ciento; en el cuarto año se dejó morir casi al 45 por ciento»511.

Respecto a la tasa de mortalidad, sería interesante una comparativa sistemática de tipo estadístico con los campos de concentración en la URSS y en el Tercer Reich. En lo que respecta al Gulag, se ha calculado que a comienzos de los años treinta, antes de la vuelta de tuerca provocada por el atentado a Kírov y por la intensificación de los peligros de la guerra, la tasa anual de mortalidad «correspondía más o menos al 4,8 % de la población media de los campos». Desde luego, este dato estadístico no incluye a los campos de explotación de los yacimientos de oro en la zona del río Kolyma; es necesario además tener presentes las «subestimaciones características de los partes de las secciones sanitarias»; sin embargo, aunque se eleven sensiblemente las cifras oficiales, parece difícil que se pueda alcanzar la tasa de mortalidad que diezmaba a los detenidos afroamericanos antes citados. Por lo demás, son significativas las razones de las «subestimaciones». El hecho es que «altas tasas de mortalidad y evasiones podían llevar a sanciones severas»; «las secciones sanitarias de los campos temían ser acusados de negligencia y de retraso a la ahora de hacerse cargo de los enfermos»; «sobre los dirigentes de los campos pendía constantemente la amenaza de inspecciones»512.

A juzgar por la tasa de mortalidad de los semi-esclavos dados en alquiler, no parece que una amenaza similar pendiese sobre los empresarios estadounidenses que se enriquecían con la construcción de las líneas ferroviarias de Grenwood y Augusta o con otras empresas. Conviene en todo caso tener clara una cuestión esencial. En el sur de los EEUU los detenidos negros sufren horribles condiciones de vida y de trabajo y mueren en masa en un período de paz: el estado de excepción no cumple ningún papel, y marginal o casi inexistente es también la preocupación productivista. El universo concentracionario del sur de los EEUU reproduce la jerarquía racial y el Estado racial que caracterizan la sociedad en su conjunto: el detenido negro no es ni un potencial «compañero» ni un potencial «ciudadano»; es un Untermensch. El tratamiento que se le inflige por los blancos es el tratamiento considerado normal en la relación con las razas ajenas a la auténtica civilización. De nuevo nos encontramos con la ideología del Tercer Reich.

Por otro lado, son eminentes historiadores estadounidenses los que comparan el sistema penitenciario apenas citado con los «campos de prisioneros de la Alemania nazi»513. Y no es casual que los experimentos médicos, llevados a cabo sobre los Untermenschen en la Alemania nazi, en los EEUU hayan sido realizados tomando como conejillos a los negros514. Del otro lado del océano, en los años de Guillermo II, la Alemania colonial e imperialista ha llevado a cabo sus experimentos médicos en África y con africanos: en esta actividad se distinguen dos médicos que se convierten después en maestros de Joseph Mengele515, que en la Alemania nazi lleva a cumplimiento la perversión de la medicina y de la ciencia ya esbozadas en el transcurso de la tradición colonial (europea y americana). No sólo no se puede separar el Tercer Reich de la historia de la relación de Occidente con los pueblos coloniales o de origen colonial, sino que debe añadirse que tal tradición ha continuado dando signos de vitalidad bastante más allá de la derrota de Hitler. En 1997 el presidente Clinton se ha sentido obligado a pedir perdón a la comunidad afroamericana: «En los años ‘60 más de 400 hombres de color de Alabama fueron utilizados como cobayas humanas por el gobierno. Enfermos de sífilis, no fueron curados porque las autoridades querían estudiar los efectos de la enfermedad sobre una “muestra de la población”»516.

El despertar nacional en Europa oriental y en las colonias: dos respuestas antitéticas

Queda patente lo absurdo de una comparación de los campos de concentración basada en la ocultación del tratamiento reservado también por el Occidente liberal a las «razas inferiores» y en la separación también entre política interna y política exterior, entre prácticas represivas e ideologías sobre las cuales se construyen. Si consideramos estos elementos y estos nexos a menudo ignorados, la habitual asimilación de los dos dictadores totalitarios se invierte en su antítesis. Ha sido observado que «a Stalin le sorprendió mucho» el despertar de las nacionalidades oprimidas o marginadas en el ámbito del Imperio de los Absburgo. Para ello se remite a sus observaciones de 1921, en el transcurso del X Congreso del partido comunista ruso517: «hace cincuenta años todas las ciudades de Hungría tenían un carácter alemán, ahora se han magiarizado»; también viven un «despertar» los «checos». Se trata de un fenómeno que implica a toda Europa: de «ciudad alemana» que era, Riga se convierte en una «ciudad letona»; similarmente, las ciudades de Ucrania se «ucranizarán inevitablemente», haciendo secundario el elemento ruso antes predominante518.

A partir de la toma de conciencia de tal proceso, considerado progresivo e irreversible, el partido bolchevique en su conjunto y Stalin en primera persona se implican en «un nuevo y fascinante experimento de gobierno de un Estado multiétnico», que puede describirse así:

La Unión Soviética fue el primer Imperio mundial fundado en la affirmative action. El nuevo gobierno revolucionario de Rusia fue el primero de entre los viejos Estados europeos multiétnicos que afrontó la ola creciente de nacionalismo, y el primero en responder promoviendo sistemáticamente la conciencia nacional de sus minorías étnicas y estableciendo para ellas muchas de las formas institucionales características del Estado-nación. La estrategia bolchevique fue la de asumir el liderazgo del que se presentaba como proceso inevitable de descolonización, y de llevarlo a cabo de modo que preservase la integridad territorial del viejo imperio ruso. Para tal fin el Estado soviético creó no solamente una docena de repúblicas de amplias dimensiones, sino también decenas de miles de territorios nacionales distribuidos por todo el territorio de la URSS. Nuevas élites nacionales eran educadas y ascendidas a posiciones de liderazgo en el gobierno, en las escuelas, en las empresas industriales de estos territorios de nueva formación. En cada territorio la lengua nacional fue declarada lengua oficial del gobierno. En muchos casos se hizo necesaria la creación de una lengua escrita allí donde no existía previamente. El Estado soviético financiaba la producción en masa en lenguas no rusas de libros, periódicos, revistas, películas, óperas, museos, orquestas de música popular y otros productos culturales. No se había intentado nada parecido antes519.

La novedad que supone esta política destaca aún más si se la compara con la obsesión por la homologación que todavía en pleno siglo veinte se extiende por los EEUU y Canadá: obligados a romper los vínculos con la comunidad de origen y con la misma familia, los niños indios deben también renunciar a sus danzas y “extrañas” ropas, son obligados a llevar el pelo corto y sobre todo a evitar como la peste la utilización de su lengua tribal; la violación de la norma que les impone expresarse exclusivamente en inglés conlleva castigos y, en Canadá, incluso el sometimiento a terapias de electroshoks520.

En lo que respecta a la URSS, hay un punto esencial sobre el que se confirma cierto consenso:

Las repúblicas recibieron así, unas antes que otras, una bandera, un himno, una lengua, una academia nacional, en algunos casos incluso un comisariado de Exteriores, y conservaron el derecho, después utilizado en 1991, de independizarse de la federación, aunque no se especificase el procedimiento.521

En su Mein Kampf también Hitler toma impulso de la eslavización y la «cancelación del elemento alemán» (Entdeutschung) que se realizaba en Europa oriental. Según él, sin embargo, se trata de un proceso que no es ni progresivo ni irreversible; pero sólo medidas lo bastante radicales podrían bloquearlo y hacerlo retroceder. No se trata de aplicar una política de asimilación y promover «una germanización del elemento eslavo en Austria»; no, «se puede emprender la germanización del suelo, nunca de los hombres». Sería ridículo querer hacer «de un negro o de un chino un germano sólo porque ha aprendido el alemán, está listo para hablar en el futuro una lengua alemana y dar su voto a un partido político alemán»: «tal germanización es en realidad una des-germanización», ésta significaría «el comienzo de una degeneración» y por lo tanto de una «aniquilación del elemento germánico», la «aniquilación precisamente de las características que a su vez han hecho posible para el pueblo conquistador (Eroberervolk) llegar a la victoria»522. Germanizar el suelo sin germanizar nunca a los hombres es posible sólo siguiendo un modelo muy preciso: más allá del Atlántico la raza blanca se ha expandido hacia el oeste americanizando el suelo, desde luego no a los pieles-rojas: de tal modo los Estados Unidos han seguido siendo «un Estado nórdico-germánico» sin degradarse hasta ser un «mejunje internacional de pueblos»523. Este mismo modelo debe seguir Alemania en Europa oriental.

Si los bolcheviques y Stalin se preocupan de promover en las repúblicas soviéticas élites nacionales y una clase política indígena lo mayor posible, exactamente opuesto es el programa enunciado por Hitler para la conquista del Este: «todos los representantes de la intelectualidad polaca deben ser aniquilados»; es necesario «impedir» por todos los medios «que se forme una nueva clase intelectual». Solo así se pueden cumplir los objetivos coloniales: los pueblos destinados a trabajar como esclavos al servicio de la raza de los Señores no deben perder de vista que «sólo puede haber un amo, el alemán»524.

En su misma intervención de 1921 en el X Congreso del partido comunista ruso Stalin llama la atención sobre un ulterior elemento del giro radical que se está viviendo en la historia mundial: «En el transcurso de la guerra imperialista, los mismos grupos imperialistas formados por las potencias beligerantes han sido obligados a recurrir a las colonias, de las que han extraído el material humano para constituir sus tropas» y ello «no pudo no perjudicar la libertad y la lucha de estas gentes y pueblos». El despertar nacional en Europa oriental se une al que se está produciendo en el mundo colonial: «El desarrollo de la cuestión nacional hacia la cuestión general de las colonias no es un hecho casual desde el punto de vista histórico»525. Si en Europa está destinado a acabar con una política de discriminación, desnacionalización y opresión en perjuicio de las minorías, en las colonias el despertar nacional está destinado a poner radicalmente en cuestión el universo concentracionario construido por los conquistadores para las razas consideradas inferiores.

La novedad del recurso a tropas de color no se le escapa tampoco a Hitler, que no duda en denunciar la traición a la raza blanca. El responsable es sobre todo Francia, donde se está desarrollando rápida y desastrosamente un proceso de «bastardización» y «negrización» (Vernegerung) y donde de hecho se asiste al «surgimiento de un Estado africano en suelo europeo»526. No nos enfrentamos aquí solamente con “prejuicios”: estamos en presencia de un preciso programa político, que mira con horror la utilización de tropas de color y la mezcla racial también en el ámbito de las relaciones sexuales y matrimoniales, ya que éstas prácticas, disolviendo la barrera entre la raza de los Señores y la raza de los siervos, provocan una crisis en el dominio que la primera está llamada a ejercer sobre la segunda, en el interés superior de la Civilización. Desde el punto de vista del líder nazi, el despertar nacional en Europa oriental y el recurso a las tropas de color en los conflictos internos de Occidente (con la consiguiente toma de conciencia de los pueblos coloniales) constituyen una terrible amenaza tanto para la civilización como para la raza blanca. Y una respuesta a tal amenaza son la edificación del Estado y del Imperio racial, y el desencadenamiento de la guerra al este, con la entrada en el universo concentracionario nazi de una masa interminable de esclavos reclutados entre las “razas inferiores” y destinados a trabajar y morir al servicio de la raza de Señores.

El universo concentracionario nazi está programado para devorar a los millones y millones de esclavos o seres superfluos que inevitablemente surgen de un programa que apunta a una germanización constante del suelo excluyendo a priori la germanización de los índigenas que lo habitan. Y tal proyecto habría devorado una cantidad aún mayor de víctimas si no hubiese sido derrotado por un proyecto opuesto, basado en el reconocimiento de los derechos no solamente existenciales sino también culturales y nacionales de los indígenas. Por una serie de circunstancias tanto objetivas como subjetivas, que no deben ser de ningún modo menospreciadas, también este segundo proyecto produjo un universo concentracionario. Pero, con el horror que supone, no puede de ningún modo ser asimilado al primero, que supuso de manera explícita la continuación de las prácticas genocidas ya en acto en el mundo colonial, y su extensión de manera todavía más brutal a las nuevas colonias que deben ser construidas en Europa oriental.

¿Totalitarismo o dictadura desarrollista?

Podemos ahora comprender el carácter inadecuado o confundente de la categoría de totalitarismo, generalmente invocada para consagrar la asimilación de la URSS estaliniana y la Alemania hitleriana. Un número creciente de historiadores la cuestionan o rechazan. Para explicar la historia de la Unión Soviética, algunos de ellos toman impulso de Pedro el Grande y, continuando aún más hacia atrás, de la «Moscovia asediada» y con una colocación geopolítica bastante frágil, como demostraba la invasión de Genghis Khan. Stalin se sentía por tanto llamado a promover un desarrollo económico lo más rápido posible, con el fin de salvar al mismo tiempo a la nación y al nuevo orden político-social que ésta se había dado527. Es así como surge y se impone una dictadura desarrollista.

Todo ello en el ámbito de una sociedad, por un lado presumiblemente no del todo desmemoriada respecto a la advertencia hecha por Lenin en 1905 («Quien quiera marchar hacia el socialismo por un camino que no sea la democracia política llegará inevitablemente a conclusiones absurdas y reaccionarias, tanto desde el punto de vista económico como político»)528, por otro lado, arrastrada de un estado de excepción a otro, de una guerra civil a otra, a causa tanto de circunstancias objetivas como de intrínsecas debilidades ideológicas. Estamos por tanto en presencia de una sociedad caracterizada no por una homogeneidad y un alineamiento totalitario, sino más bien por la permanencia y omnipresencia de la guerra civil, que se manifiesta incluso en el ámbito de las familias, fracturadas por actitudes opuestas respecto al proceso de colectivización del campo: «Una campesina, que pertenecía a una secta evangélica, asesinó con un hacha a su marido mientras dormía, por el hecho de que presuntamente era un activista koljosiano». Delitos sangrientos similares manchaban incluso la relación entre padres e hijos529. El conflicto asume aquí la ferocidad de una guerra de religión. Y esto vale no solamente para aquellos que de manera explícita se remiten a motivos extraídos del cristianismo, sino también para los fervientes seguidores de la nueva sociedad, ellos mismos animados por la «fe furiosa».

Resulta especialmente clarificador el análisis de las relaciones de producción. Entremos mentalmente en una fábrica soviética o uno de tantos astilleros que florecen durante el gigantesco programa de modernización impulsado por Stalin. Mientras que su localización, lejos de ser uniformemente decidida desde arriba, se decide al final de un complejo proceso de toma de decisiones lleno de discusiones apasionadas y a menudo conflictivas, «al contrario de la estrecha centralización de la era zarista, la retórica anticolonialista de la Unión Soviética confería a los lobbies regionales un poder impensable durante el antiguo régimen». Especialmente fuerte resulta el poder de las regiones que, precisamente en virtud de su atraso piden al régimen que mantenga sus promesas de acabar con las desigualdades y «las injusticias del imperialismo zarista», con el fin de promover la industrialización y la modernización a escala nacional530.

Una vez entrados en el lugar de producción y de trabajo, nos damos cuenta de que en éste no se dan en absoluto ni rígida disciplina ni obediencia ciega: al contrario, no faltan ni el desorden ni los conflictos. Mientras, llama la atención la fuerte fluctuación de la fuerza-trabajo. Stalin se ve obligado a luchar tenazmente contra tal fenómeno, y sin embargo todavía en 1936 «más del 87 % de los obreros industriales abandona su puesto de trabajo». Estimulada también por la política de plena ocupación y por las posibilidades concretas de ascenso social, esta fluctuación constituye en todo caso un contrapeso al poder ejercido por la autoridad, en la fábrica o en el astillero.

Pero no es todo. En conjunto asistimos a una suerte de tira y afloja entre tres participantes: los dirigentes del partido y los sindicales, dedicados a incrementar la productividad del trabajo; los obreros, a menudo preocupados en primer lugar por aumentar los niveles salariales; y los técnicos entre medias, indecisos sobre qué hacer. Principalmente son los obreros los que consiguen más, y a menudo también los técnicos desatienden «las órdenes provenientes de Moscú»531.

Debe añadirse que es la misma clase obrera la que acaba dividida. Mientras suscita el entusiasmo de algunos, el deseado incremento de la productividad y la plena dedicación en la competición socialista, con el fin de desarrollar las fuerzas productivas y alcanzar o superar a los países más avanzados de Occidente, provoca malhumores, sordas resistencias, o la abierta hostilidad de otros. Si los primeros son etiquetados por los segundos como «destacamento del Anticristo», a los segundos los primeros reservan «un sagrado odio por los enemigos de la nueva vida socialista»532, con un lenguaje que nos lleva de nuevo a la «fe furiosa» que inspira a toda una generación.

El que enfrenta a seguidores y adversarios del nuevo orden no es desde luego el único conflicto. Vemos también enfrentarse a cuadros técnicos, por un lado, y la masa de los trabajadores, por otro. Los primeros han combatido a menudo contra los bolcheviques y al lado de los Blancos: se apela a su preparación pero al mismo tiempo se les intenta someter a todo tipo de controles. Aunque también los técnicos y especialistas de nuevo cuño, así como los que, pese a haberse formado bajo el antiguo régimen, colaboran lealmente con el poder soviético a partir también de sentimientos patrióticos, deben sin embargo afrontar el desafío proveniente de un nuevo estrato social, los «trabajadores de asalto». Y este desafío resulta tanto más temible en una sociedad en la que «a los trabajadores se les anima a juzgar a sus jefes»; se comprende bien entonces que a menudo los «ingenieros resistan duramente» al «control obrero»533. Pero se trata de una resistencia todo menos cómoda: los trabajadores pueden hacer constar su propia voz pegando carteles en los lugares de trabajo y escribiendo a la prensa y a los dirigentes del partido; a menudo los que se sienten intimidados son los técnicos y jefes de producción en la fábrica u otros lugares de trabajo534.

A tales conflictos hace referencia también Stalin cuando se ocupa del movimiento estajanovista, que «ha comenzado espontáneamente, casi por sí mismo, desde abajo, sin ninguna presión de ningún tipo por parte de las administraciones e incluso en pugna con estas»; sí, al menos en los comienzos, los estajanovistas se ven obligados a hacer sus experimentos «escondidos, al margen de los organismos económicos, escondidos de los controladores»; un obrero dedicado a introducir «innovaciones» se arriesga incluso al «despido», bloqueado sin embargo por la «intervención del jefe de sección»535. En competencia y a menudo en conflicto entre ellos, vemos en funcionamiento una pluralidad de «autoridades industriales», técnicas, administrativas, políticas y sindicales (hay también una distinción entre «partido y sindicato»)536.

En conclusión, visitando una fábrica o un astillero soviético (también en los años de Stalin) no se tiene desde luego la impresión de entrar en un lugar de trabajo “totalitario”. El “totalitarismo” estaba más presente en la fábrica de la Rusia zarista, donde tenía vigencia un principio inequívoco: «El jefe de taller es soberano y legislador absoluto que no conoce vínculos legales»; en efecto podía recurrir también al látigo en caso de infracciones de cierta gravedad537. O tómese como ejemplo un país como los EEUU. Citemos aquí el tratamiento reservado a los detenidos (casi siempre afroamericanos) cedidos en alquiler, como sabemos, a empresas privadas. Estas podían disfrutar de un «control absoluto» a cambio del dinero desembolsado:

Los guardias tenían el poder de encadenar a los prisioneros, de disparar sobre los que intentaban huir; de torturar a quien se negase a someterse y fustigar a los desobedientes, estuvieran desnudos o vestidos, un poder casi sin límites. Durante ocho decenios [desde los años setenta del siglo diecinueve hasta la Segunda Guerra mundial] no se produjeron casi nunca condenas a los propietarios en alquiler de estos esclavos a causa de su maltrato o muerte538.

Desde luego, se trataba de detenidos, pero téngase en cuenta que para los afroamericanos del sur bastaba ya la acusación de «vagabundeo» para ser arrestados, condenados y entregados en alquiler a empresarios decididos a enriquecerse. Otras veces los negros eran simplemente capturados por propietarios de tierras y obligados a trabajos forzados. No es casual que, ya en el título y subtítulo de su libro el autor aquí citado hable de «esclavitud con otro nombre», de «reintroducción de la esclavitud para los negros americanos desde la guerra civil a la Segunda guerra mundial»539. Si bien los esclavos o semi-esclavos constituían obviamente un porcentaje reducido de la fuerza-trabajo total, da que pensar en todo caso la prolongada permanencia de relaciones de trabajo esclavistas o semi-esclavistas en los lugares de producción de la sociedad capitalista estadounidense.

Más allá de ello, conviene hacer una consideración de carácter más general: en la fábrica soviética vemos actuar dinámicas y relaciones que serían consideradas intolerablemente indisciplinadas en una fábrica capitalista de cualquiera de los países democráticos. Aclara este punto una conocida tesis de Marx (Miseria de la filosofía):

Mientras que dentro de la fábrica moderna la división del trabajo está minuciosamente regulada por la autoridad del emprendedor, la sociedad moderna no tiene otras reglas o autoridad para distribuir el trabajo, que la libre competencia [...]. Se puede establecer también, como principio general, que cuanto menos preside la autoridad a la división del trabajo dentro de la sociedad, tanto más la división del trabajo se instituye dentro de la fábrica y está sometida a la autoridad de uno sólo. Así la autoridad en la fábrica y en la sociedad, en relación a la división del trabajo, están en proporción inversa una respecto a la otra540.

Se podría decir que en la sociedad soviética se ha producido a intervalos una inversión de la dialéctica de la sociedad capitalista descrita por Marx: a la ausencia de una rígida disciplina de fábrica (con la disminución del tradicional despotismo patronal más o menos acentuado) le ha correspondido el terror ejercido por el Estado en la sociedad civil. Pero también a este respecto conviene permanecer alerta contra las simplificaciones: estamos frente a «un Estado más confuso y menos organizado» de lo que se pueda pensar; «el centro raramente hablaba con una sola voz»; la misma «uniformidad ideológica» era a menudo sólo una «fachada»541.

De los lugares de producción y trabajo hacen total abstracción los habituales análisis del totalitarismo, que por tanto ya por esa razón resultan unilaterales y superficiales. Si acabamos con esta total e indebida abstracción, la categoría de totalitarismo se nos muestra en toda su inadecuación: no nos ayuda de ningún modo a comprender una sociedad que en su fase final, ya disuelta la «fe furiosa» que no podía durar eternamente (como Kennan había previsto lúcidamente), está minada por una auténtica anarquía en los lugares de trabajo, apenas poblados por sus trabajadores, que incluso cuando están presentes parecen estar realizando una suerte de huelga blanca, además tolerada: es ésta la impresión que registran, entre perplejas y fascinadas, las delegaciones obreras y sindicales de visita en la URSS de los últimos años*. En una China que comenzaba a dejar atrás el maoísmo, en el sector público continuaban vigentes costumbres que han sido descritas así por un periodista occidental: «hasta el último mozo [...] si quiere puede decidir no hacer absolutamente nada, estar en casa durante uno, dos años y continuar recibiendo el salario a final de mes». La «cultura de la pereza» continuaba dominando también el sector privado de la economía, que entonces estaba emergiendo: «Los ex-dependientes del Estado [...] llegan tarde, después leen el periódico, van a la cafetería media hora antes, salen de la oficina una hora antes» y se ausentan a menudo por motivos familiares, por ejemplo «porque la mujer está mal». Y los dirigentes y técnicos que intentan introducir en el lugar de trabajo disciplina y eficiencia se ven obligados a afrontar no solamente la resistencia y la indignación moral de los subordinados (¡una multa a un obrero que se ausenta para ayudar a su esposa, es un oprobio!), sino a veces amenazas e incluso violencia542. Es bastante difícil describir estas relaciones en base a la categoría de “totalitarismo”; nos orientaríamos mejor ciñéndonos al fragmento ya citado de Marx: Miseria de la filosofía puede ayudarnos a comprender un fenómeno absolutamente inexplicable desde el punto de vista de la teoría clásica del totalitarismo: en la URSS, en los países del este europeo y en China, el desmantelamiento más o menos radical del sistema “totalitario” va al paso de un drástico refuerzo de la disciplina en los lugares de trabajo; por dar un ejemplo, sólo será en 1993 cuando se apruebe la ley china que permite el despido por absentismo543.

No hay duda, sobre todo en situaciones de crisis aguda, en la URSS y en la China maoísta los lugares de producción y de trabajo no son excepciones al terror, y sin embargo en condiciones de normalidad es un régimen bien lejos del totalitarismo. En resumen, se podría decir que el recurso a tal categoría resulta convincente solamente a partir de una doble, arbitraria abstracción. La eliminación de las relaciones vigentes en los lugares de producción y de trabajo permite acercar dictadura comunista y dictadura nazi; el silencio sobre el terror y sobre el universo concentracionario puestos en funcionamiento contra las colonias y semi-colonias, aparte de la lo que ocurre en las mismas metrópolis con los pueblos de origen colonial (como los amerindios y los afroamericanos), permite abrir un abismo entre Occidente liberal y Estados “totalitarios”.

Respecto a la Unión Soviética de Brezhnev y sus seguidores, la de Stalin presenta características diferentes, pero el elemento central de diferenciación lo constituye la excepcional movilización ideológica y política, que, antes de desinflarse y perder toda credibilidad, durante un largo período de tiempo consigue proporcionar una contribución esencial al funcionamiento del aparato productivo y económico. Son los decenios en los que se despliega una dictadura desarrollista: tiene una andadura al mismo tiempo tumultuosa y despiadada, y está caracterizada por la «fe furiosa» de la que se nutren grupos sociales y étnicos que ven allanado el camino para un gran ascenso y que consiguen el reconocimiento que hasta aquél momento se les había negado. No tiene mucho sentido asimilar esta trágica y contradictoria experiencia a una dictadura, la nazi, que se instaura de manera explícita en función de la guerra, de la conquista colonial y de la reafirmación de las jerarquías raciales, que desde el comienzo puede disponer de un aparato estatal y burocrático de consolidada eficiencia y puede imponerse de manera homogénea en todos los ámbitos de la vida social. Y sin embargo, esta asimilación es ya un lugar común. Se hace necesario investigar su origen.

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Olvido de la historia y construcción de una mitología. Stalin y Hitler como monstruos gemelos

Guerra fría y reductio ad Hitlerum del nuevo enemigo

Con el estallido de la Guerra fría, cada uno de los dos antagonistas se dedica a etiquetar al otro como heredero del Tercer Reich, poco antes derrotado por ambos. «Nadie», observa Lukács en 1954, «osará afirmar hoy que el nazismo, su ideología y sus métodos pertenezcan completamente a la historia pasada»544. En efecto, sobre ello los dos frentes parecen coincidir sin dificultades. Sin embargo mientras el filósofo comunista, apoyándose en la categoría de imperialismo, alinea a Truman y Hitler545, en el frente opuesto se recurre a la categoría del totalitarismo, para subsumir bajo ella a la Alemania nazi y la Unión Soviética.

Ambas categorías son blandidas como armas de batalla. El intento de asimilar el nuevo al viejo enemigo no se limita a denunciar el imperialismo, o el totalitarismo. Después de haber descrito como proceso de «destrucción de la razón» el recorrido ideológico que lleva al triunfo del Tercer Reich, Lukács siente la necesidad de subsumir bajo la categoría de irracionalismo también la «ideología del “mundo libre”» guiado por los EEUU. La operación no carece de dificultad, y de hecho el filósofo húngaro denuncia la «nueva forma de irracionalismo escondida bajo el envoltorio de una aparente racionalidad». Sí, en la «nueva situación» que se ha creado, «es completamente natural que también en la filosofía no domine el tipo alemán de irracionalismo, sino el tipo machiano-pragmático», del que serían exponentes entre otros Wittgenstein, Carnap y Dewey546.

El esfuerzo de asimilación del nuevo al viejo enemigo se deja ver también en el lado opuesto. Al trazar Los orígenes del totalitarismo, después de haber insistido durante mucho tiempo en el funesto papel del imperialismo citando para tal propósito sobre todo a Lord Cromer, considerado por Churchill todavía en la postguerra de la II Guerra Mundial como uno de los héroes del Imperio británico547, Arendt completa la comparación y equiparación entre la Alemania nazi y la Unión Soviética remitiendo, además de al totalitarismo, también a otra categoría, la de los «pan-movimientos», de modo que surge otra analogía: al pangermanismo del primero de los dos países puestos en comparación le correspondería el paneslavismo del segundo. Esta conclusión es el término de un tour de force todavía más descarado que el visto en Lukács: veremos a Churchill comparar al movimiento comunista con una «iglesia» caracterizada por un universalismo expansionista «cuyos misioneros están en todos los países» y en cada pueblo; en todo caso el presunto paneslavismo estaliniano llama a los pueblos de las colonias a deshacerse del dominio de la raza de los Señores, considerado sin embargo natural y beneficioso por los teóricos del pangermanismo.

Pero en este momento, en los dos lados opuestos, la preocupación principal es la construcción de analogías y simetrías. Nos vemos llevados a sonreír cuando leemos en Arendt que lo que caracteriza a los «pan-movimientos» (y por lo tanto al nazismo y al comunismo) es «la pretensión absoluta de haber sido elegidos»: ¡la celebración de los Estados Unidos como el pueblo elegido por Dios atraviesa en profundidad la tradición política americana y continúa resonando hoy en los discursos de los presidentes estadounidenses! Las exigencias de la Guerra fría tienen claramente la preeminencia sobre toda otra consideración, como se confirma por la intervención en 1950 de un historiador estadounidense de primer plano. En su momento se había opuesto a Franklin D. Roosevelt y su política de alianza con la URSS; desde el estallido de la Guerra fría se siente animado a defender la tesis de la equivalencia política y moral de Hitler y Stalin. De modo que se dedica con intensidad a la asimilación sin resquicios entre los dos dictadores. El primero insiste en el «destino racial de los teutones»: el lector común podría verse llevado a pensar en el «destino manifiesto» y providencial que, según una larga tradición, presidiría la expansión imparable de los EEUU; no obstante, argumentando y ocultando de manera no muy diferente a Arendt, el historiador aquí citado hace corresponder al motivo nazi del «destino racial de los teutones» la «fe de Stalin y Lenin en el rol mesiánico del proletariado y el movimiento revolucionario comunista internacional». De nuevo. Es central en la ideología nazi la celebración de la «raza de los señores»: la búsqueda de analogías y precedentes históricos parecería apuntar al régimen de white supremacy durante tanto tiempo en vigor en el sur de los EEUU, al que repetidas veces se ha remitido el nazismo y que en cierto modo continúa existiendo en 1950, año de publicación del libro aquí discutido. Sin embargo, el historiador estadounidense descubre que, similar a la hitleriana es la teoría de la «raza de los señores» aplicada en la Unión Soviética de Stalin, donde casi «cada descubrimiento importante» ¡se le atribuye a «algún ruso desconocido o poco conocido»!548

La reductio ad Hitlerum del ex-aliado conlleva la acusación también de genocidio. El primero en moverse en esta dirección es quizás el frente hegemonizado por el movimiento comunista y la Unión Soviética. En 1951 en Nueva York el abogado negro William Patterson, dirigente del Civil Rights Congress (una organización dedicada a la lucha contra el macartismo por un lado y el régimen de supremacía blanca por el otro) se encarga de editar un libro que es al mismo tiempo una llamada de atención a la ONU para que tome consciencia de la tragedia que se cierne sobre los afroamericanos: en los EEUU (en particular en el Sur) continúa funcionando el régimen de discriminación, humillación, opresión racial y marginación social; no han cesado las violaciones, los linchamientos, las ejecuciones legales y extra-legales y se intensifica la violencia de la policía (todavía en 1963 Martin Luther King hablará de «indecibles horrores de la brutalidad policial»). Relatando esta larga lista de injusticias y tormentos, remitiendo a la convención aprobada por la ONU en diciembre de 1948 contra el crimen de genocidio y haciendo notar el hecho de que en base a tal convención el genocidio no conlleva necesariamente la aniquilación sistemática de un entero grupo étnico, el libro lleva un título decididamente provocador: We charge genocide. Posiblemente revalorizado por la fuerte oposición encontrada por esta convención en el mundo político estadounidense, la denuncia se traduce en muchas lenguas: en la URSS aparece con una introducción del intelectual de origen judío Ilia Ehrenburg, que aproxima Tercer Reich y EEUU en la medida en que ambos se ven afectados por un delirio racista genocida o potencialmente genocida. Las reacciones suscitadas por el libro en EEUU son furibundas, y responden devolviendo la acusación. Un miembro del comité de aprobación de la convención de la ONU declara: «en los países comunistas la política oficial es la de expulsar a grupos enteros sobre la base de su origen racial y nacional»549.

Si los comienzos de la Guerra fría ven a cada uno de los dos antagonistas describir al otro como una nueva versión del nazismo y de su locura genocida, con la aproximación del triunfo de Occidente el juego de analogías se desarrolla de manera cada vez más exclusiva en la dirección querida por los vencedores. En especial, se ha convertido en una obsesión para la ideología dominante asimilar a Stalin y a Hitler de la manera más completa posible, hasta el punto de presentarlos como monstruos gemelos.

El culto negativo de los héroes

¿Cómo conseguir este resultado? Mientras la atención se concentra exclusivamente en la Unión Soviética y en el Tercer Reich, veremos a Gandhi equiparar en su denuncia a la Inglaterra colonial y a la Alemania nazi, imperialismo británico e imperialismo nazi. Investigadores nada sospechosos de antioccidentalismo han comparado repetidas veces el tratamiento dado a las poblaciones coloniales, realizado pero también teorizado por el Occidente liberal, con las prácticas genocidas del Tercer Reich. Esta comparación se realiza respecto a: la deportación de los Cherokees ordenada por Andrew Jackson (el presidente de los Estados Unidos visitados y celebrados por Tocqueville); la actitud asumida por Theodore Roosevelt respecto a las «razas inferiores» (que debe afrontarse con una «guerra de exterminio» en caso de rebelión contra la «raza superior»); el tratamiento infligido por Inglaterra al pueblo irlandés (tratado de manera similar a los pieles-rojas y condenado a morir en masa por inanición todavía a mediados del siglo diecinueve).

Hay más. Las palabras clave en nuestros días, utilizadas para describir el horror del siglo veinte, surgen de los estudios sobre el mundo liberal del siglo diecinueve: en referencia especial al «desarrollo del capitalismo industrial» en Inglaterra, se ha afirmado que «el Gulag no es una invención del siglo XX»; se ha definido como «sociedad totalitaria» la que en Australia engulle a los deportados de Inglaterra (a menudo miserables condenados por un hurto insignificante, al que se han visto obligados por el hambre); finalmente, a propósito de la tragedia de los nativos americanos, en Australia, o en las colonias británicas en general, investigadores reputados han hablado respectivamente de «holocausto americano» (o de «solución final» de la cuestión de los amerindios), de «holocausto australiano» y de «holocaustos de la era victoriana tardía» sin olvidar el «holocausto negro» (la deportación y esclavización de los supervivientes, uno de cada tres o cuatro), sobre le que intentan llamar la atención los afroamericanos, y como hemos visto, el «holocausto canadiense».

Incluso en lo que respecta a los acontecimientos que se desarrollan bajo nuestra mirada, en autorizados órganos de información se puede leer que en Afganistán, un país bajo protectorado estadounidense, los talibanes capturados son hacinados en un lugar que se «asemeja al campo de concentración nazi de Auschwitz», y que en Guantánamo opera, según la definición de Amnesty International, una suerte de «Gulag de nuestros días». Finalmente, vale la pena advertir que la historiografía estadounidense más desprejuiciada no ha dudado en instituir una comparación entre la aniquilación angloamericana desde el aire de ciudades enteras (Dresde, Hiroshima, Nagasaki) por una parte, y el genocidio judío por la otra550. Pero todo ello palidece como por encanto ante la ideología y la historiografía dominante, así como palidece la realidad del universo concentracionario que durante la Segunda guerra de los treinta años aparece incluso en los países de más consolidada tradición liberal y que estos, también tras la derrota del Tercer Reich, continúan manteniendo en pie durante cierto tiempo, con función antisoviética y anticomunista, y que en todo caso no hacen sino imitar y ampliar el mundo colonial o semicolonial.

Y sin embargo, aun colosal, esta ocultación no es suficiente para construir el mito de los monstruos gemelos. He aquí como se procede ulteriormente. A partir de la comparación entre URSS y Tercer Reich se desliza la comparación entre Stalin y Hitler, uno y otro descritos abstrayéndolos de los respectivos contextos históricos y políticos. Una vez disueltas las explosivas contradicciones que caracterizan por un lado al Segundo período de desórdenes y por el otro la Segunda guerra de los treinta años, el terror estaliniano aparece como expresión de una violencia gratuita y motivada exclusivamente por la ideología totalitaria o incluso por la sanguinaria paranoia de una única persona.

Del mismo modo se oculta el trasfondo que precede a Hitler. Él nace a finales del siglo diecinueve. No ha acabado todavía el siglo «más doloroso» de la historia humana, el «siglo de las colonias» y sobre todo el «siglo de las razas», al que le corresponde el mérito de haber refutado de una vez por todas las ingenuas «ideas de hermanamiento universal del siglo XVIII» y la mitología del origen común y unidad del género humano, armamento ideológico al que se agarran patéticamente los «socialistas» pese los sonoros desmentidos de la historia y de la ciencia551. Quien se expresa así en 1898 es el autor anglo-alemán Houston S. Chamberlain, que después será alguien especialmente apreciado por Hitler, pero que en este momento es aclamado en todo Occidente. Para comprender el nazismo es necesario en primer lugar investigar el proyecto político que está en su base, y este proyecto político no solamente no remite a una única personalidad criminal o enloquecida, sino que más allá de Alemania y del nazismo se vincula de maneras diversas a otros países y movimientos políticos. En este sentido, cualquiera que sea el juicio en el plano artístico, El evitable ascenso de Arturo Uí de Bertolt Brecht no es convincente. Para ilustrar la personalidad de Hitler se recurre a un género literario (la historia criminal) que puede resultar poco iluminador. Se presupone así un juicio moral, que es en realidad construido a posteriori. El nazismo hunde sus raíces en un período histórico en el que la “evidencia” en su favor está constituida acaso por la jerarquización de las razas y por un expansionismo colonial tras el que se ocultan a menudo prácticas genocidas.

Ciertamente, heredar tal tradición en un momento en el que comienza a ser duramente contestada, y radicalizarla hasta el punto de querer ponerla en acción también en Europa oriental es un salto adelante terrible, pero se trata de un desarrollo y no una creación desde cero. Está bastante extendida en la cultura del siglo diecinueve la idea de «exterminio» que, subraya Disraeli, es la expresión de una «irresistible ley de la Naturaleza». A finales de siglo Spencer se lamenta de que «Hemos entrado en una época de canibalismo social en el que las naciones más fuertes están devorando a las más débiles». A caballo entre el siglo XIX y el XX, en los EEUU no faltan tampoco llamados a la «solución final» de la cuestión india y a la «solución final y completa» de la cuestión negra552. En el mismo período de tiempo, también en Canadá una personalidad destacada de la administración invoca la «solución final de nuestra cuestión india»553. Quedan el horror e ignominia de la escalada de violencia, aunque esta se deduce del fracaso del intento de construir un Imperio colonial en ultramar, rápidamente evitado por la superior flota británica a comienzos de la Primera guerra mundial, imponiendo a Alemania un bloqueo naval devastador y perjudicial también para la población civil. De modo que, ¿continuar siendo expuestos a este terrible peligro, o construir a cualquier precio un Imperio continental, recurriendo a masacres y prácticas genocidas, si bien en perjuicio de razas inferiores y siguiendo en todo caso el modelo clásico y consolidado del expansionismo colonial de Occidente?

En la ideología dominante, disuelto todo proyecto político, las ignominias del Tercer Reich se muestran también como manifestación de la enfermedad de origen misterioso pero en todo caso aterradora, que responde al nombre de “totalitarismo”. Se allana así el camino para la asimilación de Stalin y Hitler. Se hace incluso superflua (y quizás embarazosa) la analogía entre «paneslavismo» y «pangermanismo», en la que insiste Arendt, aunque hoy no parece gozar de especial fortuna. Todo gira alrededor de dos personalidades (enfermas y criminales), de las que incluso se trazan a veces biografías paralelas554.

Lo que más llama la atención en tales textos es la ausencia del contexto histórico y en cierto sentido, incluso político: desaparecen el colonialismo, el imperialismo, las guerras mundiales, las luchas de liberación nacional, los diversos y contrapuestos proyectos políticos. No se plantean ni siquiera las relaciones del Occidente liberal con el fascismo y el nazismo por un lado (que se consideran campeones del Occidente más auténtico y consecuente), y por el otro con el antiguo régimen ruso, cuyas contradicciones tienden desde siglos atrás a desembocar en una terrible catástrofe. Todo ello es ensombrecido completamente por la absoluta centralidad concedida a dos personalidades creadoras, o más bien maléficamente creadoras.

El teorema de las afinidades electivas entre Stalin y Hitler

Estas dos personalidades -se narra a modo de fábula- no solamente serían equivalentes en el plano político y moral, sino que resultarían estar ligadas entre ellas por una suerte de atracción recíproca. Como demostración de ello se remite al pacto germano-soviético de no agresión y delimitación de las respectivas esferas de influencia. En realidad, este pacto acaba por un lado con el Diktat de Brest-Litovsk; por el otro, sólo es una etapa de un proceso contradictorio de delimitación de las esferas de influencia por parte de las grandes potencias, que comienza en Múnich y concluye (provisionalmente) en Yalta555. Pocos meses después de la conclusión del Segundo conflicto mundial, en 1946, Ernest Bevin, personalidad de primer plano del partido laborista y ministro inglés de exteriores, verá el mundo tendencialmente dividido «en esferas de influencia en las que pueden ser definidas las tres grandes doctrinas Monroe», reivindicadas y validadas respectivamente por EEUU, URSS y Gran Bretaña556. Si la Monroe británica se agrieta rápidamente, todavía en 1961 durante un coloquio desarrollado en Viena, John Kennedy, superviviente de la poco gloriosa aventura de Bahía de Cochinos, protesta ante Kruschov por los éxitos y dinamismo de la Revolución cubana: los EEUU no pueden tolerar un régimen que pretenda alterar su hegemonía en el «hemisferio occidental», en una de sus «áreas de interés vital», así como la URSS no podría tolerar un desafío a su hegemonía en su área de seguridad, Europa oriental557.

Se puede considerar especialmente odiosa la delimitación de esferas de influencia sobre la base de los protocolos secretos del pacto germano-soviético, y señalar el cinismo de la jugada que le consiente a Stalin ganar tanto tiempo como espacio; en todo caso es bastante difícil conciliar tal condena con la tesis de la atracción recíproca entre los dos dictadores mediante el teorema de las afinidades electivas. En realidad, inmediatamente después del desencadenamiento de la guerra por la Alemania nazi, Churchill saluda con fervor la entrada de las tropas soviéticas en Polonia oriental. Poco después, al dirigirse a los dirigentes de Letonia, Stalin explicita con extrema claridad las razones de la política conducida por él en los países bálticos: «Los alemanes podrían atacar. Durante seis años, fascistas alemanes y comunistas se han maldecido unos a otros. Ahora, a despecho de la historia, se ha producido un inesperado giro radical, pero no nos podemos basar en él. Debemos estar preparados a tiempo. Otros, que no estaban preparados, han pagado las consecuencias». Es a partir de la necesidad de evitar las maniobras realizadas en la región por el Tercer Reich, que el protectorado militar, con el que inicialmente Moscú parece contentarse, se transforma gradualmente en verdadera y propia anexión558: se vuelven a poner así en discusión radical las amputaciones sufridas por la URSS en el período de su máxima debilidad, mientras al mismo tiempo se acentúa en el nuevo grupo dirigente la tendencia a asumir sin excesivas limitaciones la herencia de la política internacional de la Rusia zarista.

En la habitual valoración del pacto germano-soviético resultan completamente ausentes los interrogantes que parecerían en todo caso preliminares para su comprensión: ¿cuáles acuerdos se han estipulado anteriormente con el Tercer Reich? ¿Cómo explicar el estallido de la guerra entre Alemania y la Unión Soviética menos de dos años después, y cuáles son los proyectos planeados por el número dos del régimen nazi (Rudolf Hess), que en la vigilia de la operación Barbarroja desembarca apresuradamente en Inglaterra?

En la competición por alcanzar un compromiso o alianza con el nuevo régimen de Berlín, Stalin llega decididamente el último. El Concordato entre Alemania y la Santa Sede data del 20 de julio de 1933, y garantiza la fidelidad de los católicos alemanes al nuevo «gobierno formado en conformidad con la Constitución» (verfassungsmäßig gebildete Regierung): un reconocimiento que ocurre a poca distancia en el tiempo desde la aprobación de las leyes de excepción, con el recurso al terror y el surgimiento del estado racial, con las primeras medidas contra funcionarios de «origen no ario». Dos semanas antes se habían dedicado a proporcionar una «positiva colaboración» con el «frente nacional dirigido por el señor Canciller del Reich»559. En lo que respecta al mundo protestante, no hay que olvidar que los Deutsche Christen se alinean en favor de Hitler inmediatamente después de su llegada al poder, y asumen tal posición adaptando el cristianismo a las exigencias del Tercer Reich, releyendo la Reforma protestante en clave nacionalista e incluso racista, para teorizar una Iglesia fusionada con la «comunidad popular» alemana y basada en el «reconocimiento de la diversidad de los pueblos y de las razas como un ordenamiento querido por Dios»560.

El movimiento sionista da prueba de una análoga disposición a la hora de buscar los favores de los nuevos gobernantes. Su órgano de prensa, la “Jüdische Rundschau”, sustancialmente inmune a la oleada de prohibiciones y persecuciones que golpea a la prensa alemana tras el incendio del Reichstag, pocas semanas después, el 7 de abril de 1933, llama a sionistas y nazis a ser «honestos compañeros». Todo desemboca en 1935 en el acuerdo de «traslado» a Palestina de 20.000 judíos, autorizados a llevar consigo casi 30 millones de dólares, con un fuerte impulso a la colonización y al proceso que habría conducido después a la formación del Estado de Israel561. Más tarde, reaccionando al acuerdo de «traslado», también el gran muftí de Jerusalén intenta congraciarse con Hitler. Pasemos ahora a los partidos políticos de la oposición. «Bastante débil» es el discurso pronunciado por el diputado socialdemócrata Otto Wels, en ocasión de la sesión del Reichstag que concede poderes extraordinarios a Hitler562. Quien pone en guardia y organiza la resistencia contra la barbarie en el poder es en primer lugar el partido comunista «estaliniano».

El año de 1935 será aquél en el que se estipule el acuerdo naval entre Gran Bretaña y el Tercer Reich; tras el comienzo de un febril rearme y la reintroducción en Alemania del servicio militar obligatorio, el acuerdo alimenta las esperanzas de Hitler de poder llegar a una alianza estratégica con el reconocimiento de la preeminencia naval de Gran Bretaña y el respeto recíproco de los dos grandes Imperios «germánicos»: el británico, de ultramar, y el imperio continental alemán, que deben ser construidos mediante la colonización del este europeo y el sometimiento de los eslavos. Precisamente se ha hablado a ése respecto de «actitud cínica» del gobierno de Londres, que da la impresión de avalar un programa infame, ya anunciado claramente en el Mein Kampf563. No sorprenden las crecientes preocupaciones de Moscú, la fuerte irritación de París564 y la alegría incontenible de Hitler, que puede celebrar así lo que define como su «día más feliz»565.

Todavía es más inquietante el papel de Polonia. Como ha sido observado, se convierte «en totalmente subalterna a la política alemana» a partir de la firma del pacto decenal de no agresión con Alemania el 26 de enero de 1934. El año después el ministro de exteriores Beck declara a su viceministro: «Hay dos formaciones políticas indudablemente condenadas a desaparecer, Austria y Checoslovaquia»566. Es evidente la consonancia con el programa de Hitler, y no se trata de meras palabras: «El ultimátum con el que Polonia pedía a Checoslovaquia la restitución de Teschen llevó definitivamente a Beneš, según su propio relato, a abandonar toda idea de oponerse a las posiciones de Múnich. Polonia había sido hasta aquel momento un chacal más útil para Alemania en el este de lo que pudo ser Italia en el Mediterráneo». La Conferencia de Múnich no marca el fin de la colaboración del gobierno de Varsovia con el Tercer Reich: «Si Hitler aspiraba verdaderamente a poner el pie en Ucrania, tenía que pasar por Polonia; y en otoño de 1938 ésto no parecía en absoluto una fantasía política»567. Parece incluso darse el consentimiento de Varsovia. En enero del año siguiente, en el transcurso de un coloquio con Hitler Beck declara: Polonia «no atribuye ningún significado al denominado sistema de seguridad»568.

Stalin tiene todo tipo de razones para estar preocupado o angustiado. Antes de la Conferencia de Múnich, el embajador estadounidense en Francia, William C. Bullit, había observado que lo importante era aislar al «despotismo asiático», salvando a la «civilización europea» de una guerra fraticida. Después del triunfo conseguido por Hitler, un diplomático inglés había anotado en su diario: «De ser un puñal apuntando contra el corazón de Alemania, Checoslovaquia se ha transformado ahora en un puñal contra los órganos vitales de Rusia»569. En ocasión de la crisis desembocada en la Conferencia de Múnich, la URSS había sido el único país en desafiar al Tercer Reich y confirmar su apoyo al gobierno de Praga, poniendo en estado de alerta a más de setenta divisiones. Posteriormente, después del desmembramiento de Checoslovaquia completado por el Tercer Reich en marzo de 1939, Moscú había enviado una dura nota de protesta a Berlín570. Bastante más “circunspecta” había sido la reacción del resto de capitales. De modo que los agresores nazifascistas habían “devorado” sucesivamente Etiopía, España, Checoslovaquia, Albania y, en Asia, China: gracias a la complicidad directa o pasividad de las potencias occidentales, proclives a dirigir hacia el país de la Revolución de octubre las ulteriores ambiciones y objetivos expansionistas del Tercer Reich; al este la Unión Soviética advierte la presión ejercida por Japón sobre las fronteras orientales. Se perfila así el peligro de invasión y guerra en dos frentes: solamente llegados a este punto Moscú comienza a moverse en dirección del pacto de no agresión con Alemania, tomando nota del fracaso de la política de los frentes populares.

Llevada adelante por Stalin con convicción y decisión, la política de los frentes populares costó mucho esfuerzo. Había reforzado a la oposición y agitación trotskistas, en especial en las colonias: ¿qué credibilidad podía tener un anticolonialismo que obviaba -así sonaba la acusación- a las principales potencias coloniales del momento, para concentrar el fuego sobre un país, Alemania, que en Versalles había perdido incluso las pocas colonias que le quedaban? Para los mismos pueblos coloniales era difícil aceptar el cambio de rumbo. Inglaterra estaba ampliamente desacreditada; en la primavera de 1919 no solamente se había hecho responsable de la masacre de Amritsar, que había costado la vida de centenares de indios desarmados, sino que había recurrido a «flagelaciones públicas» y a un deshumanizador castigo colectivo y una terrible humillación nacional y racial, con la obligación para los habitantes de la ciudad «de tener que arrastrarse a cuatro patas para volver a casa o salir»571. Más tarde, mientras se combate en la Segunda guerra mundial, el gobierno imperial reprime las manifestaciones independentistas, ametrallándolas desde lo alto con la aviación. Son los años en los que Gandhi afirma: «En India tenemos un gobierno hitleriano, aunque sea camuflado bajo apariencias más blandas»; «Hitler ha sido “el pecado de Gran Bretaña”. Hitler es sólo la respuesta al imperialismo británico»572. Es más, con la guerra ya concluida, Gandhi llegará incluso a homenajear a Subhas Chandra Bose, que para conseguir la independencia había combatido con el Eje: «Subhas era un gran patriota y ha dado la vida por el bien del país»573.

En conclusión: no había sido fácil para la URSS convencer a todos de que, pese a las apariencias, también para los pueblos de las colonias el peligro principal lo constituía la coalición nazi-fascista, el eje Alemania-Japón-Italia, y en especial el Tercer Reich, decidido a retomar y radicalizar la tradición colonial, recurriendo también a medios extremos. Para países como Inglaterra y Francia la política de frentes populares conllevaba costes bastante más reducidos, y sin embargo la habían saboteado. Llegados a este punto la URSS no tenía otra opción que la alianza con Alemania, una jugada que ha sido definida como «una improvisación de último minuto, dramática», a la que Moscú recurre en ausencia de otras alternativas, «en la inmediata víspera de una nueva guerra europea»574.

Se produce así un cambio de rumbo radical, que es generalmente valorado con la mirada puesta exclusivamente en Europa. Pero no hay motivos para ignorar las repercusiones en Asia. Mao Tsé-Tung expresa su satisfacción: «El pacto representa un golpe para Japón y una ayuda para China», por cuando «da mayores posibilidades a la Unión Soviética» a la hora de apoyar «la resistencia de China contra Japón»575. Precisamente por esta razón el gobierno japonés considera «traicionero e imperdonable» el comportamiento de Berlín576. En efecto, el flujo de armas y municiones rusas en dirección a China es bastante consistente. La actitud de Occidente, sin embargo, difiere sensiblemente:

Es una mancha en el gran libro de la historia la indiferencia con la que Europa y América, mostrando no tener una clara noción de la realidad, se abstuvieron de cumplir espontáneamente el más mínimo esfuerzo por despejar el camino a los fascistas de Tokio; no sólo, sino lo que es peor, los Estados Unidos continuaron enviando a Japón petróleo y gasolina casi hasta el gran ataque a Pearl Harbor577.

Dejemos ahora de lado Asia para concentrarnos en Europa. La desconfianza recíproca entre la Unión Soviética y Tercer Reich y la preparación de ambos para el choque frontal no se han disipado ni siquiera durante los meses del pacto de no agresión. Antes de la firma, hablando con el alto comisionado de la Sociedad de Naciones en Danzig, Hitler aclara:

Todo lo que yo emprendo está dirigido contra Rusia. Si Occidente es demasiado estúpido y ciego para entenderlo, me veré obligado a llegar a una alianza con los rusos y derrotar después a Occidente, de manera que después de su derrota pueda dirigirme contra la Unión Soviética con todas las fuerzas que pueda reunir.578

A juzgar por estas palabras, el objetivo constante del Führer es la construcción de una alianza occidental, liderada por los alemanes, para derrotar a la Unión Soviética; si esta alianza no se consigue estipular con un pacto previo, entonces no queda sino imponerla a los aliados después de haberlos derrotado; la alianza transitoria con Moscú es solamente un medio para conseguir la victoria y realizar de tal manera la alianza occidental necesaria para el definitivo ajuste de cuentas con el bolchevismo. El pacto de no agresión es un instrumento para la consecución del objetivo principal y permanente del Tercer Reich, que desencadena la operación Barbarroja presentándola como una cruzada por Europa a la que están llamados a contribuir y de hecho contribuyen efectivamente los países y pueblos europeos.

¿Stalin contaba con la duración eterna o notablemente prolongada del pacto? En realidad, desde el comienzo es consciente de la inevitabilidad del choque con la Alemania nazi: «nos ahorraremos la guerra durante un poco más»579. Aprovecha el tiempo ahorrado para consolidar la posición de su país. Ya en noviembre de 1939, para Hitler el país gobernado por los comunistas parece dedicado a reforzarse militarmente y dispuesto a respetar el pacto sólo según las circunstancias y conveniencias580. Es un punto defendido por el Führer dos meses después: Stalin es cauto, tiene bien presentes las relaciones de fuerza, pero está claramente a la espera de «una situación difícil para Alemania»; no pierde de vista ni siquiera la meterología y se muestra «más descarado» de lo habitual en los meses invernales, cuando se siente más resguardado de la formidable máquina de guerra del Tercer Reich581.

Las preocupaciones del Führer son todo menos imaginarias. Veamos cuál es la actitud de Moscú a finales del verano de 1940; un momento en el que, llevada triunfalmente a término la ocupación de Francia, el Tercer Reich parece a punto de poder forzar también la capitulación de Inglaterra:

Mientras Stalin expresaba a Hitler su confianza en una rápida conclusión de la guerra, sus enviados diplomáticos y sus agentes del exterior favorecían toda forma de resistencia al “nuevo orden”. Los periódicos de Moscú, que hasta ahora no se habían ahorrado observaciones irónicas o de desprecio hacia los aliados, comienzan a asumir un tono de simpatía respecto a la lucha de Inglaterra, y a animar a los patriotas franceses en la lucha contra la dominación nazi. También anteriormente el ministro de exteriores alemán se había visto obligado a protestar contra la propaganda antinazi desarrollada por la señora Kollontai, representante de la Unión Soviética en Suecia582.

Es elocuente un encuentro que se desarrolla en Moscú el 25 de noviembre de 1940 entre dos estrechos colaboradores de Stalin:

D[imitrov]: Llevamos adelante una línea de acción consistente en la división de las tropas alemanas de ocupación en varios países, y sin alzar la voz, queremos reforzar ulteriormente este trabajo. ¿Esto no molesta a la política soviética?

M[olotov]: Naturalmente, esto tiene que hacerse. Nosotros no seríamos comunistas si no siguiéramos tal línea. Solo que debe realizarse sin hacer ruido583.

Sobre esta línea está de acuerdo también Stalin584, claramente comprometido con la resistencia al expansionismo del Tercer Reich. Desde luego, esta es una ruta de colisión, y Stalin es consciente, como resulta de sus observaciones y acciones. 7 de noviembre de 1940: es necesario estar militarmente a la altura «de nuestros enemigos (y tales son para nosotros todos los Estados capitalistas, ¡también los que se presentan como nuestros amigos!)»585. 25 de noviembre del mismo año: «nuestras relaciones con los alemanes están aparentemente marcadas por la cortesía, pero entre nosotros hay roces evidentes»586.

En los primeros meses de 1941 la máscara comienza a derrumbarse: «Ahora la resistencia contra Hitler se anima [desde Moscú] desde todas partes y abiertamente». Esto es especialmente cierto en lo que respecta a los Balcanes, donde el conflicto de intereses entre los dos firmatarios del pacto de no agresión se hace cada vez más agudo. Stalin recibe en Kremlin al embajador yugoslavo en Moscú y discute y define con él la línea que debe oponerse a la política del Tercer Reich. Agradablemente sorprendido por esta audacia respecto a los aspirantes a dueños del mundo, el representante de Belgrado formula una pregunta: «¿Y si los alemanes, irritados, se dirigiesen contra vosotros?». La respuesta es rápida: «¡Que vengan!»587. A la estipulación, el 4 de abril de 1941, del pacto de amistad entre URSS y Yugoslavia, le sigue inmediatamente la invasión de esta última por el ejército nazi. Algunos días después, trasladando la que es también opinión del líder soviético, Dimitrov anota en su diario (18 de abril de 1941): «La guerra del pueblo griego y yugoslavo contra la agresión imperialista es una guerra justa», sobre ello «no hay dudas»588. El choque con el Tercer Reich se perfila cada vez más claramente en el horizonte. El 5 de mayo de 1941 Stalin observa: «¿Es quizás invencible el ejército alemán? No. No es invencible [...]. Ahora Alemania prosigue con la guerra bajo la bandera de la esclavización, del sometimiento de los pueblos, buscando su hegemonía. Este es un gran lastre del ejército alemán»589.

Si el acercamiento entre el Tercer Reich y la Unión Soviética había provocado una notable incomodidad entre las filas nazis y en especial en Rosenberg («tengo la sensación de que el Pacto de Moscú antes o después se vengará del nacionalsocialismo»), la operación Barbarroja suscita una sensación de alivio: se ha borrado la «mancha en nuestro honor», anota Goebbels sobre su diario590. El mismo Führer escribe a Mussolini: «Me siento en paz conmigo mismo»; las «angustias» y la sensación de «una abjuración de mis orígenes, de mi pensamiento y de las tareas que emprendí», los sentimientos que habían acompañado al pacto de no agresión se habían diluido. Hitler -comenta un historiador contemporáneo- llega finalmente al «choque que casi desde hace dos decenios constituía un elemento central de su pensamiento» e incluso de su «psique». Anhelado desde siempre, la aniquilación del bolchevismo oriental y asiático habría consentido alcanzar -en las condiciones impuestas por Berlín- una restauración de la unidad de Occidente y de la raza blanca, y en especial un acuerdo permanente con el «Imperio británico» que para el Führer continuaba siendo el «modelo supremo de dominio y explotación»591. La afirmación de Arendt según la cuál Hitler no habría «tenido nunca la intención de defender a “Occidente del bolchevismo”» sino que por el contrario «siempre ha estado dispuesto a aliarse con Stalin para destruirlo», no es más que un homenaje a la ideología de la Guerra Fría592.

En realidad no se equivocaban los dirigentes del Tercer Reich en sentirse animados por el hecho de que con la operación Barbarroja finalmente podían afrontar y liquidar (así lo esperaban) al auténtico antagonista, el eterno enemigo. Antes aún de que el nazismo hubiese alcanzado el poder, el 12 de enero de 1931 Stalin había descrito el antisemitismo como una especie de «canibalismo». A la llegada del Tercer Reich había reaccionado, el 26 de enero de 1934, con una firme toma de posición contra el fascismo y contra el «fascismo de tipo alemán» en especial: «De nuevo, como en 1914, se presentan en primer plano los partidos del imperialismo belicista, los partidos de la guerra y de la revancha». La «nueva guerra» que se perfilaba en el horizonte sería especialmente bárbara: era la guerra «organizada por una “raza superior”, digamos, la “raza” germánica, contra una “raza inferior”, en primer lugar contra los eslavos»593. Stalin había defendido después este concepto el 25 de noviembre de 1936, en la presentación de la nueva Constitución soviética, que oponía, por su carácter «profundamente internacionalista», a las «Constituciones burguesas [que] parten tácitamente del presupuesto de que las naciones y razas no pueden tener iguales derechos». Es cierto que aquí el discurso era de carácter general, como muestra la referencia a las «colonias» y las discriminaciones basadas en la «diferencia de color de piel», pero está claro que el objetivo principal estaba constituido por la Alemania nazi, que había ensalzado la ideología racial como doctrina de Estado. No es casual que Stalin insistiese en el principio de igualdad entre las naciones, «independientemente de su fuerza o su debilidad»594: en este momento el Tercer Reich era el campeón del social-darwinismo en el plano internacional. Todavía a pocos meses del estallido de la guerra en Europa, el 10 de marzo de 1939, al advertir a las potencias occidentales que su «gran y peligroso juego político» de encauzar «hacia Oriente y contra la Unión Soviética» el empuje expansionista del Tercer Reich, podía concluirse con un «grave fracaso» (esto es, con un pacto de no agresión entre Moscú y Berlín), Stalin había lanzado un llamado a acabar con el appeasement, política que hacía «a los agresores una concesión tras otra», pidiendo formar sin embargo un frente común contra los provocadores de la guerra595.

Obviando completamente el marco histórico aquí sintéticamente esbozado, Arendt enuncia el teorema de las afinidades electivas entre Stalin y Hitler: el único hombre del que se fiaba el primero era el segundo, y el único hombre admirado por el segundo era el primero. Después de lo que hemos visto, hablar de confianza entre los dos suena involuntariamente humorístico, mientras que la tesis de Arendt de la «política filohitleriana de Stalin» es una simple concesión a la ideología de la Guerra fría596. En el Moscú de 1937 -observa Feuchtwanger- «cada uno tiene en cuenta la futura guerra con absoluta seguridad» y ve en el «fascista alemán» al enemigo. La razón está clara: «Nuestra prosperidad, dicen los soviéticos, está en tan evidente contraste con las teorías fascistas que los Estados fascistas, si quieren continuar viviendo, nos deben aniquilan»597. Está aquí prevista con precisión la guerra de aniquilación que será desencadenada después por el Tercer Reich; bien lejos de ralentizarse, su preparación se acentuará ulteriormente hasta hacerse frenética en los meses del pacto de no agresión.

Es sin embargo cierto que a partir de la operación Barbarroja Hitler pone ocasionalmente de relieve las capacidades políticas y militares de su gran antagonista: ¿es ésta la confirmación del teorema de las afinidades electivas? En el transcurso de la Conferencia de Teherán, polemizando amistosamente con Franklin D. Roosevelt (inclinado a leer a Hitler en clave psicopatológica), Stalin subraya sin embargo que el enemigo común era «muy hábil», y que solamente así se podían explicar los extraordinarios éxitos conseguidos por él598: ¿es ésta una nueva confirmación de la tesis, hoy ya lugar común? En realidad tenía razón el líder soviético, ¡no el presidente norteamericano! Es necesario tener una visión bastante primitiva del antagonismo para pensar que para ser auténtico éste debe implicar el desconocimiento de las capacidades del enemigo. Los historiadores hoy concuerdan en reprochar al Führer una minusvaloración de la URSS, y sin embargo Arendt parte de su tardío y parcial sesgo para construir el teorema de las afinidades electivas.

Hitler es por lo demás citado de manera unilateral. Es bastante comprensible su intento de explicar los inesperados fracasos o éxitos parciales en el frente oriental, que infligían un incómodo desmentido al mito de la invencibilidad del Tercer Reich y de la Wehrmacht, aduciendo las características fuera de lo común del nuevo enemigo. Pero tales características no son para nada definidas siempre en términos halagadores. Ya el 14 de julio de 1941, comentando la feroz resistencia encontrada por la operación Barbarroja, el Führer sentencia: «nuestros enemigos no son ya seres humanos, sino bestias». E imitando las opiniones de su jefe, una de sus secretarias escribe a una amiga: «estamos combatiendo contra animales feroces»599. Entre estas «bestias» y entre estos «animales feroces» se encuentra también Stalin, que en otra ocasión es descrito por Hitler como un ser proveniente del «Infierno» (Unterwelt), como confirmación del carácter «satánico» del bolchevismo600. Del lado opuesto tendremos ocasión de constatar que, tanto antes como durante la guerra, Stalin etiqueta a Hitler como el campeón del «canibalismo» antisemita, o le adjudica una «política caníbal» basada en el «odio racial».

Hay que añadir que quienes formulan un juicio positivo sobre el líder soviético son también personalidades políticas de primer plano en el Occidente liberal, incluido Churchill, quien expresa un sentimiento de simpatía también en el lado humano (supra, pp. 15). El mismo Franklin D. Roosevelt», cuando habla de los «maravillosos progresos alcanzados por el pueblo ruso», le rinde indirecto homenaje al que lo dirige601. Finalmente en nuestros días historiadores destacados subrayan las extraordinarias capacidades militares y políticas de Stalin, sin menospreciar tampoco las de Hitler. ¿Debemos incluir a todas estas personalidades, entre ellas tan diferentes, en el teorema de las afinidades electivas? En realidad, cuando enuncian tal teorema Arendt y quienes se mueven en su línea abandonan el plano de la investigación histórica y filosófica por el de las bellas letras.

El holocausto ucraniano equiparado al holocausto judío

Las dos personalidades criminales, recíprocamente vinculadas por afinidades electivas, producen dos universos concentracionarios entre ellos bastante similares: así procede la construcción de la mitología política omnipresente en nuestros días. En verdad, pese a inaugurar esta tradición, Arendt elabora un discurso más complejo. Por una parte menciona, aunque bastante sumariamente, los «métodos totalitarios» de los campos de concentración de la Inglaterra liberal -donde son encarcelados los boers-, o los elementos «totalitarios» presentes en los campos de concentración que la Francia de la III República instala «tras la guerra civil española». Por el otro lado, al plantear la comparación entre la URSS estaliniana y la Alemania nazi, Arendt hace constar algunas distinciones importantes: solamente en el caso de la segunda habla de «campos de exterminio». Hay más: «en la URSS los vigilantes no eran, como las SS, una élite especial adiestrada para cometer crímenes». Así lo confirma el análisis de un testigo que vivió la trágica experiencia de ambos universos concentracionarios: «Los rusos [...] no manifestaron nunca el sadismo de los nazis [...]. Nuestros guardias rusos eran buenas personas, y no sádicos, pero observaban escrupulosamente las reglas de ese inhumano sistema»602. En nuestros días, sin embargo, desaparecida ya la referencia al Occidente liberal y la mención a las diversas formas de un universo concentracionario en el que también estuvo implicado, todo el discurso gira alrededor de la asimilación de Gulag y Konzentrationslager.

Para que tal asimilación sea convincente, en primer lugar se dilatan las cifras del terror estaliniano. Una historiadora estadounidense ha calculado recientemente que las ejecuciones realmente acaecidas alcanzan «una décima parte» de las estimaciones habituales603. Queda claro, obviamente, el horror de esta represión a gran escala. Sin embargo, es significativa la desenvoltura de ciertos historiadores e ideólogos. Tampoco ellos se limitan a inflar los números; sobre un vacío histórico y político, la construcción del mito de los monstruos gemelos puede dar un ulterior paso adelante, pues al holocausto llevado a cabo por la Alemania nazi contra los judíos, a partir sobre todo del bloqueo de la guerra en el este, le correspondería el holocausto anterior (a comienzos de los años treinta) cometido por la URSS estaliniana contra los ucranianos (el denominado Holodomor); en este segundo caso se habría tratado de una «hambruna terrorista» y planificada, finalmente desembocada en un «inmenso Bergen Belsen», es decir, en un inmenso campo de exterminio604.

A la hora de esgrimir esta tesis se ha distinguido especialmente Robert Conquest. Sus críticos lo acusan de haber trabajado como agente de desinformación para los servicios secretos británicos, y de haber estudiado el caso ucraniano desde el prisma de su profesión605. También sus defensores reconocen un punto que no carece de importancia: Conquest es «un veterano de la Guerra fría» y ha escrito su libro en el ámbito de una «operación político-cultural», que ha sido dirigida en última instancia por el presidente estadounidense Ronald Reagan y que ha conseguido «numerosos frutos: por un lado, incidir de manera importante en el debate internacional sobre el valor y los límites de las reformas de Gorbachov, y por el otro, a través del Congreso de los Estados Unidos, influir poderosamente en la radicalización independentista de Ucrania»606. En otras palabras, el libro ha sido publicado en el ámbito de una «operación político-cultural» destinada a dar la puntilla definitiva a la Unión Soviética, desacreditándola como responsable de ignominias totalmente similares a las cometidas por el Tercer Reich, y estimulando su desintegración gracias a la toma de consciencia de un pueblo víctima de otro «holocausto», incapaz ya de cohabitar con sus propios asesinos. No hay que perder de vista el hecho de que en el mismo período de tiempo, además del libro sobre Ucrania, Conquest publica otro (en colaboración con un cierto J.M.White), en el que aconseja a sus conciudadanos cómo sobrevivir a una posible (o incluso inminente) invasión por parte de la Unión Soviética (What to Do When the Russian Come: A survivalist’s Handbook)607.

Desde luego, independientemente de las motivaciones políticas subyacentes, una tesis debe ser analizada en base a los argumentos que aporta. Y una «hambruna terrorista» planificada por Stalin para exterminar al pueblo ucraniano es desde luego más probable que la tesis de que los Estados Unidos de Reagan pudiesen ser invadidos... ¡por la URSS de Gorbachov! Concentremos por lo tanto nuestra atención sobre la Ucrania de los primeros años treinta. En 1934, de vuelta tras un viaje a la Unión Soviética que le había llevado también a Ucrania, el primer ministro francés Edouard Herriot, además del carácter planificado, niega también la amplitud de la hambruna608. Realizadas por el líder de un país que el año después habría establecido un tratado de alianza con la URSS, estas declaraciones son generalmente consideradas escasamente fiables. Sin embargo resulta poco sospechoso el testimonio contenido en los informes de los diplomáticos de la Italia fascista. Incluso en el período en el que más despiadada fue la represión de los “contrarrevolucionarios”, ésta se entrelaza con iniciativas que van en dirección diferente y opuesta: vemos a soldados «enviados al campo para colaborar en los trabajos rurales» u «obreros que acuden para reparar las máquinas agrícolas; junto a la «destrucción de toda veleidad separatista ucraniana» asistimos a una «política de valorización de los caracteres nacionales ucranianos», que intenta atraer a «los ucranianos de Polonia hacia una posible y esperable unión con los de la URSS»; y este objetivo es perseguido favoreciendo la libre expresión de la lengua, de la cultura, de las costumbres ucranianas609. ¿Stalin se proponía atraer a «los ucranianos de Polonia» hacia los ucranianos soviéticos, exterminando a estos últimos mediante la inanición? Por lo que parece, las tropas soviéticas que inmediatamente después del estallido de la Segunda guerra mundial irrumpen en los territorios ucranianos hasta aquél momento ocupados por Polonia, son saludadas favorablemente por la población local610.

Veamos ahora la imagen que surge de las declaraciones de otros enemigos de Stalin, esta vez colocados dentro del movimiento comunista. Trotsky, que como es sabido nació en Ucrania, y que en los últimos años de su vida se ocupa repetidas veces de su patria de nacimiento, toma posición en favor del movimiento independentista: condena la ferocidad de la represión pero, pese a no ahorrarse acusaciones contra Stalin (en varias ocasiones comparado con Hitler), no hace ninguna mención al llamado “holocausto del hambre” planificado desde Moscú611. Trotsky subraya que «las masas ucranianas son animadas por una irreconciliable hostilidad hacia la burocracia soviética», si bien identifica la razón de tal hostilidad en la «represión de la independencia ucraniana». A juzgar por la tesis hoy de moda, el Holodomor se habría producido a comienzos de los años treinta; sin embargo, según Trotsky «el problema ucraniano se ha agudizado a comienzos de este año», es decir 1939612. Como Stalin, también el líder de la oposición antiestalinista querría unificar a todos los ucranianos, aunque esta vez dentro ya no de la URSS, sino más bien en un Estado independiente: aun así ¿habría sido sensato formular este proyecto, acallando completamente el genocidio ya consumado? Para Trotsky, la perfidia de la burocracia soviética consiste en eso: erige monumentos al gran poeta nacional ucraniano (Taras Sevéenko), solamente para obligar al pueblo ucraniano a homenajear a los opresores moscovitas en la lengua de su poeta nacional613. Como puede verse, no sólo no se habla de genocidio, sino tampoco de etnocidio; por dura que sea la condena del régimen estaliniano, a éste no se le adjudica ni la destrucción física ni cultural del pueblo ucraniano. Estén en el interior o en el exterior del movimiento comunista, los enemigos de Stalin acaban coincidiendo en este reconocimiento.

Comienzan a estar claras la fragilidad y la instrumentalización de la correspondencia establecida entre Holomodor y «solución final». Hitler y los otros dirigentes nazis proclaman de manera explícita y repetitiva que es necesario proceder a la aniquilación de los judíos, comparados a una bacteria, a un virus, a un agente patógeno, cuyo exterminio consentiría a la sociedad recuperar su salud. Sería inútil buscar declaraciones similares en los dirigentes soviéticos a propósito del pueblo ucraniano (o judío). Podría ser más interesante poner frente a frente la política de la URSS estaliniana y la de Alemania hitlerana en relación a Ucrania. Hitler proclama en numerosas ocasiones que los ucranianos, como todos los «pueblos sometidos», deben ser mantenidos lejos de la cultura y la instrucción; es necesario destruir también su memoria histórica, es importante que no sepan ni siquiera «leer y escribir»614. Y no es todo: se puede «perfectamente prescindir» del 80-90 por ciento de la población local615. Sobre todo se puede y se debe prescindir, totalmente, de los estratos intelectuales. Su liquidación es la condición necesaria para poder transformar al pueblo sometido en una casta hereditaria de esclavos o semi-esclavos, destinados a trabajar y a morir trabajando al servicio de la raza de los Señores. El programa nazi es posteriormente detallado por Himmler: se trata de eliminar inmediatamente a los judíos (cuya presencia es relevante en el ámbito de las clases intelectuales) y reducir al «mínimo» a la población ucraniana total, para allanar el camino a la «futura colonización germánica». Es así que -comenta el historiador antes citado- también en Ucrania van de la mano «construcción del Imperio nazi» y «holocausto»; a éste contribuyen los mismos nacionalistas ucranianos, que constituyen la fuente principal del libro de Conquest y serán después sus principales propagandistas616.

Respecto al Tercer Reich el poder soviético se mueve exactamente en dirección opuesta. Conocemos la política de affirmative action promovida por el poder soviético respecto a las minorías nacionales y los «hermanos y compañeros» ucranianos, por citar las palabras utilizadas por Stalin inmediatamente después de la Revolución de octubre617. En efecto, quien promueve con más decisión la «acción afirmativa» en favor del pueblo ucraniano es precisamente aquél que hoy es considerado el responsable del Holomodor. En 1921 rechaza la tesis de aquellos para los que «la República ucraniana y la nación ucraniana eran una invención de los alemanes». No; «está claro que la nación ucraniana existe y que los comunistas deben desarrollar su cultura»618. A partir de tales presupuestos se desarrolla la “ucranización” de la cultura, la escuela, la prensa, el mundo editorial, los cuadros de partido y el aparato estatal. A la realización de tal política le da un impulso especial Lazar Kaganovich, que es un hombre de confianza de Stalin y que en marzo de 1925 se convierte en secretario del partido en Ucrania619. Los resultados no se hacen esperar: en 1931 la publicación de libros en ucraniano «alcanza su cénit con 6.218 títulos de 8.086, casi el 77%» mientras «el porcentaje de rusos en el partido, alrededor del 72% en 1922, había bajado al 52%». Es necesario además tener presente el desarrollo del aparato industrial ucraniano, sobre cuya necesidad insiste todavía una vez más Stalin620.

Se puede intentar minimizar todo aquello remitiéndonos al persistente monopolio del poder ejercido en Moscú por el partido comunista de la Unión Soviética. Sin embargo, esta política de “ucranización” tiene un impacto tan fuerte que se topa con la resistencia de los rusos:

Estos últimos quedaron en todo caso decepcionados por la solución aportada a la cuestión nacional en la URSS. Escocía la equiparación de Rusia a las otras repúblicas federales, irritaban los derechos concedidos a las minorías dentro de la República rusa, molestaba la retórica anti-rusa del régimen [...] y pesaba el hecho de que los rusos, única nacionalidad de la federación, no tenían ni un partido ni una academia de ciencias propia621.

No solamente no tiene sentido comparar la política soviética con la nazi, sino que en realidad la primera también se muestra claramente superior a la política de los Blancos (apoyados por el Occidente liberal). Acaba reconociéndolo a su pesar el mismo Conquest. Colocándose en una línea de continuidad respecto a la autocracia zarista, Denikin «se negaba a admitir la existencia de los ucranianos». Exactamente opuesta es la actitud de Stalin, que saluda la «ucranización de las ciudades ucranianas». Tras el éxito de esta política se abre una nueva página, especialmente positiva:

En abril de 1923, en el XII Congreso del partido [comunista], la política de “ucranización” tuvo su pleno reconocimiento legal: por primera vez desde el siglo dieciocho, un sólido gobierno ucraniano incluía en su propio programa la defensa y el desarrollo de la lengua y cultura ucranianas [...]. Los representantes de la cultura ucraniana que volvieron a su país, lo hicieron con la esperanza real de que también una Ucrania soviética habría podido dar vida al renacimiento nacional. Y en gran parte tuvieron, durante algunos años, la razón. Poesía y prosa, obras lingüísticas e históricas tuvieron una amplia e intensa difusión entre todas las clases, mientras que toda la literatura anterior fue reimpresa a gran escala622.

Hemos visto que esta política está en vigor e incluso en pleno desarrollo en Ucrania a comienzos de los años treinta. Desde luego, seguidamente entrarán en escena un terrible conflicto bélico y la escasez, y sin embargo, cómo en poquísimo tiempo se pueda pasar de una radical affirmative action en favor de los ucranianos a la planificación de su exterminio, es un misterio. Es importante no olvidar que en la elaboración y difusión de la tesis del Holodomor han desarrollado un papel importante los círculos nacionalistas ucranianos que, después de haber desencadenado «muchos pogromos» contra los judíos en los años de la guerra civil623, colaboraron a menudo con los invasores nazis, inmersos en la realización de la «solución final»: después de haber funcionado como instrumento al mismo tiempo de demonización del enemigo y confortable autoabsolución, la tesis del Holodomor se convierte después en una formidable arma ideológica en el período final de la Guerra fría y en la política de desmembramiento de la Unión Soviética.

Una última consideración. Durante el siglo veinte la acusación de “genocidio” y la denuncia de “holocausto” se han declinado de muy diferentes maneras. Ya hemos visto varios ejemplos. Habría que añadir otro. El 20 de octubre de 1941 el “Chicago Tribune” informa del apasionado llamamiento dirigido por Herbert Hoover para que se ponga fin al bloqueo impuesto por Gran Bretaña a Alemania. Hace algunos meses que ha comenzado la guerra de exterminio desencadenada por el Tercer Reich contra la Unión Soviética, pero sobre ello el expresidente estadounidense no dice una sola palabra. Se concentra en las terribles condiciones de la población civil de los países ocupados (en Varsovia «la tasa de mortandad de los niños es diez veces más elevada que la tasa de natalidad») y llama a poner fin a «este holocausto», por lo demás inútil, dado que no consigue bloquear la marcha de la Wehrmacht624. Está claro que Hoover se preocupa de desacreditar al país o países al lado de los cuáles F. D. Roosevelt se presta a intervenir, y debe mencionarse que del presunto “holocausto” imputado a Londres y en parte a Washington por el campeón del aislacionismo, se ha perdido todo recuerdo.

La hambruna terrorista en la historia del Occidente liberal

Por lo demás, todavía más que la torsión de la historia, son los silencios los que invalidan en bloque el discurso del «veterano de la Guerra fría». Se podría comenzar con un debate que se desarrolla en la Cámara de los Comunes el 28 de octubre de 1948: Churchill denuncia la propagación del conflicto entre hindúes y musulmanes y el «horrible holocausto» que se está consumando en India tras la independencia concedida por el gobierno laborista y el desmantelamiento del Imperio británico. Entonces un diputado laborista interrumpe al orador: «¿Por qué no hablas del hambre en India?». El ex-primer ministro intenta sortearlo, pero su interlocutor insiste: «¿Por qué no hablas del hambre en India, de la que ha sido responsable el anterior gobierno conservador?»625. La referencia se remite a la hambruna -obstinadamente negada por Churchill- que en 1943-1944 provoca en Bengala tres millones de muertos. Ninguna de las dos partes recuerda sin embargo la hambruna producida algunos decenios antes, también en la India colonial: en este caso, quienes perdían la vida eran dos o tres decenas de millones de indios, a menudo obligados a realizar un «duro trabajo» con una dieta inferior a la garantizada a los detenidos del «tristemente conocido Lager de Buchenwald». En esta ocasión, el componente racista había sido explícito y declarado. Los burócratas británicos consideraban que era «un error gastar tanto dinero sólo para salvar a un montón de negros». Por otro lado, según el virrey, sir Richard Temple, quienes habían perdido la vida eran sobre todo mendigos sin ninguna intención real de trabajar: «No serán muchos los que lloren la suerte que se han buscado y que ha acabado con vidas ociosas y demasiado a menudo criminales»626.

Concluida la Segunda guerra mundial, sir Víctor Gollancz, un judío llegado a Inglaterra tras huir de la persecución antisemita en Alemania, publica en 1946 The Ethics of Starvation y el año después In Darkest Germany. El autor denuncia la política de hambruna generalizada que después de la derrota del Tercer Reich se abate sobre los prisioneros y sobre el pueblo alemán, continuamente expuestos a la muerte por inanición: la mortalidad infantil era diez veces más elevada que en 1944, un año que además había sido especialmente trágico; las raciones a disposición de los alemanes son peligrosamente cercanas a aquellas en vigor en «Bergen Belsen»627.

En los dos casos apenas citados, la comparación con un campo de concentración nazi no tiene que ver con la Ucrania soviética sino más bien con los campos de trabajo de la India colonizada por Inglaterra, y con el régimen de ocupación impuesto a los derrotados por el Occidente liberal. Al menos la última acusación parece ser más convincente, como confirma el libro más reciente y exhaustivo publicado sobre el tema: «Los alemanes estaban mejor alimentados en la Zona soviética». El más generoso era un país que había sufrido la política genocida del Tercer Reich y que a causa de tal política continuaba sufriendo la escasez. En efecto, lo que empujó a Occidente a infligir a los derrotados una muerte por inanición no era la escasez de recursos sino más bien la ideología: «Políticos y militares –como sir Bernard Montgomery– insistían en que ningún alimento debía ser enviado desde Gran Bretaña. La muerte por inanición era el castigo. Montgomery afirmaba que tres cuartas partes de todos los alemanes eran todavía nazis». Precisamente por esto, estaba prohibida la «fraternización»: no se podía dirigir la palabra y mucho menos sonreír a los miembros de un pueblo total e irremediablemente perverso. El soldado estadounidense era advertido: «en el corazón, en el cuerpo y en el espíritu, todo alemán es un Hitler». También una chica podía resultar mortífera: «No hagas como Sansón con Dalila; a ella le encantará cortarte el pelo y después el cuello». Esta campaña de odio tenía como objetivo explícito el extirpar todo sentimiento de compasión, y por tanto garantizar el éxito de la «ética de la condena de hambre». No, los soldados estadounidenses estaban llamados a permanecer impasibles también frente a los niños hambrientos: «en un niño alemán de pelo rubio [...] acecha un nazi»628.

Si las tragedias de Bengala y de Ucrania se explican con la escala de prioridades dictada por la aproximación o intensificación de la Segunda guerra mundial, que impone la concentración de los escasos recursos en la lucha contra un enemigo mortal629, se puede hablar perfectamente de hambruna planificada y terrorista a propósito de la Alemania inmediatamente posterior a la derrota del Tercer Reich, donde la escasez de recursos no juega ningún papel, pero sí influye en medida considerable la racialización de un pueblo, que el mismo F. D. Roosevelt tiene la tentación durante algún tiempo de eliminar de la faz de la tierra mediante la «castración» (supra, p. 48). Se podría decir que lo que salvó a los alemanes (y japoneses), o al menos acortó su sufrimiento, fue el estallido de la Guerra fría: en la lucha contra el nuevo enemigo, podrían resultar útiles y valiosas la carne de cañón y experiencia puestas a disposición del ex-enemigo.

Pero es inútil buscar menciones a la hambruna en la India colonial y británica o a la Bergen Belsen occidental en Alemania en los libros del «veterano de la Guerra fría», dedicado a hacer valer el esquema construido a priori por el revisionismo histórico: todas las ignominias nazis son sólo la réplica de las ignominias comunistas; y por tanto también la Bergen Belsen hitleriana reproduce la Bergen Belsen ante litteram de la que es responsable Stalin.

En plena coherencia con tal esquema Conquest ignora completamente el hecho de que el recurso al hambre y a la amenaza de muerte por inanición constituyen una constante en la relación instituida por Occidente con los bárbaros y con los enemigos, asimilados también a bárbaros. Después de la Revolución negra de Santo Domingo, temiendo el efecto de contagio del primer país que en el continente americano ha abolido la esclavitud, Jefferson se declara presto a «reducir a Toussaint a la muerte de hambre». A mediados del siglo diecinueve, Tocqueville pide quemar las cosechas y vaciar los silos de los árabes que osan resistirse en Argelia a la conquista francesa. Cinco decenios después, con esta misma táctica de guerra, que condena a un pueblo entero al hambre, los Estados Unidos sofocan la resistencia en Filipinas. Incluso cuando no ha sido planificada intencionalmente, la escasez puede en todo caso constituir una ocasión que no debe ser desaprovechada. En el mismo período en el que Tocqueville exige convertir en desierto el territorio que rodea a los rebeldes árabes, una devastadora enfermedad destruye en Irlanda la cosecha de patatas y diezma una población ya duramente puesta a prueba por el saqueo y opresión de los colonizadores ingleses. La nueva tragedia es, para sir Charles Edward Trevelyan (al que el gobierno de Londres encarga examinar y afrontar la situación) ejemplo de la «Omnisciente providencia», que resuelve así el problema de superpoblación (y también la endémica rebeldía de una población bárbara). En este sentido, el político británico ha sido ocasionalmente descrito como un «proto-Eichmann»; protagonista de una tragedia que puede ser considerada como modelo de los genocidios del siglo XX630.

Concentrémonos en el siglo veinte. Los métodos tradicionalmente puestos en práctica en perjuicio de los pueblos coloniales pueden resultar útiles también en el transcurso de la lucha por la hegemonía entre las grandes potencias. Con el estallido de la Primera guerra mundial, Inglaterra somete a Alemania a un criminal bloqueo naval, cuyo significado explica Churchill en éstos términos: «El bloqueo británico trató a toda Alemania como una fortaleza asediada e intentó de manera explícita reducir a la inanición a toda una población, obligándola así a la capitulación: hombres, mujeres y niños, viejos y jóvenes, heridos y sanos». El bloqueo continúa durante meses en vigor también tras el armisticio, y una vez más Churchill es el que explica la necesidad del prolongado recurso a un «arma que provoca el hambre hasta la muerte, que golpea sobre todo a mujeres y niños, viejos, débiles y pobres»: los derrotados deben aceptar hasta el final las condiciones de paz de los vencedores631.

Pero con el surgimiento amenazante de la Rusia soviética, el enemigo es ya otro. Si Jefferson temía el contagio de la Revolución negra, Wilson se preocupa de contener la revolución bolchevique. Los métodos siguen siendo los mismos. Para impedir que pueda seguir el ejemplo de la Rusia soviética Austria es colocada, en palabras de Gramsci, frente a una «orden criminal»: «¡O el orden burgués o el hambre!»632. En efecto, algún tiempo después será Herbert Hoover, otro exponente de la administración Wilson y futuro presidente de los EEUU, el que advierta a las autoridades austríacas de que «toda perturbación del orden público hará imposible el suministro de alimentos y pondrá a Viena frente al hambre absoluta». Más tarde será el mismo político americano el que trace este balance, del que explícitamente se vanagloria: «el miedo a la muerte de hambre ha mantenido al pueblo austríaco lejos de la revolución»633. Como puede verse, sobre todo en Jefferson y Hoover se teoriza explícitamente la «hambruna terrorista» que Conquest reprocha a Stalin.

Estamos en presencia de una política que continúa reinando hoy en día. En junio de 1996, un artículo del director del Center for Economic and Social Rights destacaba las terribles consecuencias del «castigo colectivo» infligido mediante el embargo al pueblo iraquí: «más de 500.000 niños iraquíes» habían «muerto de hambre y de enfermedad». Muchos otros estaban a punto de sufrir la misma suerte. Una revista oficiosa del departamento de Estado, Foreign Affairs, procede a una consideración de carácter más general: después del derrumbe del “socialismo real”, en un mundo unificado bajo la hegemonía de los EEUU, el embargo constituye el arma de destrucción de masas por excelencia; oficialmente impuesto para evitar el acceso de Saddam Hussein a las armas de destrucción masiva, el embargo en Iraq, «en los años siguientes a la Guerra fría, ha provocado más muertos que todas las armas de destrucción masiva en la historia» juntas. Por tanto, es como si el país árabe hubiese sufrido simultáneamente el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, los ataques de gas tóxico del ejército de Guillermo II y de Benito Mussolini, y más aún.634 En conclusión: la política de la «hambruna terrorista» reprochada a Stalin atraviesa en profundidad la historia de Occidente, es puesta en práctica en el siglo veinte en primer lugar contra el país de la Revolución de octubre y conoce su triunfo tras el derrumbe de la Unión Soviética.

Simetrías perfectas y autoabsoluciones: ¿antisemitismo de Stalin?

Por sofisticado que sea el juego de las analogías, la construcción del mito de los monstruos gemelos no parece todavía haberse completado. Pese a los intentos de hacer corresponder el Holodomor ucraniano con el holocausto judío, en la conciencia de nuestro tiempo el nombre de Auschwitz suscita un horror especial. Acaso podría considerarse definitivamente completada la asimilación de Stalin a Hitler, si también el primero resultase afectado por la locura que desembocó en el genocidio judío llevado a cabo por el segundo.

Kruschov recuerda que en los últimos momentos de su vida, Stalin había sospechado de los médicos que se encargaban del cuidado de los dirigentes del país: podrían ser en realidad partícipes de un complot imperialista destinado a decapitar a la Unión Soviética. El Informe secreto no lo dice, pero entre los médicos sospechosos no pocos eran judíos635. De modo que se puede partir de aquí para enriquecer el retrato del monstruo soviético con un nuevo y decisivo detalle: «el antisemitismo de fondo de Stalin y de sus seguidores», declara Medvedev, «no era un secreto para nadie». Del «antisemitismo oficial del Estado soviético», precisa Hobsbawm, «existen pruebas innegables desde la fundación del Estado de Israel en 1948». El historiador americano de la limpieza étnica y del odio racial que ya hemos citado se retrotrae algo más en la historia: «Al final de la guerra Stalin compartía muchos aspectos del antisemitismo hitleriano». Furet procede a aumentar ulteriormente la dosis: «Desde el inicio del nazismo, Stalin no ha manifestado nunca la más mínima compasión por los judíos»636. El más radical de todos es por supuesto Conquest: «desde siempre latente en el alma de Stalin», el antisemitismo comenzó a manifestarse en él con fuerza «a partir de 1942-1943» para hacerse «omnipresente» en 1948637. Llegados a este punto puede considerarse completada la construcción del mito de los dos monstruos gemelos.

Antes de analizar la extrema fragilidad de tal construcción, debe notarse que ésta sirve al mismo tiempo para sortear las graves responsabilidades de Occidente en la tragedia que en el siglo XX sufrieron los judíos. Es una tragedia en tres actos y con un prólogo. En 1911 se traduce al inglés el libro de Chamberlain (Los fundamentos del siglo XIX), totalmente dedicado a leer en clave racial (aria y antisemita) la historia mundial. Se entiende entonces el papel esencial desarrollado por el autor anglo-alemán como maître à penser del nazismo. Especialmente exaltado es el tono de Goebbels que, al verlo postrado y enfermo, se expresa en términos casi religiosos: «Te saludo, padre de nuestro espíritu. Precursor, ¡pionero!»638 En términos no menos inspirados, Chamberlain ve a su vez en Hitler una suerte de salvador, y no sólo de Alemania639. Después de conquistar el poder, y mientras se encuentra febrilmente absorbido por la tarea de dirigir la guerra que ha emprendido, el Führer recuerda con gratitud los ánimos que le habría transmitido Chamberlain durante el período en el que estuvo en prisión.640

Así pues, ¿cómo se acoge en Occidente este texto-clave de la visión del mundo e ideología racial propias del nazismo? La reacción de la prensa es entusiasta en Inglaterra, empezando por el Times, que no se cansa de aplaudir la obra maestra, saludando «uno de los pocos libros que tienen cierta importancia». Más allá del Atlántico es ampliamente positivo el juicio de un estadista de primer nivel como Theodore Roosevelt641. En el frente opuesto, en 1914 es Kautsky el que expresa todo su desprecio por Chamberlain y los «teóricos raciales» de todo tipo, siendo el alemán en aquél momento (antes del estallido de la guerra) venerado como un maestro por el movimiento obrero y socialista en su conjunto, incluido Stalin. Este último, en especial, define en 1907 al autor alemán como «un insigne teórico de la socialdemocracia», a causa también de su contribución al análisis y la denuncia del antisemitismo y de los «pogromos contra los judíos» en la Rusia zarista642.

Pasemos ahora al primer acto de la tragedia. Este se desarrolla en la Rusia pre-revolucionaria, estrecha aliada de la Entente, en el transcurso de la Primera guerra mundial. Discriminados y oprimidos, los judíos son sospechosos de simpatizar con el enemigo e invasor alemán. El estado mayor advierte contra su obra de espionaje. Algunos son retenidos como rehenes y amenazados de muerte en el caso de que la «comunidad judía» dé muestras de escasa lealtad patriótica; presuntos espías son ejecutados643. No es todo; a comienzos de 1915, en las áreas ocupadas por el avance del ejército guillermino, se decide una deportación en masa. Un diputado de la Duma describe así los detalles de la operación: en Radom, a las 23 horas...

la población es informada de que debe abandonar la ciudad, bajo la amenaza de que cualquiera que sea sorprendido al alba será ahorcado [...]. A causa de la falta de medios de transporte, viejos, inválidos y paralíticos deben ser transportados en brazos. Policía y gendarmes tratan a los judíos como criminales. En un caso, se sella completamente un tren, y cuando finalmente se vuelve a abrir, la mayor parte de los que están dentro están agonizando.

Del medio millón de judíos sometidos a las medidas de deportación, cien mil no sobreviven644.

En el clima de la lucha contra la guerra y los horrores que conlleva, estalla la Revolución de octubre. Se inspira en Marx, y en Engels, que había escrito a mediados del siglo diecinueve: «Han pasado ya los tiempos de aquella superstición que reconducía la revolución a la maliciosidad de un puñado de agitadores»645. Desgraciadamente, se trataba de una previsión catastróficamente errada. El ascenso al poder en Rusia de un movimiento que se remite al “judío Marx” y tiene una fuerte presencia judía en su grupo dirigente, inaugura la época en la que la teoría del complot celebra su triunfo. En la Rusia surgida de la guerra civil, pogromos y masacres contra los judíos, descritos como marionetistas que manipulan el bolchevismo, están a la orden del día. El nuevo poder soviético se dedica a fondo a bloquear este horror: se promulgan leyes muy severas y Lenin pide liquidar «la hostilidad contra los judíos y el odio contra las otras naciones» durante un discurso que será grabado en discos para llegar a los millones de analfabetos646. Inglaterra, Francia, Estados Unidos se alinean con los Blancos e incluso participan de manera activa y directa en la sangrienta agitación antisemita. En el verano de 1918 las fuerzas británicas desembarcadas en el norte de Rusia proceden a una difusión masiva de octavillas antisemitas, lanzándolas desde aviones647. Algunos meses después se producen pogromos de terribles proporciones, en los que pierden la vida alrededor de sesenta mil judíos: «Se dijo que los Aliados, entonces concentrados en la invasión de Rusia, habían apoyado en secreto los pogromos»648. Es un «preludio», observan historiadores eminentes, de los «crímenes nazis», del «exterminio de la Segunda guerra mundial»649, y es un preludio anunciado por la participación activa de Gran Bretaña, en aquel momento líder de la cruzada antibolchevique.

Llegamos así al tercer acto. Derrotados por los bolcheviques pese a la ayuda occidental, los Blancos emigran a Occidente, llevando consigo la denuncia de la Revolución de octubre como complot judeo-bolchevique y los Protocolos de los sabios de Sión, que confirman de manera irrefutable tal lectura.

Todo ello no dejará de traer consecuencias. En Inglaterra los «tipógrafos oficiales de Su Majestad» imprimen la edición inglesa de los Protocolos, citados en un breve lapso de tiempo por el Times como prueba o indicio de la amenazadora trama secreta que acechaba a Occidente650. Se desarrolla así una campaña, a la que no es ajeno Winston Churchill, que se dedica a denunciar el papel del judaísmo no solamente en Rusia sino en todo el ciclo de subversión que a partir del siglo dieciocho se expande por Occidente:

Este movimiento entre los judíos no es nuevo. Ya desde los días de Spartakus Weishaupt [los ilustrados de Baviera] hasta los de Karl Marx y después Trotsky (Rusia), Béla Kun (Hungría), Rosa Luxemburg (Alemania) y Emma Goldman (Estados Unidos), se expande esta conspiración mundial para la destrucción de la civilización y la transformación de la sociedad sobre la base de un desarrollo bloqueado, una envidia maliciosa y una imposible igualdad. Como ha demostrado sabiamente una autora contemporánea, la señora Webster, [este movimiento] ha tenido un destacado papel en la tragedia de la Revolución francesa. Esta constituía el motor de toda tendencia subversiva en el siglo XIX, y ahora esta banda de personalidades extraordinarias, provenientes de los bajos fondos de las grandes ciudades europeas y americanas, ha cogido por el cuello al pueblo ruso y se ha convertido en la práctica en el dueño indiscutido de un potente Estado651.

Todavía en 1937, mientras expresa un juicio positivo sobre Hitler, Churchill subraya insistentemente en los orígenes judíos de un dirigente de primer plano de la Revolución bolchevique, esto es, «Lev Trotsky, alias Bronstein». Sí, «él era pese a todo un judío. Nada podía borrar esa característica»652.

Más allá del Atlántico, en los Estados Unidos el que promueve la difusión de los Protocolos de los sabios de Sión es Henry Ford, que sentencia: «La revolución rusa es de origen racial, no político» y, sirviéndose de lemas humanitarios y socialistas, expresa en realidad una «aspiración racial al dominio mundial»653. Aparte del magnate de la industria automovilística americana, quienes se distinguen en la denuncia de la oculta dirección judía del movimiento revolucionario que después de derrocar al régimen zarista sacude ahora los cimientos de Occidente, son dos campeones del régimen de la white supremacy. Madison Grant advierte contra el «liderazgo semítico» del «bolchevismo», mientras que Lothrop Stoddard describe al «régimen bolchevique de la Rusia soviética» como «ampliamente judaico»654; éste último será el autor de referencia de dos presidentes estadounidenses.

En este clima, en la República norteamericana se alzan voces que invocan medidas radicales con el fin de confrontar el «imperialismo judío, con su objetivo final de establecer un dominio judío a escala mundial». Un duro destino -truenan otras voces aún más amenazadoras- espera al pueblo responsable de este infame proyecto: se intuyen «masacres de judíos [...] tales como para ser consideradas hasta ahora imposibles», y por tanto «de una escala sin precedentes en los tiempos modernos»655.

Leyendo estos motivos recurrentes en Churchill, Ford y el resto de autores estadounidenses antes citados, nos vemos llevados a pensar en la agitación antisemita desarrollada por los nazis. Estos no solamente extraen ideas de la emigración antibolchevique, sino también medios financieros, aparte de militantes y cuadros en cantidad nada desdeñable656. Basta pensar en primer lugar en Rosenberg, uno de los más grandes intérpretes de la Revolución de octubre como complot judío.

Como puede verse, desde el comienzo la tragedia que supone el siglo veinte para el pueblo judío cuenta con la participación activa, por un lado, del Occidente liberal, y por el otro, de la Rusia pre-revolucionaria y contrarrevolucionaria. Todo esto es eliminado de un plumazo por la acusación de antisemitismo dirigida a aquél que durante más tiempo que ningún otro dirigió el país surgido de la Revolución de octubre, también llamada “complot judeo-bolchevique”.

Antisemitismo y racismo colonial: la polémica Churchill-Stalin

La leyenda negra que estamos analizando aquí permite además ocultar el racismo colonial o de origen colonial que domina Occidente todavía en pleno siglo veinte. A este respecto el significado epocal de la ruptura representada por el leninismo es resumida en éstos términos por Stalin:

Antes, la cuestión nacional se reducía habitualmente a un grupo restringido de problemas que tenían que ver, como mucho, con las naciones “civilizadas”. Irlandeses, húngaros, polacos, fineses, serbios y algunas otras nacionalidades europeas: éste era el conjunto de pueblos sin plenitud de derechos por cuya suerte se interesaban los personajes de la II Internacional. Los pueblos asiáticos y africanos -decenas y centenares de millones de personas-, que sufren la opresión nacional en su forma más brutal y más cruel, quedaban generalmente fuera de su horizonte visual. No se decidían a poner en un mismo plano a blancos y negros, los pueblos “civilizados” y los “no-civilizados” [...]. El leninismo ha desenmascarado esta desigualdad escandalosa; ha derribado la barrera que separaba a blancos y negros, europeos y asiáticos, esclavos del imperialismo “civilizados” y “no civilizados”; conectando de esta manera, el problema nacional al problema de las colonias657.

Estamos en 1924. Son los años en los que goza de gran fortuna de un lado y otro del Atlántico un autor como el estadounidense Stoddard, dedicado a denunciar el peligro mortal que para Occidente y la raza blanca representa la creciente agitación de los pueblos coloniales (estimulada o animada por los bolcheviques (o la «creciente marea de pueblos de color»658. Esta tendencia a la celebración de la white supremacy continúa mostrándose bastante viva en los decenios siguientes.

Si Stalin condena los procesos de racialización realizados por Occidente en perjuicio también de los asiáticos, es interesante analizar la ideología que se manifiesta en los EEUU en ocasión de la guerra contra Japón. La prensa y una omnipresente propaganda alertan contra la «amenaza racial»: estamos frente a «una guerra santa, una guerra racial», «una guerra perpetua entre ideales orientales y occidentales». Es recurrente la deshumanización de los enemigos, reducidos a sub-humanos o incluso a animales. Y es una ideología que no es ajena tampoco a los círculos dirigentes de la administración de Franklin D. Roosevelt659.

Por otro lado, racismo colonial continúa manifestándose en las capitales occidentales también tras el derrumbe del Imperio del Sol Naciente y del Tercer Reich. En Fulton, en marzo de 1946, Churchill da comienzo en el plano propagandístico a la Guerra fría, condenando no solamente el «telón de acero» y el «control totalitario» impuestos por la Unión Soviética en Europa oriental, sino celebrando también en contraposición a todo ello, como campeones de la libertad y de la «civilización cristiana» y guías del mundo, «a los pueblos de lengua inglesa» y el «mundo de lengua inglesa»660. Se entiende entonces la airada respuesta de Stalin: el estadista inglés es acusado de haber formulado una «teoría racista» no muy diferente de la utilizada por Hitler; «solamente las naciones de lengua inglesa son naciones auténticas, llamadas a decidir las suertes de todo el mundo»661. En esta respuesta son evidentes las simplificaciones de la Guerra fría. Sin embargo, no faltan analogías entre celebración de los pueblos de lengua inglesa y la mitología aria: a partir de la comunidad lingüística se infiere la unidad de raza que le subyace; y como testimonio de la excelencia de tal raza se aducen los productos culturales de las lenguas arias o de la lengua inglesa. En su correspondencia con Eisenhower, el lenguaje de Churchill es aún más inquietante: el «mundo de lengua inglesa» (English-Speaking world) es sinónimo de «pueblo blanco de lengua inglesa» (white English-Speaking people). Su «unidad» es absolutamente necesaria662: deben liquidarse de una vez por todas los «contrastes entre las razas estrechamente emparentadas de Europa» que han provocado las dos Guerras mundiales663; solamente así se podrá afrontar la amenaza proveniente del mundo colonial y extraoccidental. Se comprende mejor entonces el llamado lanzado en 1953 por Churchill en primer lugar a los Estados Unidos: es necesario apoyar a Inglaterra en su conflicto con Egipto «con el fin de evitar una masacre en perjuicio de los blancos» (of white people)664.

Ajenos a Occidente y a la raza blanca no son solamente los árabes. El mundo comunista, que alimenta la revuelta de los pueblos coloniales contra el hombre blanco, es expresión de «un agresivo totalitarismo semiasiático»665. Claramente, la Guerra fría tiende a ser interpretada como un choque entre, por un lado Occidente, la «civilización cristiana» y la raza blanca, guiados por el «mundo de lengua inglesa» o por el «pueblo blanco de lengua inglesa», y por el otro la barbarie del mundo colonial y comunista. En este contexto se inserta bien la celebración tanto del «Imperio británico» como de la «raza británica»666. Y como no se menciona el hecho de que el exterminio de los judíos había tenido lugar en el corazón de Occidente y del mundo blanco, y había sido perpetrado por una de las «razas estrechamente emparentadas de Europa», no se dice una sola palabra de la persistente opresión sufrida por los afroamericanos en los Estados Unidos de la white supremacy.

También en Eisenhower la celebración del «mundo occidental» y de la «moral occidental»667 tiende a asumir incluso connotaciones raciales: hablando con Hoover y Dulles en julio de 1956 observa que, con la nacionalización del canal de Suez, Nasser apunta a «desbancar a los blancos» (the white men)668. Está todavía fresco el recuerdo de la Guerra de Corea, llevada a cabo por Washington -reconoce la historiografía americana- con una actitud de «desprecio» respecto a «una nación inferior» (la china)669.

Trotsky y la acusación a Stalin de antisemitismo

Pero volvamos a la acusación de antisemitismo dirigida a Stalin. Avalada por no pocos historiadores, parecería irrefutable. Sin embargo, pese al tono inapelable, las condenas son entre ellas difícilmente conciliables, dado que proceden a una reconstrucción diferente y discordante del crimen, cuyos inicios se establecen cada vez antes en el tiempo: 1948, 1945, 1933 o los años que preceden a la Revolución de octubre.

Para intentar orientarnos, nos planteamos una pregunta diferente y en cierto modo preliminar: ¿cuándo ha sido sospechoso o acusado por primera vez de antisemitismo? En este caso, más que a Kruschov, hay que remontarse a Trotsky, que en 1937, junto a la “traición” a la revolución, denuncia el posible resurgir en la misma Unión Soviética de la barbarie del antisemitismo: «¡La historia no ha proporcionado hasta ahora ningún ejemplo de una reacción que haya seguido a un impulso revolucionario que no se haya visto acompañada de las pasiones chovinistas más impúdicas, incluido el antisemitismo!»670. Más que una investigación empírica, estamos en presencia de un silogismo construido a priori: la reacción, cuyo producto necesario es el antisemitismo, ha triunfado lamentablemente en el país dominado por Stalin, y por tanto... Liquidando las conquistas bolcheviques, el Termidor estaba reabriendo las puertas a los horrores del antiguo régimen: junto a la superstición religiosa, al culto fetichista de la propiedad privada, de la herencia y de la familia, no podían no aparecer la hostilidad entre las naciones y sobre todo el odio anti-judío. No es casual que la denuncia esté contenida en un ensayo que ya en el título conecta indisolublemente Termidor y antisemitismo:

La Revolución de octubre ha acabado con el estatuto de paria de los judíos. Pero esto no significa de ningún modo que haya eliminado de golpe el antisemitismo. Incluso la lucha larga y continuada contra la religión no ha impedido a miles y miles de fieles llenar las iglesias, las mezquitas y las sinagogas. La misma situación domina en el campo de los prejuicios nacionales. La legislación por sí sola no modifica a los hombres. Sus pensamientos, sus sentimientos, sus visiones, dependen de la tradición, de las condiciones materiales de vida, del nivel cultural, etc. El régimen soviético no ha cumplido todavía los veinte años. La mitad de la población, la más anciana, ha sido educada en el zarismo. La otra mitad, la más joven, ha heredado mucho de la más anciana. No obstante, estas condiciones históricas generales deberían permitir a cada hombre pensante reconocer este hecho: pese a la ejemplar legislación de la Revolución de octubre, es imposible que los prejuicios nacionales y chovinistas, en especial el antisemitismo, no hayan sobrevivido tenazmente en los estratos más atrasados de la población.671

Argumentando así Trotsky desplazaba la atención del Estado a la sociedad civil, del plano subjetivo al objetivo, del carácter puntual de la acción política a la larga duración de los procesos históricos: por definición, el peso de una tradición secular no podía deshacerse milagrosamente en los estratos de población a los que todavía no había llegado plenamente la cultura moderna y revolucionaria. ¿Pero qué sentido tenía entonces lanzar la acusación a un régimen y grupo dirigente que no habían alterado en nada la «ejemplar legislación» promulgada por los bolcheviques y que, emprendiendo un colosal proceso de industrialización, alfabetización y difusión de la cultura, restringían a ritmo constante el área geográfica y social en la que más enraizados estaban «los prejuicios nacionales y chovinistas, en especial el antisemitismo»? ¿No era el mismo Trotsky el que hablaba de la velocidad sin precedentes con la que en la URSS se desarrollaban la economía, la industria, la urbanización y la cultura, y que constataba el surgimiento de un «nuevo patriotismo soviético», un sentimiento «desde luego muy profundo, sincero y dinámico», compartido por las diferentes nacionalidades anteriormente oprimidas o alzadas unas contra otras? (supra, pp. 164).

En el mismo año en el que Trotsky publica su ensayo sobre Termidor y antisemitismo, ve la luz un «diario de viaje» en Moscú, escrito por un autor alemán fugado del Tercer Reich por su condición de judío. El retrato que muestra es de por sí elocuente: finalmente se ha resuelto «la antigua y aparentemente insoluble cuestión judía», «la unanimidad con la que los judíos que encontré demostraron estar de acuerdo con el nuevo Estado es conmovedora». Y además: «Como todas las lenguas nacionales, el yiddish es protegido con cariño en la Unión. Hay escuelas y periódicos en esta lengua, existe una literatura y se organizan congresos para la tutela del yiddish y los espectáculos en esta lengua gozan de la máxima consideración»672. Aún más significativa es la reacción de la comunidad judía americana. Un representante destacado de ésta replica así a Trotsky: «Si sus otras acusaciones son tan infundadas como su lamento sobre el antisemitismo, entonces usted no tiene realmente nada que decir». Otro dirigente declara: «En relación con el antisemitismo es habitual para nosotros ver en la Unión Soviética nuestro único rayo de luz [...]. Es por lo tanto imperdonable que Trotsky dirija contra Stalin acusaciones infundadas»673.

En esta reacción son evidentes la decepción y el desagrado por lo que se percibe como un tosco intento de apelar a la comunidad judía internacional para la lucha de poder dentro del PCUS. Mientras en Alemania resonaba más enloquecida que nunca la denuncia de la barbarie «judeo-bolchevique» que regía la Unión Soviética, y avanzaba a pasos de gigante el proceso que habría desembocado en la «solución final», en ese momento una extraña campaña de insinuaciones era lanzada contra el país que, como veremos, más valientemente que cualquier otro, describía como «caníbal» el antisemitismo nazi; contra el país en el que a menudo se inspiraban aquellos que en tierras alemanas resistían contra la ola de odio anti-judío. Viktor Klemperer ha descrito en términos conmovedores los insultos y humillaciones que conllevaba vestir la estrella de David. Y sin embargo:

Un mozo con el que congenié desde los dos primeros traslados [...] se me planta delante en Freiberger Strasse, me detiene entre sus dos largas piernas y murmura, aunque de manera que lo oigan también desde el otro lado de la calle: «¡Entonces profesor, no se deje pisar! Dentro de poco estarán acabados los malditos hermanos!»

El filólogo judío comenta con afectuosa ironía que quien desafiaba de tal manera al régimen, ¡era «buena gente de la que se olía a una milla de distancia que pertenecían al partido comunista alemán»!674 Eran militantes o simpatizantes de un partido que en el plano internacional tenía en Stalin un esencial punto de referencia.

Por otro lado, si de Alemania pasamos a los Estados Unidos, vemos que en el sur del país los comunistas son a veces descritos (y perseguidos tanto por las autoridades estatales como por la sociedad civil) como judíos que se aprovechan de la ignorancia de los negros para alzarlos contra el régimen de white supremacy, enfangando la idea de la jerarquía y pureza racial y promoviendo la enfermedad de la igualdad y mezcla entre razas675. Por lo tanto también en la República norteamericana el anticomunismo se entremezcla con el antisemitismo (además de con el racismo colonial), siendo más estrecho este nexo por cuanto que en el partido comunista (y filo-“estalinista”) de los EEUU es muy fuerte la presencia judía.676

Pero, más allá de la decepción y de la molestia, en la reacción de la comunidad judía americana hay también un elemento de profunda preocupación. Para comprenderlo, veamos de qué manera se desarrolla la argumentación de Trotsky:

Más que cualquier otro régimen en el mundo, el régimen soviético necesita de un número elevado de empleados estatales. Los empleados estatales provienen de la población urbana instruida. Naturalmente los judíos representan un porcentaje sobredimensionado de la burocracia, sobre todo en los niveles bajos y medios [...]. Ya a priori se debe llegar a la conclusión de que el odio contra la burocracia asumirá un matiz antisemita, al menos ahí donde los judíos constituyen un porcentaje significativo de la población y se distinguen claramente del transfondo cultural. En 1923, en la Conferencia del partido de los bolcheviques, propuse que los funcionarios fueran obligados a hablar y escribir en la lengua de la población circundante. ¡Cuántas observaciones irónicas provinieron sobre todo de parte de la intelectualidad judía, que hablaba ruso y no quería aprender la lengua ucraniana! Desde luego, bajo este aspecto la situación ha mejorado considerablemente. Pero la composición nacional de la burocracia ha cambiado poco y -lo que es inconmensurablemente más importante- el antagonismo entre la población y la burocracia ha crecido enormemente en los últimos diez o doce años.677

Como puede verse, se anima a la lucha contra la burocracia y al mismo tiempo se subraya que en ésta están fuertemente representados los judíos, que no pocas veces se caracterizan por la arrogancia respecto a la lengua y la cultura del pueblo administrado por ellos. Desde luego, el análisis y la denuncia se mueven siempre a nivel político y social; queda claro que estas, al menos desde el punto de vista de la comunidad judía, se arriesgan a evocar y revitalizar el espectro del antisemitismo que pretenden exorcizar.

Stalin y la condena del antisemitismo zarista y nazi

Aún más singular es la acusación de antisemitismo dirigida a Stalin, por el hecho de que él parece dedicado a denunciar esta lacra prácticamente a lo largo de todo el arco de su evolución. Lo vemos ya en 1901, cuando todavía es un joven revolucionario georgiano de veintidós años y en uno de sus primeros escritos indica entre las tareas más importantes del «partido socialdemócrata» la lucha contra la opresión que pesa en Rusia sobre las «nacionalidades y confesiones religiosas». Quienes sufren especialmente son «los judíos, continuamente perseguidos y ofendidos, privados incluso de los míseros derechos de los que gozan otros súbditos rusos: el derecho de libre domicilio, el derecho de asistir a la escuela, el derecho a ocupar empleos públicos, etc.»678. Algún año después estalla la revolución de 1905: el régimen zarista reacciona animando o desencadenando los pogromos. Stalin no tarda en llamar a combatir una política que intenta cimentar la autocracia «con sangre y cadáveres de ciudadanos». La conclusión es clara: «El único medio para erradicar los pogromos es la destrucción de la autocracia zarista»679. Como puede verse, la persecución anti-judía es una de las imputaciones más importantes en la requisitoria pronunciada contra el antiguo régimen, que la revolución está llamada a derrocar.

Es un tema desarrollado ulteriormente en los años siguientes. En la víspera de la Primera guerra mundial, el carácter de «país semiasiático» de la Rusia zarista se muestra en la persecución especialmente odiosa desencadenada contra los judíos; desgraciadamente, el recurso a los pogromos es favorecido por la «propensión general de la gente común al antisemitismo»680. El derrumbe del poder del zar y de la vieja «aristocracia terrateniente», observa Stalin entre febrero y octubre de 1917, permite finalmente liquidar una política de «opresón nacional» que «podía asumir y de hecho asumía las formas monstruosas de la masacre y del pogromo»681.

Derrotado en Rusia, el antisemitismo se convierte en una amenaza cada vez más angustiosa en Alemania. Para lanzar la voz de alarma Stalin no espera a la llegada de Hitler al poder: en una declaración transmitida el 12 de enero de 1931 a la estadounidense “Jewish Telegraph Agency”, describe el «chovinismo racial» y el antisemitismo como una suerte de «canibalismo» y de retorno a la «jungla»; es un posicionamiento publicado de nuevo en ruso, en Pravda, el 30 de noviembre de 1936, en un momento en el que se debe alertar a gobiernos y opinión pública contra la terrible amenaza que acecha a Europa y al mundo682.

En este mismo contexto se puede colocar la toma de posición de Kírov (cuya mujer es judía) poco después de la llegada de Hitler al poder: denuncia «el fascismo alemán, con su ideología de los pogromos, su antisemitismo, su visión de razas superiores e inferiores», como heredero de los Cien Negros rusos683. Esta última observación es especialmente significativa. Se respiran ya aires de guerra, y la aproximación del choque empuja cada vez más a los dirigentes soviéticos a apelar al patriotismo y por tanto a subrayar el elemento de continuidad en la historia del pueblo ruso y su lucha contra los agresores y los invasores. Es una tendencia que, obviamente, se refuerza con el comienzo de la operación Barbarroja. Y, sin embargo, el 6 de noviembre de 1941 Stalin no solamente recalca la «reaccionaria naturaleza pogromista» de la Alemania nazi, sino que caracteriza así al enemigo que está a las puertas de Moscú:

Esencialmente, el régimen de Hitler es una copia del régimen reaccionario que ha existido en Rusia bajo el zarismo. Es sabido que los nazis pisotean los derechos de los obreros, los derechos de los intelectuales y los derechos de los pueblos, así como los ha pisoteado el régimen zarista, y que desencadenan pogromos medievales contra los judíos del mismo modo en que los animó el régimen zarista.

El partido nazi es un partido de los enemigos de las libertades democráticas, un partido de la reacción medieval y de los pogromos más siniestros684.

De modo que, pese a lanzar un apasionado llamado a la unidad nacional en la Gran guerra patriótica contra los invasores, como Kirov también Stalin describe el régimen zarista como continuador, en algunos aspectos esenciales, del zarismo derrocado por la Revolución de octubre. Todavía más interesante es esta actitud si se la compara con la asumida por el presidente estadounidense y sus colaboradores, que «dudaban en criticar públicamente la política antisemita del dictador alemán»685. Por otra parte, en 1922 había sido el mismo F. D. Roosevelt el que se pronunciaba en favor de una reducción de la presencia judía en Harvard y en las universidades americanas en general686.

Aún con menos razón habría podido proceder a una condena pública de las persecuciones judías del Tercer Reich un estadista como Churchill, al que hemos visto todavía en 1937 subrayar el nefasto papel del judaísmo en la agitación bolchevique. En ese mismo año el estadista inglés escribe un artículo (después inédito), que considera a los judíos al menos en parte responsables de la hostilidad que se abatía sobre ellos687. De manera exactamente opuesta se comporta Stalin: los nazis continúan siendo descritos como «héroes de los pogromos» en el discurso del 6 de noviembre de 1943688. Pero es sobre todo significativo el pronunciado un año después, siempre en ocasión del aniversario de la Revolución de octubre. En este caso la habitual denuncia de los «fascistas campeones de los pogromos», de cuya barbarie el pueblo soviético ha tenido el mérito de salvar a la «civilización europea», se inserta en un contexto más general que subraya la centralidad de la «teoría racial» y del «odio racial» en la doctrina y práctica del nazismo, que en todo caso dirige una «política caníbal»689. La intervención de finales de 1944, en la víspera de la caída del Tercer Reich, retomaba así el motivo ya presente en la entrevista publicada en la “Jewish Telegraph Agency” dos años antes de la llegada al poder de Hitler.

Este, a partir de la agresión contra la Unión Soviética, no solamente retoma más obsesivamente que nunca el argumento de la lucha contra la amenaza judeo-bolchevique, sino que parece querer responder directamente a la denuncia pública proveniente de Moscú por la «reaccionaria naturaleza pogromista» del Tercer Reich. Es el discurso de Stalin, que ya conocemos, del 6 de noviembre de 1941, aniversario de la Revolución de octubre. Dos días después, en Múnich, en ocasión solemne para el régimen nazi (se trata de la conmemoración del intento de golpe de Estado de 1923), Hitler procede a una denuncia pública de la Unión Soviética:

El hombre que provisionalmente se ha convertido en el Dueño de este Estado no es nada más que un instrumento en manos del omnipresente judaísmo; si en el escenario, delante del telón, se ve a Stalin, tras él están Kaganovich y todos los judíos que con una ramificación capilar dirigen este enorme Imperio690.

Es una tesis repetida algún tiempo después en una conversación de sobremesa: «Detrás de Stalin están los judíos»691. Estamos aquí frente a un motivo recurrente en la propaganda nazi: ya en 1938 Goebbels había homenajeado un libro (Juden hinter Stalin, Judíos detrás de Stalin) que pretendía revelar las ignominias del «judaísmo» en la URSS692. A partir de tales presupuestos la guerra por la esclavización de la Unión Soviética es al mismo tiempo la guerra por la aniquilación de los judíos. El infausto Kommissarbefehl, que impone la liquidación inmediata de los comisarios políticos del Ejército rojo, de los cuadros del partido y del régimen comunista, no puede no golpear de manera especialmente despiadada al grupo étnico sospechoso de proporcionar el grueso de los cuadros y comisarios. En el discurso del 8 de noviembre de 1941, Hitler habla del poder en la Unión Soviética como «una enorme organización de comisarios judíos»693. Y esta es también la convicción de los soldados alemanes que desde el frente oriental informan de la «crueldad judía y bolchevique» y equiparan constantemente a los «condenados judíos» y a los «malditos bolcheviques». Sí, la «lucha contra el bolchevismo» es al mismo tiempo la «lucha contra el judaísmo»; se trata de aniquilar de una vez por todas «al régimen judío de rusia», «la central de agitadores judeo-bolcheviques empeñados en hacer “feliz” al mundo». Bien visto, se trata de un país donde «la entera dirección de todas las instituciones» está en manos de judíos y donde el pueblo está «sometido al látigo del judaísmo». El llamado «paraíso soviético» es en realidad «un paraíso para los judíos», un «sistema judío»; más exactamente «el más satánico y criminal sistema de todos los tiempos»694. Se entiende bien que el grupo étnico especialmente perseguido por la furia genocida del Tercer Reich se haya distinguido en la lucha contra sus asesinos: «En el transcurso de la guerra, en relación a la población, los judíos ganaron más medallas que cualquier otra nacionalidad soviética»695. ¿Pero es este solemne reconocimiento oficial conciliable con la tesis del antisemitismo de Stalin?

Hemos visto a la comunidad judía americana adoptar un claro posicionamiento contra esta leyenda ya en 1937. Cinco años después Arendt va más allá: le atribuye a la Unión Soviética el mérito de haber «sencillamente liquidado el antisemitismo», a través de «una solución justa y muy moderna de la cuestión nacional»696. Tal juicio positivo es aún más significativo por el hecho de que precisamente la ejemplar resolución de la cuestión judía y nacional acontecida en el país gobernado por Stalin es invocada por Arendt para refutar la tesis de los círculos judíos, que tendían a agitar el espectro de un antisemitismo eterno. Tres años después la eminente pensadora judía defiende que es mérito de la Unión Soviética el haber sabido «organizar poblaciones diversas [incluida la judía] sobre la base de la igualdad nacional» (supra, p. 14-15).

Al menos hasta 1945 no parecen existir huellas de antisemitismo en la Unión Soviética, en un país que para Hitler se muestra, sobre todo tras la operación Barbarroja, como «el más grande servidor del Judaísmo»697.

Stalin y el apoyo a la fundación y consolidación de Israel

Si la afirmación perentoria de Furet, según la cuál Stalin habría mostrado indiferencia respecto a la tragedia judía, o auténtico antisemitismo a partir al menos de 1933 carece claramente de fundamento, ¿resulta más convincente la datación propuesta por el historiador estadounidense ya citado, que ve surgir esta locura en el Stalin posterior a la Segunda guerra mundial? Conocemos ya la reacción de desagrado de la comunidad judía americana ante la acusación de antisemitismo lanzada por Trotsky contra Stalin en 1937. Ocho años después la situación no ha cambiado. En todo caso son ambientes y personalidades destacadas de las jerarquías militares estadounidenses los que suscitan preocupación. Tómese el ejemplo del general George S. Patton. Este sueña con una inmediata guerra contra los soviéticos: «Tendremos que combatir contra ellos antes o después [...]. ¿Por qué no ahora que nuestro ejército está todavía intacto y podríamos enviar a Moscú a todos estos malditos rusos en tres meses? Podríamos hacerlo fácilmente con las tropas alemanas que tenemos, basta armarlas y llevarlas con nosotros. Ellos odian a esos bastardos»698. Desgraciadamente, según el general americano, quienes obstaculizan estos proyectos son los judíos. Llenos de resentimiento respecto a Alemania, albergan simpatías hacia la URSS: la «evidente influencia semítica en la prensa» intenta «promover el comunismo». Surge con claridad la línea de continuidad con la lectura nazi del comunismo como subversión y complot judeo-bolcheviques: los enemigos continúan siendo los comunistas, los soviéticos y los judíos, quienes «están por debajo incluso de los animales». Tras unas declaraciones especialmente imprudentes, el general Patton acabará siendo desautorizado, pero la suya no es la visión de un personaje aislado699.

Acusada también por su vínculo con el judaísmo, la Unión Soviética sigue de hecho una política profundamente afín a los intereses de un pueblo que ha sobrevivido a una horrible persecución. Al reconstruir este capítulo de historia, me serviré principalmente de un libro que de hecho tiene el objetivo de denunciar el “antisemitismo” del campo socialista liderado por la URSS. Comencemos con Hungría. Los que constituían la columna vertebral del régimen comunista que se asienta tras el paso del Ejército rojo son «cuadros que habían vivido en Moscú, casi todos judíos». El hecho es que «Stalin no tenía otra opción, dado que se fiaba solamente» de ellos. «Cuando se desarrollen las primeras elecciones del comité central, un tercio de los miembros serán judíos». El mismo origen étnico tienen también los máximos dirigentes, empezando por Rákosi, «el primer rey judío de Hungría». El autor de esta definición aprobatoria es uno de los más estrechos colaboradores de Stalin: Beria (probablemente también él de origen judío)700. La situación en el resto del campo socialista no es muy diferente. Nos limitaremos a otro par de ejemplos. En Polonia era relevante la «presencia judía en las filas comunistas y, sobre todo, en los niveles más altos del régimen». Y no es todo. «El sector en el que la identificación entre judíos y poder comunista era mayor, es destacable: el aparato de seguridad»701. En Checoslovaquia no son solamente los judíos en cuanto tales, sino los mismos sionistas los que se ven «favorecidos por el gobierno de posguerra» y animados a estar presentes en su interior702.

Una consideración similar puede hacerse respecto a Alemania: «En la Zona Rusa los judíos tendían a obtener los mejores puestos». Del otro lado, quien dirigirá en la parte soviética la actividad cultural es un brillante historiador del arte, el coronel Alexandr Dymshitz, él mismo de origen judío. Y la presencia del Gotha de la intelectualidad judío-alemana se deja notar especialmente en el renacimiento cultural que comienza a entreverse entre el luto y las ruinas703. La situación no cambia, desde luego, con la fundación de la República Democrática alemana:

En la Alemania comunista, nacida oficialmente el 7 de octubre de 1949, los judíos gozan inicialmente de un trato de favor, por no decir privilegiado. Como ex-perseguidos tienen derecho a pensiones especiales para los ancianos y para los jóvenes enfermos o inválidos, y la Constitución garantiza la libertad religiosa. Relata Peter Kirchner: «Las pensiones para nosotros los judíos eran mucho más altas que para los otros. Oscilaban entre los 1.400 y los 1.700 marcos, cuando las normales no superaban los 350» [...]. Los judíos se sentían por lo tanto seguros por la política de la nueva Alemania comunista hacia ellos, todavía más por cuanto estaban ampliamente representados en las instituciones. En las elecciones de 1950 quince judíos habían sido elegidos para el parlamento en las listas de casi todos los partidos, aparte del comunista. Además eran judíos el ministro de Propaganda e Información Gerhart Eisler, el director de los servicios de información de la radio estatal, Leo Bauer, el director del periódico comunista “Neues Deutschland” Rudolf Herrnstadt, y el responsable de una sección del ministerio de Sanidad Leo Mandel704.

Es por ésto también que la Unión Soviética goza de tan grandes simpatías entre los «sionistas de todo el mundo». Estos llegan hasta el punto de «admirar todo lo que es ruso»: quien lo afirma es Arendt, que todavía en mayo de 1948 expresa su decepción por la «orientación pro-soviética y antioccidental» del movimiento sionista, propenso a condenar como «antisemita» a Gran Bretaña y como «imperialistas» a los Estados Unidos705.

Bastante comprensible es la actitud aquí deplorada. En Nuremberg los representantes soviéticos de la acusación habían sido los primeros en llamar la atención sobre el horror del judeicidio, y en destacarlo no sin énfasis retórica, formulando una tesis férreamente intencional: «Los conspiradores fascistas planificaron el exterminio del pueblo judío hasta el último hombre en todo el mundo, llevándolo a cabo durante todo el período de su complot, de 1933 en adelante» (en realidad la «solución final» comienza a delinearse solamente a partir del enquistamiento de la operación Barbarroja). Uno de los momentos más dramáticos del proceso había sido el testimonio propuesto por los representantes soviéticos de la acusación: cuatro judíos, entre los cuales una mujer que se expresó así: «En nombre de todas las mujeres de Europa que han sido madres en los campos de concentración, les pregunto a las madres alemanas: “¿Dónde están ahora nuestros niños?”»706.

Sobre todo estos son los años en los que la URSS apoya con fuerza al sionismo y la creación de Israel. Stalin cumple un papel de primer plano e incluso decisivo: sin él, «difícilmente habría visto la luz un Estado judío en Palestina», llega a decir un historiador ruso, valiéndose de documentos recientemente desclasificados en Rusia707. En cualquier caso, como ha observado otro autor (esta vez occidental), el discurso pronunciado en la ONU en mayo de 1948 por el ministro de Exteriores soviético, Andrei A. Gromiko, parece «casi un manual de propaganda sionista»: la fundación de Israel es necesaria por el hecho de que «en los territorios ocupados por los nazis los judíos han sufrido una aniquilación física casi completa», mientras que «ningún Estado de Europa occidental había sido capaz de proporcionar una asistencia adecuada al pueblo judío en la defensa de sus derechos y su misma existencia»708.

Por lo demás, al apoyar el sionismo Stalin choca con Gran Bretaña. Esta última se sirve de los cuerpos militares de la ex República de Saló y los «cerdos» de la flota Xª MAS para hacer estallar «un barco (aunque quizás los barcos fueran dos) que, acabadas las operaciones bélicas, transportaba de Yugoeslavia a Palestina armas para los judíos»709. En este momento es el gobierno de Londres el que es percibido como «el principal enemigo de los judíos»710; la sospecha o acusación de antisemitismo no pende en absoluto sobre la Unión Soviética, dedicada a apoyar en el plano militar tanto como en el diplomático la fundación del Estado de Israel, ¡sino más bien sobre Gran Bretaña, que en el intento de obstaculizar tales planes no duda en utilizar círculos políticos y militares que en la República de Saló, habían contribuido destacadamente a la «solución final»!

Pero se puede hacer una consideración de carácter más general. Tras la guerra Stalin sigue «una política palestina fundamentalmente filo-judía». A impulsarla han contribuido desde luego el cálculo político y geopolítico: el deseo de deshacer las posiciones británicas en el Medio Oriente (objetivo perseguido también por Truman, cuyo apoyo a la fundación del Estado de Israel no es casual) y de ganarse el apoyo o por lo menos la simpatía de las comunidades judías americanas y europeas en el transcurso de la Guerra fría, con la esperanza de que el nuevo Estado, fundado con la contribución decisiva de inmigrantes procedentes de Europa oriental y de orientación no pocas veces de izquierda, habría asumido una actitud filo-soviética. Sin embargo la ayuda militar que en 1945 se le asegura al movimiento sionista a través de Yugoslavia no es un gesto aislado. Tres años después, valiéndose esta vez de la colaboración de Checoslovaquia, la Unión Soviética vuelve a proporcionar armas a Israel, y violando incluso la resolución del Consejo de seguridad de la ONU del 29 de marzo de 1948, organiza la afluencia de jóvenes judíos desde Europa oriental, que van a reforzar el ejército del Estado judío en la guerra con los países árabes limítrofes. Gracias también a Moscú, está realizándose lo que ha sido definido como «el eje Praga-Jerusalén». Sí, «las armas que los soldados del naciente Estado de Israel empuñan para combatir su guerra de independencia son de producción checoslovaca [...]. Precisamente cuando los gobiernos se negaban a vender armas al Estado judío, Checoslovaquia decidió continuar vendiéndolas abiertamente, aplicando además precios especiales [...]. De este modo se fundó en territorio checo la aviación israelí: aquí se organizaron los ejercicios de prácticas de los paracaidistas»711. Entra en acción un auténtico puente aéreo, que suministra al ejército sionista armas, instructores e incluso voluntarios712. En otoño del mismo año, el ministro de Exteriores israelí informa satisfecho desde París al primer ministro Ben Gurion que los delegados soviéticos en la Conferencia de la ONU sobre la cuestión palestina se comportan como abogados de Israel713.

Lo menos que se puede decir es que la Unión Soviética de Stalin contribuye de manera esencial a la fundación y consolidación del Estado judío. También en lo que respecta a la relación con el judaísmo y la cultura judía en general emergen elementos interesantes. Todavía en plena “campaña antisemita” como se la ha llamado, un «barrio residencial de Moscú» lleva el nombre de «Nueva Jerusalén»: aquí tiene su dacha Ilya Ehrenburg, un intelectual judío que en la Unión Soviética cumple un papel cultural y político de primer plano, habiendo ganado el Premio Stalin, un reconocimiento alcanzado también por otros escritores judíos y «algunos músicos judíos de fama internacional»714.

¿Qué sentido tiene entonces hablar de «antisemitismo» a propósito de Stalin? El apoyo que pudo proporcionar a la fundación y consolidación del Estado judío es al mismo tiempo la contribución a la Nakbah, es decir, a la «Catástrofe» nacional del pueblo palestino, que desde hace decenios continúa languideciendo en los campos de refugiados y en territorios sometidos a una despiadada ocupación militar y a un creciente proceso de colonización. Si, puestos a continuar el absurdo, debiera adjudicársele a Stalin algún “antisemitismo”, este sería el “antisemitismo” anti-árabe. Hay que precisar sin embargo a éste respecto que la opción preferida por la Unión Soviética era la de «un Estado independiente y multinacional que respetara los intereses tanto de judíos como árabes»715.

El viraje de la Guerra fría y el chantaje al matrimonio Rosenberg

Todavía en vísperas de la muerte de Stalin, Kerensky, que vive en los EEUU, observa en una conversación con un historiador israelí que la acusación de antisemitismo que en aquellos años se dirigía a la Unión Soviética es solamente una invención de la Guerra fría716. Sí, este es el punto de inflexión, y para comprenderlo es necesario volver al clima de aquellos años. Una Guerra fría que en cualquir momento puede transformarse en un holocausto nuclear no conoce ciertamente límites en el plano ideológico. De una parte y de otra se lanza la acusación de antisemitismo rampante en el bando enemigo. El proceso y condena a muerte en los Estados Unidos del matrimonio Rosenberg, comunistas y judíos, acusados de traición y espionaje al servicio de Moscú, son casi simultáneos a los procesos y condenas a muerte que en el campo socialista golpean a las personalidades “sionistas” acusadas de traición y de espionaje en favor de Tel Aviv y Washington. Sospechosa de escasa lealtad e instada a proporcionar pruebas inequívocas de patriotismo, en ambos casos la comunidad judía es sometida a presiones y chantajes más o menos explícitos.

El clima de sospechas no era en los EEUU menos opresor que en la URSS. No es fácil revivir este momento en nuestros días, cuando la relación especial entre Washington y Tel Aviv está a la vista de todos, pero en los comienzos de la Guerra fría la situación era bastante diferente: a menudo los centros urbanos «sólo para blancos» o «sólo para caucásicos» continuaban excluyendo también a los judíos, considerados igual de «estúpidos» que los negros. Todavía en 1959, la Anti-Defamation League sentía la necesidad de denunciar las vejaciones sufridas por los judíos a causa de la pervivencia de esta práctica717. En conjunto «los años ‘40 y ‘50 constituyeron una era políticamente traumática para la minoría judía»718. Estaban todavía en activo los círculos que conectaban judaísmo y comunismo, que consideraban a los judíos como extranjeros en tierra americana y cómplices del enemigo soviético y que junto a los textos de Henry Ford incluso volvían a publicar Los Protocolos de los sabios de Sión719. Desde luego, después de Auschwitz y por tanto después de la revelación del horror en el que había desembocado el antisemitismo, éste no podía seguir gozando de los favores de antes. Y sin embargo «la amenaza que suponía el prejuicio antijudío estaba lejos de haberse disuelto. En 1953 los judíos constituían la mayoría de los empleados suspendidos o desplazados a otras funciones en los laboratorios de radar de Fort Monmouth en New Jersey»720.

Según el dirigente comunista francés Jacques Duclos, muy activo en la denuncia de la persecución de la que eran víctimas los Rosenberg en Estados Unidos, el antisemitismo no jugaba ningún papel en los procesos que en Checoslovaquia se dirigían precisamente contra los traidores “sionistas” al servicio de la política bélica de Washington721.

La visión que se dedican a difundir los enemigos de la Unión Soviética es la contraria. A la hora de rechazar la acusación de antisemitismo lanzada por Duclos contra los Estados Unidos, el American Jewish Committee se pronuncia sin dudarlo en favor de la ejecución del matrimonio Rosenberg y se opone a cualquier acto de clemencia: todos los estadounidenses tenían que saber que «los judíos americanos de toda clase y condición sólo podían mirar con horror» a los espías y agitadores comunistas (fueran judíos o gentiles)722; de hecho, entre los colaboradores de McCarthy figuran también dos judíos, dedicados desde luego a combatir el comunismo pero también a demostrar la lealtad patriótica hacia su propia comunidad723.

No se trata solamente de defender a los Estados Unidos de la acusación de antisemitismo. El FBI elabora un plan al que se presta voluntario un abogado judío; a este se le confía una tarea bien precisa:

Ganarse la confianza de los Rosenberg en prisión e intentar convencerles de que en realidad la URSS era una potencia antisemita decidida a exterminar a los judíos. Una vez disipadas sus ilusiones respecto a la Unión Soviética, los Rosenberg habrían podido obtener clemencia a cambio de un «llamado a los judíos de todos los países a salir del movimiento comunista e intentar destruirlo»724.

Ineficaz en el caso de los dos militantes comunistas que se enfrentan con valentía a la silla eléctrica el 19 de junio de 1953, el chantaje consigue el resultado deseado en otras ocasiones: «en la atmósfera intimidadora de la guerra fría no nos puede sorprender fácilmente que varios de los intelectuales judíos más respetados de la nación, incluidos algunos anteriormente situados en la izquierda, se sintieran obligados a buscar protección o incluso a cambiar de bando»725; no fueron pocos los que aceptaron denunciar el “antisemitismo” de Stalin y de la Unión Soviética.

Sin embargo, antes de afianzarse esta leyenda negra se topa con serias dificultades. Todavía en 1949, vemos a uno de los campeones de la guerra fría, Churchill, proceder varias veces a una elocuente comparación entre nazismo y comunismo: el primero era menos peligroso, dado que podía apoyarse «sólo en el orgullo Herrenvolk y el odio antisemita»; a diferencia del segundo, que puede contar con «una iglesia de adeptos comunistas cuyos misioneros están en cada país» y en cada pueblo. Por consiguiente, tenemos por un lado el azuzamiento de los odios nacionales y raciales sobre la base del odio dirigido al pueblo judío; por el otro una carga universalista, aunque esté instrumentalmente al servicio de un proyecto de «expansión imperialista»726. Quizás sea aún más significativa la intervención de Adorno en 1950. Cuando publica sus estudios sobre “la personalidad autoritaria”, subraya «la correlación entre antisemitismo y anticomunismo» y añade después: «Durante los últimos años todo el mecanismo de propaganda norteamericano se ha dedicado a desarrollar el anticomunismo en el sentido de un “terror” irracional, y probablemente no muchas personas -aparte de los seguidores de la “linea del partido”- han sido capaces de resistir la incesante presión ideológica»727. En este momento, lejos de ser dirigida contra Stalin y sus seguidores, la acusación de antisemitismo continúa siendo dirigida contra los anticomunistas.

Desequilibrada desde el comienzo, la relación de fuerzas entre los dos bandos de la Guerra fría muestra un predominio cada vez más claro de Occidente, tanto en el plano militar como en lo que respecta a la ofensiva ideológica y la potencia de fuego mediática. De las dos acusaciones opuestas de antisemitismo, hoy ha quedado en pie solamente una: de la otra se ha perdido incluso el recuerdo. Hay que añadir que, más allá de Stalin, tal acusación se dirige también contra sus sucesores, empezando por Kruschov: ¡también él habría dado muestras, no se sabe bien por qué, de «notable antisemitismo»!728 Y sin embargo:

En 1973 los judíos, que constituían el 0,9% de la población soviética, representaban el 1,9% de todos los estudiantes universitarios del país, el 6,1 % de todo el personal científico, el 8,8 % de todos los científicos729.

Por otro lado, un historiador inglés dedicado también a describir a Stalin como antisemita a partir por lo menos de los años treinta, no solamente reconoce que las personas tratadas por el líder soviético e incluso «muchos» de entre sus «más estrechos colaboradores» eran de «origen judío», sino que añade que en 1937 «los judíos constituían la mayoría del gobierno» (o del aparato gubernamental)730. ¡Es bastante difícil que para sostener la tesis del antisemitismo estaliniano y soviético se puedan utilizar datos estadísticos e investigaciones empíricas!

Stalin, Israel y las comunidades judías de Europa oriental

Desde luego, la comunidad judía no evitó los conflictos que caracterizaron la historia de la Unión Soviética y el campo socialista. Ocupémonos en primer lugar de la situación que se crea en Europa oriental con el final de la Segunda guerra mundial y la fundación de Israel. Hemos visto la fuerte presencia judía en el aparato estatal y de gobierno. Más allá de la composición de las instituciones, es necesario tener en cuenta el sentimiento de gratitud que sienten los judíos en Hungría, por el hecho de que -informa un testigo autorizado- «habían sido los soldados soviéticos y no otros los que nos habían salvado de una muerte segura»731. Sin embargo, la luna de miel que parece haber reinado durante cierto tiempo acaba estropeándose. Los judíos que volvían a Hungría tras haber conseguido evitar la política genocida del Tercer Reich y sus esbirros, tenían que comprometerse en la construcción de un país destruido, ¿o emigrar quizás al Estado judío que estaba formándose en el Medio Oriente? Inicialmente, los defensores de esta segunda opción actúan impasibles:

Cuadros sionistas [...] dirigen la sección húngara del American Jewish Joint Committee, que en la posguerra invertía sumas ingentes para la reconstrucción de las comunidades judías. Era éste el canal de asistencia económica para los supervivientes. Un simpatizante sionista, el doctor Fabián Herskovits, se convierte en Rabino en la más prestigiosa sinagoga de Budapest, en la calle Dohány, y desde allí cada semana pronuncia discursos en favor de la emigración a Israel [...]. Se decía entonces que los sionistas disponían de una organización más capilar y eficiente que los mismos comunistas húngaros [...]. Se calcula que alrededor de un quinto de la población judía tomó la vía de la emigración732.

Esta emigración masiva, una auténtica sangría sobre todo en el plano cualitativo, que privaba al país de los cuadros que necesitaba desesperadamente para renacer de las ruinas de la guerra, no podía no preocupar al gobierno y al partido (incluidos los judíos que habían rechazado la opción sionista):

Los comunistas [...] no solamente bloquearon en 1948 el éxodo de los judíos, sino que fueron capaces de afirmar la propia hegemonía en el mundo judío. Recuerda el dirigente sionista Ariè Yaari: «Para nosotros era cuanto menos problemático convencer a las personas para que se trasladasen a Palestina. Sobre todo los más ancianos tenían miedo de recomenzar una nueva vida, con una nueva lengua. El régimen les ofrecía cargos políticos que nunca habían ocupado los judíos. Podían convertirse en jueces, funcionarios, entrar en el gobierno. El movimiento comunista era más bien débil y necesitaba de muchos cuadros. ¿Cómo podían resistir los judíos a la tentación?»733

Como puede verse, no tiene sentido alguno hablar de antisemitismo. No solamente no hay rastros de discriminación negativa contra los judíos, sino que estos gozan acaso de un trato de favor en la medida en que acepten quedarse en Hungría. Hay que añadir que, antes aún de oponer comunidad judía y mundo comunista, la batalla de la que se habla aquí fractura la comunidad judía en cuanto tal. Derrotados en primer lugar por los judíos que eligen integrarse en el país del que son ciudadanos, los sionistas

pese a todos los esfuerzos, no consiguen sembrar entre los judíos la idea de una separación étnica. Cuando a finales de los años cuarenta los comunistas declaran fuera de la ley al movimiento sionista, la enorme mayoría de los judíos demostró no haber recibido en absoluto un discurso de identidad nacional judía. La idea de que la comunidad judía tuviese que definirse como minoría nacional era lo último que les pasaba por la cabeza a los judíos, que una vez más se orientaron hacia la búsqueda de una nueva asimilación734.

Una crisis similar se produce en la Unión Soviética; y también en este caso el conflicto acaba atravesando a la misma comunidad judía. Quien advierte contra el peligro representado por el sionismo (culpable de obstaculizar la reconstrucción del país devastado y martirizado por el ejército nazi, y de reabrir una cuestión judía ya felizmente resuelta en la Unión Soviética) es el escritor de origen judío Ilya Ehrenburg desde las columnas del Pravda el 21 de septiembre de 1948735; el posicionamiento contra el sionismo se entrelaza con la condena del antisemitismo, significativamente descrito, siguiendo las palabras de Stalin, como expresión de «chovinismo racial» y de «canibalismo»736.

Es elocuente la conversación que se desarrolla en Moscú en 1948 entre Golda Meir e Ilya Ehrenburg. Al expresar la primera su desprecio por los judíos asimilados («me disgusta ver a judíos que no hablan el hebreo o por lo menos el yiddish») el segundo reacciona de manera rabiosa: «Usted es sierva de los Estados Unidos»737. Hablando con otro interlocutor el escritor soviético afirma:

El Estado de Israel debe entender que en este país ya no existe una cuestión judía, que a los judíos de la URSS deben dejarlos en paz y que todos los intentos de inducirles al sionismo y a la repatriación deben cesar. Se encontrarán con la resistencia no sólo de las autoridades [soviéticas], sino de los mismos judíos738.

No hay dudas: el colosal drenaje de cerebros que se avecinaba abría otro contencioso al margen de la Guerra fría, sobre todo por el hecho de que para conseguir su objetivo, los representantes diplomáticos israelíes en Moscú puenteaban a las autoridades soviéticas y establecían un contacto directo con la comunidad judía soviética739. En cualquier caso el contencioso se hacía más grave cuanto más se perfilaba el alineamiento de Israel con Occidente: los numerosos y valiosos científicos soviéticos de origen judío eran convocados por la propaganda sionista a emigrar y formar parte de una alianza decidida a aplastar el país que había hecho posible su emancipación y promoción social. Y sin embargo «pese a las crecientes fricciones, autorizados representantes de la URSS habían asegurado repetidas veces el apoyo soviético a Israel, pero lo habían hecho depender de la actitud neutral del gobierno israelí en el contexto del enfrentamiento entre este y oeste»740. No obstante, las últimas ilusiones de Moscú se disipan rápidamente. La ruptura con el Estado judío es también el choque frontal con los círculos sionistas todavía muy activos en el campo socialista y que ahora serán reprimidos de manera despiadada. En Checoslovaquia es encarcelado y condenado a muerte Slánsky que, según el testimonio de su hija, «estaba a favor de la emigración a Israel»741.

Más afortunada es en Rumania Ana Pauker, que se salva con unos pocos meses de cárcel. Y, sin embargo, estamos en presencia de un asunto similar: «El sionismo era desde hacía tiempo una ideología condenada por el régimen, pero ello no había impedido la afluencia de judíos rumanos hacia Israel hasta la excarcelación de Pauker en 1952, que con discrección había mantenido abierta la vía hacia la Tierra Prometida»; gracias a ella «no menos de cien mil judíos dejaron Rumania para establecerse en Israel»742.

Se entiende entonces la creciente desconfianza de Stalin, al que se le atribuye la afirmación de que «cada judío es un nacionalista, un agente del espionaje americano»743. A muchos comunistas el giro radical en la actitud de las comunidades judías de Europa oriental les debe haber hecho pensar en la “traición” reprochada al partido socialdemócrata alemán al estallar la Primera guerra mundial. ¿Debemos leer el conflicto que estalla como «la guerra de Stalin contra los judíos»? Así lo sugiere ya desde el título un libro dedicado a esta cuestión, escrito por un periodista del Jerusalem Post. Pero ésta lectura, ¿es verdaderamente más convincente que la proporcionada por Stalin, que denunciaba la «guerra de los sionistas contra la Unión Soviética y el campo socialista»? Un historiador (Conquest), pese a estar empeñado en reducir el bolchevismo y el comunismo a un fenómeno criminal, reconoce que en la Unión Soviética «el antisemitismo en cuanto tal no fue nunca una doctrina oficial», que «la persecución abierta de los judíos en cuanto judíos estaba prohibida» y que no existía ninguna referencia a la «teoría racial»744.

¿Qué sentido tiene entonces comparar Stalin con Hitler? El historiador ya citado añade que el primero «esperaba utilizar a Israel contra Occidente y continuaba acusando a Occidente de antisemitismo»745. ¡Pero no parece que el líder nazi describiese como antisemitas a sus enemigos! Conquest parte del presupuesto de que las acusaciones de antisemitismo dirigidas por Stalin a Occidente sean sumamente rídiculas, pero no se plantea siquiera el problema de la validez de las acusaciones occidentales de antisemitismo dirigidas a Stalin. ¿Por qué entonces la instrumentalización debería encontrarse sólo en un lado? ¿Y por qué el país que ha sido descrito por Hitler (pero también por sectores importantes de la opinión pública occidental) como encarnación del “complot judeo-bolchevique” y confirmación definitiva de la conjura “desvelada” por la publicación de los Protocolos de los sabios de Sión, debería ser considerado heredero del antisemitismo del Tercer Reich? En cualquier caso, no creen en el mito de la «guerra de Stalin contra los judíos» los numerosos y a menudo destacados israelíes que, al recibir la noticia de la muerte del líder soviético, lo lloran y homenajean como a un «sol» que «ha llegado a su ocaso» (supra, p. 13).

No obstante, el triunfo de Israel en la Guerra de los Seis días y el enquistamiento de la tragedia palestina profundizan ulteriormente la brecha que en Europa oriental separa al poder comunista de la comunidad judía y los círculos filo-israelíes y filo-occidentales que se van organizando alrededor de ésta. ¿Pero debemos hablar de antisemitismo? Confiando en la reconstrucción de los dos historiadores de origen judío antes citados, veamos lo que ocurre en Praga en 1967: «La simpatía de los estudiantes checos por Israel tiene [...] una motivación bastante trivial: la antipatía que nutren hacia los miles de estudiantes árabes inscritos en la universidad». Algo similar ocurre en Varsovia: «De repente la gente recordó que muchos judíos que vivían en Palestina provenían de Polonia». Exclama un taxista: «Nuestros valientes judíos polacos están dando una lección a esos jodidos árabes rusos»746. En el choque que se produce con el poder comunista, alineado de parte de los países árabes, ¿quién da muestras de racismo? ¿Estamos frente a un racismo antijudío o más bien de un racismo antiárabe?

La cuestión del «cosmopolitismo»

El mismo “complot de los médicos”, en general aducido como confirmación del antisemitismo de Stalin, demuestra acaso lo contrario: después de todo, les confió hasta el final el cuidado de su salud. Y, por otro lado, entre los médicos acusados solamente algunos son judíos y el “complot” en su conjunto es descrito por los dirigentes y la prensa soviética «como capitalista e imperialista más que como sionista»747. ¿Estaban motivadas las sospechas sólo por la paranoia? Un detalle da que pensar: «La CIA se hizo más amistosa [respecto al Estado judío] a partir del momento en el que ésta hizo uso de las fuentes israelíes de inteligencia en Europa oriental y en la URSS. Por ejemplo, los agentes del Mossad fueron los primeros extranjeros en recibir el texto completo del discurso secreto de Kruschov sobre los crímenes de Stalin»748 y en pasarlo inmediatamente a los servicios estadounidenses.

No hay que olvidar que la «edad de la sospecha», como ha sido acertadamente descrita, estimula la caza de brujas de maneras obviamente diferentes en ambos lados749. Además, no es un misterio para nadie que los servicios secretos estadounidenses estuvieron implicados en la eliminación física de Stalin, así como de Castro, Lumumba y otros «perros rabiosos»750. ¿Cómo llegar al líder indiscutido del movimiento comunista internacional, si no es sirviéndose de personas cercanas y susceptibles de ser reclutadas por los servicios secretos occidentales tras un conflicto reciente, como el surgido tras la fundación del Estado judío y la política de inmigración de los judíos practicada por ellos? En el momento en que se destapa el “complot”, «al menos un destacado diplomático occidental presente en Moscú, el inglés Sir A. (“Joe”) Gascoigne [...], pensaba que probablemente los médicos del Kremlin eran realmente culpables de traición política»751. Además, las sospechas respecto a los médicos parecen ser un motivo recurrente en la historia de las Rusias: un historiador israelí de origen ruso coloca la muerte del zar Alejandro III en la cuenta de los médicos alemanes que lo cuidaban.

Hay que añadir que un libro reciente publicado en los Estados Unidos formula la tesis de que quien determinó la muerte de Zhdanov habrían sido los “cuidados” médicos. ¿Debemos concluir por tanto que las preocupaciones de Stalin no fueran infundadas? Sin aducir prueba alguna, y de hecho reconociendo que no hay ningún documento que sostenga sus tesis, los autores del libro no tardan en precisar que ¡detrás de los médicos asesinos no estaban los enemigos de la Unión Soviética, sino el dictador del Kremlin en persona! ¡Por otro lado, aparte de un técnico radiólogo, ninguno de los médicos al cuidado de Zhdanov era judío!752 A estas alturas está claro: nos encontramos en el campo de la mitología, y de una mitología de tonos inquietantes: ¡es lícito sospechar de los médicos solamente si son alemanes o rusos “gentiles”! Pero volvamos al terreno de la investigación histórica: debe tenerse presente que quien suspendió la investigación podría haber sido el mismo Stalin, consciente quizás de la ceguera en la que había caído753.

En ausencia de ulteriores argumentos, pese a apegarse a la tesis del antisemitismo de Stalin, se cita su condena del «cosmopolitismo»: ¿quiénes serían los cosmopolitas sino los judíos? En realidad, la acusación de cosmopolitismo debe incluirse en un debate bastante duro entre ambas partes. Aquellos que están decididos a dedicarse en primer lugar a la construcción del socialismo en el país surgido de octubre de 1917, renunciando a la espera mesiánica de la llegada o exportación de la revolución en todo el mundo, son acusados de «mezquindad nacional» y «limitación nacional»754, aparte de provincianismo: si Stalin es el «pequeño provinciano» con la «tosquedad del campesino» (supra, pp. 14 y 27), no mucho mejor parado sale Molotov en opinión de Trotsky, pues «no conocía ningún país extranjero y ninguna lengua extranjera»755. Tanto uno como otro tienen el defecto de permanecer rígidamente apegados de manera provinciana y oscurantista al «rol reaccionario del Estado nacional»756. Aquellos que son atacados reaccionan definiendo a sus acusadores de cosmopolitas abstractos e incapaces de construir realmente un nuevo orden social.

Leer la condena del «cosmopolitismo» en clave antisemita significa empobrecer un problema que está en el centro de todas las grandes revoluciones animadas por una carga universalista. Rechazando la tesis de la exportación de la revolución, defendida por los defensores de la «República única y universal» o de la «República, o más bien, conflagración universal»757, Robespierre aclara que la nueva Francia no contribuiría a la causa de la revolución en el mundo comportándose como «capital global» desde la que enviar a sus «misionarios armados» para la conversión y «conquista del mundo»758. No, quienes pondrían en crisis en Europa al antiguo régimen no serían las «gestas guerreras» sino más bien la «sabiduría de nuestras leyes»759. En otras palabras, el poder revolucionario desarrollará una función real internacionalista en la medida en que sepa cumplir su tarea nacional de construcción en Francia del nuevo orden.

Es un problema sobre el que reflexiona en profundidad el idealismo alemán. Para Kant, que escribiendo en 1793-1794 traza en cierto modo el balance histórico de la Revolución francesa, si el patriotismo corre peligro de deslizarse en el exclusivismo y perder de vista lo universal, el amor abstracto de la humanidad «despliega su inclinación a causa de su universalidad excesivamente amplia». Se trata entonces de conciliar el «patriotismo mundial» (Weltpatriotismus) con el «patriotismo local» (Localpatriotismus) o con el «amor a la patria»; aquél que es auténticamente universalista «en el apego al propio país debe tener inclinación a promover el bien del mundo entero»760. Es una línea de pensamiento ulteriormente desarrollada por Hegel: después de haber celebrado como una gran conquista histórica la elaboración del concepto universal de hombre (titular de derechos «en cuanto hombre y no en cuanto judío, católico, protestante, alemán, italiano, etc.»), la Filosofía del derecho (§ 209 A) añade sin embargo que no debe sin embargo desembocar en el «cosmopolitismo» y en la indiferencia o contraposición respecto a la «concreta vida estatal» del país del que se es ciudadano. «El amor universal de los hombres» corre el riesgo de adoptar la forma de una «universalidad vacía» y carente de contenido (§ 126 Z): en primer lugar el individuo contribuye al universal actuando concretamente en el ámbito determinado (familia, sociedad, nación) en el que vive. Por otro lado, el aclamado «amor universal de los hombres» es en la mejor de las hipótesis una declaración de nobles intenciones; en la peor, una técnica de evasión del campo de las responsabilidades concretas.

Es un problema que, con su universalismo aún más exacerbado, la Revolución de octubre hereda especialmente de la Revolución francesa. Bastante antes que Stalin, Herzen, exiliado en París, se mostrará bastante desconfiado y crítico respecto a un cosmopolitismo desconocedor de la idea de nación y de responsabilidad nacional (supra, p. 128). Es una polémica que traspasa los límites de la Unión Soviética. Al rechazar las «acusaciones de nacionalismo» dirigidas a la mayoría del PCUS y en primer lugar a Stalin761, Gramsci toma una postura clara contra el «así llamado “internacionalismo”» que es en realidad sinónimo de «vago “cosmopolitismo”». El objetivo principal es aquí Trotsky, criticado en cuanto «cosmopolita», por el hecho de ser «superficialmente nacional» y por tanto incapaz de «depurar al internacionalismo de todo elemento de vaguedad y pura ideología (en sentido negativo)», opuesto a Stalin y sobre todo a Lenin, que da muestras de un internacionalismo maduro precisamente mostrándose al mismo tiempo «profundamente nacional»762.

En la URSS la crítica del cosmopolitismo se acentúa a medida que se agrava la amenaza representada por el fascismo y el nazismo. Conocemos el apasionado llamado dirigido por Dimitrov a los revolucionarios dos años después de la llegada de Hitler al poder, para que rechazasen el «nihilismo nacional». Un internacionalismo que desemboca en el nihilismo nacional: esto es el cosmopolitismo. Hemos visto además a Stalin, en las vísperas de la operación Barbarroja, subrayar que, al contrario de un «cosmopolitismo» incapaz de asumir sus responsabilidades nacionales, el internacionalismo debe saberse conjugar con el patriotismo. Es decir, bien lejos de ser sinónimo de antisemitismo, la crítica del cosmopolitismo es un elemento esencial de la lucha contra el nazifascismo (y el antisemitismo). Esta crítica vuelve a hacerse urgente con el estallido de la Guerra fría, cuando una nueva y terrible amenaza pesa sobre la URSS.

Aún más fuerte es la crítica del cosmopolitismo si el país en el que ha estallado la revolución está inmerso en una lucha por la supervivencia nacional. En China Sun Yat-Sen escribe: «Las naciones que se sirven del imperialismo para conquistar a otros pueblos e intentan de tal modo favorecer su posición de dueños del mundo, están a favor del cosmopolitismo» e intentan por cualquier medio desacreditar el patriotismo como «algo miserable y antiliberal»763. En la misma línea se coloca Mao, según el cuál el internacionalismo no hace obsoleto de ninguna manera al patriotismo: «las verdades universales del marxismo deben ser integradas con las condiciones concretas de los diferentes países, con la unidad entre internacionalismo y patriotismo»764.

¿Eran los “cosmopolitas” de la URSS en su mayoría judíos y por tanto el anticosmopolitismo es sólo una forma apenas camuflada de antisemitismo? Vale la pena destacar que, en el desarrollo de su polémica contra el cosmopolitismo, Sun Yat-Sen invita al pueblo chino a tomar ejemplo de los judíos que pese a milenios de opresión y de diáspora, no han perdido nunca el sentido de su identidad y por tanto de la obligación de recíproca solidaridad765. Pero concentrémonos en la Unión Soviética: la presencia judía es numerosa en las filas de la mayoría del PCUS. No obstante, entre los primeros en lanzar la acusación de cosmopolitismo contra el líder de la oposición está el escritor alemán de origen judío (Feuchtwanger), al que ya hemos citado: «Trotsky no ha sido nunca un patriota ruso», su única preocupación era la «revolución mundial»766.

Por lo demás, en base a la hermenéutica de la sospecha utilizada con Stalin, tampoco Trotsky podría sustraerse a la acusación de antisemitismo. Este, al desarrollar el análisis de la Rusia prerrevolucionaria, subraya cómo «la aristocracia de la bolsa» había «transformado al gobierno del zar en su vasallo financiero», que garantizaba «útiles usureros»767. Hay que añadir que «el dominio de la bolsa» está representado «por Rothschild y Mendelsohn», es más, por la «internacional Mendelsohn», es decir por individuos comprometidos a respetar «las leyes de Moisés en la misma medida que las de la bolsa»768. Como se ve, en este caso la referencia al mundo judío es explícita. ¿Debemos concluir por tanto que la polémica contra la «aristocracia de la bolsa» toma en realidad como objetivo a los judíos en cuanto judíos, de modo que nos encontraríamos frente a una enésima manifestación de antisemitismo? Sería absurda esta manera de argumentar, y no sólo por los orígenes judíos de Trotsky: es más significativo el hecho de que en el mismo texto dedica páginas conmovidas a la descripción de la «oscura bacanal» de sangre derramada por las bandas antisemitas, toleradas o animadas por las autoridades y por el mismo «Nicolás Romanov, el augustísimo protector de los pogromistas», combatidos con valentía y decisión por el movimiento revolucionario y socialista769. Pero no menos claro es Stalin en la condena del «canibalismo» antisemita.

Stalin en la «corte» de los judíos, los judíos en la «corte» de Stalin

La URSS es el «país que ha salvado al mayor número de judíos»: la observación es de un periodista e investigador de formación trotskista que, como «testigo de aquellos años», considera necesario tomar posición contra la campaña orquestada en Occidente. Y añade: «ningún país ha tenido en los cuadros superiores del ejército a tantos judíos como el Ejército rojo». No es todo: «Uno de los hijos de Stalin y su hija se casaron con judíos»770. Puede añadirse que dentro del grupo dirigente estaliniano los judíos han estado hasta el final bastante bien representados, y en los niveles más altos. Para continuar manteniéndose en pie, aunque sea de manera débil y titubeante, la tesis del “antisemitismo” de Stalin exige la desjudeización de los judíos que colaboraron con él. De hecho es lo que ocurre: «Yagoda, Kaganovich y muchos otros en Rusia y en Europa central y oriental» han desarrollado un papel importante al lado de un dictador feroz, pero se trata de «judíos apóstatas»: así se expresa un intelectual judío, con un lenguaje que remite claramente a la historia de las religiones771. Otras veces, el peso de la tradición religiosa se deja notar de manera mediada e involuntaria: podemos incluso encontrar a periodistas como el que denuncia en el periódico italiano de mayor tirada a los «judíos renegados en la corte de Stalin»772.

En realidad, el discurso relativo a los «apóstatas», a los «renegados» (es decir a los “judíos de corte”) constituye un desmentido implícito de la acusación de antisemitismo que, como el racismo, se dirige contra un grupo étnico independientemente del comportamiento religioso y político de sus miembros. Reconocer la presencia de judíos en puestos dirigentes en la URSS de Stalin y en el campo socialista dirigido por él significa admitir que en aquellos países el acceso al poder y la colocación social y política estaban determinados no por la inmutable pertenencia racial, sino más bien por el cambiante comportamiento político. No obstante la desjudeización (como «apóstatas», «renegados» inauténticos y «de corte») de judíos hoy considerados vergonzantes permite transformar el antisemitismo en una categoría capaz de resistir todo desmentido proveniente del análisis empírico, susceptible por tanto de ser aplicada no solamente a Stalin sino a toda la historia de la Unión Soviética.

Inmediatamente después de la Revolución de octubre, la campaña contra el oscurantismo reprochado a las diferentes religiones (incluido el judaísmo) se desarrolla con la participación de dirigentes pertenecientes a importantes círculos judíos. Pero éste es el comentario del citado periodista del “Corriere della sera”: «Fue la Yevsektia, la sección judía del PCUS, la que fomentó el nuevo antisemitismo»773. De manera análoga argumenta un profesor de la Hebrew University de Jerusalén: «durante la revolución bolchevique [...] muchos bolcheviques judíos se implicaron en la causa del nacionalismo revolucionario ruso con tanto vigor como para convertirse en antisemitas»774. Etiquetados como «apóstatas» y «renegados», los judíos de orientación comunista se convierten ahora en «antisemitas» tout court. Llegados a éste punto, más allá de Stalin, la acusación de “antisemitismo” implica al mismo Lenin, dirigente supremo de estas campañas “antisemitas”.

Y sin embargo, es el mismo historiador israelí el que escribe: «Probablemente Lenin fue muy escéptico sobre las dotes organizativas de los rusos. En una conversación privada con Gorki, tuvo la ocasión de observar que no había ningún ruso inteligente que no fuese judío o al menos tuviese judíos entre sus parientes y algo de sangre judía en sus venas». La opinión del dirigente soviético es también la de su interlocutor: «A Gorki no le habría disgustado si hubiesen sido judíos quienes tomasen las riendas de la economía rusa, y en 1916 tuvo ocasión de escribir que “el genio de los judíos para la organización, su flexibilidad y su indómita energía deben ser incluidos en el adeudo de un país tan mal organizado como es nuestra Rusia”»775. Por lo tanto, a juzgar por este texto, Lenin y Gorki (que es miembro también del partido comunista) podrían si acaso de ser acusados de racismo antirruso, y no desde luego de antisemitismo.

El papel de primer plano desarrollado por los judíos no se limita al derrocamiento del antiguo régimen en Rusia. El historiador judío prosigue así: a la «omnipresente minoría judía» Lenin le asignaba el rol de «guardianes del comunismo». Es decir: «No fueron los eslavos, sino más bien los judíos quienes se convirtieron en la principal punta de lanza del avance ruso en el campo internacional, y por lo tanto contra Europa y el resto del mundo. Fue una intuición genial de Lenin el contar con ellos y con otras minorías étnicas nacionales para el éxito de la revolución»776. Como puede verse, a la expansión del comunismo contribuyen de manera relevante y quizás decisiva esos judíos “antisemitas”: el complot judeo-bolchevique del que hablaban los nazis es aquí releído como agitación o complot orquestado por judíos, sí, ¡pero por judíos antisemitas!

Se trata de una agitación y un complot con una larguísima historia a sus espaldas. Siempre según el historiador ya citado, Lenin se habría servido de los judíos que habían roto con su comunidad de origen, al igual que hiciera antes el cristianismo777. De nuevo surgen analogías con la lectura de la historia que realizaba el nazismo, denunciando el papel de los judíos en el ciclo destructivo que del cristianismo conduce al bolchevismo. La única novedad es que ahora quien interpretaría ese papel serían judíos que, habiendo adherido antes al cristianismo y después al bolchevismo, deberían ser considerados «apóstatas», «renegados» y en última instancia «antisemitas». ¡En el esfuerzo por destruir tanto a Stalin como a toda la experiencia soviética, la acusación de “antisemitismo” acaba reproduciendo, con algunas modestas variaciones, la filosofía nazi de la historia!

De Trotsky a Stalin, del monstruo “semita” al monstruo “antisemita”

La tesis del antisemitismo de Stalin se revela insostenible a la luz de la reflexión histórica y conceptual. Cualquiera que sea el modo en que se feche el surgimiento de tal “antisemitismo” (que debe ser situado en 1948, 1945, 1933, o quizás en 1879, año del nacimiento de Stalin), el diagnóstico se muestra no solamente infundado, sino también bastante ofensivo respecto a la mayoría de judíos que habrían continuado homenajeando a su carnicero. ¿Cómo explicar entonces el origen de esta leyenda negra? Volvamos a los años inmediatamente posteriores a la Revolución de octubre. El 4 de octubre de 1919 el Völkischer Beobachter, que en este momento no es aún órgano del partido nacionalsocialista (todavía inexistente), adjudica la responsabilidad del horror bolchevique a una «horda terrorista judía» de «asiáticos circuncidados», y a este respecto recuerda que también corre sangre judía en las venas de Lenin. Denuncias similares resuenan en Inglaterra y en Occidente en su conjunto778. Dados estos antecedentes se comprende que, antes aún que Lenin, Trotsky sea el «sujeto principal, mefistofélico, de los manifiestos de propaganda antibolchevique»779. Es descrito como «el exterminador judío del pueblo ruso»780. Un manifiesto de propaganda anticomunista difundido durante la Guerra ruso-polaca de 1920 lo retrata con facciones no precisamente humanas mientras observa desde lo alto, con la estrella de David colgando del cuello, una montaña de calaveras781. «Trotsky, es decir Bronstein», esto es, el bolchevique judío por excelencia, en 1929 es para Goebbels aquél «sobre cuya conciencia pesa el número de crímenes más alto que jamás haya pesado sobre un hombre»782.

Por otro lado, todavía durante la invasión de la Unión Soviética, proclamada como una cruzada por la salvación de la civilización europea y occidental de la barbarie bolchevique, asiática y judía, hemos visto a Hitler cómo describe a Stalin como una marioneta del judaísmo internacional, como un judío si no por su sangre, al menos en espíritu. En los años en los que el antisemitismo se extendía o gozaba de crédito en Occidente, el monstruo por excelencia no podía sino asumir las facciones del judío. La situación creada tras el derrumbe del Tercer Reich y la revelación de la ignominia de la «solución final» es diferente: hoy el monstruo capaz de suscitar el mayor horror tiende a ser el monstruo antisemita. Sin embargo, pese a sus variaciones la continuidad del topos es evidente, y el retrato del Stalin antisemita no es mucho más convincente del que pintaba a Trotsky exhibiendo la estrella de David y contemplando complacido una pira con sus infinitas víctimas.

6
Psicopatología, moral e historia en la lectura de la era de Stalin

Geopolítica, terror y “paranoia” de Stalin

¿Qué aproximación nos permite comprender mejor la gestación, características y significado del estalinismo? Según Arendt, la obsesión del «enemigo objetivo» habría empujado al totalitarismo estaliniano (así como al hitleriano) a buscar objetivos siempre nuevos para su máquina represiva: después de «los descendientes de las viejas clases dominantes» llega el turno de los kulaks, de los traidores dentro del partido, de los «alemanes del Volga», etc.783 Para ser conscientes de la futilidad de este esquema, basta reflexionar sobre el hecho de que podría ser aplicado sin dificultades a la historia de los Estados Unidos: a finales del siglo diecinueve, éstos participan en la celebración de la comunidad de naciones o razas germánicas (EEUU, Gran Bretaña y Alemania) que están en la vanguardia de la civilización; tras la intervención en la Primera guerra mundial y durante decenios, los alemanes (y los americanos de origen alemán) se convierten en el enemigo por excelencia. Es el momento de la Gran alianza con la Unión Soviética. Sin embargo, después del derrumbamiento del Tercer Reich, la URSS se convierte en el enemigo por excelencia, de modo que ya no son objeto de persecución los americanos de origen alemán (o japonés), sino aquellos americanos sospechosos de simpatizar con el comunismo; al menos en la última fase de la Guerra fría, Washington puede valerse de la colaboración, por un lado, de China, y por el otro, de los islámicos freedom fighters que alimentan la resistencia antisoviética en Afganistán; sin embargo, con la derrota del Imperio del Mal, quienes representan la nueva encarnación del Mal son los ex-aliados: los freedom fighters (y sus simpatizantes tanto en territorio estadounidense como en cada rincón del mundo) toman el camino de Guantánamo. Hay un detalle que revela la pobreza del esquema de Arendt, que adjudica a la obsesión del «enemigo objetivo» la deportación de los «alemanes del Volga» durante el Segundo conflicto mundial: en realidad, medidas similares habían sido tomadas en 1915 por la Rusia zarista, en aquel momento aliada del Occidente liberal; también inmediatamente después de Pearl Harbor se comportará de manera similar F. D. Roosevelt respecto al «enemigo objetivo», representado esta vez por los ciudadanos americanos de origen japonés. Si se quiere tomar en consideración la situación geográfica y militar, parece más justificada la preocupación del dictador soviético que la del presidente estadounidense.

A ratos Arendt parece darse cuenta del carácter problemático de la categoría que utiliza. La primera edición de los Orígenes del totalitarismo denuncia la obsesión del «enemigo potencial» (potential enemy) pero mientras dura la Segunda guerra de los treinta años, y el pueblo soviético se ve amenazado por un peligro mortal, difícilmente puede considerarse expresión de paranoia el estar en guardia contra un enemigo potencial. Las ediciones posteriores de la obra prefieren hablar entonces de «enemigo objetivo» (objective enemy), para acentuar el carácter psicopatológico de un comportamiento que continúa atribuyéndose de manera exclusiva a los dictadores totalitarios784.

Pero este ajuste lingüístico no cambia en nada los términos del problema. Pese a oponerse decididamente a la Alemania nazi y simpatizando con el país de la Tercera República y de la Gran Revolución, en el momento del estallido de la Segunda guerra mundial Arendt sufrió el encarcelamiento en Francia, en un campo de concentración, y había sufrido esta suerte en última instancia como «enemiga potencial» o «enemiga objetiva». Veremos enseguida que esta categoría funciona también en la Inglaterra de Churchill o en los EEUU de F. D. Roosevelt.

Desgraciadamente, Arendt se mueve a un nivel puramente ideológico, sin ni siquiera plantearse el problema de un análisis comparado de la política seguida por los grupos dirigentes de diferentes países en situación de crisis aguda. Conviene intentar colmar esa laguna. Tras la Segunda guerra mundial, Churchill traza este balance de la situación existente en su país en vísperas del gigantesco choque bélico: «Se sabía que en aquel momento había en Inglaterra veinte mil nazis organizados: un período agudo de sabotaje y de delitos, como preludio al estallido de la guerra, habría estado en consonancia con el procedimiento ya adoptado por ellos en otros países amigos»785. Así justifica el estadista la política adoptada por su gobierno en el transcurso del conflicto, cuando en Inglaterra podían ser arrestados todos aquellos sospechosos de «simpatizar» con el enemigo o con su sistema político: «“Simpatizar” era el término omnicomprensivo que permitía al gobierno arrestar sin proceso judicial previo y por tiempo indeterminado a miembros no solamente de las organizaciones fascistas sino también de cualquier grupo considerado por el ministro de Interior como partidario de los alemanes, incluidos aquellos que apoyaban las negociaciones con Hitler»786. Los perseguidos no son responsables de acciones concretas y determinadas, sino más bien “enemigos potenciales” u “objetivos”.

Protegidos por el Atlántico y el Pacífico además de por una poderosa marina militar, los EEUU no deberían sentirse especialmente amenazados. Pero F. D. Roosevelt advierte: el enemigo no se deja desanimar por el océano, es necesario tomar nota de la «lección de Noruega, cuyos puertos principales fueron capturados gracias a la traición por sorpresa preparada durante varios años». Una amenaza similar pende sobre el continente americano:

La primera fase de la invasión de este hemisferio no será el desembarco de tropas regulares. Los puntos estratégicos esenciales serán ocupados por agentes secretos y los imbéciles a su servicio, y estos son muchos aquí y en América Latina.

Mientras las naciones agresivas mantengan la ofensiva, serán ellas y no nosotros quienes elijan el tiempo, lugar y método de su ataque.787

Y no es todo: hay que afrontar también la agresión realizada «mediante la difusión secreta de la propaganda venenosa, por parte de aquellos que intentan destruir la unidad y promover la discordia». A estas alturas tienden a ser traidores o enemigos “objetivos” aquellos que expresan opiniones consideradas opuestas al interés nacional, y la resistencia se conforma como una tarea que debe ser realizada no solamente por el ejército sino por todo el país. Ambos deben dar muestras de una solidez sin fisuras:

Aquellos que están en nuestras líneas de defensa y aquellos que en la retaguardia construyen estas líneas deben tener una energía y coraje provenientes de una fe inquebrantable en el modo de vida que defienden. La poderosa acción que estamos invocando no puede basarse en la ausencia de respeto respecto a las cosas por las que combatimos788.

Para liquidar una agresión omnipresente, que se manifiesta también en el plano político, sólo puede ser efectiva una movilización total que acabe implicando también a la esfera política. A partir de tales supuestos se despliega una «campaña mediática bien orquestada»789: «¿Cuándo invadirá Hitler los EEUU?», se pregunta un manifiesto, con la imagen de paracaidistas nazis a punto de aterrizar sobre indefensas ciudades americanas, expuestas -alega un segundo manifiesto- incluso a un ataque y desembarco desde el mar. Igualmente grave es el peligro por el hecho de que «el ejército de Hitler está aquí». Así al menos sostiene un tercer mensaje, que alerta contra «la quinta columna en los EEUU»790. Sobre la gravedad de esta amenaza llaman la atención películas y libros que alcanzan un gran éxito, mientras ¡el Comité que vigila sobre las actividades «antiamericanas» calcula incluso alrededor de 480.000 los seguidores de organizaciones listas para ayudar a los invasores!791 Como en Inglaterra, también en los EEUU la categoría de agente y cómplice del enemigo se amplía hasta incluir a todos aquellos que querrían evitar que el país se implicara o fuera arrastrado a la guerra792. Ellos son acusados de ser «la correa de transmisión de los nazis», el “caballo de Troya” del Tercer Reich, o por decirlo citando al mismo F. D. Roosevelt, la «quinta columna del appeasement». Esta última expresión es especialmente significativa: lo que resulta ser sinónimo de traición es una actitud política, y aquellos que la asumen se convierten por ello mismo en objeto de denuncias, procesos e intimidaciones; entran en el punto de mira en la medida en que son, en última instancia, enemigos “potenciales” u “objetivos”.

Se difunde en el país una atmósfera de temor y sospecha, rápidamente utilizada por las autoridades para «incrementar el poder del FBI»793. El presidente revela a la prensa que elementos filo-alemanes se han infiltrado en «el ejército y la marina» y han organizado o intentado organizar operaciones de sabotaje en «cuarenta o cincuenta fábricas de país». Incluso un intelectual equilibrado como William L. Shirer invita a prepararse, con la guerra ya a las puertas, para enfrentarse al «sabotaje realizado por miles de agentes nazis de una costa a la otra». Por todas partes se sospecha o atisba la obra del enemigo. La quinta columna ha desarrollado un papel fundamental a la hora de desarticular Bélgica y Francia desde dentro; y ahora -sigue la argumentación- las «termitas» nazis están operando también en la República norteamericana, que corre el riesgo de sufrir la misma suerte794. Por lo que parece, se producen «algunos intentos» por parte de agentes del Tercer Reich «de estimular o aprovechar el descontento de los obreros en las fábricas y obstaculizar la producción de municiones para los aliados»; según el cónsul general alemán, estos «actos de sabotaje» son en realidad accidentes industriales atribuidos por Roosevelt a los nazis»795. No sorprende entonces que «los niños de tierna edad se asustasen a veces por la propaganda alarmista», incansable a la hora de anunciar y describir de la manera más horrible la inminente irrupción de las hordas nazis796.

Cuando los EEUU intervienen oficialmente en la guerra, la atmósfera se carga todavía más. Se llena con obsesivas advertencias ante la presencia de espías, contra la locuacidad desenvuelta («Controla tu lengua», «El silencio significa seguridad»). Se puede matar incluso con «conversaciones casuales»; los manifiestos de guerra no se cansan de alertar, exhibiendo el rostro de jóvenes a punto de ser huérfanos por culpa de irresponsables (chismosos), contra los «sabotajes» (otro manifiesto proclama un nuevo crimen, el del «mal uso de los instrumentos de trabajo» y muestra al «señor Rompe-herramientas», mr. Toolwrecker, acusado y arrestado por un policía)797. Obviamente, la situación real de peligro se entremezcla con una deliberada manipulación de la realidad. Así concluye el historiador estadounidense al que seguimos aquí: «FDR comprendía bien el valor de la ansiedad nacional»; «FDR y sus defensores llegaron a sobrepasar la línea que separa la preocupación pública de la histeria de masas»798.

Estamos en presencia de elementos constitutivos del terror que domina en Rusia. Sin duda, aquí se presentan en forma monstruosamente agigantada los fenómenos analizados en relación con Inglaterra y los EEUU: ¿pero es la ideología, la paranoia o la situación objetiva, la que juega el papel decisivo? Más allá de la cambiante pero incesante guerra civil, hay que tener en cuenta la geopolítica. En abril de 1947, cuando ya se perfila en el horizonte la Guerra fría, en una conversación con el candidato republicano Harald Stassen, Stalin subrayará con una cierta envidia la situación extraordinariamente favorable de los EEUU, protegidos por dos océanos y limitando al norte y al sur con Canadá y México, dos países débiles que no representan desde luego una amenaza799.

Bastante diferentes son las cosas para la Rusia soviética. Se puede ridiculizar la “paranoia” de Stalin, pero hemos visto a Goebbels constatar el gran éxito del espionaje alemán en Francia y su fracaso total en la URSS (supra, p. 43). Por otro lado, los primeros en insistir sobre la penetración de la quinta columna alemana en Rusia son precisamente los enemigos del bolchevismo. Para Kerensky, como demuestran la «capitulación de Brest-Litovsk» y la firma de una «traidora paz al margen», los protagonistas de octubre de 1917 operan al servicio de Guillermo II, por quien son masivamente financiados y asistidos; siempre según el dirigente menchevique, los servicios secretos alemanes ya habrían cumplido un papel relevante en la agitación pacifista que había minado el esfuerzo bélico del país800. Del mismo modo argumenta Churchill, que subraya el peso del «oro alemán» en los acontecimientos producidos en Rusia801.

En nuestro tiempo, retrocediendo aún más, un historiador israelí (proveniente en su momento de la Unión Soviética) encuentra los orígenes de la zancadilla de la Alemania imperial -decidida a debilitar por cualquier medio a la potencia vecina y rival- ya en la prematura desaparición en 1894 de Alejandro III, «muerto porque un equipo de médicos (entre los cuales la mayoría eran alemanes) lo habían sometido a curas equivocadas», o en el asesinato en 1911 de Pietr Stolypin, acaecido con la «implicación» de «algunos grandes oficiales rusos filo-alemanes», o en ciertas excentricidades de Nicolás II («su mujer era una princesa alemana»)802. En cualquier caso, en lo que respecta al derrumbe del régimen zarista, no hay que perder de vista la «efectiva quinta columna alemana presente en la corte rusa y en los altos mandos del ejército», y por tanto en los vértices mismos del poder. Sí, «en mayo de 1915, Moscú fue el teatro de varios pogromos antialemanes», y sin embargo «la minoría alemana que ocupaba las altas esferas estaba todavía intacta». En conclusión: «los historiadores que han dado prioridad exclusiva al voluntarismo revolucionario o a la maniobra liberal, han ignorado otras pruebas de hecho, de las cuales se infiere que el impulso revolucionario podría haber sido en parte provocado por sectores filo-alemanes o por una intervención directa del espionaje alemán en conformidad con un plan diseñado por Brockdorff-Rantzau»803.

¿Es convincente la situación aquí delineada, o se ve afectada por la paranoia generalmente atribuida a Stalin? Se puede partir en todo caso de un supuesto: si la debilita durante cierto tiempo, la derrota del Segundo Reich no elimina la actividad de los servicios secretos en Rusia, donde por otro lado la disolución del antiguo régimen coincide con el reforzamiento de la presencia en todos los niveles de las grandes potencias occidentales. En conjunto, basta con leer cualquier historia de la Guerra fría para darse cuenta de que el país nacido de la Revolución de octubre estaba especialmente expuesto al peligro no solamente de invasión militar, sino también de infiltración y espionaje. En los años veinte, gracias a la colaboración de exiliados rusos, Inglaterra era capaz de desencriptar los mensajes en código de la Unión Soviética, que continúa siendo el objetivo principal de sus servicios secretos aún «a mediados de los años treinta». Mientras, se ha producido la llegada al poder del Tercer Reich, que para preparar la agresión puede valerse de la consumada habilidad del coronel Reinhard Gehlen, «un maestro de la intelligence, de la subversión y del engaño»; más tarde, inmediatamente después de la derrota de Alemania, Allen Dulles se muestra «clarividente» al poner al servicio de la recién nacida CIA a aquél que «había desarrollado un gran papel en el ataque alemán a la Rusia de 1941»804. Durante la Guerra fría, además del espionaje, la actividad de los servicios secretos occidentales incluía también «operaciones de sabotaje» e incluso el apoyo a movimientos insurreccionales805.

A más de veinte años desde la muerte de Stalin, el panorama general no cambia. Es lo que se se expone en el artículo de un prestigioso periódico estadounidense. El autor refiere complacido «de qué manera una campaña de la CIA de sabotajes informáticos, desembocada [en 1974] en una enorme explosión en Siberia -todo organizado por un economista de maneras muy educadas, llamado Gus Weiss- ayudó a los Estados Unidos a ganar la Guerra fría»806. Si tenemos después en cuenta que la práctica del sabotaje tiene tras de sí también una peculiar tradición rusa (supra, p. 89), podemos llegar a una conclusión: para entender lo que ocurre en los años de Stalin, más que recurrir a una única personalidad paranoica como deus ex machina, convendría seguir el enfoque sugerido por un ilustre testigo, que en el Moscú de 1937 habla de indudables «actos de sabotaje» y al mismo tiempo de una «psicosis del sabotaje» que se propaga a partir de tal realidad807.

La “paranoia” del Occidente liberal

Sin embargo, si Arendt se limita a la locura inherente al totalitarismo (estaliniano o hitleriano), François Furet va más allá: «El revolucionario necesita tener motivos de odio»: esto vale para los jacobinos, pero en mayor medida para los bolcheviques y, de manera muy especial, para Stalin, que «necesita invocar, al servicio de sus sorprendentes objetivos, la lucha contra los saboteadores, los enemigos, los imperialistas y sus agentes»808. El historiador francés habla del «revolucionario» en general, pero en realidad se refiere solamente a Rusia y Francia, olvidando añadir que, además de los bolcheviques y los jacobinos (y Rousseau), también han sido a menudo sometidos a un similar tratamiento psicoanalítico los protagonistas de la revolución puritana, aparte de la “revolución” abolicionista que elimina la institución de la esclavitud primero en Inglaterra y después en los EEUU. Y Furet no tiene tampoco en cuenta el hecho de que, según un eminente historiador estadounidense, el «estilo paranoide» caracteriza profundamente la historia de su país. La creencia, presente también en George Washington, en la intención de Londres de esclavizar a los colonos asentados más allá del Atlántico es un elemento central de la Revolución americana; cuando después, a finales del siglo dieciocho, surgen agudas contradicciones en el seno del nuevo grupo dirigente, si Jefferson acaba siendo sospechoso de ser un agente de Francia, Hamilton es descrito como agente británico. Una dialéctica similar se manifiesta algunos decenios después, en ocasión de la crisis que lleva a la Guerra de secesión, cuando los dos bandos enfrentados se intercambian la acusación de haber traicionado la herencia de los Padres fundadores809. Por no hablar del hecho de que, para Nietzsche, la relación perturbada con la realidad caracteriza a la tradición revolucionaria en su conjunto a partir de aquellos «agitadores cristianos» que son los «Padres de la Iglesia» y antes, los profetas judíos.

¿Se caracteriza la personalidad de Stalin por rasgos enfermizos especialmente acentuados? Si se parte de este presupuesto, resultaría inexplicable la fascinación ejercitada por él sobre personalidades de primer plano de Occidente. Un hecho da que pensar en todo caso: Freud, que muere en 1939, consideró oportuno hacer un estudio psicoanalítico no ya sobre Stalin, y por cierto tampoco sobre Hitler, sino sobre Wilson, incluido entre los peligrosos «fanáticos» que están convencidos de «tener con la divinidad una especial y personal relación» y que, a partir de ello, se consideran ungidos por la providencia para la misión de guiar y transformar el mundo810. Desde luego, un estadista que al empujar a su país al Primer conflicto mundial pese a conocer las dimensiones de la carnicería, y pese a estar movido por intereses materiales y geopolíticos bastante “corpóreos”, celebra la intervención estadounidense como una «guerra santa, la más santa de todas las guerras» y a los soldados americanos como «cruzados» protagonistas de una «empresa trascendente»811 parece un líder como mínimo fuera de lo común...

Pero Furet se concentra en la lectura psicopatológica de la fase iniciada en octubre de 1917 y sobre todo concentrándose en los treinta años de gobierno de Stalin: ¿es que éste no sospecha, como un auténtico paranoico, peligros, trampas, y complots por todas partes? ¿Qué tendríamos que decir entonces de F. D. Roosevelt y sus colaboradores? Pudiendo contar con una situación política y geopolítica claramente más favorable, ya en los meses que preceden a la intervención estadounidense en el segundo conflicto mundial lanzan la voz de alarma por la posibilidad de un desembarco alemán en América, calificando el anti-intervencionismo como sinónimo de traición nacional y alertando contra los «sabotajes» industriales provocados por el enemigo y una quinta columna constituida incluso por medio millón de personas. Es por esto que Hitler acusa al presidente estadounidense de tener una «fantasía desbordante» y enferma, la fantasía de un hombre «de veras mentalmente enfermo»812. Como puede verse, la acusación de paranoia o de locura no es nueva, puede lanzarse contra los personajes más inesperados y puede dirigirse a los objetivos más diversos.

Pero es más importante otra consideración: las dos teorías del complot que quizás hayan marcado en mayor medida la historia de la primera mitad del siglo veinte ilustran la fuerte presencia de los bolcheviques, pero no como sus autores, sino como víctimas; tales teorías han sido elaboradas y difundidas con la contribución decisiva de los Estados Unidos. En septiembre de 1918 Wilson autoriza la publicación de unos documentos que contienen revelaciones sensacionales: no sólo la Revolución de octubre era un complot alemán, sino que, incluso después de la conquista del poder Lenin, Trotsky y otros dirigentes bolcheviques continuaban estando al servicio de la Alemania imperial; es más, la fractura interna aparentemente dramática acontecida alrededor de Brest-Litovsk habría sido toda una puesta en escena con el fin de ocultar el control permanente que ejercía el Estado mayor alemán sobre la Rusia soviética. Todo esto estaba demostrado por los llamados Sisson Papers: tomando el nombre del representante en Rusia del Committee on Public Information, comité creado por Wilson dentro de los planes de movilización total, incluida la informativa. Apoyando la presunta autenticidad de los documentos (destapados después como una clamorosa falsificación) se destacarán autorizados historiadores estadounidenses que posteriormente se justificarán haciendo referencia a las presiones ejercidas sobre ellos «en nombre de la necesidad en tiempos de guerra»813. Es un asunto que tiene eco también fuera de los Estados Unidos. En “El Grito del Pueblo” Gramsci ironiza: «Los dos ciudadanos que se hacen llamar Lenin y Trotsky en Rusia son dos impostores fabricados en los laboratorios científicos alemanes y que, hechos como están “a máquina”, no pueden ser asesinados por los disparos de los terroristas» (la alusión es al atentado del 30 de agosto de 1918 sufrido por Lenin)814.

Más tarde, para explicar la Revolución de octubre aparece una segunda teoría del complot que, además de los bolcheviques, esta vez acusa también no a los alemanes sino a los judíos. Después de haber tenido gran resonancia en los EEUU, la denuncia de las intrigas judeo-bolcheviques, que difunden la sedición en el mundo y amenazan el orden y la civilización como tales, jugará después un papel principal en la «solución final» (supra, pp. 230-234).

¿“Inmoralidad” o indignación moral?

Si el enfoque psicopatológico es desorientador, no mucho más convincente es la lectura de la gran crisis histórica que vive Rusia en el siglo veinte, que acusa a los bolcheviques y a Stalin en especial de haber desarrollado una visión del mundo totalmente sorda a las razones de la moral y de la humanidad. Sin embargo, si comenzamos por los años o decenios que preceden al octubre de 1917, vemos que los roles de acusados y acusadores pueden intercambiarse fácilmente: son los protagonistas del movimiento revolucionario los que ven al mundo que pretenden derribar como el responsable de los crímenes que hoy se les atribuyen. ¿Desemboca el comunismo en genocidio? En los años del Primer conflicto mundial, era la sociedad liberal y burguesa que se intentaba derrocar la que era sinónimo de genocidio. Si Stalin hablaba de «sangrienta masacre» y de «exterminio masivo de las fuerzas vivas de los pueblos»815, Bujarin la describe como «horrible fábrica de cadáveres»816. Terrible pero acertada es la descripción que hace Rosa Luxemburg: sobre los campos de batalla se produce «algo cotidiano y aburridamente monótono» el «exterminio en masa» y el «genocidio» (Völkermord), mientras que en la misma retaguardia se difunde «una atmósfera de asesinato ritual». También Karl Liebknecht hará un llamado a la lucha contra el «genocidio», de hecho contra el «triunfo del genocidio», condenando también la «adoración de la violencia brutal», el «naufragio» de «todo lo que de noble hay en el mundo» y la creciente «barbarización moral»; mientras lo empuja a saludar la Revolución de octubre, la indignación moral por el inaudito horror de la Primera guerra mundial conduce a Liebknecht a prever para la Rusia soviética un poder no solamente «sólido» sino también «duro», capaz en todo caso de evitar la repetición de la tragedia y el retorno a un sistema denunciado ya antes de la guerra por su carencia de «escrúpulos morales»817.

Hay que citar finalmente a Trotsky: «la labor cainita de la prensa “patriótica”» de los dos bandos es «la demostración irrefutable de la decadencia moral de la sociedad burguesa». Sí, no se puede no hablar de «decadencia moral» cuando se ve a la humanidad recaer en una «barbarie ciega y despiadada»: se asiste al comienzo de una «loca y sangrienta carrera» por conseguir la técnica bélica más avanzada; es una «barbarie científica», que utiliza los grandes descubrimientos de la humanidad «sólo para destruir los fundamentos de la vida social civilizada, y aniquilar al hombre». Se ahoga en la sangre y visceras de las trincheras todo aquello que de bueno ha producido la civilización: «salud, comodidad, higiene, las relaciones cotidianas, los vínculos de amistad, las obligaciones profesionales y por último las reglas aparentemente indestructibles de la moral»818. El término «genocidio» es utilizado con una pequeña variante también por Trotsky, que en 1934 advierte de la posibilidad de una nueva guerra mundial, un nuevo «recurso al genocidio» (Völkermorden) que se atisba en el horizonte819. Todavía el 31 de agosto de 1939, Molotov acusa a Francia e Inglaterra de haber rechazado la política soviética de seguridad colectiva, en la esperanza de empujar al Tercer Reich contra la URSS, sin dudar así en provocar «una nueva gran masacre, un nuevo holocausto de las naciones»820.

Lo que inspira esta denuncia de los horrores de la guerra es claramente la indignación moral. De manera bastante diferente se comporta a este respecto un hombre de Estado como Theodor Roosevelt. A caballo entre siglos diecinueve y veinte, realiza una celebración en clave vitalista de la guerra como tal, a partir de un punto de vista que de algún modo quiere estar -se podría decir con Nietzsche- «más allá del bien y del mal». Leamos: «Cada hombre que tiene el poder de gozar en la batalla, sabe que lo siente cuando la bestia comienza a entrarle en el corazón; entonces él no retrocede atemorizado ante la sangre, o considera que la batalla deba cesar; sino que goza del dolor, de la pena, del peligro, como si adornasen su triunfo»821. Son motivos recurrentes que, de forma apenas disimulada, continúan resonando en Churchill, que en referencia a las expediciones coloniales afirma: «La guerra es un juego durante el cuál se debe sonreír». El agravamiento de la carnicería en Europa a partir de agosto de 1914 no desluce esta visión: «La guerra es el juego más grande de la historia universal, nos jugamos aquí la apuesta más alta»; la guerra constituye «el único sentido y objeto de nuestra vida»822. Pasando de la celebración en clave toscamente vitalista de la guerra a su transfiguración en clave espiritualista, la Primera guerra mundial será bienvenida por Max Weber como «grande y maravillosa», mientras que Benedetto Croce espera de ella una «regeneración de la actual vida social»823, y con él numerosas otras destacadas figuras del Occidente liberal del momento. Entre ellos hay que destacar también a Herbert Hoover, notable representante de la administración americana y futuro presidente los EEUU, que inmediatamente después de la firma del armisticio atribuye al conflicto apenas concluido una función de «purificación de los hombres» y por tanto de preparación para «una nueva época dorada: estamos orgullosos de haber tomado parte en este renacimiento de la humanidad»824.

Lenin sigue manteniendo una condena político-moral de la guerra, y junto a ella acusa al sistema político-social que la ha generado. Es evidente el pathos moral que inspira el análisis leninista del capitalismo y, en especial, del colonialismo. Así es descrita la guerra italiana en Libia, esta «típica guerra colonial de un Estado “civilizado” del siglo XX»: vemos cómo «una nación civilizada y constitucional» realiza una obra de «civilización» «mediante las bayonetas, las balas, la soga, el fuego, las violaciones», incluso mediante la «carnicería». En realidad, se trata de «una masacre de hombres civilizada, perfeccionada; una masacre de árabes mediante el uso de armas “modernísimas” [...]. “Como castigo” han sido masacrados casi 3.000 árabes, se han depredado y masacrado familias enteras, masacrados niños y mujeres»825. La llegada de una república burguesa más avanzada no acaba con el horror: «los ejércitos de la Francia “republicana” [...] han exterminado con igual crueldad a los pueblos africanos»826.

La denuncia de las prácticas genocidas de Occidente ocupa un papel central sobre todo en el retrato esbozado por Lenin en los Cuadernos sobre el imperialismo, que recogen material extraído de la literatura liberal-burguesa del momento. Ya un año antes del estallido del gigantesco conflicto, puede leerse en un libro de un autor alemán: «La lucha por la existencia se hace más dura, recrudece las hostilidades entre europeos y lleva a intentos de aniquilación recíproca». Por otro lado, la política de aniquilación es ya una realidad en las colonias: en África los Herero son «aniquilados en su mayor parte» por Alemania, que al reprimir la «revuelta de los hotentotes» puede servirse además de la activa colaboración de Inglaterra. Pero veamos cómo el país líder del Occidente liberal se comporta en sus colonias: «Los ingleses han exterminado a los habitantes de Tasmania desde el primero hasta el último. ¡Pero los irlandeses no son tasmanos! No es posible sencillamente asesinarlos a todos». Pese a estar sometidos a un dominio y a una represión despiadados, en Sudáfrica los negros se multiplican de manera preocupante: «Algunos colonos desean incluso una insurrección para frenar el peligroso crecimiento de la población aborigen y hacer tabla rasa con sus derechos y su tierra»827. Frías y escritas con cierto distanciamiento, estas descripciones se van cargando de indignación moral al pasar de los historiadores burgueses a Lenin, que anota: he aquí los «resultados de las guerras coloniales»; gracias a la expropiación y aniquilación de los Herero, los recién llegados pueden «saquear la tierra y convertirse en propietarios»828.

No menos cargada de indignación moral es la lectura que Stalin hace del colonialismo. No obstante Theodore Roosevelt parece responder anticipadamente a estas denuncias que señalan las prácticas esclavistas y genocidas todavía en pleno desarrollo en las colonias: «Muy afortunadamente los políticos duros y enérgicos que fueron pioneros en el difícil trabajo de civilizar territorios bárbaros, no se dejaban vencer por falsos sentimentalismos»; los «filántropos sentimentales» que se conmueven por la suerte de los pueblos coloniales deben ser considerados peores que los «criminales de profesión»829. Lo mismo puede decirse del general Bugeaud, considerado por Tocqueville como modelo de «energía» y de «vigor inigualables» a la hora de dirigir «el único tipo de guerra practicable en África»830.

¿Es en nuestros días el comunismo sinónimo de Estado total y totalitarismo? En los años del Primer conflicto mundial quienes encarnaban todo ello eran los países capitalistas, incluidos también aquellos de orientación liberal. Lenin subraya el hecho de que en el frente, lo que impide la «confraternización» es «una disciplina carcelaria» e incluso los puestos de retaguardia se han convertido en «prisiones militares»831. La sociedad civil es sometida a la misma disciplina y puño de hierro; a este respecto el revolucionario ruso subraya la actualidad del análisis realizado algunos decenios antes por Engels, según el cuál la creciente militarización y «la competencia por mayores conquistas lleva al poder público a una altura desde la que amenaza con tragarse toda la sociedad e incluso el Estado»832. Bujarin, a su vez, al denunciar la «centralización del Estado-cuartel» y el «talón de hierro del Estado militarista», vislumbra en el horizonte un «nuevo Leviatán, frente al cual la fantasía de Thomas Hobbes parece un juego de niños»833.

Es un tema que se encuentra también en Stalin, para el que la guerra acaba mutilando o destruyendo la «democracia» también donde ésta parece estar más enraizada: al contrario que Rusia, en Inglaterra la «opresión nacional» no asumía en general «las monstruosas formas de la masacre y el pogromo», era «menos grave, menos inhumana»; pero con el estallido de las hostilidades la situación empeora drásticamente, como han debido experimentar en sus propias carnes tanto irlandeses como hindúes834. También las democracias occidentales tienden a no diferenciarse ya de un país caracterizado por una autocracia feroz e «inhumana». A este lenguaje podría oponérsele el «uso, muy frecuente en la prosa de [Th.] Roosevelt, de palabras como “viril”, “imperial”, “hábil”»835, una prosa que remite a una actitud, de nuevo, «más allá del bien y del mal» y a un culto de la voluntad de potencia carente de límites morales.

Como puede verse, el lugar común que prefiere contraponer el robusto sentido moral del mundo liberal-burgués al maquiavelismo carente de escrúpulos de los protagonistas del movimiento comunista no resiste el análisis histórico. Inmediatamente después de la Revolución de octubre, saludada favorablemente, el joven Lukács ve en el «movimiento histórico» del «socialismo» un radical ajuste de cuentas con la «Realpolitik»836; para Benedetto Croce, sin embargo, la figura odiosa y ridícula del «moralista político» se encarna en los bolcheviques, en los «revolucionarios rusos». Éstos «han abierto un gran tribunal llamando a todos los pueblos a examen, en nombre de la moralidad, sobre sus objetivos de guerra, para revisarlos y admitir a los honestos excluyendo a los deshonestos; así, procediendo de manera moralista, han hecho públicos sus anteriores tratados diplomáticos», calificados de inmorales por el hecho de haber planificado la guerra con el fin de obtener conquistas territoriales. Pero, objeta el filósofo liberal, es absurdo querer «emitir un juicio moral sobre los Estados» y «tratar la política como moral, allá donde la política (como es obvio) es política, exactamente política y nada más que política; [...] su moralidad consiste simple y llanamente en ser política excelente». Por tanto no tiene sentido argumentar «atribuyendo derechos a quien no se los sabe conquistar o no los sabe defender, y colocando límites y deberes a quien desde su propia convicción, y derramando su propia sangre, no reconoce con razón otro límite y deber aparte de los que la propia convicción y fuerza le aconsejan e imponen»837. Se podría decir que a Croce le responde idealmente Stalin el 10 de marzo de 1939, en un momento en el que se consuman el desmembramiento y la tragedia de Checoslovaquia, gracias a Múnich y la complicidad de Occidente que, negándose a condenar y contener la voluntad de potencia y la vitalidad expansionista del Tercer Reich, se las ingenia solamente para reencauzarlas ulteriormente hacia el este: «Es ingenuo predicar moral a gente que no reconoce la moral humana. “La política es política”, como dicen los viejos y expertos diplomáticos burgueses»838.

Pero concentrémonos en la Primera guerra mundial. Vale la pena releer lo que Vilfredo Pareto escribía en 1920: antes de la conflagración «los proletarios y especialmente los socialistas» se consideraban preparados para impedirla mediante la huelga general o medios aún más radicales. «Después de lo que sin duda eran bonitos discursos, llegó la Guerra mundial». La huelga general no se vio; al contrario, en los diferentes parlamentos los socialistas aprobaron los créditos de guerra, o no se opusieron especialmente», de modo que «el precepto del maestro [Marx]: “¡Proletarios de todos los países, uníos!” se transformó implícitamente en el otro: “¡Proletarios de todos los países asesinaos!”»839. A Pareto, al menos en este momento típico representante del mundo liberal-burgués, que no esconde su cinismo y su satisfacción por la sangrienta derrota del internacionalismo socialista, parece responder anticipadamente Stalin, cuyas palabras, por el contrario, suenan llenas de indignación moral y al mismo tiempo de esperanza (ha estallado la Revolución de febrero):

Tres años han transcurrido desde que los obreros de todos los países, el día antes aún hermanos, ahora vistiendo uniformes, se alinearon frente a frente como enemigos, y hoy se mutilan y asesinan mutuamente, para regocijo de los enemigos del proletariado [...]. La Revolución rusa abre por primera vez una brecha en el muro que divide a los obreros entre ellos. En el momento de la borrachera “patriótica” general, los obreros rusos por primera vez proclaman el lema olvidado: «Proletarios de todos los países uníos!»840

En la nueva situación creada en Rusia (y en el mundo) es posible relanzar la lucha para acabar con la masacre y promover «la confraternización en masa en los frentes» y los «nuevos vínculos de hermandad entre los pueblos»841. Con el fin de conseguir este resultado, es necesario sin embargo ir más allá de la Revolución de febrero. «La vida de las trincheras, la auténtica vida de los soldados, ha creado un nuevo instrumento de lucha: la confraternización en masa», a la que sin embargo se opone el gobierno provisional, que llama a la «ofensiva» y a nuevos baños de sangre842, amenazando con llevar a los tribunales militares a los «culpables» precisamente por «confraternizar»843.

Es verdad, en el período de clandestinidad el partido bolchevique y Stalin dirigieron la lucha contra la autocracia con métodos bastante desprejuiciados (el robo de bancos o furgones blindados), y es ahí donde se detienen los historiadores empeñados en describir a Stalin como un gángster ya desde su juventud. ¿Qué decir de este enfoque? Hagamos una comparación con Churchill, cinco años mayor que Stalin. El futuro estadista inglés comienza su carrera combatiendo y describiendo favorablemente la guerras del Imperio británico, también aquellas menos gloriosas: si en Sudán no hacen prisioneros, en Sudáfrica los conquistadores erigen campos de concentración destinados a convertirse en un triste modelo para el futuro. A partir de tales experiencias Churchill comienza a destacar como dirigente político, batiéndose con ardor por la defensa de la «raza británica» y de la raza blanca en general. Para conseguir este resultado no basta con reforzar el control sobre los pueblos coloniales, es necesario intervenir también en la metrópolis: hay que proceder a la esterilización forzada de los «débiles mentales», de los inadaptados, de los potenciales delincuentes habituales; a su vez, los «vagabundos ociosos» deberían ser encerrados en campos de trabajo. Solamente así se podrá afrontar adecuadamente «un peligro nacional y racial que es imposible exagerar». Comenta el autor que cita estos fragmentos: estando en el cargo de Home Secretary, en 1911 Churchill fue el fautor de medidas «draconianas» que «le habrían conferido un poder personal casi ilimitado sobre las vidas de los individuos»844. ¿Realmente los comienzos de Churchill son más edificantes que los de Stalin? Algún año después, mientras el segundo, desde la cárcel en la que le recluyó el régimen zarista -aliado de Inglaterra-, sueña con la hermandad de los soldados y los pueblos, el primero se dedica a conducir hasta el final una guerra que para él está destinada a reforzar la hegemonía del Imperio y la «raza británica».

En conclusión, para un historiador que interrumpiese su relato en octubre de 1917, sería bastante difícil ver al partido bolchevique y Stalin como aquellos que ignoran las razones de la moral; de hecho esto sería aplicable más bien a la otra parte en conflicto.

La reductio ad Hitlerum y sus variantes

Igualmente inconcluyentes se muestran el enfoque psicopatológico y el moral por el hecho de que la tragedia acaecida en Rusia ha sido prevista con decenios o siglos de anticipación por personajes entre ellos bastante diferentes: apenas puede ser explicada a través de la anomalía psicológica o la depravación moral de individuos particulares. Por otro lado, al igual que ocurre con el primero, también el segundo enfoque podría ser utilizado para poner bajo el dedo acusador al líder del Occidente liberal. Se puede comenzar por el apoyo proporcionado, en especial por Gran Bretaña, al intento de golpe de Estado de Kornílov y posteriormente de los Blancos, en un momento en el que estos todavía animaban contra los judíos una sangrienta cacería humana y se manchaban de sangre, en cierto modo anticipando la «solución final». Pese a imponer a Rusia la participación en lo que los comunistas denominaban el «genocidio» de la Primera guerra mundial, Occidente cerraba los ojos ante otros crímenes monstruosos.

Después del triunfo militar llega el momento del reparto del botín colonial. A Inglaterra le toca Iraq, que sin embargo se rebela en 1920. Este es el modo en el que uno de los países líderes de Occidente afronta la situación: las tropas británicas emprendieron «crueles represalias», «incendiaron pueblos y cometieron otras acciones que hoy juzgaríamos excesivamente represivas cuando no bárbaras». Quienes les frena no es desde luego Churchill, que de hecho invita a la aviación a dar una severa lección a los «recalcitrantes nativos», utilizando un «método experimental» a base de «proyectiles de gas tóxico, sobre todo gas mostaza»845. En este caso nos vemos llevados a pensar no en la «solución final» sino más bien en la guerra colonial de la Italia fascista contra Etiopía, llevada a cabo de manera especialmente bárbara, recurriendo a armas prohibidas por las Convenciones internacionales: Churchill se muestra aquí como el precursor de Mussolini. Por otro lado, a la hora de salvaguardar o ampliar el Imperio, los métodos acelerados del estadista inglés son constantes: en 1942 las manifestaciones independentistas en India son reprimidas «recurriendo a medios extremos, como el uso de la aviación para ametrallar a las muchedumbres de manifestantes»846; en los dos años siguientes Churchill se obstina en negar y obviar el hambre que diezma a la población de Bengala. Finalmente, continuando en el ámbito colonial, ¿en qué medida la «solución final de nuestra cuestión india» en Canadá, que hasta 1931 forma parte de la Commonwealth británica, arroja una sombra también sobre un destacado miembro de la clase política inglesa como Churchill? Éste, como primer ministro desde 1951 hasta 1955, debe ser considerado en todo caso responsable de las prácticas genocidas a las que recurre el gobierno de Londres en el intento de doblegar la revuelta de los Mau Mau.

Pero volvamos al tiempo de entreguerras en Europa. Después de la llegada de Hitler al poder, el gobierno de Londres intenta por todos los medios desviar hacia el este y principalmente hacia la Unión Soviética la furia expansionista del Tercer Reich. A este respecto dos historiadores canadienses han llegado a una conclusión que da qué pensar: «La responsabilidad por la tragedia de la Segunda guerra mundial, incluido el Holocausto, debe recaer en parte sobre Stanley Baldwin, Neville Chamberlain, lord Halifax y sus aliados más estrechos»847.

Y, sin embargo, Gran Bretaña no consigue evitar el enfrentamiento con la Alemania nazi, y lo afronta recurriendo en primer lugar a bombardeos indiscriminados y terroristas de las ciudades alemanas, con la consiguiente masacre de población civil: esto ha llevado a dos historiadores estadounidenses a hacer una comparación con el tratamiento infligido por el nazismo al pueblo judío. Quien intenta contenerlo es el grupo dirigente soviético, como se ve en una nota del diario de Dimitrov del 17 de marzo de 1945:

Por la tarde con Stalin y Molotov. Hemos discutido las cuestiones relacionadas con Alemania. Los ingleses quieren dividir Alemania (Baviera y Austria, la región renana, etc.). Intentan por todos los medios destruir a su competidor. Bombardean rabiosamente las fábricas alemanas. Nosotros no dejamos pasar su aviación por nuestra zona de Alemania. Pero ellos intentan de todas las formas bombardear ahí también [...]. Es necesario que surjan alemanes que actúen para salvar lo que todavía se pueda salvar de la vida del pueblo alemán. Organizar los ayuntamientos, restablecer la vida económica, etc. en los territorios ocupados y en vías de ocupación por el Ejército rojo. Crear órganos de administración local de los que al final salga también un gobierno alemán.848

Todavía más odioso se muestra el infierno desencadenado por la aviación británica, por el hecho de que dos semanas después del estallido de la guerra el primer ministro inglés Chamberlain había declarado: «Independientemente del límite al que otros puedan llegar, el gobierno de Su Majestad no recurrirá nunca al ataque deliberado contra mujeres y niños con fines meramente terroristas»849. En realidad los planes de bombardear de manera indiscriminada habían comenzado a tomar forma en el transcurso del Primer conflicto mundial: mientras este se alargaba sin llegar a su conclusión, Churchill «había previsto para 1919 un ataque de mil bombarderos sobre Berlín». Tales planes continúan desarrollándose después de la victoria850. Se podría decir, imitando la rápida manera de argumentar de los ideólogos hoy de moda, que el país que lideraba Occidente ya programaba un nuevo “genocidio” mientras llevaba a cabo el iniciado en 1914. En cualquier caso precisamente Inglaterra será protagonista de la destrucción sistemática infligida a las ciudades alemanas a finales de la Segunda guerra mundial (piénsese en especial en Dresde), una destrucción programada y realizada con el objetivo declarado de no dejar vías de escape a la población civil, perseguida y engullida por las llamas, bloqueada en su intento de huida de las bombas de espoleta retardada, y a menudo ametrallada desde lo alto.

Estas prácticas son más siniestras acaso si se piensa en las declaraciones de Churchill en abril de 1941: «Hay menos de 70 millones de hunos malvados. Algunos (some) de estos pueden ser curados, otros (others) deben morir». Si no es un genocido puro y simple, como considera Nolte, en todo caso está claro que aquí se está pensando en diezmar masivamente la población alemana851. Es dentro de esta perspectiva donde podemos situar la campaña de bombardeos estratégicos: «En 1940-1945, Churchill liquidó a los habitantes de Colonia, Berlín y Dresde como si fueran hunos»852. No menos despiadado se mostró el primer ministro británico a la hora de repartir la zona de influencia de Londres y eliminar sistemáticamente las fuerzas partisanas consideradas hostiles o sospechosas. Las órdenes transmitidas al cuerpo expedicionario inglés en Grecia son bastante elocuentes: «No dudéis en actuar como si os encontraseis una ciudad conquistada en la que se hubiese desencadenado una revuelta local». Y además: «Ciertas cosas no se deben dejar a medias»853.

Llegamos ahora a la Guerra fría. Hace algún tiempo The Guardian reveló que entre 1946 y 1948 Gran Bretaña estableció en Alemania campos donde estaban destinados a ser encarcelados comunistas o elementos sospechosos de simpatías por el comunismo, junto a presuntos espías soviéticos: «las imágenes muestran los rostros desencajados y sufrientes de jóvenes esqueléticos, sometidos durante meses a la privación de alimento y sueño, golpeados repetidas veces y expuestos a bajísimas temperaturas. Tratos inhumanos que provocaron la muerte de algunos detenidos». También fueron encarceladas «docenas de mujeres que habían sido también torturadas». Para realizar las torturas se utilizaban instrumentos heredados de la Gestapo; en efecto, se trata de campos «dignos de los lager nazis»854. Como puede verse, surge continuamente la comparación entre las prácticas llevadas a cabo por Gran Bretaña en el siglo veinte, y las prácticas preferidas por el Tercer Reich.

No llegaremos a resultados demasiado diferentes si pasamos a ocuparnos de los Estados Unidos. En este caso la hipocresía que, como hemos visto, caracterizaba a Chamberlain, llega a su cénit; inmediatamente después del estallido de la Segunda guerra mundial, será Franklin D. Roosevelt quien condene como contrarios a los sentimientos de «todo hombre y mujer civilizados» y contrarios a la «conciencia de la humanidad», así como expresión de «barbarie inhumana», los bombardeos aéreos que afectan a la población civil855. Posteriormente, la que dará muestras precisamente de una «barbarie inhumana» aún más exagerada será la máquina de guerra estadounidense, que procede a la destrucción sistemática de las ciudades japonesas, y participa activamente en la similar operación realizada contra las ciudades alemanas. No deben ser tampoco infravalorados los bombardeos que sufre Italia, que tienen como objetivo también la población civil y la moral del país. Es el mismo F. D. Roosevelt quien lo pone en evidencia: «Les haremos probar a los italianos un auténtico bombardeo, y estoy más que seguro de que no permanecerán de pie bajo una medida de presión como ésta»856.

La campaña de bombardeos terroristas culmina bajo la administración Truman, con el recurso al arma nuclear contra un país ya de rodillas. Hay que añadir un detalle especialmente espeluznante: se ha afirmado que la aniquilación de la población civil de Hiroshima y Nagasaki, más que el mismo Japón, ya cercano a la capitulación, tenía como objetivo la Unión Soviética, a la que se le enviaba así una severa advertencia857. Por lo tanto: estamos en presencia de dos actos de terrorismo a grandísima escala y además transversal: ¡se masacran a decenas de millares de civiles desarmados del antiguo enemigo (de hecho, del ex-enemigo que se prepara ya para ser aliado) con el fin de aterrorizar al aliado, ya seleccionado como nuevo enemigo y próximo objetivo de las prácticas genocidas recién experimentadas!

Pero la guerra en Asia se presta a ulteriores consideraciones. Ya ha sido ampliamente aceptada en Estados Unidos la tesis de que el ataque de Pearl Harbor fue previsto con antelación (y en realidad provocado con un embargo petrolífero que dejaba pocas alternativas a Japón). Pero, una vez que el ataque se produce, la guerra es liderada por Washington bajo la bandera de una indignación moral desde luego hipócrita, a la luz de lo que ahora sabemos, pero igualmente criminal. No se trata solamente de la destrucción de las ciudades. Piénsese en la mutilación de cadáveres e incluso en la mutilación de enemigos agonizantes para la obtención de trofeos y recuerdos de la batalla, a menudo ostentados tranquila y orgullosamente. Es sobre todo significativa la ideología que precede a estas prácticas: los japoneses son descritos como «subhumanos», recurriendo a una categoría central del discurso nazi858. Y a este discurso nos vemos de nuevo llevados cuando vemos a F.D. Roosevelt acariciar la idea de la «castración» que debe ser infligida a los alemanes. Estos, con la guerra ya acabada, son encerrados en campos de concentración donde, por puro sadismo o por puro espíritu de venganza, son obligados a sufrir hambre, sed, privaciones y humillaciones de todo tipo, mientras en toda la nación derrotada vaga el espectro del hambre.

Por seguir con el estadista que es considerado, por encima de todos los demás, paladín de la libertad: Roosevelt no modifica la política seguida tradicionalmente por Washington en América Latina, y en 1937 llega al poder en Nicaragua, gracias a la Guardia Nacional dirigida por los EEUU, un dictador sanguinario, Anastasio Somoza859. En el plano interior norteamericano, las ciudades construidas bajo la administración de F. D. Roosevelt continúan excluyendo explícitamente a los afroamericanos; es más, «los alojamientos de aquellos que trabajan para defensa, construidos o financiados por el gobierno durante la Segunda guerra mundial, fueron deliberadamente sometidos a una segregación más rígida incluso que aquella en vigor en las comunidades de viviendas de los alrededores». Por lo demás, «también las fuerzas armadas mantuvieron una rígida segregación durante la guerra». Hay más: pese a la presión de sectores del partido republicano, «el presidente no impulsó nunca un proyecto de ley contra los linchamientos»860, que continuaron realizándose en el sur como espectáculo para mujeres, niños y hombres, que disfrutaban de la visión de las humillaciones y de las torturas más sádicas y del suplicio infligido a la víctima, un suplicio lento, prolongado el mayor tiempo posible, interminable.

Finalmente, después de haber celebrado en enero de 1941 a los Estados Unidos como el país que evoluciona incesantemente y de manera pacífica, «sin campos de concentración»861, inmediatamente después del estallido de la guerra F.D. Roosevelt recurre a esta institución total para privar de libertad a la comunidad estadounidense de origen japonés, sin distinciones de edad o sexo.

En nuestros días es casi una obviedad comparar a Stalin con Hitler, pero puede ser interesante leer el balance que traza un autor alemán de los bombardeos estratégicos sobre Alemania, a partir sobre todo de las llamas que devoran Dresde y sus habitantes:

La suerte de los cadáveres refleja las modalidades de ejecución. La víctima de una acción de exterminio no tiene una tumba propia, no tiene una muerte propia, porque no le es reconocido el derecho de vivir [...], la muerte de miles de niños por debajo de los diez años no es un castigo. El bombardero Harris [director de la campaña aérea sobre las ciudades alemanas] no les atribuye culpa alguna. Churchill afirmó solamente que con él no tenían ningún derecho que hacer valer. Quizás poseían todavía alguno en la Primera guerra mundial, pero en la Segunda ya no. Se los han arrebatado Hitler, Churchill y Roosevelt862.

La comparación de estas tres personalidades es desde luego algo forzado con ánimo polémico, que parece reproducir un estado de ánimo extendido en la Alemania de la inmediata postguerra, una Alemania destruida, aislada por la prohibición de confraternización, y llevada a los umbrales de la hambruna por el Occidente liberal. Ha llegado hasta hoy una conversación que, en la zona americana, se desarrolla entre dos desesperados ciudadanos alemanes:

Sí, Hitler era mala persona, nuestra guerra era injusta, pero ahora están cometiendo contra nosotros la misma injusticia, son todos iguales, no hay diferencia, desean esclavizar Alemania del mismo modo en el que Hitler deseaba esclavizar a los polacos, ahora somos nosotros los judíos, la “raza inferior”863.

Si el primero de los dos textos recién citados procede a una parcial equiparación de Hitler, Churchill y F. D. Roosevelt, el segundo llega a su total asimilación. La ideología hoy dominante asimila sin embargo a Stalin y Hitler, pero al hacerlo sin duda es tan precipitada como los dos ciudadanos alemanes exasperados por el hambre y las humillaciones: ¡“no hay diferencias”!

Conflictos trágicos y dilemas morales

Aun en el caso de querer concentrarse en la dimensión propiamente moral, la comparación entre los protagonistas de la Gran alianza antifascista no carece desde luego de claroscuros. ¿Pero cómo explicar entonces la actual contraposición maniquea? Volvamos al secular proceso que se halla tras la catástrofe que estalla con el derrumbe de la autocracia zarista. Desgraciadamente, utilizada en el momento de la reconstrucción histórica, la perspectiva de la larga duración se disuelve como por encanto cuando se pasa a la formulación del juicio moral: todo se reduce a la demonización del período comenzado con octubre de 1917 y de Stalin en especial. ¿No tienen responsabilidad alguna aquellos que durante tanto tiempo han apoyado un régimen caracterizado por relaciones sociales tan violentas y tan violentamente deshumanizadoras como para suscitar en personalidades entre ellas tan diferentes (Maistre, Marx, Witte) el presagio de la catástrofe? No tienen nada que reprocharse aquellos que desencadenaron la Primera guerra mundial y que en Occidente, con el fin de obligar a Rusia a participar en ella hasta el final, no han dudado en armar y apoyar incluso a las bandas reaccionarias más feroces? Si el “estalinismo”, como sostiene uno de los autores del Libro negro del comunismo, comenzó a tomar forma en 1914, ¿por qué quienes se sientan en el banco de los acusados no son los responsables de la carnicería, sino solamente aquellos que intentaron impedirla o acelerar su final?

Al menos en lo que respecta a la génesis y desarrollo de la Segunda guerra mundial el carácter problemático del juicio moral que debe formularse sobre los estadistas occidentales y liberales no se le ha escapado a los autores más atentos. Hemos visto a dos historiadores canadienses atribuir a los protagonistas ingleses de la política de appeasement -en realidad de desviación a este del expansionismo nazi- la corresponsabilidad «por la tragedia de la Segunda guerra mundial, incluido el Holocausto».

Está después el problema de la manera en que la guerra fue conducida, una vez estallada, por el Occidente liberal. Desde luego, también en este caso la ideología dominante se las arregla bastante bien. Un historiador y periodista de éxito, cuyos artículos se encuentran también en el New York Times, tiene tan pocas dudas «sobre la oportunidad o pertinencia moral» del uso de la bomba atómica contra Japón, como para afirmar que «no usarla habría sido ilógico, incluso irresponsable». Desde luego, se ha producido una masacre de población civil inocente, pero «quien murió en Hiroshima y Nagasaki fue víctima no solamente de la tecnología angloamericana, sino de un sistema de gobierno paralizado por una ideología perversa, que había liquidado no solamente los valores morales absolutos, sino la misma razón»864. Estas tranquilas certezas descansan sobre un presupuesto muy sencillo: la responsabilidad de una acción terrible no debe atribuirse necesariamente al autor material de tal acción. De manera similar se ha aducido durante mucho tiempo por parte de los dirigentes de la URSS: se reconocía obviamente el horror que se había producido en momentos cruciales de la historia del país, pero se atribuía la responsabilidad de ello al «asedio imperialista» y a la política agresiva de las grandes potencias capitalistas. Debe destacarse en todo caso que el periodista-historiador hospedado y homenajeado en los más autorizados órganos de información hace valer su criterio solamente para el Occidente liberal y anglosajón. No obstante, utilizar un criterio solamente para uno mismo y su propio bando es la definición misma del dogmatismo en el plano teórico, y de la hipocresía en el plano moral.

Por suerte, en Dresde, Hiroshima y Nagasaki es posible escuchar voces menos simplistas. Un ilustre filósofo estadounidense, Michael Walzer, observa que, por parte de los americanos ya «victoriosos», recurrir a la bomba atómica y «matar y aterrorizar a los civiles» sin ni siquiera intentar una negociación real con los japoneses, fue «un doble crimen». Y a una conclusión similar llega Walzer respecto a la destrucción de Dresde y otras ciudades alemanas y japonesas, realizada «con la guerra ya virtualmente ganada»865. El problema se plantea de otro modo en los años en que parece asistirse al triunfo del Tercer Reich, cuando Gran Bretaña comienza su campaña de bombardeos estratégicos, que en Alemania golpean sistemática y despiadadamente a la población civil. Es un momento trágico y los gobernantes ingleses se encuentras frente a un terrible dilema moral que puede expresarse así:

¿Pueden soldados y estadistas pisotear los derechos de gente inocente para salvar a su comunidad política? Tendería a responder afirmativamente, aunque no sin dudas y preocupación. ¿Qué otra elección tendrían a su disposición? Pueden sacrificarse a sí mismos con el fin de defender la ley moral, pero no pueden sacrificar a sus propios compatriotas. Frente a un horror sin fin, sus posibilidades de elección se agotan, harán lo que es necesario para salvar a su gente.866

El peligro de que triunfe el Tercer Reich, «la personificación del mal en el mundo», determina una «suprema emergencia», un «estado de necesidad»; hay que tomar consciencia de que «la necesidad no conoce reglas». Desde luego, bombardeos destinados a matar y aterrorizar a la población civil del país enemigo son un crimen, y sin embargo: «me atrevo a decir que nuestra historia sería borrada, y nuestro futuro se vería comprometido, si no aceptase asumir el peso de la criminalidad aquí y ahora». De modo similar argumenta el joven Lukács cuando, movido por el horror de la carnicería de la Primera guerra mundial, medita sobre su adhesión revolucionaria. Al destacar la inevitabilidad de la «culpa» y hacer un llamado a la «seriedad», a la «consciencia» y al «sentido de responsabilidad» moral, exclama parafraseando a Hebbel: «Y si Dios, entre yo y la tarea que se me ha asignado, hubiera colocado el pecado, ¿quién soy yo para sustraerme a esta elección?»867. Con este mismo estado de ánimo afrontará el filósofo húngaro también los años del terror estaliniano, cuando la amenaza del Tercer Reich es cada vez más evidente.

Podemos ahora dirigir la mirada a la Unión Soviética. Vale la pena destacar que la tesis formulada en su momento por Toynbee, según la cual quien hizo posible Stalingrado fue el recorrido realizado por la URSS estaliniana «de 1928 hasta 1941»868, se ve hoy confirmada por no pocos historiadores e investigadores expertos en estrategia militar: es bastante probable que, sin el abandono de la NEP, la colectivización de la agricultura (con la estabilización del flujo de recursos alimentarios del campo hacia la ciudad y el frente) y la industrialización a marchas forzadas (el desarrollo de la industria bélica y el surgimiento de nuevos centros industriales en las regiones orientales, a distancia segura del ejército invasor), habría sido imposible afrontar victoriosamente la agresión nazi: «La inigualable e incontestable contribución de la Rusia soviética a la derrota de la Alemania nazi está estrechamente ligada a la obstinada Segunda Revolución de Stalin»869. Es más, según Churchill incluso el proceso contra Tuchačevsky, así como el Gran Terror en su conjunto, habrían cumplido un papel positivo y bastante destacable en la derrota de la operación Barbarroja. ¿Tendríamos entonces que justificar el universo concentracionario, como algo necesario que habría permitido evitar «un horror sin fin» al pueblo soviético y a toda la humanidad?

Con razón Walzer somete a rigurosas restricciones este principio: puede considerarse válido sólo si, además de ser «realmente inusual y horrendo», el peligro también es «inminente»870. Se podría decir que al menos el segundo requisito está ausente en la Unión Soviética: Stalin da comienzo a la colectivización forzada de la agricultura y la industrialización a marchas forzadas -lo que acaba provocando una terrible dilatación del universo concentracionario- cuando el peligro de guerra es todavía remoto y Hitler no ha conquistado tampoco el poder. Se podría sin embargo replicar que también Gran Bretaña diseña el plan de construcción de una flota aérea preparada para futuros bombardeos estratégicos al menos dos decenios antes de la irrupción de la «suprema emergencia». De hecho, este plan comienza a tomar forma durante el Primer conflicto mundial y lo inspira una carrera por la hegemonía que dura al menos desde finales del siglo diecinueve.

Bastante diferente es el panorama que presenta el país de la Revolución de octubre. Ampliamente extendido por Europa, el análisis realizado entre otros por el general Foch poco después de la firma del Tratado de Versailles («no es la paz, es solamente un armisticio de veinte años»871) es bien tenido en cuenta por Stalin, que advierte la urgencia de la tarea de remediar el atraso mostrado por Rusia durante la Primera guerra mundial. En lo que respecta al frente oriental, este conflicto había sido leído repetidas veces por Guillermo II como una guerra racial en la que estaba en juego la «existencia» misma de los pueblos en lucha, el «ser o no ser de la raza germánica en Europa». Se trataba de un enfrentamiento que excluía cualquier reconciliación o reconocimiento recíproco: la paz «no es en absoluto posible entre eslavos y alemanes». A partir sobre todo de Brest-Litovsk habían surgido voces en el Reich Guillermino que miraban al este para la solución del problema del espacio vital, y que preparaban una alianza con Inglaterra con el fin de llevar a cabo el desmembramiento de Rusia y «preparar el terreno para un liderazgo mundial de Alemania, con una grandiosa política continental»872. Algunos años después, en el Mein Kampf, Hitler anunciaba con meridiana claridad su programa de construcción de un Imperio continental alemán, que sería construido en primer lugar sobre las ruinas de la Unión Soviética. No es difícil identificar la línea que conduce desde Brest-Litovsk hasta la operación Barbarroja, y esto explica suficientemente las angustias de Stalin. En cualquier caso, la categoría de inminencia del peligro es todo menos unívoca: no hay una magnitud temporal determinada para medirla; es un peligro inminente que, para ser afrontado adecuadamente, no permite demoras. Si aparte del sentido temporal entendemos «inminencia» en sentido espacial, claramente era la Unión Soviética la que estaba expuesta a un peligro más «inminente». Finalmente: mientras el asesinato sistemático de la población civil mediante bombardeos es un crimen de por sí, la colectivización de la agricultura y la industrialización a marchas forzadas acaban desembocando en una serie de crímenes.

Daría prueba de dogmatismo e hipocresía quien se preguntase solamente por los dilemas morales de los estadistas anglosajones. Por otro lado, incluso si afirmamos con Walzer que frente a la «emergencia suprema» un estadista debe saber asumir «el peso del crimen aquí y ahora», resulta difícil pasar de lo general a lo particular.

Cuando leemos cada episodio atroz del que es víctima cada detenido del Gulag, arrollado por un horror del que no consigue comprender ni el origen ni la razón, nos vemos llevados a exclamar con Petrarca: «Povera et nuda vai filosofía» (Rime, VII, 10)*. Pero vale también una consideración similar para las víctimas de los bombardeos estratégicos. ¿Puede realmente la «emergencia suprema» justificar lo que refieren las crónicas? «La primera serie de bombas cayó a las 9:00 de la mañana sobre calles llenas de gente haciendo cola para comprar, y mató a setecientas personas, casi todas mujeres y niños. Después, los cazabombarderos persiguieron y bombardearon a los ciudadanos que huían hacia los bosques, al este». Y en otras localidades: «Los cazabombarderos comenzaron a ametrallar a los peatones, ciclistas, pasajeros de trenes, campesinos que trabajaban en el campo». «Los funerales se celebraban bajo el fuego de los ataques a baja altura; a falta de ataúdes se usaban sábanas». «Las bombas penetran en las casas, quedan incrustadas en las buhardillas, explotando días después, a la luz del sol y en la oscuridad de la noche: derriban las paredes, matan a los habitantes mientras duermen». «Las personas tenían que huir entre las llamas y se apresuraban hacia su muerte; ocurrió incluso que se quitaran la vida o se empujaran entre ellos, rodeados por las llamas»873.

Criminales ya en el momento en el que se presiente la derrota del Tercer Reich, ¿son estas acciones justificables mientras existe la suprema emergencia? Resulta evidente de nuevo la dificultad a la hora de pasar de lo general a lo particular.

La Katyn soviética y la “Katyn” estadounidense y surcoreana

Al contrario que la colectivización de la agricultura y de la industrialización a marchas forzadas, la masacre de los oficiales polacos, decidida por el grupo dirigente soviético y ejecutada en Katyn en marzo-abril de 1940, es en sí un crimen. Estaba muy presente todavía el pulso con Finlandia: después de un intento de proceder a un intercambio consensuado de territorios, emprendido por Stalin con el objeto de conferir una mínima profundidad territorial a la defensa de Leningrado (protagonista después de una épica resistencia a la agresión nazi), ahora la guerra parecía ampliarse y generalizarse. ¿Cómo habrían reaccionado a tal eventualidad los oficiales polacos capturados por la URSS después del desmembramiento de Polonia? Desde Moscú se había intentado en vano hacerles ceder en su postura ferozmente antisoviética, residuo del conflicto iniciado con el derrumbe del Imperio zarista, que tendía por tanto a asumir las características brutales de una guerra civil. La situación se había hecho bastante difícil: acechaba el peligro de que la URSS en cuanto tal fuese engullida por la guerra, y no faltaban ambientes occidentales en los que se pensaba en un derrocamiento del régimen estaliniano). Es este «grave problema de seguridad» el que precipita la «horrible decisión» que Stalin más tarde habrá «lamentado amargamente a causa de la vergüenza y complicaciones posteriores»874. Es decir, también en el caso de las ejecuciones de Katyn no están ausentes los dilemas morales sobre los que Walzer llama la atención. Sin embargo sería erróneo invocar también en este caso la «emergencia suprema», dilatando ulteriormente un criterio que ya de por sí corre el riesgo de ser demasiado amplio.

Aunque injustificable, el crimen del que ahora nos ocupamos no remite a las características peculiares de la personalidad de Stalin o del régimen dirigido por él. Piénsese en el crimen que comete el general estadounidense Patton cuando tras desembarcar en Sicilia ordena la ejecución de los soldados italianos que se rinden después de una dura resistencia875. Si también aquí se trata de una ignominia de dimensiones más reducidas, hay que tener en cuenta sin embargo que lo que la provoca no es una preocupación real por la seguridad del país, sino más bien el espíritu de venganza o quizás también el desprecio racial. Esto es; se trata en este caso de un delito por motivos rechazables.

Si queremos buscar una analogía real para Katyn, tenemos que referirnos a otras tragedias y otros horrores. Diez años después de la Katyn soviética se produce la que podríamos definir como la “Katyn” estadounidense y surcoreana. Nos encontramos en la guerra de Corea. Desde el norte, salvajemente bombardeado, irrumpe en el sur una gran masa de refugiados. ¿Cómo son acogidos? «El ejército de los EEUU tenía la política de asesinar a los civiles que se acercaban a Corea del sur»: las víctimas eran «por lo general mujeres y niños», pero se temía que entre ellos hubiera infiltrados norcoreanos, aunque tras investigar uno de los casos quizás más documentados (las muertes que se producen en No Gun Ri), «no ha aparecido prueba alguna de enemigos infiltrados»876. No se trata aquí de las órdenes de un único aunque destacado general o mariscal, como era Patton, sino más bien de la política promulgada por las más altas instancias militares (y políticas) estadounidenses. Y esta circunstancia nos hace pensar precisamente en Katyn, sobre todo porque en ambos casos está en juego la seguridad.

Para garantizarla, los EEUU y sus aliados no se limitan a matar a los prófugos. Consideran necesaria la liquidación también de la quinta columna potencial. Por ejemplo, «en la ciudad de Taejon, en julio de 1950, la policía ordenó a 1.700 coreanos, acusados de ser comunistas, que cavasen su propia tumba antes de ser ejecutados».

Relata un testigo:

Un domingo por la mañana, al alba, en la ciudad aparentemente desierta de Chochiwon, vi una procesión de hombres y mujeres, atados entre ellos, con las manos a la espalda, golpeados y apaleados, mientras se dirigían desde la estación de policía hacia los camiones a los que se les hacía subir. Fueron después ejecutados y abandonados sin darles sepultura, una o dos millas más lejos877.

Se trató de una operación a gran escala:

En una mina de cobalto cerca de Daegu, en el sur del país, los investigadores han encontrado hasta ahora los restos de 240 personas. Es solamente una fracción de los posibles 3.500 detenidos o sospechosos de comunismo entre julio y septiembre de 1950, sacados a la fuerza de sus celdas o casas, pasados por las armas y arrojados al fondo de la mina.

Incluso «mujeres y niños»878 habrían sido víctimas de «ejecuciones sumarias»: se diría que en tales casos no hayan podido escapar a su suerte tampoco las familias de los sospechosos de ser comunistas. La obsesión por la seguridad no tiene que ver solamente con la retaguardia, sino también con las ciudades apenas conquistadas o reconquistadas. Esto es lo que ocurre en una de ellas: «Nos dijeron que encendiéramos nuestros cigarrillos. Entonces comenzaron a disparar sus fusiles y sus ametralladoras. Después de una pausa, un oficial gritó: “Quienes estéis todavía vivos podéis levantaros y volver a casa”. Los que lo hicieron fueron disparados de nuevo».

¿Cuánto suman las víctimas de las dos prácticas, el asesinato de prófugos y la liquidación de los sospechosos de ser comunistas? En realidad no se ha medido completamente la extensión de lo que «los familiares de las víctimas llaman los campos coreanos de la muerte». Se puede hacer por ahora un balance provisional: «Los investigadores han identificado hasta ahora 1.222 casos probables de asesinatos en masa [...]. Los casos incluyen 215 incidentes en los que los supervivientes afirman que aviones y tropas americanas de infantería mataron a refugiados desarmados»879.

La “Katyn” estadounidense y surcoreana no parece ser de proporciones más reducidas que la soviética, y en todo caso muestra una indiferencia adicional (en una guerra combatida a miles de kilómetros de su país los dirigentes de Washington no habrían podido apelar lo más mínimo a una «emergencia suprema»). Pero aquí no se trata de establecer una jerarquía ente dos crímenes injustificables, se trata de tomar nota de la inadecuación del enfoque moral-maniqueo para la comprensión de Stalin y el país que dirigió.

Ineludibilidad y complejidad del juicio moral

Mientras que por un lado es ineludible, el juicio moral resultaría superficial e hipócrita si fuese formulado haciendo abstracción del contexto histórico. De aquí su complejidad y problematicidad. Es necesario tener en cuenta y deshilvanar el nudo de circunstancias objetivas y responsabilidades subjetivas, y en lo que respecta a estas últimas hay que distinguir entre responsabilidades que atienden a un grupo dirigente en su conjunto y aquellas que apelan a personas individuales. En lo que respecta al grupo dirigente de la URSS, éste llega al poder en un período en el que -por decirlo con palabras de un testigo cristiano favorable al cambio acontecido en octubre de 1917— «la piedad ha sido asesinada por la omnipresencia de la muerte»880, y está obligado a afrontar un estado de excepción bastante prolongado, en una situación caracterizada -retomando el análisis de uno de los autores del Libro negro del comunismo— por una «brutalización inaudita», generalizada y «sin parangón posible con la conocida por las sociedades occidentales». Es decir, si los protagonistas del siglo veinte se han visto obligados a afrontar los devastadores conflictos y dilemas morales que caracterizan a la Segunda guerra de los treinta años, Stalin ha tenido también que medirse con los conflictos y los dilemas morales propios de la historia rusa y del Segundo período de desórdenes. Podría decirse que la sombra de la «emergencia suprema» ha dominado los treinta años que ejerció el poder.

Sin embargo no hay que perder de vista el hecho de que quien obstaculiza gravemente o hace imposible el paso del estado de excepción a las condiciones de normalidad, no fueron solamente las condiciones objetivas. Contribuyó también el mesianismo, desde luego fuertemente estimulado por el horror de la Primera guerra mundial, y sin embargo intrínseco a una visión que espera la disolución del mercado, del dinero, del Estado, del orden jurídico. La desilusión o indignación por la ausencia de todo ello estimula ulteriormente el conflicto, un conflicto que no es posible regular mediante normas jurídicas puramente «formales», en la medida en que ellas mismas están destinadas a desaparecer. Surge entonces un suplemento de violencia que no es posible justificar remitiendo al estado de excepción o a la «emergencia suprema». En este sentido, el juicio moral coincide con el juicio político.

Esto vale también para el Occidente liberal. A propósito de aquél que grabó los bombardeos estratégicos contra Alemania,

De joven piloto, Harris había bombardeado a civiles indios rebeldes. El shock psicológico que experimentaron fue sobre todo un shock cultural. Las tribus primitivas que habitaban en pueblos de cabañas hechas con juncos se tiraban, fascinados, a los pies del Imperio colonial y su arsenal industrial881.

Por otro lado, quien promovió este tipo de guerra fue sobre todo Churchill, al que hemos visto sugerir que se atacara a los «nativos recalcitrantes» iraquíes con bombardeos a base de «proyectiles de gas y sobre todo de gas mostaza», y comparar a los alemanes con «hunos salvajes». Conocemos también el peso de la ideología racial en la guerra estadounidense contra Japón (supra, p. 292), que no por caso sufre después el bombardeo atómico. De nuevo surge un suplemento de violencia que no es posible justificar con la «emergencia suprema», sino que remite a la ideología colonial compartida por el Occidente liberal y Alemania. Si el Tercer Reich asimila a los «indígenas» de Europa oriental a pieles rojas que deben ser diezmados y negros todavía por esclavizar, Inglaterra y Estados Unidos acaban tratando a alemanes y japoneses como si de pueblos coloniales se tratase, necesitados de una lección de obediencia.

Stalin, Pedro el Grande y el «nuevo Lincoln»

En referencia al papel jugado durante el Segundo período de desórdenes, no pocos investigadores, retomando un motivo recurrente que hemos visto ya en Churchill, han comparado a Stalin con Pedro el Grande882. La objeción presentada a tal respecto («Pedro, al contrario que Stalin, miró hacia Occidente y quiso abrir su Estado hacia él»883) no me parece convincente. La condena de las «actitudes asiáticas», las «medidas bárbaras, asiáticas» y los «procedimientos asiáticos» de los que habrían sido responsables el gobierno y la burguesía de la Rusia zarista, es una parte esencial de la propaganda revolucionaria de Stalin884. Al menos hasta octubre de 1917, él no tiene ninguna duda de que en todos los ámbitos su país está atrasado respecto a las democracias occidentales, donde no se producen los sangrientos pogromos antijudíos propios de un «país semiasiático» (supra, p. 242). Después de la conquista del poder, Stalin no solamente insiste en la necesidad de la asimilación de la tecnología occidental, sino que declara además que, si quieren realmente estar a la altura de los «principios del leninismo», los cuadros bolcheviques deben saber fundir «el impulso revolucionario ruso» con el «espíritu práctico americano». En 1932, siempre refiriéndose a los Estados Unidos, expresa una valoración positiva por «sus tradiciones industriales y productivas»: estas «tienen algo de democrático»885.

Más convincente parece la referencia a Pedro el Grande en la medida en que, para explicar la historia de la Rusia soviética, a éste se remitieron explícitamente Lenin (ya en mayo de 1918) y sobre todo Stalin, que por momentos parece asumir la figura del gran Zar como un modelo886. El mismo Trotsky, pese a denunciar la «traición» a la revolución, escribe: «Respecto a numerosas regiones y nacionalidades, el régimen [estaliniano] cumple en gran parte la obra histórica que Pedro I y sus compañeros llevaron a cabo para la vieja Moscovia: solamente que lo hace a mayor escala y a un ritmo más rápido»887. Es interesante además notar que, como conclusión de su viaje a la Unión Soviética, en 1927 un gran filósofo como Benjamin se refiere con interés a la tesis de algunos «literatos [...] que ven en el bolchevismo la coronación de la obra de Pedro el Grande»888. Finalmente, se podría ir más atrás y recordar una predicción de Marx: después de haber mencionado las violentas sacudidas sociales provocadas por las centenarias contradicciones de la Rusia zarista, concluye que «el 1793 ruso [...] será el segundo cambio de rumbo de la historia rusa, y creará una civilización auténtica y generalizada, en el lugar de la civilización falsa y engañosa introducida por Pedro el Grande»889.

Sin embargo, mientras que puede servir parcialmente para iluminar la relación entre la historia de Rusia y el Segundo período de desórdenes, la comparación en cuestión obvia la Segunda guerra de los treinta años y la extraordinaria influencia ejercida por Stalin a nivel planetario. La condena en 1924 de la «escandalosa desigualdad» entre las naciones, teorizada e impuesta por el imperialismo, y la exhortación a derribar «la barrera que separa a blancos y negros», pueblos considerados «civiles» y pueblos excluidos de esta dignidad (supra, p. 235); la aprobación de una Constitución «profundamente internacionalista» -como destaca Stalin al presentarla- y basada en el «principio de que todas las naciones y razas tienen iguales derechos», independientemente del «color de la piel», de la lengua y del grado de desarrollo económico y militar de cada una de ellas890: todo ello no podía sino suscitar un profundo eco no solamente en las colonias sino también en los pueblos de origen colonial colocados en el corazón mismo de Occidente.

En el sur de los EEUU, donde todavía está vigente el régimen de white su-premacy, se respiran nuevos aires: se mira con esperanza a la Unión Soviética y a Stalin como al «nuevo Lincoln»; un Lincoln que habría acabado esta vez de manera real y definitiva con la esclavitud de los negros, la opresión, la degradación, la humillación, la violencia y los linchamientos que continuaban sufriendo891.

Mientras avanza hacia la autocracia, la URSS de Stalin influye poderosamente en la lucha de los afroamericanos (y de los pueblos coloniales) contra el despotismo racial. En el sur de los EEUU se asiste a un fenómeno nuevo y preocupante desde el punto de vista de la casta dominante: el creciente “descaro” de los jóvenes negros. Estos, gracias a los comunistas, comienzan a recibir realmente lo que el poder obstinadamente les negaba: una cultura más allá de la instrucción básica tradicionalmente impartida a todos los destinados a realizar un trabajo semi-servil para la raza de Señores. Ahora, sin embargo, en las escuelas organizadas por el partido comunista en el norte de los EEUU o en las escuelas de Moscú, en la URSS de Stalin, los negros estudian economía, política, historia mundial; se plantean estas disciplinas también para comprender las razones de la dura suerte reservada para ellos en un país que se considera campeón de la libertad. En quienes asisten a tales escuelas se produce un cambio profundo: el “descaro” que les reprocha el régimen de white supremacy es en realidad autoestima, hasta entonces prohibida y pisoteada. Una mujer negra, delegada en el Congreso internacional de mujeres contra la guerra y el fascismo, estando en París en 1934 se ve extraordinariamente impresionada por las relaciones de igualdad y fraternidad, a pesar de las diferencias de lengua y raza, que se establecen entre las participantes en esta iniciativa promovida por los comunistas: «Era el paraíso en la tierra». Aquellos que llegan a Moscú -observa un historiador estadounidense contemporáneo- «experimentan un sentido de libertad inaudito en el sur». Un negro se enamora de una mujer blanca soviética y se casa con ella, aunque al volver a su país no puede ir a su lado, sabiendo el destino que en el sur les espera a cuantos se manchan del crimen de miscegenation y de bastardización racial892.

Las esperanzas puestas por los afroamericanos en el «nuevo Lincoln» no eran tan ingenuas como podría parecer. Reflexionemos sobre los tiempos y modalidades que caracterizan el final del régimen de supremacía blanca. En diciembre de 1952 el ministro estadounidense de justicia envía a la Corte suprema, convocada para discutir la cuestión de la integración en las escuelas públicas, una carta elocuente: «La discriminación racial le facilita las cosas a la propaganda comunista y también suscita dudas entre las naciones amigas sobre la intensidad de nuestra devoción a la fe democrática». Washington -observa el historiador americano que reconstruye el caso- corría el peligro de poner en su contra no solamente a las «razas de color» de Oriente y el Tercer Mundo, sino el corazón mismo de los Estados Unidos: también aquí la propaganda comunista alcanzaba un notable éxito en su intento de ganarse a los negros para la «causa revolucionaria», derrumbando en ellos la «fe en las instituciones americanas»893. No hay dudas: en este asunto fue determinante el desafío representado por la URSS y la influencia ejercida por ella en los pueblos coloniales y de origen colonial.

No es solamente por el impulso dado al proceso de emancipación de los afroamericanos por lo que Stalin influyó indirectamente en la configuración de la democracia misma en Occidente. El discurso con el que se presentó el proyecto de la nueva Constitución condenaba en bloque las tres grandes discriminaciones que han caracterizado la historia de Occidente liberal: «No es el censo, ni el origen nacional, ni el sexo» el que debe determinar la colocación política y social, sino solamente «las capacidades personales y el trabajo personal de cada ciudadano»894. Mientras son mencionadas en el discurso, las tres grandes discriminaciones están todavía presentes, en varias formas y grados, en uno u otro país del Occidente liberal. Finalmente, cuando se pronuncia en favor de la superación de las tres grandes discriminaciones, Stalin declara además que la nueva Constitución está llamada a garantizar «el derecho al trabajo, el derecho al descanso, el derecho a la instrucción» y tener aseguradas «mejores condiciones materiales y culturales», todo en el ámbito de la realización del «democratismo socialista»895. Para Hayek, este bosquejo teórico de los «derechos sociales y económicos» representa la ruinosa herencia de «la revolución marxista rusa» e influye profundamente en las reivindicaciones por un Estado social en Occidente896.

Volvamos a Rusia. El lector habrá notado que, hablando de “estalinismo”, recurro a las comillas. La expresión es utilizada por los seguidores actuales de Trotsky en relación a las realidades políticas más diversas, por ejemplo para etiquetar al grupo dirigente de la China postmaoísta. Pero aun si se quiere remitir exclusivamente a la URSS, la categoría de “estalinismo” no es convincente: parece presuponer un conjunto homogéneo de doctrinas y comportamientos que no existe. En los tres decenios en los que gestiona el poder, vemos cómo Stalin intenta afanosamente elaborar y poner en práctica un programa de gobierno, tomando nota del eclipse de toda perspectiva de triunfo de la revolución socialista a escala planetaria, desembarazándose de la utopía (que es la herencia por un lado de la teoría de Marx, por otro de la espera mesiánica por un mundo totalmente nuevo, suscitada por el horror de la Primera guerra mundial) y del estado de excepción (que en Rusia adquiere una vigencia y agudeza excepcionales por la convergencia de dos gigantescas crisis, el Segundo período de desórdenes y la Segunda guerra de los treinta años). Quedando clara su voluntad de no poner en duda el monopolio de poder ejercido por el partido comunista, Stalin intenta repetidas veces pasar del estado de excepción a unas condiciones de relativa normalidad, con la realización de una «democracia soviética», un «democratismo socialista» y un socialismo «sin dictadura del proletariado». Pero estos intentos fracasan. Es significativo cómo, inmediatamente después de la muerte de Stalin, se “regula” el problema de la sucesión: la liquidación de Beria es una suerte de ajuste de cuentas al estilo mafioso, una violencia privada que no tiene justificación alguna ni en el ordenamiento jurídico estatal ni en los estatutos del partido.

La comparación entre Stalin y Pedro el Grande se muestra ahora en toda su problematicidad. Examinado de cerca, el Segundo período de desórdenes no termina tampoco con la llegada de la autocracia; coincide con la apertura de un nuevo y prolongado estado de excepción, ante un terrible conflicto mundial y una Guerra fría que en cualquier momento podía convertirse en una apocalipsis nuclear. Se podría decir que el Segundo período de desórdenes en realidad acaba con el derrumbe de la URSS: al igual que los jacobinos, tampoco los bolcheviques consiguen adaptarse a la disolución o atenuación del estado de excepción, y terminan pareciendo obsoletos y superfluos a la mayoría de la población. Después de haber superado la «crisis de toda la nación rusa», los bolcheviques se ven finalmente vencidos por la llegada de aquella relativa normalidad, resultado de su propia política.

Es en el plano internacional, sin embargo, donde se revela más sólida la influencia de la Revolución de octubre y de aquél que durante tres decenios dirigió la URSS. Se puede ironizar sobre la grandilocuencia de una Constitución que nunca entró en vigor, pero hay que tener en cuenta que también las declaraciones de principios abstractos ejercen una eficacia histórica. Se puede retroceder, temerosos ante un panorama en el que, tras el derrumbe del despotismo racista y colonialista y las tres grandes discriminaciones históricas, la democracia -es más, la democracia social- avanza guiada por un régimen dictatorial e inclinado al terror. Pero abandonarse a una reacción tal significa en última instancia huir de la complejidad de todo proceso histórico. Aquellos que preferirían tener frente a sí un panorama más simple harían bien en reflexionar sobre una observación de Marx: «Es el lado malo el que impulsa el movimiento de la historia»897.

7
La imagen de Stalin, entre historia y mitología

Las diversas fuentes historiográficas de la imagen actual de Stalin

Pese a todo, la historiografía no consigue distanciarse de la imagen de Stalin como «enorme, oscuro, caprichoso y degenerado monstruo humano», por lo demás tan desprovisto de capacidades intelectuales y políticas como para resultar irrisorio. El origen de esta mitología también se encuentra en la historia. Hay que partir del autor (Deutscher) al que acabo de hacer referencia, que en otras circunstancias observará: «A diferencia de los jacobinos, los bolcheviques no ajusticiaron a sus girondinos», esto es, los mencheviques, que fueron «autorizados» e incluso «animados a dejar Rusia y establecer en el exterior su centro político»898. A partir de aquí desarrollarán una fuerte campaña contra el país dirigido primero por Lenin y después, durante un período de tiempo mucho más largo, por Stalin. Así prosigue Deutscher:

Es cierto que Stalin reflexionó durante largo tiempo sobre el terrible antecedente francés y que durante algunos años esto lo disuadió de recorrer a medios de represión más drásticos. Más de una vez Stalin se expresó públicamente en este sentido [...]. En 1929 decidió exiliar a Trotsky de Rusia. No se podía concebir todavía que Trotsky fuese encarcelado, y aún menos que fuese puesto frente a un pelotón de ejecución899.

Con la llegada del líder de la oposición a Constantinopla, se forma un núcleo político nuevo y más implicado, esta vez dedicado exclusivamente a desenmascarar y denunciar cada aspecto de la personalidad y actividad de

Stalin. En este mismo contexto se pueden colocar a tránsfugas como el general Orlov, que una vez llegado a Occidente se dedica a desvelar los «secretos del Kremlin», ganando una «enorme cantidad de dinero», honorarios presumiblemente más elevados cuanto más sensacionales son los secretos. Acogidas con avidez en la misma Unión Soviética a partir de los años de Gorbachov, y todavía hoy «una de las fuentes más importantes» de la sovietología occidental, estas revelaciones resultan estar en todo caso salpicadas de «mentiras»900.

Obviamente, no hay que perder de vista el centro político en occidente de la agitación antiestaliniana. Sus motivaciones habían sido aclaradas anticipadamente por Lloyd George, que en el verano de 1919 había señalado que una Rusia unida, bolchevique o no, constituía en todo caso una fuente de peligro para el Imperio británico901. Y es que una amplia opinión pública (primero inglesa y después americana) ve en Stalin la encarnación de una doble amenaza, la representada por la agitación comunista en la metrópolis capitalista y sobre todo en las colonias, y la representada por una gran potencia cuyas intenciones expansionistas son ahora más peligrosas por el hecho de inspirar y dirigir un movimiento político presente en cada rincón del mundo.

¿Cuál de los diferentes centros políticos antiestalinianos era más implacable? En ocasiones se tiene la impresión de asistir a un juego de “¿quién da más?” Inmediatamente después del pacto de no agresión entre el Tercer Reich y la Unión Soviética, Trotsky parece mostrarse triunfal: ahora finalmente se desengañarán también «los apologetas profesionales del Kremlin» y de Stalin, «los necios “prosoviéticos” de todo color», aquellos que se habían ilusionado con el apoyo de Moscú para contener el expansionismo de la Alemania nazi. Uno de los objetivos preferidos es Neville Chamberlain. Sí, el primer ministro inglés, al que ya entonces Churchill criticaba por su política de appeasement respecto a Hitler, recibe también las críticas de Trotsky por haber nutrido ilusiones respecto a... ¡Stalin! «Pese a toda su aversión por el régimen soviético», el líder conservador inglés «había intentado por todos los medios establecer una alianza con Stalin»: ¡una colosal prueba de ingenuidad! Él, Trotsky, había aclarado repetidas veces desde la llegada del Tercer Reich que, pese a toda la palabrería sobre los frentes populares antifascistas, «el auténtico objetivo de la política exterior de Stalin era el cierre de un acuerdo con Hitler»; ahora todos se ven obligados a tomar nota de que el dictador del Kremlin es «el mayordomo de Hitler»902.

Puesto en serias dificultades por la resistencia épica de la Unión Soviética contra el Tercer Reich, este juego a dos bandas recomienza con fuerza después del XX Congreso del PCUS y el Informe secreto. ¿Kruschov acusa a Stalin de distanciarse de Lenin? En realidad —recalca inmediatamente Orlov, publicando en Life un artículo que ya desde el título anuncia un «secreto sensacional»- el que había dirigido durante tres decenios la Unión Soviética había sido un agente de la policía secreta zarista, obviamente dispuesto a liquidar a los desgraciados que supiesen de su inconfesable pasado. A esta revelación se atiene todavía hoy un historiador ruso (Rogowin), ferviente seguidor de Trotsky903.

El quién da más llega a cotas singulares. En 1965 Deutscher reflexiona sobre la evolución del líder menchevique Dan: éste, patrióticamente cegado por la imagen de una Rusia «salida triunfante de una guerra catastrófica, con un Tercer Reich postrado a sus pies», habría acabado reconociendo las razones históricas de la Revolución de octubre, pero también, desgraciadamente, las razones del «estalinismo, con todos sus abusos ideológicos y su violencia». Hay sólo un atenuante para esta indulgencia respecto a un bolchevismo «degenerado» y «corrupto»: ¡el hecho es que «cuando Dan escribía una parte de estas páginas, la oleada de filoestalinismo en los países aliados, y sobre todo en los Estados Unidos de posguerra, era muy fuerte»!904 Por suerte, para refutar y ridiculizar de una vez por todas a los ingenuos e incautos que todavía seguían al amo de Moscú, proporcionaban informaciones provenientes precisamente de la capital de la Unión Soviética y del interior mismo del partido comunista.

Solamente en virtud de esta convergencia de intereses heterogéneos se puede explicar la paradoja de una historiografía que, mientras no se cansaba de denunciar la farsa de los procesos celebrados por Stalin en Moscú, aceptaba tranquilamente la legitimidad del proceso a Stalin dirigido de maneras diversas primero por Trotsky y después por Kruschov.

Otras cuestiones sobre la imagen de Stalin

Tan extendida está en nuestros días la imagen del «enorme, oscuro, caprichoso y degenerado monstruo humano», que nos hemos olvidado de la contradictoria historia que precede a la consolidación de tal imagen. Hemos visto el reconocimiento en su momento tributado a Stalin por parte de ilustres estadistas, diplomáticos e intelectuales. Las páginas de sus treinta años de gobierno, hoy consideradas simplemente monstruosas, fueron leídas en el pasado de manera bastante diferente.

En nuestros días, es un lugar común representar la revolución desde lo alto que cambiaría de manera radical el rostro de la agricultura en la Unión Soviética como un producto exclusivo del furor ideológico. Pero en 1944, sin dejar de mencionar sus terribles costes humanos, De Gasperi expresaba un juicio esencialmente positivo sobre «el gran proyecto económico» de colectivización de los campos e industrialización, necesarios por el peligro bélico y la «amenaza anunciada por el Mein Kampf»905.

En nuestros días muy pocos se atreven a poner en cuestión la tesis según la cual la represión sangrienta y a gran escala realizada por Stalin habría sido sólo y exclusivamente producto de su libido dominandi o de su paranoia. Y sin embargo, entre finales de los años veinte y comienzos de los años treinta, Malaparte hablaba tranquilamente de los preparativos de un golpe de Estado en Moscú y las dudas de Stalin a la hora de atajarlo; un destacado órgano de prensa alemán iba más allá, ironizando sobre la ingenuidad de la que el dictador del Kremlin daba muestras al «no enviar al más allá a Trotsky y toda su gente»906. A unos veinte años de distancia, era Churchill en persona quien avalaba -al menos indirectamente- los procesos contra Tuchačevsky y otros líderes militares (se habría tratado de «una despiadada pero quizás útil depuración político-militar», que había eliminado «todos los elementos filoalemanes») y, en cierta medida, incluso los procesos de Moscú en cuanto tales (sobre el banco de los imputados se sentaban dirigentes soviéticos «llenos de celos contra Stalin, que los había desbancado»)907. Más significativa es la postura del estadista inglés, campeón de la lucha contra la Alemania nazi, por cuanto ésta es formulada en polémica con Chamberlain, el protagonista de la política de appeasement. Más radical o más explícito que Churchill era el embajador americano en la URSS, Joseph Davies, que «continuó afirmando que había sido en verdad un complot, que los procesos se habían celebrado justamente, y en consecuencia el poder soviético salía reforzado»908. También De Gasperi señaló en 1944 que la autenticidad de las acusaciones dirigidas contra la oposición antiestalinista estaba confirmada por «objetivas informaciones americanas»909.

Vino después un cambio de rumbo radical, pero la fragilidad e inconsistencia de la imagen que se transmitió de Stalin tras la Guerra fría y el Informe secreto comienzan a ser evidentes en las investigaciones de un número creciente de investigadores. En ciertos aspectos se asiste incluso a una patente rectificación. Tómese como ejemplo el Gran Terror. Junto a las personalidades políticas de primer plano ya citadas, quien consideraba más o menos auténticos los procesos de Moscú era en 1948 un ferviente admirador de Trotsky: Deutscher. Según él el asesinato de Kírov no había sido en absoluto un montaje del régimen. La larga tradición de revolucionarios que en la Rusia zarista se habían «atrevido a atacar a la autocracia con bombas y pistolas» volvía a tener influencia sobre los jóvenes comunistas: «¿Entre los conspiradores que habían intentado asesinar al zar Alejandro III, no estaba acaso el hermano de Lenin? Los libros de texto envolvían a aquellos mártires heroicos de una aureola romántica: es así como las sagradas sombras del pasado parecían ahora armar las manos de los más impacientes komsomoltsy* antiestalinistas». Las «ideas de terrorismo revolucionario» se habían expandido hasta constituir «un estado de ánimo ampliamente difundido entre los jóvenes», incluido el asesino de Kírov910. Todavía en 1948 Deutscher reconocía cierta «verdad psicológica» en los procesos de Moscú en general, y una verdad incluso empírica en lo que respecta a la ejecución de Tuchačevsky en especial: a propósito de este último asunto, si ciertas fuentes hablan de un montaje de los servicios secretos nazis, «numerosas fuentes antiestalinistas sostienen sin embargo que los generales proyectaron verdaderamente un golpe de Estado»911; en uno y otro caso la paranoia o la libido dominandi de Stalin no había jugado ningún papel.

Hay que añadir que algún año después, sin dejarse impresionar por las revelaciones del Informe secreto, un historiador estadounidense, en absoluto carente de simpatías respecto a la oposición antiestaliniana (que define como «la conciencia de la revolución») escribía: «Lo afirmado por Bujarin en sus confesiones de culpabilidad, y lo que se sabe por otras fuentes, hace factible buena parte de lo que se ha revelado en el proceso, pese a las sospechas provocadas por la naturaleza de aquellos procesos»912.

En nuestros días son los mismos investigadores de orientación trotskista los que llaman la atención sobre la guerra civil que había estallado dentro del grupo dirigente soviético, y quienes reivindican los méritos de la oposición por haber promovido por cualquier medio el derrocamiento del régimen termidoriano impuesto por los traidores de la revolución. Es significativo que el cambio de perspectiva afecte también al campo de los seguidores de Trotsky, aquél que en su tiempo se dedicó quizás más que ningún otro a denunciar como pura y simple farsa los procesos de Moscú.

En relación con la dirección de la URSS antes y durante el Segundo conflicto mundial, especialmente tortuosa y significativa es la evolución de Deutscher. Nos es ya conocido el retrato bastante halagador de Stalin como líder bélico, realizado por él en 1948. En 1956, escribiendo bajo la impresión inmediata del Informe secreto, Deutscher presta una fe sin dificultades a las «revelaciones» según las cuales, en los días inmediatamente posteriores al comienzo de la operación Barbarroja, Stalin se habría retirado impotente «taciturno y enfadado, a su tienda», para después, cediendo a las solicitudes y ruegos de sus colaboradores, volver a dirigir el país y la guerra «trazando frentes y líneas ofensivas sobre un mapamundi de mesa». La única corrección que Deutscher dirige a Kruschov y su círculo es la de no haber seguido la recomendación expresada por Trotsky en 1927, es decir, ¡no haber advertido «el deber de derrocar a Stalin, para poder llevar la guerra de la manera lo más eficiente posible y asegurarse la victoria final»!913 Diez años más tarde, volviendo sobre este argumento, Deutscher escribe: «No me siento capaz de aceptar sin reservas las así llamadas “revelaciones” de Kruschov, en especial su afirmación de que en la Segunda guerra mundial [y en la victoria sobre el Tercer Reich] Stalin tuvo solamente una participación casi insignificante»914. Hay que decir que las investigaciones históricas más recientes van más allá de este parcial y tímido replanteamiento.

En cuanto a la tesis de la opresión de las naciones, ya conocemos la radical y positiva novedad de la affirmative action puesta en funcionamiento en la URSS a favor de las minorías nacionals. Pero ahora conviene leer el balance trazado recientemente por otro historiador estadounidense:

Está surgiendo un nuevo consenso, en base al cual, lejos de ser el «asesino de naciones» que era para la anterior historia occidental y nacionalista, el gobierno soviético emprendió un esfuerzo ambicioso, complejo y prolongado para construir naciones étnicamente definidas dentro de un Estado unitario en el plano político y económico. Con el fin de estimular esta «primavera de las naciones soviéticas», el Estado soviético otorgó igualdad jurídica y política a los pueblos del antiguo Imperio, en igualdad con el pueblo ruso [...]. En estos nuevos territorios nacionales reservó un lugar privilegiado a las lenguas de las minorías nacionales, pese a que los etnógrafos soviéticos necesitaron crear un alfabeto para los dialectos locales, por el hecho de que estos no habían adoptado nunca una forma escrita. Esta política de promoción de una cultura nacional autónoma llegó hasta el punto de intentar una asimilación de los rusos, puesto que a los funcionarios y gestores soviéticos se les suponía el aprendizaje de la lengua de las naciones donde trabajaban915.

A las mismas conclusiones llega un investigador francés de Asia central, Olivier Roy, citado favorablemente en un artículo publicado en The New York Review of Books, que así sintetiza las actuales perspectivas de la zona: estados sólidos y operativos podrán afirmarse si se sabe aprovechar «de manera inteligente» la «herencia» soviética. «Los artífices moscovitas de la política de las nacionalidades [...] codificaron las lenguas (en ocasiones creando para ellas nuevos alfabetos), construyeron parlamentos nacionales, bibliotecas nacionales, e instituyeron políticas de affirmative action en favor de los “cuadros locales”». Quien se distinguió entre los protagonistas de esta política iluminada fue «en primer lugar y sobre todo Stalin». ¡Qué lejos estamos de la tesis vigente durante la Guerra fría formulada por Arendt, según la cuál Stalin habría desorganizado y desarticulado deliberadamente las «nacionalidades», con el fin de crear las condiciones favorables para el triunfo del totalitarismo! Un autor, que antes fuera líder de la “disidencia” antisoviética, se expresa así en reconocimiento a la Unión Soviética (y a Stalin) por la política de nacionalidades en términos decididamente enfáticos: «En los años del poder soviético, respecto a la solución de la cuestión nacional los elementos positivos han sido tantos, que es difícil encontrar un ejemplo comparable en la historia de la humanidad»916.

En conjunto, el retrato caricaturesco de Stalin esbozado antes por Trotsky y después por Kruschov, ya no goza de mucho crédito. De las investigaciones de destacados historiadores, nada sospechosos de indulgencia respecto al “culto de la personalidad”, surge en nuestros días el retrato de un político que se eleva y afianza en los puestos de poder en la URSS en primer lugar por el hecho de que, en lo que respecta a la comprensión de los modos de funcionamiento del sistema soviético «supera ampliamente a sus compañeros de lucha»917; un líder de «talento político excepcional» y «enormemente dotado»918; un estadista que salva a la nación rusa de ser diezmada y esclavizada por el Tercer Reich, gracias no solamente a su astuta estrategia militar sino también a discursos de guerra «magistrales», en ocasiones auténticos «fragmentos de brillantez» que en momentos trágicos y decisivos consiguen estimular la resistencia nacional919; una personalidad no carente de cualidades tampoco en el plano teórico, como demuestran entre otros ejemplos la «perspicacia» con la que trata la cuestión nacional en el escrito de 1913 y el «efecto positivo» de su «contribución» a la lingüística920.

Desde luego, se subraya al mismo tiempo y con razón que tal reconocimiento no es un juicio moral de absolución; y sin embargo resulta clara en todo caso la total falta de fiabilidad del Informe secreto. No hay detalle en él que no se vea hoy cuestionado. Consideremos el relato del presunto derrumbe psicológico de Stalin en los días inmediatamente posteriores al comienzo de la operación Barbarroja: según el análisis ya citado de dos historiadores rusos (de segura orientación antiestalinista), se trata de un «episodio» que ha sido «totalmente inventado» y que -destaca un historiador francés- resulta en «total contradicción» con los testimonios y documentos que surgen poco a poco921. Pero no se trata solamente de un «episodio», por lo demás bastante significativo; también respecto al llamado complot de los médicos «Kruschov distorsionó tosca y deliberadamente los hechos»922. Sí, «con la verdad se tomó no pocas licencias»923. Tiene un valor de carácter general la observación (hecha esta vez por el historiador inglés antes citado) respecto al «liderazgo militar de Stalin»: «Para captar la verdad es necesario mirar más allá tanto de las polémicas occidentales de la Guerra fría, como de las circunstancias de la desestalinización en la Unión Soviética»924.

Motivos contradictorios en la demonización de Stalin

La tesis de Arendt, que durante mucho tiempo ha sido la dominante en Occidente de manera indiscutida y ha sido repetida acríticamente una y otra vez, demuestra la atracción irresistible que, pese a todo, se instituye entre “totalitarismo” comunista y “totalitarismo” nazi: «el único hombre por el que Hitler habría tenido un “respeto incondicional” era el “genial Stalin”»; por otro lado, «sabemos por el discurso de Kruschov en el XX Congreso del PCUS que Stalin se fiaba solamente de un hombre, y éste era Hitler». Esto sería cierto hasta tal punto que, pese a todas las advertencias, hasta el último momento «se negó a creer que Hitler habría violado el tratado»: como confirmación de ello Arendt cita de nuevo el Informe secreto o, más exactamente, «el discurso de Kruschov en el texto difundido por el departamento de Estado norteamericano»925. A esta afirmación, que descansa sobre un discurso inmediatamente político y desde luego en absoluto preocupado por el rigor histórico, se podría contraponer el análisis bien documentado según el cual, durante la posguerra, en Hungría y Europa oriental Stalin «se fiaba solamente» de los cuadros de origen judío, que en efecto son llamados a constituir el esqueleto del nuevo aparato estatal (supra, pp. 246-247). Como puede verse, la antítesis respecto a Hitler no podría ser más clara.

Pero detengámonos una vez más sobre la fragilidad de la postura ideológica afín a Arendt y a la opinión dominante. En los últimos tiempos se asiste a un intercambio de posiciones. Desde hace algunos años, destacados investigadores e infatigables ideólogos anticomunistas insisten en retratar a Stalin como un expansionista insaciable, listo para golpear en el momento oportuno a la misma Alemania con la que está vinculado por un pacto de no agresión. A este respecto se cita en especial el discurso de Stalin a los licenciados de la Academia Militar y que aquí, por razones de brevedad, cito en la síntesis contenida en el diario de Dimitrov: «Nuestra política de paz y de seguridad es al mismo tiempo una política de preparación a la guerra. No hay defensa si no hay ataque. Es necesario educar al ejército en el espíritu del ataque. Hay que prepararse para la guerra»926. Es el 5 de mayo de 1941, el mismo día en que Stalin reúne en su persona los máximos cargos del partido y del Estado, en previsión, evidentemente, del choque frontal con el Tercer Reich. El antes examinado desarrollo de los armamentos soviéticos habría sido promovido por Stalin en previsión de una guerra ofensiva contra la que Hitler intenta reaccionar927. Esta tesis hoy incesantemente agitada por el revisionismo histórico puede ser fácilmente refutada remitiendo a lo que cita un autor que además está entre los miembros más destacados de esta corriente historiográfica e ideológica: ya a comienzos de mayo de 1941, el general Antonescu, que había asumido el poder poco tiempo antes en Rumania, informa a sus aliados alemanes de que «las fábricas de los alrededores de Moscú han recibido la orden de transferir sus equipos al interior del país»928. Por otro lado, los nazis estaban buscando desesperadamente un casus belli. El jefe de espionaje, el almirante Canaris, anota en su diario: «El general Jodl me ha hecho saber que están muy preocupados por la actitud blanda e indulgente de los soviéticos respecto a nosotros, y [...] ha añadido, en parte bromeando: “Si esos individuos [los soviéticos] continúan siendo tan pacientes y siguen dejando pasar todo, será Ud. quien tendrá que organizar un accidente que dé comienzo a la guerra”»929. Mientras tanto, sacando a los historiadores revisionistas de su nuevo caballo de batalla, estos testimonios evidencian inequívocamente quién es el agresor. En segundo lugar, aclaran que lo que creaba nerviosismo en el Tercer Reich era precisamente la actitud reprochada a Stalin por Kruschov.

La nueva imputación contra Stalin encontró en seguida su consagración en la prensa, que con el fin de avalarla ulteriormente, no dudó en exhumar el discurso del 19 de agosto de 1939, comentado con sabia indignación por un ilustre sovietólogo: mientras enviaba a Molotov a Berlín para estipular el pacto de no agresión, Stalin habría elaborado ya, con repugnante cinismo, un plan de agresión y sovietización de toda Europa, incluida Alemania930. En realidad, se trata de una grave falsedad histórica (supra, p. 31-32). Pero no es este el punto más importante. La revelación de la nueva ignominia de Stalin habría podido ser la ocasión para volver a discutir la tesis desarrollada por Arendt, gracias también al Informe Kruschov, de la relación constante entre las dos máximas encarnaciones del “totalitarismo”. ¡Y sin embargo, nada se ha hecho!

Los historiadores del universo concentracionario denuncian con razón la ulterior vuelta de tuerca conocida por el Gulag y «la super explotación de los detenidos», que alcanza su horrible cénit tras el «vertiginoso crecimiento de los planes económicos en 1940-1941» (en los meses por lo tanto del pacto de no agresión), cuando el grupo dirigente soviético, en previsión de la guerra, ignora toda consideración con la intención de acelerar al máximo la realización de planes «de gran relevancia estratégica y económica», como por ejemplo la construcción de aeropuertos, fábricas de aviones e industrias esenciales para el esfuerzo bélico931. A la luz de esta acusación el lugar común defendido por Arendt resulta más grotesco que nunca, y sin embargo continúa siendo repetido de manera obsesiva: ¡sigue siendo necesario demostrar que Stalin se fiaba ciegamente de Hitler! La ideología dominante, por lo tanto, agita tranquilamente las afirmaciones y las acusaciones más contradictorias: lo importante es que sean injuriosas. La tendencia a deslizarse de la historia a la mitología política está clara.

La exigencia de demonización, por motivada que esté, se manifiesta también en otros campos. En nuestros días la leyenda negra del antisemitismo de Stalin sigue intacta. Pero no falta el punto de vista diametralmente opuesto. Aparece entonces la investigación de un periodista, americano y judío, que refiere la «propensión (fondness) de Stalin hacia los judíos», a los que confía la dirección de los campos de concentración donde son encerrados los alemanes destinados a ser expulsados de Polonia. Así, los supervivientes de la «solución final» pueden tomarse una terrible venganza y convertirse en asesinos de sus asesinos, todo gracias a la astucia y perfidia del dictador soviético932. Es acusado también -en un libro escrito por un autor cercano a los ambientes militares de la República Federal alemana- de haber puesto en circulación la «propaganda de guerra» de las cámaras de gas y del plan de exterminio total de la población judía a cargo del Tercer Reich, con el fin de desacreditar a sus enemigos933. El contraste con la visión de un Stalin antisemita es obvio y total, pero continúa gozando sin embargo de gran difusión.

Vale finalmente la pena señalar también cómo el tema de la “paranoia” de Stalin es a menudo desarrollado de manera contradictoria. A la hora de diagnosticar abiertamente tal enfermedad destaca un historiador que subraya al mismo tiempo el papel que Beria habría tenido en la muerte del líder soviético934. Desde luego, se podría decir que éste acaba siendo víctima del clima creado por él mismo; no obstante, al menos a partir de cierto momento, el peligro era en parte real y no el producto de una fantasía febril. Por otra parte, quienes acusan a Stalin de paranoia son personalidades y autores que, sin aducir prueba alguna, lo acusan de ser responsable de la muerte de sus colaboradores más estrechos, como Kírov y Zhdanov. ¿No se recurre aquí a la misma actitud reprochada al dictador? Sin embargo estos interrogantes y problemas no surgen siquiera: lo importante es defender la perfidia del déspota comunista y oriental.

Lucha política y mitología entre Revolución francesa y Revolución de Octubre

En junio de 1956, bajo la impresión de la lectura del Informe Kruschov, Deutscher observa: «los comunistas se habían postrado durante más de un cuarto de siglo» ante un tirano monstruoso y repugnante tanto en el plano moral como en el intelectual; y bien, ¿cómo había podido ocurrir todo aquello?935 Prosiguiendo esta línea, habría podido añadir: ¿qué había empujado a ilustres filósofos y estadistas occidentales a rendir tributo a tal monstruo con declaraciones de estima y respeto, y en ciertos casos incluso de admiración? Estas preguntas son legítimas e incluso ineludibles, pero quizás deberían ser completadas con otra: ¿cómo pudo ocurrir que el mismo Deutscher se hubiese dejado contagiar por aquella actitud que denuncia tan duramente en 1956? De hecho, tras la Segunda guerra mundial y con ocasión de la muerte de Stalin, había homenajeado al estadista que había contribuido decisivamente a la derrota del Tercer Reich y había construido el socialismo en la URSS. En aquellos tiempos el monstruo de abyección e imbecilidad inauditas no había desaparecido de escena, y por tanto no había surgido la pregunta sobre el enorme crédito del que había gozado, pese a todo, durante tanto tiempo. Pero quizás en 1956, leyendo el Informe Kruschov, Deutscher habría hecho mejor en plantearse una pregunta bien diferente: guiada por un «generalísimo» y dirigente político tan ridículo, ¿cómo había conseguido la Unión Soviética derrotar a la terrible máquina de guerra nazi que había subyugado rápidamente al resto de Europa continental? ¿Y cómo había hecho la Unión Soviética para, partiendo de una posición de extrema debilidad, convertirse en una superpotencia militar e industrial?

Considerado con detenimiento, a medio siglo de distancia de la muerte de Stalin y de la desestalinización, es oportuno retomar la pregunta formulada por Deutscher para invertirla radicalmente: ¿cómo ha podido ascender a la dignidad de dogma historiográfico y político un retrato tan grotesco y caricaturesco como el trazado por Kruschov? Es más, este dogma se ha enriquecido poco a poco con nuevos detalles, cada vez más fantasiosos: a partir de las “revelaciones” del Informe secreto, que atribuyen a Stalin una confianza ciega en el pacto de no agresión, Arendt ha construido en las sucesivas ediciones de Los orígenes del totalitarismo el teorema de las afinidades electivas entre los dos dictadores, y este teorema ha ido identificando poco a poco nuevos puntos de contacto y nuevas simetrías, hasta que los dos monstruos se han hecho perfectamente equivalentes en cada aspecto de su acción política y de su ideología, incluidos la consumación de un holocausto y el odio antisemita.

La clave explicativa de este singular fenómeno puede reconstruirse en la historia de las mitologías políticas. Después del Termidor los jacobinos son llevados a la guillotina también en el plano moral. Se convierten en «aquellos sultanes», «aquellos sátiros» que habían construido por doquier «lugares de placer» y «de orgías», en los que «se abandonaban a todos los excesos»936. Junto a la libido sexual y más allá de ella, lo que devoró a Robespierre habría sido sobre todo la libido dominandi: se preparaba para «desposar a la hija de Capeto» para poder ascender al trono de Francia937. Sin duda la acusación es increíble, pero no faltaban pruebas, es más, eran abundantes: «el contrato matrimonial» había sido ya firmado; además, en casa del tirano recién ajusticiado se había encontrado el «sello con el emblema de Francia», esto es, el sello de la dinastía borbónica938. Aparecía entonces bajo una nueva luz la ejecución, o mejor dicho, el asesinato de Luis XVI: el responsable se proponía simplemente desembarazarse de un rival, quería eliminar el obstáculo que le impedía la ascensión al trono.

Con la decapitación moral de Robespierre se mezclaba la decapitación más propiamente intelectual. Durante el período jacobino se habían producido episodios populares, no animados desde arriba, de vandalismo e iconoclastia revolucionaria, que habían tenido como objetivos los símbolos del antiguo régimen. Tales episodios habían continuado manifestándose durante el Termidor, apuntando esta vez a todo lo que recordara el Terror. Pero es así como los nuevos gobernantes realizan las imputaciones contra los jacobinos: por odio a la cultura, de la que carecían completamente, habían proyectado incendiar las bibliotecas; de hecho ya habían puesto en marcha este proyecto demencial. A través de varios pasajes, la acusación se amplía cada vez más y se va transformando en un hecho aún más indiscutible según pierde todo contacto con la realidad. Y así, Boissy d’Anglas puede provocar el escarnio público de los jacobinos afirmando:

Estos feroces enemigos de la humanidad, sin duda, consentían en momentáneamente dejar iluminar sus fechorías solamente con la luz de las bibliotecas incendiadas, puesto que esperaban que las tinieblas de la ignorancia se extendieran aún más. ¡Bárbaros! Han hecho retroceder el espíritu muchos siglos939.

Los jacobinos habían introducido la escuela obligatoria, y contra ellos y contra la Revolución francesa como tal, la propaganda contrarrevolucionaria no se cansaba de denunciar la hybris de la razón, celebrando por el contrario la función benéfica del “prejuicio”; sin embargo, en el clima ideológico y político del Termidor, Robespierre y sus colaboradores son acusados de haber querido extender las «tinieblas de la ignorancia». Y la nueva acusación es lanzada sin que se reflexione sobre la anterior: la coherencia lógica es la última de las preocupaciones.

También en lo concerniente al número de víctimas del Terror se asiste a un proceso similar al visto respecto a las bibliotecas. Demos una vez más la palabra al eminente investigador al que estamos siguiendo aquí: «No se escatima con las cifras: decenas de miles, cientos de miles, se habla incluso de millones». Se trata, en definitiva, de un genocidio, como denuncia la jeunesse dorée, que en su contra-Marsellesa truena contra los «bebedores de sangre humana», «esta horda antropófaga», «estos horrendos caníbales»940. Es una acusación retomada y radicalizada por la izquierda. Inmediatamente después del Termidor, Babeuf habla de un «sistema de despoblamiento» (dépopulation) puesto en funcionamiento en la Vendée por Robespierre, que perseguía incluso el «infame, inaudito objetivo político» de «extirpar la raza humana»941. Se asiste así a una convergencia entre derecha y extrema izquierda del arco político, una y otra de acuerdo en retratar a Robespierre como monstruo genocida. Y sin embargo, esta paradoja dura poco. Babeuf no tarda en captar el significado real del Termidor: frente a los jueces que se aprestan a condenarle a muerte, al denunciar la situación desesperada a la que están condenadas las masas, por un lado se remite a Saint-Just y a su idea de «felicidad» y de escape de la miseria, y por el otro expresa su desdén por «el sistema del hambre» puesto en marcha por los nuevos gobernantes, calificando de «genocida» (populicide) al termidoriano Boissy D’Anglas942. La acusación de genocidio conoce así una inversión radical: ya no recae sobre Robespierre, sino sobre sus victoriosos enemigos.

Sería interesante proceder a un análisis comparado de las mitologías surgidas a partir de las grandes revoluciones. Después de octubre de 1917, a los jacobinos «bebedores de sangre humana» se les unen los bolcheviques que, como refieren en los EEUU los prófugos provenientes de Rusia, han inventado y utilizado frenéticamente una guillotina eléctrica capaz de asesinar a quinientas personas cada hora. Hemos visto cómo los jacobinos son descritos como asistentes habituales de «lugares de placer» y organizadores de «orgías»; en otoño de 1919 el líder comunista húngaro Bela Kun es acusado de haber reunido «un harén espléndidamente surtido» donde el judío pérfido e insaciable podía «violar y deshonrar a docenas de castas vírgenes cristianas»943. Quien reclama atención sobre esta ignominia es un periódico que más tarde se convertirá en el órgano del partido nazi, pero que en este momento, al expresar su horror por los acontecimientos de Europa oriental, comparte una orientación ampliamente extendida en la opinión pública occidental, a ambas orillas del Atlántico. También en América los bolcheviques son sinónimo de libertinaje y depravación moral: en Rusia han introducido la nacionalización de las mujeres, como muestran documentos publicados con autorización del presidente Wilson y como aclara con profusión de detalles un periódico acreditado como el New York Times; sí, cada mujer que haya alcanzado su decimoctavo cumpleaños está obligada a registrarse en una «oficina del amor libre», que después asigna a la desafortunada joven un hombre elegido aleatoriamente, viéndose obligada a sufrir en su cuerpo y en su alma la imposición del ente gubernamental944.

Si los jacobinos son “bárbaros”, con mayor razón lo son los protagonistas de la Revolución de octubre, descritos antes como agentes de la Alemania imperial (es decir de los «hunos» y de los «vándalos», como son definidos los alemanes en la propaganda de la Entente durante la Primera guerra mundial), y sucesivamente como agentes del judaísmo internacional, doblemente ajeno a la auténtica civilización tanto por su proveniencia geográfica, como por su contribución a la revuelta de las colonias y de los pueblos de color, tal y como la propaganda nazi no se cansa de repetir. Finalmente, si durante algún tiempo Robespierre es acusado por Babeuf de haber querido «extirpar la raza humana» en su conjunto, Conquest se contenta con atribuir a Stalin la planificación de la muerte por hambre del pueblo ucraniano.

Los temas aquí esbozados constituyen sólo modestas sugerencias para el historiador futuro. A la espera de una deseable comparativa de las mitologías políticas, conviene en todo caso observar que a Stalin le ha tocado una suerte peor que a Robespierre: sí, en la Rusia de nuestros días no faltan las manifestaciones populares que alzan su retrato y la mayoría de los adultos se expresa positivamente sobre Stalin, viendo en él al «líder enérgico» que el país necesitaba en tiempos tan terribles. Entre los ex “disidentes” vemos cómo Alexander Zinoviev describe a Yeltsin como el líder de una «contrarrevolución criminal» y una «democracia colonial», y traza un sorprendente balance de la historia de la Unión Soviética, incluidos los tres decenios de la era estaliniana: «Precisamente gracias al comunismo Rusia pudo evitar males aún peores» y realizar «en condiciones históricas dificilísimas» progresos que «solamente una cínica chusma puede negar»945. En Occidente, sin embargo, también en la izquierda la acusación de “estalinismo” está lista para caer sobre cualquiera que se atreva a expresar alguna duda o interrogante. Si acaso, es en el campo “burgués” donde se puede entrever alguna tímida señal de reflexión. Ya algunos meses después del derrumbe de la Unión Soviética, un respetado periódico italiano mencionaba: «Un millón y medio de personas corren el riesgo de no sobrevivir al invierno, por la falta de alimentos y medicinas en toda la URSS: lo afirma un informe de Cruz Roja Internacional»946. Algún tiempo después, en un análisis de la Rusia de Yeltsin, un politólogo ilustre, Maurice Duverger, señalaba el «derrumbamiento de la expectativa media de vida», cuya responsabilidad recaía sobre los pocos privilegiados que habían conseguido «acumular enormes riquezas» de origen especulativo y parasitario, cuando no abiertamente ilegal, y denunciaba el «auténtico genocidio de ancianos»947. La acusación de genocidio es ahora aplicada de manera generalizada, junto a la condena de un héroe de Occidente (Yeltsin) y con él de Occidente en cuanto tal, considerados responsables de una tragedia que se produce no en el transcurso de una situación de aguda crisis política y económica, sino después de la desaparición de la Guerra fría, en un período en el que, al menos en los países más avanzados, la penuria es solamente un recuerdo lejano.

Viene a la mente el balance en su momento trazado por Edgar Quinet a propósito de la Revolución francesa: «El Terror había sido la primera calamidad; la segunda, la que arruinó la República, fue el proceso contra el Terror»948.

8
Demonización y hagiografía en la interpretación del mundo contemporáneo

Del olvido del Segundo período de desórdenes en Rusia, al olvido del Siglo de las humillaciones en China

A partir sobre todo del estallido de la Guerra fría, durante decenios la campaña anticomunista de Occidente ha girado alrededor de la demonización de Stalin. Hasta el momento de la derrota de la Unión Soviética, no era el caso de exagerar en la polémica contra Mao, y ni siquiera contra Pol Pot, hasta el último momento apoyado por Washington contra los invasores vietnamitas y sus protectores soviéticos. El monstruo gemelo de Hitler era uno sólo: había dominado durante treinta años en Moscú y continuaba pesando de manera funesta sobre el país que se atrevía a desafiar la hegemonía de los EEUU.

El cuadro no podía no cambiar con el ascenso prodigioso de China: ahora es el gran país asiático el que debe ser atacado hasta perder su identidad y autoestima. Más allá de Stalin la ideología dominante está volcada en identificar otros monstruos gemelos de Hitler. Y he aquí que el libro que obtiene un gran éxito internacional es el que describe a Mao Tsé-Tung como el más grande criminal del siglo veinte, o quizás de todos los tiempos949.

Los métodos de “demostración” son los que ya conocemos: se parte de la infancia del “monstruo” más que de la historia de China. Es necesario entonces intentar colmar esta laguna. Con una larga historia a sus espaldas, China, que había ocupado durante siglos o milenios una posición destacada en el desarrollo de la civilización humana, todavía en 1820 tenía un PIB que constituía el 32,4 % del producto interior bruto mundial; en 1949, en el momento de su fundación, la República popular china es el país más pobre, o uno de los más pobres del mundo950. Lo que determinó este hundimiento es la agresión colonialista e imperialista que comienza con las Guerras del Opio. Celebradas de manera entusiasta también por los más ilustres representantes del Occidente liberal (piénsese en Tocqueville y John Stuart Mill) estas guerras ignominiosas abren un capítulo decididamente trágico para el gran país asiático. El déficit del balance comercial chino, provocado por la victoria de los «narcotraficantes británicos», la terrible humillación sufrida («Mujeres chinas son reunidas y violadas» por los invasores; «las tumbas son violadas en nombre de la curiosidad científica»; «el minúsculo pie envuelto de una mujer es exhumado de su tumba») y la crisis, subrayada por la incapacidad del país a la hora de defenderse de agresiones externas, cumplen un papel de primer nivel a la hora de provocar la revuelta de los Taiping (1851-1864), que pone a la orden del día la lucha contra el opio. Es «la guerra civil más sangrienta en la historia mundial, estimada en alrededor de veinte y treinta millones de muertos»951. Después de haber contribuido fuertemente a provocarla, Occidente se convierte en su beneficiario, dado que puede extender su control sobre un país indefenso y amordazado por una crisis cada vez más profunda. Se abre un período histórico en el que se ve una «China crucificada» (a los asesinos occidentales se les unen Rusia y Japón):

A medida que se acerca el final del siglo XIX, China parece convertirse en la víctima de un destino contra el que no puede luchar. Es una conjura universal de los hombres y los elementos. La China de los años 1850-1950, la de las más terribles insurrecciones de la historia, objetivo de los cañones extranjeros, país de las invasiones y las guerras civiles, es también el país de los grandes cataclismos naturales. Sin duda el número de víctimas en la historia del mundo no ha sido nunca tan elevado.

La reducción general y drástica del nivel de vida, la disgregación del aparato estatal y gubernamental, junto a su incapacidad, corrupción, y creciente sometimiento y subalternidad respecto al extranjero: todo ello hace aún más devastador el impacto de inundaciones y hambrunas: «La gran hambruna de China del norte en 1877-1878 [...] mata a más de nueve millones de personas»952. Es una tragedia que tiende a producirse periódicamente: en 1928, los muertos suman «casi tres millones sólo en la provincia de Shanxi»953. No hay escapatoria del hambre ni del frío: «Queman las vigas de las casas para poderse calentar»954.

No se trata solamente de una devastadora crisis económica: «El Estado es prácticamente destruido». Un dato es de por sí significativo: «se desarrollan 130 guerras entre 1.300 señores de la guerra en el período 1911-1928»; las enemistadas «bandas militares» son apoyadas en ciertos casos por una u otra potencia extranjera. Por otro lado, «las numerosas guerras civiles entre 1919 y 1925 pueden ser consideradas nuevas Guerras del opio. La apuesta es por el control de su producción y de su transporte»955. Más allá de los cuerpos armados de los señores de la guerra, se extiende el bandidaje puro y duro, alimentado por los desertores del ejército y por las armas vendidas a los soldados. «Se calcula que en torno a 1930 los bandidos en China alcanzan los 20 millones, el 10 % de la población masculina total»956. Por otro lado es fácil imaginar el destino que les espera a las mujeres. En conjunto, supone la disolución de todo vínculo social: «En ocasiones el campesino vende a la mujer y los hijos. La prensa describe las filas de jóvenes mujeres vendidas que recorren las calles llevadas por los traficantes, en un Shanxi devastado por el hambre de 1928. Se convertirán en esclavas domésticas o prostitutas». Solamente en Shanghai hay «alrededor de 50.000 prostitutas habituales». Y tanto las actividades de bandidaje como el proxenetismo pueden contar con el apoyo o complicidad de las autoridades occidentales, que desarrollan a tal propósito «lucrativas actividades»957. La vida de los chinos vale ya bastante poco, y los oprimidos tienden a compartir este punto de vista con los opresores. En 1938, en un intento por frenar la invasión japonesa, la aviación de Chang Kai-Chek hace volar los diques del río Amarillo: 900.000 campesinos mueren ahogados mientras otros 4 millones son obligados a huir958. Alrededor de quince años antes Sun Yat-Sen había expresado el temor de que se pudiese llegar «a la extinción de la nación y la aniquilación de la raza»; sí, los chinos quizás eran los siguientes en sufrir el fin infligido a los «pieles rojas» en el continente americano959.

Esta trágica historia que antecede a la revolución se disuelve en la historiografía y en la propaganda que giran alrededor del culto negativo de los héroes. Si en la lectura de la historia de Rusia se procede a la ocultación del Segundo período de desórdenes, respecto al gran país asiático se sobrevuela el Siglo de las humillaciones (el período que va desde la Primera guerra del opio a la conquista comunista del poder). Como en Rusia, también en China quien salva la nación e incluso al Estado es en última instancia la revolución guiada por el partido comunista. En la biografía ya citada sobre Mao Tsé-Tung no solamente se ignora el trasfondo histórico brevemente reconstruido aquí, sino que la primacía de los horrores imputados al líder comunista chino es conseguida adjudicándole las víctimas provocadas por el hambre y escasez que han sacudido China. Se guarda un riguroso silencio sobre el embargo infligido al gran país asiático inmediatamente después de la llegada al poder de los comunistas.

Sobre este último punto conviene ahora consultar el libro de un autor estadounidense que describe de manera favorable el papel principal que durante la Guerra fría juegan la política de asedio y estrangulamiento económico instaurados por Washington contra la República popular china. En otoño de 1949, ésta se encuentra en una situación desesperada. Mientras tanto hay que destacar que la guerra civil no había acabado en absoluto: el grueso del ejército del Kuomintang se había refugiado en Taiwan, y desde allí continuaba amenazando al nuevo poder con bombardeos aéreos e incursiones, mientras que continuaban existiendo bolsas de resistencia en el continente. Pero este no es el aspecto principal: «Después de decenios de guerras civiles e internacionales la economía nacional estaba al borde del colapso total». Al derrumbamiento de la producción agrícola e industrial se le une la inflación. Y no es todo: «Aquél año graves inundaciones habían devastado una gran parte de la nación y más de 40 millones de personas habían sido víctimas de este desastre natural»960.

Para hacer más catastrófica que nunca esta gravísima crisis económica y humanitaria, entra en juego el embargo decretado por los EEUU. Sus objetivos surgen con claridad de los estudios y proyectos de la administración Truman y de las admisiones o declaraciones de sus dirigentes: hacer que China «sufra la plaga» de «un nivel de vida general cerca o por debajo de la subsistencia»; provocar un «atraso económico», un «retraso cultural», una «primitiva y descontrolada tasa de natalidad», «desórdenes populares»; infligir «un coste pesado y prolongado a la entera estructura social» y crear, en última instancia, «un estado de caos»961. Es un concepto que es repetido de manera obsesiva: hay que llevar a un país desde una situación de «necesidades desesperadas» hacia una «situación económica catastrófica»: «hacia el desastre» y el «colapso»962. Esta «pistola económica» apuntada contra un país superpoblado es mortal, pero a la CIA no le basta: la situación provocada «por las medidas de guerra económica y bloqueo naval» podría verse agravada ulteriormente por una «campaña de bombardeos aéreos y navales contra puertos seleccionados, construcciones ferroviarias, estructuras industriales y depósitos»; con la asistencia de los EEUU, continúan los bombardeos del Kuomintang sobre las ciudades industriales, incluida Shanghai, de la China continental963.

En la Casa Blanca un presidente da paso a otro, pero el embargo continúa e incluye medicinas, tractores y fertilizantes964. A comienzos de los años sesenta un colaborador de la administración Kennedy, es decir Walt W. Rostow, señala que, gracias a esta política, el desarrollo económico de China se ha retrasado por lo menos «decenas de años», mientras los informes de la CIA subrayan «la grave situación agrícola de la China comunista» ya seriamente debilitada por la «sobrecarga de trabajo y malnutrición» (overwork and malnutrition)965. ¿Se trata entonces de reducir la presión sobre un pueblo reducido al hambre? Al contrario, no hay que reducir el embargo «ni siquiera por un impulso humanitario». Aprovechándose también del hecho de que China «carece de recursos naturales clave, en especial petróleo y terreno cultivable» y utilizando también la grave crisis en las relaciones entre China y la URSS, puede intentarse el golpe definitivo: se trata de «explotar las posibilidades de un embargo occidental total contra China» y bloquear en la mayor medida posible las ventas de petróleo y de trigo966.

¿Tiene sentido entonces atribuir de manera exclusiva o principal a Mao la responsabilidad de la catástrofe económica que durante tanto tiempo afectó a China, lúcida y despiadadamente proyectada en Washington ya desde otoño de 1949? Empeñados en ofrecer un retrato caricaturesco de Mao y denunciar sus dementes experimentos, los autores del best-seller sobre el dirigente chino no se plantean este problema. Además los mismos dirigentes estadounidenses saben, desde el momento en que aplican el embargo, que será todavía más devastador a causa de la «inexperiencia comunista en el campo de la economía urbana»967. No por caso les hemos visto hablar explícitamente de «guerra económica» y de «arma económica».

Es una práctica que no desaparece ni siquiera después del final de la Guerra fría. Algún año antes del ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio, un periodista estadounidense describía así, en 1996, el comportamiento de Washington: «Los líderes americanos desenvainan una de las armas más pesadas de su arsenal comercial, apuntando abiertamente a China, para discutir después si apretar o no el gatillo». Una vez puesta en marcha, su amenaza de cancelación de las relaciones comerciales habría constituido, «en términos de dólares, la mayor sanción comercial en la historia de los EEUU, excluidas las dos Guerras mundiales»; habría sido «el equivalente comercial de un ataque nuclear»968. Esta era también la opinión de un ilustre politólogo estadounidense, Edward Luttwak: «Con una metáfora se podría afirmar que el bloqueo de las importaciones chinas es el arma nuclear que América apunta hacia China»969. Agitada como amenaza en los años noventa, el «arma nuclear» económica ha sido utilizada sistemáticamente contra el país asiático durante la Guerra fría, mientras Washington (explícitamente y repetidas veces) se reservaba el derecho a recurrir también a la auténtica arma nuclear.

Al llegar al poder Mao es consciente de que le espera la «difícil tarea de la reconstrucción económica»: sí, es necesario «emprender el trabajo en el campo industrial y económico» y «aprender de cada experto (quienquiera que sea)»970. En este contexto el Gran Salto adelante es un intento desesperado y catástrofico de afrontar el embargo971. Esto vale en parte para la Revolución cultural, caracterizada por la ilusión de poder impulsar un rápido desarrollo instando a la movilización en masa y a los métodos adoptados con éxito en la lucha militar. Todo siempre en la esperanza de poner fin de una vez por todas a las devastaciones de la «guerra económica», detrás de la cual se vislumbraba la amenaza de una guerra total. En lo que respecta al comportamiento de Mao como un déspota oriental, sobre todo durante la Revolución cultural, desde luego contribuyen a explicarlo tanto la historia de China como la ideología y personalidad de quien ejerce el poder; el hecho es que no se ha visto nunca que se democratizase un país salvajemente agredido en el plano económico, aislado en el plano diplomático, y sometido a una terrible y constante amenaza en el plano militar. Siendo así las cosas, es doblemente grotesco imputar exclusivamente a Mao «más de setenta millones de personas [...] muertas en tiempo de paz a causa de su desgobierno»972.

En realidad, las «conquistas sociales de la era de Mao» han sido «extraordinarias», conquistas que consiguieron una clara mejora de las condiciones económicas, sociales y culturales, y un fuerte aumento de la «expectativa de vida» del pueblo chino. Sin estos presupuestos no se puede comprender el prodigioso desarrollo económico que a la postre liberó a cientos de millones de personas del hambre e incluso de la muerte por inanición973. Sin embargo, en la ideología dominante los papeles se intercambian: el grupo dirigente que puso fin al siglo de las humillaciones se convierte en una banda de criminales, mientras que los responsables de una tragedia que duró un siglo, así como aquellos que con el embargo hicieron todo lo posible para prolongarla, aparecen como campeones de la libertad y la civilización. Hemos visto ya a Goebbels describir en 1929 a Trotsky como aquél que «quizás» puede ser considerado como el mayor criminal de todos los tiempos; en los años posteriores quizás hubiera asignado a Stalin el primer lugar en la lista. En cualquier caso la manera de argumentar del jefe del aparato de propaganda y manipulación del Tercer Reich debe haberles parecido demasiado problemática a los autores de la aclamada biografía sobre Mao. No tienen dudas: ¡la primacía absoluta entre los criminales de la historia universal ha pasado a ser la del líder chino!

La obliteración de la guerra y la producción en serie de monstruos gemelos de Hitler

El olvido de la historia, sobre todo la historia del colonialismo y de las dos grandes guerras, es una constante en la mitología dedicada a transformar a Stalin, y a todos los líderes del movimiento comunista y anticolonialista, en monstruos más o menos gemelos de Hitler. Esto es una operación bastante fácil respecto a Pol Pot. Y precisamente sobre él conviene ahora detenerse brevemente, desde luego no para rehabilitarlo o para reducir el horror del que fue responsable, sino más bien con el fin de aclarar mejor los modos en los que es construida la mitología hoy dominante. Al hacerlo me serviré casi exclusivamente del libro de un investigador estadounidense experto en Asia, y sobre todo del estudio monográfico sobre Camboya escrito por un periodista que ha trabajado para el Times, The Economist y la BBC. Comencemos por tanto planteándonos una pregunta: ¿cuándo y cómo comenzó la tragedia que culminó en el horror del régimen de Pol Pot? Aquí tenemos una primera respuesta, proporcionada por el investigador estadounidense:

A comienzos de los años setenta, el presidente Richard Nixon y su consejero para la seguridad nacional, Henry Kissinger, ordenaron lanzar sobre áreas rurales de Camboya más bombas de las que fueron lanzadas en Japón durante la Segunda guerra mundial, matando al menos a 750.000 campesinos camboyanos974.

El cálculo que aparece en el libro sobre la Camboya de Pol Pot es más prudente: las víctimas alcanzarían el «medio millón». El hecho es en todo caso que «las bombas cayeron en masa y sobre todo sobre la población civil», que resultó diezmada, con los supervivientes a menudo terriblemente desfigurados y traumatizados por la experiencia de los bombardeos diarios y la huida del campo (reducido a un «paisaje lunar») hacia las ciudades en manos de tropas gubernamentales. Se vieron a salvo del infierno, pero sobrepasados por el caos posterior a la creciente llegada de supervivientes del campo, obligados a llevar «una existencia precaria hasta los límites de la muerte de hambre»: al final del conflicto solamente en la capital había dos millones de camboyanos desarraigados por la guerra, hacinados en «chozas» y «barrios de chabolas» con los enfermos y heridos alojados en hospitales a los que llegaban «con pocas esperanzas de sobrevivir»975. A todo ello se deben añadir las «masacres a gran escala» llevadas a cabo por las tropas de Lon Nol, llegado al poder en 1970 con un golpe de Estado diseñado en Washington. Este es el modo en el que el régimen alimentado por EEUU con «cientos de millones de dólares» afronta el problema representado por las minorías étnicas: «En los suburbios del norte de Phnom Penh, al menos tres mil habitantes, todos hombres por encima de los quince años, fueron capturados, colocados a lo largo del río, y fusilados. Las mujeres supervivientes fueron violadas». O también: «En la zona llamada Pico del Papagayo, los detenidos [vietnamitas] de un campo fueron advertidos de un inminente ataque del vietcong, y recibieron la orden de darse a la fuga. Mientras corrían, los guardias camboyanos [aliados o bajo el mando de los EEUU] abrieron fuego con las ametralladoras». Son sólo dos ejemplos. Autorizados testimonios periodísticos informan de la impresión que inmediatamente se tiene tras la visita a éste o aquél lugar similar a los apenas citados: «Parecía una carnicería, y tenía el mismo olor»976.

Quede claro; el furor de las tropas de Lon Nol no se ensañó solamente con los vietnamitas: «los comunistas hechos prisioneros eran a menudo eliminados»; además, los responsables de tales muertes disfrutaban fotografiándose mientras exhibían orgullosos y sonrientes las cabezas cortadas de los guerrilleros977. Por otro lado, sería erróneo imputar exclusivamente a los asiáticos las atrocidades que se producen en Camboya y en toda Indochina. Da que pensar lo que refiere un profesor estadounidense en una revista de su país, a propósito de un agente de la CIA que vivió en Laos «en una casa decorada con una corona de orejas arrancadas de las cabezas de comunistas [indochinos] muertos»978.

Llegados a este punto se impone una nueva pregunta: ¿hay un vínculo entre el primer acto de la tragedia camboyana y los posteriores? En el empeño por minimizar tal vínculo, el libro que cito no está exento de contradicciones u oscilaciones: «Es posible que los bombardeos hayan contribuido a crear un clima que llevaría al extremismo. Pero la guerra en tierra lo habría hecho igualmente». ¿Era una necesaria fatalidad la «guerra en tierra»? ¿No es por la guerra en cuanto tal por la que habría que comenzar? «La ecuación “nada de guerra en Vietnam, nada de Jemeres rojos” es demasiado simplista, pero refleja una innegable verdad»979. El periodista y escritor inglés encuentra dificultades para admitirlo, sin embargo de la turbación de sus palabras se infiere que los primeros responsables de la tragedia deben buscarse en Washington. Y de su relato surge una verdad todavía más perturbadora que las simplificaciones habituales. Este es el modo en el que el libro sobre Camboya relata la conquista de Phnom Penh por parte de los guerrilleros: después de todo lo ocurrido «habría podido ir mucho, mucho peor»980. Al menos en lo que respecta a la primerísima fase de gestión del poder, ¡se certifica una moderación en Pol Pot que difícilmente podría reconocérsele a los dirigentes de Washington!

Por otro lado, los nuevos gobernantes se enfrentaban a dificultades reales y dramáticas: ¿comenzarían los EEUU una nueva oleada de bombardeos terroristas? ¿Y cómo alimentar a una población urbana crecida desmedidamente, con una agricultura devastada a causa de la transformación del campo en un «paisaje lunar»? ¿Cómo afrontar la amenaza de la CIA, que en las ciudades «había instalado emisoras secretas de radio y células de espionaje clandestino»?981 Desde luego lo que determina la decisión de evacuar las ciudades es también un populismo extremista y mesiánico de Pol Pot, pero esta misma actitud es alimentada por el espectáculo de ciudades terriblemente superpobladas, expuestas a la amenaza del enemigo y cercadas por el caos, con una población en gran parte imposibilitada para desarrollar cualquier función productiva.

En conclusión: ¿por qué el juicio moral sobre Pol Pot tendría que ser más severo que el de Nixon y Kissinger (responsables de la guerra)? El mismo autor inglés al que cito, mientras por un lado rechaza la explicación intencional de las masacres en las que desemboca la aventura de Pol Pot («esa nunca fue la línea política del PCK» (el partido comunista camboyano) «el objetivo no era destruir, sino transformar»), respecto a la ferocidad de la guerra estadounidense observa desde la distancia: «Los bombardeos se habían convertido en un símbolo de virilidad»982. Hay que añadir que después de la conquista del poder, durante el posterior conflicto con Vietnam Pol Pot es apoyado por los EEUU en el plano político y diplomático. Sin embargo la ideología dominante silencia el papel prioritario y decisivo de Nixon y Kissinger en la tragedia camboyana. Ya se sabe: los bárbaros siempre están fuera de Occidente, y si se debe proceder a criminalizar a dirigentes políticos, los criminales son siempre los dirigentes revolucionarios, nunca los responsables de las guerras.

Aún mas repugnante es esta hipocresía por el hecho de que mientras que Pol Pot ha dejado de atormentar y asesinar, los efectos de la guerra llevada por EEUU todavía continúan vigentes. «En toda Indochina hay personas que mueren de hambre, de enfermedades o por proyectiles sin explotar»983. Al menos en lo que respecta a Vietnam, hay que tener en cuenta el cálculo realizado hace algún tiempo por un periódico conservador francés según el cual, a treinta años del fin de las hostilidades, todavía había «cuatro millones» de víctimas con el cuerpo destrozado por el «terrible agente naranja» (en referencia al color de la dioxina arrojada por los aviones americanos sobre todo un pueblo)984. ¿Y en Camboya? Dejemos aparte los daños físicos. ¿Cuántos son los camboyanos que todavía sufren «daños psicológicos» devastadores e «irreversibles» provocados por los bombardeos?985 Se impone una conclusión: concentrarse exclusivamente sobre Pol Pot significa contentarse con media verdad, que acaba en realidad constituyendo una mentira total que oculta a los principales responsables del horror.

Socialismo y nazismo, arios y anglo-celtas

Después de haber asimilado a los “monstruos del totalitarismo”, la ideología hoy dominante va más allá. Aparte de las personas que lo han encarnado históricamente, el comunismo en cuanto tal estaría estrechamente conectado por afinidades electivas y vínculos de consanguinidad con el nazismo. El más insistente en esta dirección es Conquest, que comienza su «demostración», afirmando respecto a Hitler: «Y aunque odiase al comunismo “judío”, no odiaba a los comunistas»986. La hostilidad entre ambos movimientos políticos sería sólo un espejismo. ¿Qué decir de este nuevo teorema?

Inmediatamente después de su llegada al poder, el Führer explica a la cúpula de las fuerzas armadas que pretende en primer lugar liquidar el «veneno» representado por «pacifismo, marxismo y bolchevismo»987. Algunos días después, Göring aclara ulteriormente el programa del nuevo gobierno contra el marxismo (y el bolchevismo): «No sólo aniquilaremos esta peste; arrancaremos de cada libro la palabra marxismo. Dentro de cincuenta años, ningún hombre en Alemania podrá saber lo que el término significa»988. En las vísperas de la operación Barbarroja, Goebbels anota en su diario:

El bolchevismo ha muerto (ist gewesen). De este modo absolveremos frente a la historia nuestra auténtica tarea [...]. El veneno bolchevique debe ser expulsado de Europa. Contra tal empresa tienen poco que objetar el mismo Churchill o Roosevelt. Quizás lleguemos a convencer también al episcopado alemán de ambas confesiones de que bendiga esta guerra como voluntad de Dios [...]. Ahora estamos aniquilando realmente todo aquello contra lo que hemos combatido durante toda nuestra vida. He hablado con el Führer y él está completamente de acuerdo conmigo989.

No se trata de meras palabras, como demuestra la aniquilación sistemática de los cuadros comunistas, decidido por Hitler muy poco antes de la operación Barbarroja. Hay más: «A finales de 1941 los alemanes habían capturado tres millones de prisioneros soviéticos. En febrero de 1942 habían muerto dos millones de estos prisioneros, sobre todo a causa del hambre, de las enfermedades y del maltrato. Por añadidura, los alemanes han procedido directamente a la ejecución de los prisioneros sospechosos de ser comunistas»990. Es decir, ya en los primerísimos meses de la operación Barbarroja, los nazis asesinan o provocan la muerte de más de dos millones de soviéticos, ejecutando en primer lugar a los comunistas. Y no es todo. Mientras se ve obligado a esconderse para escapar de la «solución final», Klemperer, conocido intelectual alemán de origen judío del que ya hemos hablado, escribe una entrada de su diario sobre la que conviene reflexionar. Estamos en agosto de 1942 y la Zeiss-Ikon recurre al trabajo forzado de obreras polacas, francesas, danesas, judías y rusas; la situación de estas últimas es especialmente dura: «Sufren tanta hambre que las compañeras judías acuden en su ayuda. Está prohibido; pero se deja caer una rebanada. Después de un rato la rusa se agacha y enseguida desaparece en el baño con el pan»991. Por lo tanto, según este testimonio, la condición de las esclavas rusas (o soviéticas) era incluso peor que la de las esclavas judías.

En sus lapidarias afirmaciones Conquest no se queda a medias. Hay que demostrar el teorema de las afinidades electivas entre comunismo y nazismo más allá de la personalidad de Stalin y de las fronteras de la Unión Soviética. Por supuesto la «larga y recíproca hostilidad» entre los dos «partidos totalitarios» es mera apariencia. La realidad es muy diferente: «Gramsci, por ejemplo, fue uno de los compañeros más cercanos de Mussolini»992. Y sin embargo, todos deberían saber que mientras el dirigente comunista languidecía en las cárceles fascistas, su verdugo recibía el homenaje de representantes de primer nivel del mundo liberal. Piénsese en especial en Churchill, que declara en 1933 a propósito del Duce: «El genio romano encarnado por Mussolini, el más grande legislador vivo, ha mostrado a muchas naciones cómo se puede resistir al ascenso del socialismo, y ha indicado el camino que una nación puede seguir cuando se la dirige con valentía»993. Cuatro años después -mientras la Italia fascista ha llevado a cabo, con métodos bárbaros, la conquista de Etiopía, y se ha empleado a fondo en el derrocamiento de la República española- el estadista inglés defiende su afirmación: «Sería una peligrosa locura para el pueblo británico minusvalorar la duradera posición que Mussolini ocupará en la historia mundial, o las sorprendentes cualidades de valentía, inteligencia, autocontrol y perseverancia que encarna»994.

Convendría sobre todo leer el balance trazado por Croce hacia el final de la Segunda guerra mundial. El objeto de su crítica es «la actitud indulgente de los conservadores ingleses hacia los caudillos de Alemania, Italia y España»995. Es más, al menos en lo que respecta al fascismo italiano, Inglaterra fue más allá: «sus políticos, y algunos de los más importantes, homenajearon y mimaron al fascismo; visitaron a su líder e incluso alguno se atavió con distintivos fascistas»996. Sí, Mussolini «obtuvo el homenaje de todo el mundo, y en primer lugar de los políticos ingleses, y [...], por lo que se me informa a través de gente que vive en Inglaterra, la opinión pública inglesa todavía lo considera un gran hombre»997. La actitud filofascista de Occidente encuentra su consagración incluso en el plano filosófico. Piénsese en un autor como Ludwig von Mises, que todavía hoy es considerado un maestro del liberalismo y que en 1927 aplaude el golpe de Estado mussoliniano, que había alejado el peligro comunista y salvado a la civilización: «este mérito del fascismo vivirá eternamente en la historia»998.

El mismo Hitler es retratado en 1937 en tono halagador por Churchill, que aprecia en él no solamente a un político «extremadamente competente», sino también de «modos galantes», «sonrisa desarmante» y un «sutil magnetismo personal» del que es difícil escapar999. Más énfasis tienen las palabras del ex primer ministro David Lloyd George, que habla del Führer como un «gran hombre»; mientras que muy poco antes de comenzar la guerra, el programa anunciado por el Mein Kampf (sometimiento y esclavización de los eslavos), es considerado aceptable por el embajador británico en Berlín, a condición desde luego de que no se «dirija al mismo tiempo contra el Imperio británico»1000. En todo caso, independientemente del juicio sobre el Führer, según la opinión expresada en 1938 por el embajador estadounidense en París hay que hacer todo lo posible para construir un frente común contra el «despotismo asiático», con el fin de salvar la «civilización europea» (supra, p. 180). Sin embargo, en los Quaderni del carcere Gramsci escribe en 1935: «después de las manifestaciones de brutalidad e inaudita ignominia de la “cultura” alemana dominada por el hitlerismo», es momento de que todos tomen nota de cuan «frágil sea la cultura moderna»1001.

Finalmente, al llevar a término su cruzada, que, más allá del comunismo, apunta también a las corrientes relacionadas de algún modo con el socialismo, Conquest sentencia: «la eugenesia, con todas sus implicaciones racistas, estaba de moda también entre los fabianos»1002. Llegados a este punto el tour de force ha llegado a su culmen, y ahora basta cualquier vaga veleidad reformadora de la sociedad capitalista existente para ser equiparados a parientes o gemelos de Hitler. Naturalmente para argumentar así la investigación empírica es un obstáculo: como término, antes aún que como “ciencia”, la eugenesia nace en la Inglaterra liberal e inmediatamente conoce un gran éxito en los Estados Unidos. Historiadores austríacos y alemanes se remiten explícitamente a la República norteamericana cuando, aún antes que Hitler, recomiendan la «higiene racial»: a semejanza con lo que ocurre más allá del Atlántico, se trata de introducir también en Austria y Alemania normas que prohíban las relaciones sexuales y matrimoniales entre razas diferentes y de desigual valor. No es casual que el término clave del programa eugenético y racial del Tercer Reich, esto es, Untermensch, es simplemente la traducción del inglés Under Man, neologismo acuñado por Lothrop Stoddard, autor celebrado tanto en los EEUU como en Alemania, y consagrado por los homenajes tanto de dos presidentes estadounidenses (Harding y Hoover) como del Führer del Tercer Reich, por el que es recibido en persona y con todos los honores1003. Vale la pena notar que quien critica tal corriente de pensamiento, dedicada a celebrar la supremacía blanca y nórdica y a defenderla también en el plano eugenético, es sin embargo Antonio Gramsci, el teórico y dirigente comunista especialmente criticado por Conquest1004.

A este autor, obsesionado con la idea de descubrir en los lugares más recónditos a impensables movimientos y personalidades que presenten afinidades ideológicas con el nazismo, querría ofrecerle una sugerencia: podría probar a someter sus libros al mismo tratamiento que él aplica a todo libro con una mínima orientación socialista. Da que pensar la tesis formulada en una de las últimas publicaciones de Conquest: la civilización auténtica encuentra su expresión más formada en la «comunidad de lengua inglesa» y la primacía de tal comunidad tiene un preciso fundamento étnico, constituido por los «angloceltas»1005. La mitología anglocelta aquí esbozada evoca la mitología aria. Sólo queda un detalle. La mitología aria, apreciada por una larga tradición desarrollada en las dos orillas del Atlántico, y después desembocada en el nazismo, tendía a identificarse con la mitología blanca; en cualquier caso rendía tributo a los pueblos nórdicos y a todos los pueblos que habían surgido del suelo germánico, incluidos por tanto ingleses y americanos. La comunidad anglocelta es sin embargo definida en contraposición no solamente con los bárbaros ajenos a Occidente, sino también con Europa continental. El club de los pueblos auténticamente civilizados defendido por Conquest, es sin duda el más exclusivo.

El Nuremberg anticomunista y la negación del principio de tu quoque

A estas alturas la tendencia está clara. En el campo de los vencedores no pocas voces se alzaron para recomendar o exigir una suerte de Nuremberg anticomunista; y es esta la orientación que inspira la ideología y la historiografía dominantes. Es sabido que, en el transcurso del proceso de Nuremberg, se les negó a los imputados nazis la posibilidad de valerse del principio de tu quoque, es decir, partir de los crímenes que negaban, para llamar la atención sobre los crímenes análogos cometidos por sus acusadores. Del mismo modo se desarrolló el proceso de Tokio. Obviamente, es la justicia de los vencedores. Por otro lado, llegado el final de un gigantesco conflicto que había adquirido las dimensiones de una guerra civil internacional y la forma de un enfrentamiento planetario entre revolución y contrarrevolución (piénsese en la teorización nazi del derecho de la raza de los Señores a esclavizar a las “razas inferiores”, un esencial y terrible paso atrás respecto al proceso de abolición de la esclavitud colonial), vemos surgir en varios países (por ejemplo Italia) tribunales revolucionarios que, en el caso de Alemania y Japón (donde el frente interno ha resistido hasta el final), son impuestos desde arriba y desde fuera. Los actuales procesos historiográficos del Nuremberg anticomunista son la réplica como farsa de una gran tragedia. Es evidente que un juicio histórico es impensable sin la reconstrucción del clima que domina una época: comparativa y recurso al principio del tu quoque son absolutamente ineludibles. Y es a la luz de estos criterios como he pretendido analizar la habitual criminalización de la historia que comienza con la Revolución de octubre, y en especial, de Stalin.

Sobre los modos terroristas a través de los cuáles ejerció el poder, no hay dudas. Pero introduzcamos el principio del tu quoque. Sabemos ya de los cientos de miles de víctimas provocadas por los bombardeos americanos en Camboya. Aquí quiero llamar la atención sobre un detalle:

Los campesinos fueron presa de un terror ciego. «Sus mentes se bloqueaban y vagaban mudos, sin hablar durante tres o cuatro días», ha recordado un joven habitante de un pueblo. «Su cerebro estaba completamente desorientado [...] no conseguían ni siquiera tragar la comida».

Y muchos, «medio enloquecidos por el terror», no conseguían nunca más recuperarse1006.

El terror no se ejerce siempre de manera “aséptica”, bombardeando desde lo alto. En lo que respecta a los EEUU, el siglo veinte comienza mientras todavía está combatiéndose la guerrilla en las Filipinas, reprimida -relata un historiador estadounidense- con la «masacre de pueblos enteros» o con la ejecución de todos los varones por encima de los diez años1007.

Otras veces el terror es ejercido delegando las tareas más sucias a terceros, que en todo caso son ayudados en la tarea. Veamos de qué manera los EEUU se han desembarazado de sus opositores políticos en Indonesia: cientos de miles de comunistas son asesinados tras el golpe de Estado de 1965, orquestado y apoyado por Washington. El recurso al terror e incluso al sadismo es sistemático:

Los asesinatos en masa habían comenzado en octubre de 1965 [...]. Los militares habían recopilado y distribuido listados de “comunistas” a grupos musulmanes de derecha, armados con parangs y transportados en camiones a los pueblos, donde asesinaban y mutilaban a los habitantes. Los niños de las escuelas eran invitados a señalar a los “comunistas”, muchos de los cuáles eran asesinados en el mismo lugar, junto con toda la familia. Numerosas personas eran denunciadas tras peleas personales, y «bastaba una palabra o un dedo apuntándoles para que fuesen capturadas y fusiladas». El número de las víctimas era tan elevado que provocó graves problemas sanitarios en el este de Java y al norte de Sumatra, donde los cuerpos en putrefacción saturaban el aire e impedían la navegación en los ríos [...]. En 1968 habían recomenzado las ejecuciones en masa y, de una sola vez, el ejército y la guardia civil habrían matado en el centro de Java a «3.500 presuntos seguidores del PKI, golpeándolos en la nuca con barras de hierro» [...]. Según Amnesty International «no se libraban de las torturas muchachas de ni siquiera trece años, viejos, personas débiles y enfermas: torturas utilizadas no sólo en los interrogatorios, sino también como castigo o por simple sadismo1008.

¿Es un terror que los países del Occidente liberal ejercen solamente fuera de su territorio nacional? No es así; basta pensar en la violencia que todavía en los primeros decenios del siglo veinte aterroriza a los negros y que a menudo se escenifica como un pedagógico espectáculo de masas:

Las noticias de los linchamientos se publicaban en los periódicos locales, y se añadían vagones suplementarios a los trenes para que los espectadores, en ocasiones millares, provenientes de localidades a kilómetros de distancia pudiesen presenciarlos. Para asistir al linchamiento, los niños de las escuelas podían tener el día libre.

El espectáculo podía incluir castración, horca, desollamiento, hoguera, disparos de arma de fuego. Los souvenirs para los asistentes incluían dedos de manos y pies, dientes, huesos, e incluso los genitales de la víctima, así como postales ilustradas del evento1009.

Por otro lado, «la solución final de nuestra cuestión india» se prolonga en Canadá también después de la consecución de su independencia.

Concentrémonos en los años treinta del siglo veinte, aquellos años en los que en la URSS arrecia el terror estaliniano. En los EEUU los títulos y crónicas de los periódicos locales son de por sí elocuentes. «Grandes preparativos para el linchamiento de esta tarde». No se obvia ningún detalle: «Se teme que los disparos dirigidos al negro puedan errar el tiro y herir a espectadores inocentes, incluyendo mujeres con sus niños en brazos»; pero si todos se atienen a las reglas, «nadie saldrá decepcionado». Veamos otros titulares: «El linchamiento realizado más o menos según lo previsto en el anuncio publicitario (advertised)»; «la multitud aplaude y ríe por la horrible muerte de un negro»; «corazón y genitales arrancados al cadáver de un negro»1010. Es justo hablar de terror, y no sólo en consideración a los efectos que el espectáculo desplegaba sobre la comunidad negra, con una violencia tan desmedida, y alegremente anunciada en una suerte de inserción publicitaria. Hay más. Quienes sufrían el linchamiento no eran solamente los negros culpables de “violación” o, la mayor parte de las veces, de relaciones sexuales consensuadas con una mujer blanca. Bastaba con mucho menos para ser condenados a muerte: la “Atlanta Constitution” del 11 de julio de 1934 informa de la ejecución de un negro de veinticinco años «acusado de haber escrito una carta “indecente e insultante” a una joven blanca del condado de Hinds»; en este caso la «multitud de ciudadanos armados» se había contentado con llenar de balas el cuerpo del desgraciado1011. Además de a los “culpables”, la muerte, infligida de manera más o menos sádica, acecha también a los sospechosos. Continuemos hojeando los periódicos de la época y leyendo los titulares: «Absuelto por la justicia, después linchado»; «Sospechoso colgado de un roble en la plaza pública de Bastrop»; «Linchado el hombre equivocado»1012. Finalmente la violencia no se limita al responsable o al sospechoso: puede ocurrir que, antes de proceder a su linchamiento, se incendie y calcine completamente la cabaña en la que vive su familia1013.

Más allá de los negros, el terror golpea también a los blancos que, si familiarizan excesivamente con los negros, se convierten en traidores a su raza. Es lo que muestra el titular de un artículo del Galveston Tribune (Texas) del 21 de junio de 1934: «Una mujer blanca es encarcelada, su amigo negro es linchado». El hecho es que -comenta algunos días después un editorial del Chicago Defender- «en el Estado de Texas una mujer blanca puede emparejarse más libremente con un perro que con un negro»1014. Y si no se tiene en cuenta todo esto, el régimen terrorista de white supremacy se ensaña con ella doblemente: privándola de su libertad personal y atacando a sus seres queridos. Por lo tanto, el terror cae también sobre los ciudadanos (negros y blancos) que no desarrollan ninguna actividad política sino que son considerados culpables de llevar una vida privada contraria a las normas de la sociedad.

La “traición” respecto a la raza blanca puede adoptar formas todavía más graves. Son descritos como «amantes de los negros» (nigger lovers) los comunistas implicados en una campaña contra la práctica de los linchamientos, y por tanto castigados también ellos por el régimen de white supremacy, y obligados a «afrontar la eventualidad de la cárcel, las palizas, el secuestro e incluso la muerte»1015. Una vez más las crónicas periodísticas de la época son iluminadoras: «“El temor al comunismo” citado como causa de los linchamientos»1016.

Volvamos a la URSS de Stalin. No hay duda de que, a partir sobre todo de la colectivización forzada de la agricultura, el universo concentracionario conoció un terrible crecimiento, que ya había empezado inmediatamente después de la Revolución de octubre. Pero hagamos valer también en este caso el principio del tu quoque. Aparte del ya mencionado universo concentracionario del sur de los EEUU vigente entre finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, veamos lo que ocurre a mediados del siglo pasado. Entre 1952 y 1959 estalla en Kenya la revuelta de los Mau Mau. Este es el modo en el que el gobierno de Londres mantiene el orden en su colonia: en el campo de concentración de Kamiti, las mujeres

eran interrogadas, azotadas, reducidas a la hambruna (starved) y sometidas a duros trabajos que incluían llenar las fosas comunes con la carga de cadáveres procedente de otros campos de concentración. Bastantes daban a luz en Kamiti, pero la tasa de mortandad entre los niños era aplastante. Las mujeres enterraban a sus niños de seis en seis.1017

También en lo que respecta a las prácticas genocidas, la acusación no deja valer el principio del tu quoque. No sé si se puede definir la masacre de comunistas en Indonesia (promovida o defendida por la CIA) como «el segundo de los más grandes holocaustos del siglo XX». En cualquier caso se trató de una masacre llevada a cabo sin la eficiencia industrial de los nazis, y por lo tanto con un valor añadido de sadismo. Debería en todo caso saberse que, todavía después del final del Tercer Reich, las intervenciones del Occidente liberal en las colonias o semicolonias desembocan no sólo en la instauración de feroces dictaduras, sino también en la colaboración en «actos de genocidio»: lo subraya en Guatemala la «comisión por la verdad», que se refiere a la suerte destinada a los indígenas Mayas, culpables de haber simpatizado con los opositores al régimen apoyado por Washington1018.

En conclusión. Hemos visto cómo los jacobinos son «horribles caníbales» a ojos de la burguesía termidoriana; más tarde, sin embargo, serán los descendientes de esta burguesía los que serán denunciados por la Comuna de París, a causa de los «actos caníbales de los bandidos de Versailles»1019. En lo que respecta al siglo veinte, mientras se intensifica la guerra civil, los bolcheviques llaman a la lucha contra el «canibalismo burgués»1020. Más tarde, como sabemos, es el mismo Stalin el que describe el racismo antisemita como expresión de «canibalismo». Pero en nuestros días se parte de la tragedia y el horror de la isla de Nazino, con casos de canibalismo reales, para reducir a simple barbarie la historia iniciada con la Revolución de octubre, y denunciar el «canibalismo rojo»1021.

En realidad, episodios de canibalismo se habían producido ya antes: en 1921 la gravedad de la hambruna llegó «hasta el punto de provocar casi la antropofagia»1022. El año después el filósofo italiano Guido De Ruggiero observa:

El bloqueo de la Entente, que quería aniquilar al bolchevismo, mataba sin embargo a hombres, mujeres y niños rusos; ¿podían acaso los pobres y hambrientos debatir sutilezas sobre la elegancia democrática, con la misma Entente que les mataba de hambre? Como es natural, se han conjurado con su gobierno, viendo a los enemigos de su gobierno como su propio enemigo1023.

Como puede verse, el filósofo liberal acusa a la Entente más que al poder soviético. Tampoco los «citados casos de antropofagia» que se producen en ciertas regiones de China en 19281024 pueden ser fácilmente imputados a los comunistas, que conquistarán el poder más de veinte años después; si acaso estos apuntan a Occidente, que tras las guerras del opio había empujado al abismo al gran país asiático. Pero volvamos a los años treinta, desplazándonos sin embargo desde la Unión Soviética de Stalin a los Estados Unidos de Franklin D. Roosevelt. Así es como en Alabama una masa de desalmados se ceba con un negro:

En primer lugar cortaron su pene y le obligaron a comérselo. Después le cortaron los testículos y lo obligaron a comérselos y decir que le gustaban.

Posteriormente, le cortaron con cuchillos tiras de piel del torso y el estómago, y cualquiera, de uno en uno, podía extirpar un dedo de las manos o los pies. Hierros al rojo vivo fueron utilizados para quemar al negro de arriba a abajo. Durante la tortura, de vez en cuando se ataba al cuello de Neal una cuerda, y se le quitaba el podio debajo, hasta casi morir estrangulado; pero enseguida la tortura volvía a comenzar desde el principio.

Después de varias horas de castigo decidieron matarlo.

El cuerpo de Neal fue atado con una cuerda a la parte posterior de un coche, y arrastrado por la carretera hasta la casa de Cannidy. Esperaba su llegada una multitud expectante de entre 3.000 y 7.000 personas, provenientes de diferentes Estados del sur.

La diversión alrededor del cadáver continúa bastante tiempo, y se concluye con la venta de fotografías «a cincuenta centavos cada una»1025, pero aquí nos detenemos. Queda claro que la aplicación del principio del tu quoque nos ha llevado a descubrir en los EEUU de F. D. Roosevelt un caso no de antropofagia provocada por la escasez general, por la desorganización y el hambre, sino más bien auto-canibalismo forzado y organizado como espectáculo de masas en una sociedad que por lo demás disfruta de bienestar.

En conclusión, la habitual contraposición entre movimiento comunista por un lado y Occidente liberal por el otro, hace abstracción, en lo que respecta a éste último, de la suerte reservada a los pueblos coloniales o de origen colonial y las medidas promulgadas en situaciones de crisis más o menos aguda. La comparación entre dos medidas heterogéneas acaba siendo maniquea: un mundo analizado exclusivamente desde su propia visión interna y remitiéndose solo a sus períodos de normalidad se contrapone triunfalmente a un mundo que, habiendo puesto en duda la barrera que separa espacio sagrado y espacio profano, civiles y bárbaros, se ve obligado a afrontar un prolongado estado de excepción y la hostilidad irreductible de los custodios de ese exclusivo espacio sagrado.

Demonización y hagiografía: el ejemplo del «más grande historiador moderno vivo»

Según Conquest la catástrofe del siglo veinte comienza en realidad con la irrupción del Manifiesto del partido comunista en el «orden civil y democrático» propio de Occidente: las ideas afirmadas por Marx y Engels «han causado notables problemas en todo el mundo durante cinco generaciones»1026.

Veamos por lo tanto cuál era la situación en el mundo en 1848, año de publicación del fatal Manifiesto. Comencemos por Gran Bretaña, que para Conquest es uno de los dos centros de la exclusiva y superior comunidad «anglocelta» y por lo tanto núcleo de la civilización auténtica. Y bien, a mediados del siglo diecinueve para Tocqueville la zona industrial de Manchester y los barrios obreros son un «laberinto infecto», un «infierno»: las míseras chabolas son como «el último refugio que pueda ocupar el hombre entre la miseria y la muerte». Y sin embargo: «los seres infelices que ocupan tales cuchitriles suscitan la envidia de algunos de sus semejantes». Desplacémonos ahora a las casas de trabajo, dando siempre la palabra al liberal francés: estas ofrecen la visión «más horrenda y repugnante de la miseria»; por una parte los enfermos incapaces de trabajar y que esperan la muerte, por la otra mujeres y jóvenes hacinados «como cerdos en el fango de su pocilga; es difícil no pisar un cuerpo semidesnudo».

En Francia las clases populares no se resignan a esta condición. Y así es como Tocqueville llama a afrontar la revuelta de junio de 1848: aquél que sea sorprendido «en actitud de defensa» debe ser fusilado en el acto. Por otro lado, no se puede uno contentar con «paliativos»: hay que liquidar de una vez por todas los focos de subversión, eliminando no sólo a la Montaña, de inspiración jacobina, sino también «todas las colinas circundantes»; no hay que dudar siquiera a la hora de aplicar «un remedio [...] heroico».

A mediados del siglo diecinueve Irlanda es parte de Gran Bretaña, y allí ya hemos visto al «proto-Eichmann» condenar a la muerte de hambre a cientos de miles de personas. En las otras colonias del Reino Unido la situación no es mejor. En 1835 el virrey informa a Londres de las consecuencias de la destrucción del artesanado textil local, eliminado por la gran industria inglesa: «Es una miseria que difícilmente encuentra antecedentes en la historia del comercio. Los huesos de los trabajadores textiles blanquean las llanuras de India». La tragedia no termina aquí. Dos años después se produce en ciertas regiones una hambruna tan terrible que -constata cándidamente otra fuente británica, completamente dedicada a celebrar la gloria del Imperio- «los residentes británicos [...] se ven obligados a suspender sus cotidianos paseos vespertinos por el hedor de los cadáveres, demasiado numerosos como para ser enterrados». Tampoco parecen haber perspectivas de mejora para los paseos vespertinos: «los sucesivos brotes de cólera y viruela han diezmado una población que había sobrevivido a la hambruna»1027. La masacre no es solamente el resultado de procesos económicos «objetivos»: en Nueva Zelanda —observa el Times en 1864- los colonos, reforzados por el apoyo del gobierno de Londres, están llevando a término el «exterminio de los nativos».

Y ahora veamos lo que ocurre en el otro centro de la comunidad «anglocelta» y de la “civilización auténtica”. Cuando irrumpe en Europa el Manifiesto del partido comunista, mal que le pese a Conquest, la esclavitud está floreciendo en los Estados Unidos, donde había sido reintroducida poco antes en el Texas arrancado a México por la fuerza de las armas. Son los EEUU los que poco antes, capitaneados por Jefferson, quisieron condenar a la «inanición» al pueblo de Santo Domingo-Haití, culpable de haber quebrantado las cadenas de la esclavitud. A la tragedia de los negros se añade la de los indios. En lo que respecta a ésta última, mencionamos aquí sólo un capítulo, resumido así por un historiador estadounidense: «La degradación y la aniquilación de los indios de California representan una de las páginas más vergonzosas de la historia americana, una mancha imborrable en el honor e inteligencia de los Estados Unidos. No se trató de una guerra, sino de una especie de deporte popular».

En la relación con los pueblos coloniales o de origen colonial, la brutalidad del occidental «orden civilizado y democrático» no sólo es practicada, sino también explícitamente teorizada por autores que sin embargo han entrado sin problemas en el panteón liberal. Tocqueville invita a sus compatriotas a no dejarse atrapar por escrúpulos morales residuales, y a ser conscientes de la realidad: para llevar a cabo la conquista de Argelia, a la que en ningún caso es lícito renunciar, es inevitable «que se quemen las cosechas, que se vacíen los silos y que finalmente nos adueñemos de los hombres desarmados, mujeres y niños». Es más, hay que ir más allá, como reza el terrible lema: «Destruir todo lo que se parezca a una congregación permanente de población o, en otras palabras, a una ciudad [...]. No dejar subsistir o surgir ciudad alguna en las regiones controladas por Abdel-Kader» (el líder de la resistencia)1028.

El paisaje color de rosa que Conquest presenta del mundo anterior a la publicación del Manifiesto del partido comunista puede compararse con el cuadro similar que a comienzos del siglo diecinueve esboza un crítico del abolicionismo:

Al resguardo de las adversidades de la vida, rodeados por placeres desconocidos para la mayor parte de los países de Europa, seguros en el disfrute de su propiedad (puesto que ellos tenían una propiedad y era sagrada), curados en la enfermedad con gastos y atenciones que buscaréis en vano en los tan celebrados hospitales de Inglaterra, protegidos, respetados en los achaques de la vejez, en paz con sus hijos, con sus familias [...] devueltos a la libertad cuando hubieran realizado importantes servicios: este era el cuadro auténtico, para nada embellecido, de la administración de nuestros negros [...]. El más sincero afecto ligaba al dueño y a su esclavo; nosotros dormíamos seguros en medio de estos hombres, que se habían convertido en nuestros hijos, y muchos de nosotros no teníamos ni cerraduras ni cerrojos en las puertas1029.

Pese a todo, Conquest, el «veterano de la Guerra fría» es celebrado como el «más grande historiador moderno viviente», aunque sea otro historiador de la corte el que exprese esa consideración1030. Está claro: la reductio ad Hitlerum de la historia de la Revolución de octubre y sobre todo de la personalidad que durante más tiempo que cualquier otra dirigió la Unión Soviética es solamente otra cara de la moneda de la insulsa hagiografía del mundo anterior a 1917 e incluso a la publicación del Manifiesto del partido comunista.

Revoluciones abolicionistas y demonización de los «blancófagos» y de los bárbaros

Para aclarar la lógica subyacente a estos procesos ideológicos puede ser de ayuda una vez más el enfoque comparativo. Son tres los grandes movimientos revolucionarios que con diferentes modalidades han puesto radicalmente en duda la esclavitud o semiesclavitud de los pueblos coloniales, y el régimen racista de supremacía blanca existente a nivel interno o internacional. En primer lugar debemos pensar en la gran revolución de los esclavos negros que estalla en Santo Domingo tras la Revolución francesa: dirigida por Toussaint Louverture, el “jacobino negro”, desemboca en la proclamación de la independencia de Santo Domingo-Haití, el primer país del continente americano en sacudirse de encima la institución de la esclavitud. El segundo gran movimiento revolucionario es aquél que en los EEUU, tomando impulso de la agitación abolicionista de la Guerra de secesión, desemboca por un breve período de tiempo (los años de la Reconstruction) en la instauración de una sociedad multirracial, en cuyo ámbito los negros gozan plenamente no sólo de derechos civiles sino también de derechos políticos. Tenemos finalmente que referirnos a la Revolución de octubre, que insta a los esclavos de las colonias a romper sus cadenas y ayuda intensamente a las que hasta entonces eran «razas inferiores» en la lucha por la descolonización y la emancipación.

Todos estos tres grandes movimientos han sufrido y en parte todavía sufren o una eliminación directa o un destierro a los más oscuros rincones de la historia. Tomemos la revolución guiada por Toussaint Louverture. En los primeros decenios del siglo diecinueve, aquellos que miran hacia ella con simpatía son descritos como «blancófagos y asesinos»1031. A propósito de Santo Domingo, Tocqueville simplemente alude a la «sangrienta carástrofe que ha acabado con su existencia». Paradójicamente, ¡la isla deja de existir en el mismo momento en la que ella pone fin, por primera vez en el continente americano, a la institución de la esclavitud! Pero quizás, para retratar el clima de la época conviene citar sobre todo una célebre novela de Heinrich von Kleist (Desposorios en Santo Domingo), ambientada a comienzos del siglo diecinueve, «cuando los negros asesinaban a los blancos» y de hecho se llevaba a cabo una «masacre de los blancos» en nombre de una «espiral general de venganza». La criminalización de esta gran revolución ha permanecido sin respuesta durante mucho tiempo. Continúa a comienzos del siglo veinte en Lothrop Stoddard: junto a la revolución de los esclavos negros de Santo Domingo, el teórico de la white supremacy condena también la segunda y tercera etapa de la lucha antiesclavista y antirracista, y consiguientemente describe como traidores a la raza blanca tanto a los jacobinos franceses como a los representantes estadounidenses del abolicionismo radical y los defensores de la causa de la igualdad racial, como los bolcheviques.

En lo que respecta a la llamada Reconstruction hay que tener bien en cuenta la advertencia de un eminente historiador estadounidense: «Pese a su derrota militar, el sur ha sido durante mucho tiempo el vencedor en la guerra civil ideológica»1032. Podría parecer que al menos en este caso no debería haber dudas: mientras tiene a sus espaldas siglos de esclavitud propiamente dicha, la Reconstrucción se ve obligada después a ceder el paso a un régimen de terror anti-negro tan feroz como ha sido descrito como el momento más trágico de la historia de los afroamericanos. No obstante Wilson resumirá así este período histórico: «los esclavos domésticos eran tratados casi siempre de manera indulgente e incluso afectuosa por sus dueños». Tras la emancipación llegará después la Reconstrucción, durante la cuál en el sur se forman mayorías políticas que se apoyan en los negros: es «un extraordinario carnaval de crimen público» que afortunadamente acaba con «el natural e inevitable ascenso de los blancos»1033. Lo que llena de horror a este miembro del panteón norteamericano y occidental no es el período de poder absoluto del propietario de esclavos sobre su rebaño humano, ni tampoco el período en el que el régimen de supremacía blanca organiza como espectáculo de masas el linchamiento y lento martirio de los ex-esclavos; lo que es sinónimo de «crimen público» es el breve período que sigue a la Guerra de secesión, en cuyo transcurso hay una preocupación por tomarse en serio los derechos del hombre.

Durante un tiempo la Black Reconstruction o Radical Reconstruction ha sido considerada sinónimo de «totalitarismo» o como fenómeno que precede «al fascismo y el nazismo»: impuesta como conclusión de una guerra bastante similar a la «guerra total de los nazis», habría pretendido realizar mediante la fuerza el principio de igualdad y mezcla racial, pisoteando la voluntad de la mayoría de la población (blanca) y recurriendo a la ayuda de poblaciones salvajes, que han contribuido «gracias a su fuerza física a la derrota de la civilización por parte de la barbarie». ¡Por suerte, listos para contestar o contener este horror estaban los caballeros, sin mácula ni miedo, del Ku Klux Klan, organización en la que continuaba vigente el «orden caballeresco» que durante tanto tiempo había caracterizado al sur de los EEUU! Son estas las motivaciones agitadas por una historiografía que continuó influyendo bastante después del derrumbamiento del Tercer Reich1034.

Finalmente, para acabar el listado de revoluciones, queda la que comienza en octubre de 1917, que insta a los esclavos de las colonias a romper sus cadenas, y culmina con la llegada de la autocracia de Stalin.

Naturalmente, no se trata en modo alguno de idealizar a los protagonistas de estas tres grandes luchas de emancipación. Un destacado historiador de la revolución de los esclavos negros en Santo Domingo, polemiza contra «la leyenda habitual según la cuál la abolición de la esclavitud se habría traducido en el exterminio de los blancos»1035; pero es incontestable que se produjeron masacres en una parte y en la otra. No hay dudas ni siquiera sobre la brutalidad hasta aquel momento inaudita con la que la guerra civil americana se desarrolló en el Norte, y en especial por parte de Sherman, que se propone explícitamente atacar a la población civil y «hacer que ladre Georgia»1036; no es casual que Hitler parezca considerarlo un modelo. Finalmente, está fuera de discusión el carácter despiadado de la dictadura ejercida primero por Lenin y después por Stalin. Al menos parece que respecto al segundo de estos conflictos el Sur esclavista también ha sido derrotado en el plano historiográfico: ya no es políticamente correcto lamentar la desaparición de la esclavitud o del régimen de white supremacy. Sin embargo se han convertido en un lugar común la lectura del “estalinismo” (y de la historia de la Revolución de octubre) en clave meramente criminal y la asimilación de Stalin a Hitler, que, heredando y radicalizando la tradición colonial, reivindicó explícitamente el derecho de la “raza de los Señores” a diezmar y esclavizar a las “razas inferiores”: es la señal de que los laudatores del colonialismo no han perdido la batalla ni en el plano político ni, mucho menos, en el plano historiográfico.

¿La historia universal como «grotesca sucesión de monstruos» y como «teratología»?

El movimiento histórico que está perennemente condenado a la damnatio memoriae es el que, más radicalmente que cualquier otro, cuestionó la arrogancia de la “raza de los Señores” que ha dominado durante siglos; desde la tradición colonial clásica hasta el intento del Tercer Reich de radicalizarla y hacerla valer en el mismo seno de Europa.

No obstante, no hay movimiento histórico que no pueda ser sometido a una similar criminalización. Tómese el liberalismo como ejemplo. Si se ignoran las páginas escritas por él mismo (la necesidad de limitación del poder, el gobierno de la ley, la comprensión del potente estímulo que puede suponer para el desarrollo de las fuerzas productivas y de la riqueza el mercado, la competencia y la iniciativa individual), y nos concentramos exclusivamente sobre la suerte infligida a los pueblos coloniales o de origen colonial (durante siglos sometidos a esclavización, a formas más o menos brutales de trabajo forzado y a prácticas genocidas o incluso a «holocaustos», según la expresión más utilizada por los historiadores), también el liberalismo puede ser leído en clave más o menos criminal.

En el clima actual de “guerra al terror” no faltan desde luego libros que, apoyándose en los atentados suicidas o la tragedia de Beslán, reconstruyen la expansión del islam como la historia de una conquista sangrienta y despiadada, que golpea salvajemente a los vencidos y deja tras de sí solamente un inmenso rastro de sangre. El papel del islam en la creación de la gran civilización multiétnica y multicultural que caracteriza a la España anterior a la reconquista cristiana es ocultado y olvidado, así como su papel radicalmente crítico de la sociedad de castas en la India, y más en general la promoción, ya a partir del siglo diecinueve, de la lucha de emancipación de los pueblos coloniales.

Respecto al lado opuesto, sin embargo, podemos citar la publicación de una monumental Historia criminal del cristianismo, que gira en su totalidad alrededor de la carga de intolerancia y violencia inherente a la pretensión de conocer al único dios verdadero, contiene una condena indignada de las cruzadas exterminadoras (promulgadas contra los infieles en el exterior y los heréticos en el interior), de las guerras de religión, de la Inquisición, de la caza de brujas, de la legitimación del expansionismo colonial de Occidente con su reguero de horrores, o del aval dado en pleno siglo veinte a regímenes tiránicos y sanguinarios1037. Así que, de nuevo, el descaro se entremezcla con la obliteración: según su historia blanca, predicando la idea de igualdad entre los hombres y alimentando en el siglo dieciocho y diecinueve el movimiento abolicionista y antiesclavista, el cristianismo habría construido un capítulo esencial del proceso de formación de la sociedad democrática. En su lúcido odio lo entendió bien Nietzsche, quien sin embargo, precisamente a partir de ello, puede denunciar la intrínseca carga violenta y criminal que, pese a las apariencias, caracterizaría al cristianismo y antes aún, al judaísmo de los profetas: agitando la idea de igualdad y culpando a la riqueza, el poder y la condición señorial en general, los profetas hebreos habrían sido los primeros responsables de las masacres producidas en el transcurso de las guerras campesinas, la revolución puritana, la Revolución francesa y la Comuna de París. Un hilo histórico que sucesivamente el antisemitismo del siglo veinte y Hitler prolongan hasta el movimiento comunista y la revolución “judeo-bolchevique” de octubre de 1917.

Por otra parte, el movimiento comunista ha sido comparado a menudo al primer cristianismo o al islam: así se completa el fresco de la historia universal entendida como historia universal del crimen. A esta procesión de crímenes se le hurtan las motivaciones aparte de las razones de su ininterrumpida duración, ya que la historia en su conjunto se muestra, por decirlo con Hegel, como un «matadero» de dimensiones planetarias1038, o como un inmenso, insondable mysterium iniquitatis. Llegados a este punto, el «pasado» nos parece -podemos observar con Gramsci- «irracional» y «monstruoso»: la historia en su conjunto es una «grotesca sucesión de monstruos»; una «teratología».1039

Autores y personalidades dedicadas a defender en cierto modo el honor del comunismo reaccionan a esta criminalización tomando distancias de las páginas más negras de la historia de tal movimiento, describiéndolas como una traición o degeneración de los ideales originarios de la revolución bolchevique o de las enseñanzas de Lenin o de Marx. En realidad, este enfoque acaba teniendo un éxito no muy diferente del apenas analizado. ¿Son una “traición” o una “degeneración” del cristianismo todas las páginas descritas sin piedad en la Historia criminal del cristianismo ya citada? ¿Son una “degeneración” de la Reforma (y del principio de libertad del cristiano solemnemente proclamada por Lutero) los regímenes que después se apoyarán en el protestantismo? Siguiendo esta línea, Cromwell es un “degenerado” respecto a los protagonistas iniciales de la revolución puritana, y el Terror jacobino es una “degeneración” de las ideas de 1789. ¿Es también una “degeneración” respecto al Corán y a la doctrina de Mahoma el actual fundamentalismo islámico? En coherencia con este enfoque, quienquiera puede considerar una degeneración del “liberalismo” la esclavización y la aniquilación de los pueblos coloniales realizado por el Occidente liberal. Y por tanto “traidores” serían Washington, Jefferson, Madison, y todos los propietarios de esclavos, por ejemplo Franklin, para el que «entra dentro de los designios de la Providencia el extirpar a estos salvajes [los pieles rojas] con el fin de dejar espacio a los cultivadores de la tierra». También Locke tendría que considerarse un traidor al liberalismo, siendo no obstante considerado el padre de esta corriente de pensamiento y que sin embargo no solamente legitima la expropiación (y la deportación) de los pieles rojas, sino que es también, como ha observado un destacado investigador (David B. Davis), «el último gran filósofo en intentar justificar la esclavitud absoluta y perpetua». De proceder así, por tanto, transformaríamos el panteón de los grandes espíritus del liberalismo en una galería de viles traidores.

Igualmente discutible es esta manera de argumentar si se reflexiona sobre el hecho de que para un gran teórico liberal de la esclavitud como John C. Calhoun, son precisamente los abolicionistas, con su jacobinismo y fanatismo antiesclavista, quienes traicionan los ideales liberales de tolerancia y respeto al derecho de propiedad en todas sus formas. No es más convincente este enfoque si lo hacemos valer para la historia del marxismo y del comunismo. A partir sobre todo del XX Congreso del PCUS, es Stalin el criminal y traidor por excelencia. Pero no hay que olvidar que, según los dirigentes del partido comunista chino o albanés, los culpables de traición y “revisionismo” son precisamente los campeones de la desestalinización. En nuestros días el proceso de criminalización apunta también a Lenin, Mao Tsé-Tung, Tito, Pol Pot, y no se ahorra ni siquiera a Ho Chi Minh y Castro. Si se utiliza la categoría de traición, se llega a un resultado bastante pobre.

La historia del movimiento comunista como crimen, trazada triunfalmente por la ideología dominante, es simplemente rebautizada (por obra de aquellos que apenas se reconocen en la ideología dominante) como historia de la traición de los ideales originarios. Se llegaría a resultados no muy diferentes en la lectura del liberalismo o del cristianismo si se quisieran describir como expresión de la traición de los ideales originarios las páginas más negras de uno o del otro. En conclusión, el enfoque aquí criticado comete el error de disipar la historia real y profana, que es sustituida por la historia de una desgraciada y misteriosa corrupción, y la distorsión de doctrinas a priori colocadas en un limbo de pureza y santidad.

Sin embargo, la teoría nunca es inocente. La lectura de la historia de la Rusia soviética en clave de “traición” y “degeneración” de los nobles ideales originarios es en su mayor parte rechazada desdeñosamente por la actual historiografía, enteramente dedicada no solo a criminalizar a los bolcheviques en su conjunto, sino también a encontrar los presupuestos teóricos del terror y del Gulag en los autores a los que los bolcheviques hacen referencia. Si bien hay que evitar trazar férreas líneas de continuidad y confundir responsabilidades entre ellas diferentes, todavía es lícito e incluso obligatorio preguntarse sobre el rol (indirecto y mediado) cumplido por Marx y Engels, rechazando el mito de su inocencia e indagando sobre la historia real de su éxito y las razones de tal éxito. Pero de manera similar habrá que proceder entonces con todos los grandes intelectuales, también con aquellos que se colocan en el ámbito de una tradición de pensamiento diferente y contrapuesta. Tómese a Locke como ejemplo. ¿Hay una relación entre su rechazo a extender la tolerancia e incluso la «compasión» a los «papistas» y las masacres sufridas en Irlanda por los católicos? ¿Y qué vínculo subsiste entre su teorización de la esclavitud en las colonias y la trata de esclavos, que los actuales militantes afroamericanos prefieren definir como Black Holocaust? O, en referencia al tiempo histórico de Marx y Engels: ¿un teórico, como John Stuart Mill, del «despotismo» de Occidente sobre las razas «menores de edad» (de las que se espera una «obediencia absoluta») y del carácter benéfico de la esclavitud impuesta a las «tribus salvajes» ajenas al trabajo y la disciplina, debe ser considerado co-responsable del terror y las masacres que acompañan a la expansión colonial?

A estos interrogantes no escapa ningún movimiento y ningún personaje. Hemos visto a Nietzsche apoyarse en incendiarias filípicas contra el poder y la riqueza pronunciadas por los profetas hebreos y los Padres de la Iglesia para explicar las características desastrosas y sanguinarias del ciclo revolucionario. En el lado opuesto, aquellos que denuncian a los protagonistas de las cruzadas como traidores al cristianismo harían bien en no perder de vista un detalle a menudo olvidado: el Antiguo Testamento es parte integrante de los textos sagrados de esta religión, y legitima y celebra las «Guerras del Señor» en sus formas más crudas. También en este caso es erróneo contraponer la mediocridad o el horror de la historia real a la nobleza de los ideales originarios.

Una vez confirmada la no inocencia de la teoría, hay que diferenciar los grados de responsabilidad. Entre los siglos diecisiete y dieciocho, sobre los cuerpos de no pocos esclavos negros se marcaba a fuego el sello RAC, las iniciales de la Royal African Company (la sociedad que gestionaba la trata de esclavos), de la que Locke era accionista. Lo menos que se puede decir es que los autores del Manifiesto del partido comunista no se beneficiaron del trabajo forzado que, decenios después de su muerte, caracterizará al Gulag. Marx y Engels pueden ser acusados de haber legitimado anticipadamente una violencia que en todo caso será llevada a cabo después de su muerte y a decenios de distancia. Mill, sin embargo, procede a la legitimación de prácticas que le son contemporáneas; de manera similar, en Tocqueville podemos leer la explícita recomendación de prácticas coloniales más o menos genocidas (la destrucción sistemática de centros urbanos colocados en el área controlada por los rebeldes) que remiten no al futuro sino más bien a su presente inmediato1040. Es decir, para las ignominias del colonialismo, que se desarrollan bajo su mirada y quizás con su directa aprobación, los representantes de la tradición liberal aquí citados cargan con una responsabilidad bastante más directa que la atribuida a Marx y Engels por las ignominias del régimen soviético y por el “estalinismo”. Si el camino que lleva de Marx a Stalin y de Stalin al Gulag es problemático, accidentado, y en todo caso mediado por acontecimientos completamente imprevisibles como la Guerra mundial y el estado de excepción permanente, la línea que conecta a Locke con la trata de esclavos o a Mill y Tocqueville con el trabajo forzado impuesto a los indígenas, o con las masacres coloniales, es inmediatamente evidente.

Como la teoría, tampoco la utopía puede reivindicar inocencia alguna. Sobre este punto tienen razón los liberales, aunque recurran a tal argumento de manera dogmática, haciéndolo valer sólo para sus adversarios y no para sí mismos: ¿qué terribles costes humanos y sociales ha conllevado la utopía de un mercado autorregulado, con el rechazo de cualquier intervención estatal, una utopía a la que Inglaterra se mantuvo fiel también cuando, a mediados del siglo diecinueve, una enfermedad que destruía la cosecha de patatas y la consiguiente carestía segaba la vida de cientos y cientos de miles de irlandeses? O, por dar un ejemplo más reciente: ¿cuántas catástrofes ha provocado y continúa provocando la utopía (defendida por Wilson, aún antes que Bush jr., aparte de ilustres filósofos contemporáneos como Popper) de una paz perpetua realizada mediante la difusión planetaria de la democracia mediante las armas? Para evitar caer precisamente en el dogmatismo, una pregunta análoga debe formularse también en relación con la historia de la Unión Soviética. No faltan aquellos que leen la historia del país nacido de la Revolución de octubre lamentando la progresiva “traición” de las ideas elaboradas por Marx y Engels; en realidad, son en cierto aspecto precisamente estas ideas “originarias” (la espera mesiánica de una sociedad sin Estado ni normas jurídicas, sin límites nacionales y sin mercado ni dinero, carente en última instancia de todo conflicto real) las que habrían jugado un papel nefasto, obstaculizando el paso a una condición de normalidad, y prolongando y agudizando el estado de excepción (provocado por la crisis del antiguo régimen, por la guerra y las sucesivas agresiones).

Pese a ser diferentes entre ellos, los dos enfoques aquí criticados, que se sirven respectivamente de la categoría de crimen (o de locura criminal) o traición, tienen una característica común: tienen la tendencia a concentrar la atención sobre la naturaleza respectivamente criminal o traidora de personalidades individuales. De hecho renuncian a comprender el desarrollo histórico real y la eficacia histórica de movimientos sociales, políticos y religiosos que han ejercido una capacidad planetaria de atracción, y cuya influencia se despliega en un arco de tiempo bastante amplio.

Tal modo de proceder es inconcluyente y engañoso, también en lo que respecta al Tercer Reich (que además dura apenas 12 años y consigue ejercer cierta atracción solamente en el ámbito de la «raza de los señores»). Es demasiado cómodo imputar las ignominias del nazismo exclusivamente a Hitler, ocultando el hecho de que él tomó del mundo que le precedió, radicalizándolos, dos elementos centrales de su ideología: la celebración de la misión colonizadora de la raza blanca y de Occidente, llamados ahora a extender su dominio también en Europa oriental; y la lectura de la Revolución de octubre como complot judeo-bolchevique que, estimulando la revuelta de los pueblos coloniales y minando la jerarquía natural de las razas -y más en general infectando cual agente patógeno el organismo de la sociedad-, constituye una amenaza terrible para la civilización, que debe ser afrontada a cualquier precio, incluida la «solución final». Por lo tanto, comprender la génesis del horror del Tercer Reich no es cuestión de reconstruir la infancia o adolescencia de Hitler; así como no tiene sentido partir de los comienzos de Stalin para analizar una institución (el Gulag) que hunde sus raíces en la historia de la Rusia zarista y a la que, de modos distintos en cada ocasión, han recurrido también los países del Occidente liberal, tanto en el transcurso de su expansión colonial como en ocasión del estado de excepción provocado por la Segunda guerra de los treinta años. Igualmente engañoso sería querer explicar la esclavización y el exterminio de los pieles rojas partiendo en primer lugar de las características individuales de los Padres fundadores de los EEUU, o querer deducir los bombardeos estratégicos y atómicos que se emplean contra las ciudades alemanas y japonesas remitiendo a la naturaleza perversa de Churchill, F. D. Roosevelt y Truman. Así como sería igualmente insensato querer explicar el horror de Guantánamo y Abu Ghraib a partir de la adolescencia o infancia de Bush jr.

Pero volvamos a Stalin. ¿Rechazar el enfoque que interpreta todo en clave de crímenes o locura criminal, así como de traición de los ideales originarios, es sinónimo de embotamiento moral? Los historiadores actuales discuten todavía sobre personalidades y acontecimientos que remiten casi a hace dos milenios: ¿tendríamos que suscribir sin dudarlo el retrato siniestro que la aristocracia senatorial por un lado, y los cristianos por el otro, han contribuido a trazar de Nerón? En especial: ¿tenemos que considerar indudable la propaganda cristiana que acusaba al emperador romano de haber provocado un incendio en Roma para culpar y perseguir a los inocentes seguidores de la nueva religión, o quizás -como sugieren algunos investigadores- en el ámbito del primer cristianismo latían corrientes apocalípticas y fundamentalistas, que aspiraban a ver reducido a cenizas el lugar por excelencia de la superstición y el pecado, y deseaban acelerar el cumplimiento de sus ansias teológico-escatológicas?1041. Hagamos un salto hacia adelante de varios siglos. Respecto a la gran persecución anticristiana desencadenada por Diocleciano, los historiadores continúan preguntándose: ¿era sólo el resultado de un odio teológico inexplicable y ajeno a las tradiciones romanas, o jugó un papel importante la preocupación real por el futuro del Estado, cuya fuerza militar se veía minada por la agitación pacifista cristiana, precisamente en el momento en el que más amenazador era el peligro de las invasiones bárbaras? Los historiadores que se plantean estas preguntas difícilmente son acusados de querer minimizar la persecución sufrida por los cristianos o de querer devolver a éstos últimos a las fieras y a los tormentos más atroces.

Desgraciadamente, analizar críticamente la historia sagrada del cristianismo es más fácil que expresar dudas sobre el aura sagrada que tiende a envolver la historia de Occidente y del país que lo lidera; a causa de la distancia temporal bastante más grande y del impacto más reducido sobre los intereses y las pasiones del presente, es más fácil comprender las razones de aquellos que han sido arrollados por el cristianismo que buscar aclarar las razones de aquellos cuya derrota ha allanado el camino para el triunfo del «siglo americano». Esto explica el peso que demonización y hagiografía continúan ejerciendo en la lectura del siglo veinte y la persistente suerte de la que goza el culto negativo de los héroes.

De Stalin a Gorbachov: cómo acaba un imperio
Luciano Canfora

Una regla rigurosamente respetada por los historiadores del Imperio comportaba que no se dijese nada del príncipe o emperador reinante mientras estuviera vivo. Se habría ocupado el historiador siguiente, que habría callado, a su vez, sobre el príncipe que gobernaba su tiempo. Justiniano ha tenido, a este respecto, un destino algo diferente pero muy sintomático. Fue de hecho el mismo historiador, Procopio de Cesarea, el que puso en circulación, estando vivo Justiniano, numerosos libros de historia que exaltan la grandeza, la sabiduría, las guerras victoriosas, etc., y que sin embargo -al mismo tiempo- se mantuvo a salvo -destinada a la circulación después de la muerte del príncipe- una Historia secreta en la que Justiniano era literalmente destrozado y aparecía como el recipiente de toda ignominia, debilidad e inútil crueldad, además de la vanidad de atribuirse méritos que correspondían a otros. La Historia secreta fue escrita alrededor de 558, Justiniano murió el 14 de noviembre de 565 a la edad de ochenta y tres años. Una vez muerto, la Historia secreta se encargó de demoler al vencedor de los Godos, el reconquistador de Italia y restaurador de la unidad del Imperio. Los modernos pueden libremente oscilar entre los dos extremos, como entre los dos retratos de Stalin escritos por Nikita Kruschov: por un lado el informe al XIX congreso del PCUS (octubre de 1952), en el que todo el mérito de la fuerza económica, militar, social de la URSS es atribuido a «nuestro querido líder y maestro, el camarada Stalin»; por el otro, el Informe secreto, leído en la reunión privada en el XX Congreso del PCUS (febrero de 1956), alrededor de tres años después de la muerte de Stalin. Aquí, como en la Historia secreta de Procopio, el “amado maestro” es presentado como un tirano ridículo, cobarde y sanguinario (tanto como para hacer casi incomprensible cómo hubiese podido gobernar durante tanto tiempo y con el apoyo de infinitos Kruschov). La visión, de matriz tolstoiana, dirigida a aniquilar la “grandeza” de las “grandes personalidades” de la historia es sin duda un buen antídoto para la historiografía heroica. Sin embargo no consigue dar cuenta del entretejimiento entre mezquindad individual y eficacia política que hace que algunas personalidades se vean en el epicentro de acontecimientos y transformaciones epocales, que los venideros continuarán considerando como tales pese a todas las posibles “historias secretas”.

 

Santo Mazzarino -uno de los más importantes historiadores italianos- solía colocar a Stalin al lado de Justiniano por haber sido ambos grandes constructores, grandes déspotas y grandes intolerantes.

Entre 565, año de la muerte de Justiniano, y el breve y catastrófico reino de Foca (607-610), se deshace la gran construcción justiniana. La reconquista de Occidente, y en especial de Italia, se deshace. Foca se mostró incapaz, durante su breve reinado, de afrontar insurrecciones, ataques exteriores, la difusión de una creciente anarquía, hasta que en el 610 Heraclio, hijo del gobernador de la provincia de África, conquistó Costantinopla con un golpe de mano y fundó una nueva dinastía. La comparación, desde luego sólo en parte acertada, como todas las comparaciones historiográficas, es ente Justiniano y Stalin por un lado, Foca y Gorbachov por el otro.

Las simplificaciones no son siempre enriquecedoras, pero pueden dar una pista. Lo que no es bueno, en mi opinión, es que a menudo se renuncie, todavía, a hablar de Stalin lúcidamente, como no obstante se hace con Robespierre o con otros “sanguinarios” defensores de la “revolución”. Uno se levanta en vez de sopesar pros y contras.

Por otra parte, si el Time de 1944 proclamó a Stalin «hombre del año» alguna razón debe haber. Si el antifascismo europeo le ha tributado en los años del peligro nazifascista claras palabras de aprecio y de reconocimiento, alguna razón debe haber. Lo que sin embargo se desea por parte de algunos es que se asimile la obra de Stalin a la únicamente nefasta y destructiva de Hitler. Por lo demás no será casual que el nazismo haya llevado el mundo a la guerra y a la catástrofe y la URSS no. Al final se ha disuelto, no ha arrastrado a los adversarios y al mundo al abismo.

Stalin tuvo como línea de actuación la de mantenerse fuera de conflictos: hasta la ceguera de no dar fe a las advertencias que le llegaban desde varios lugares en junio de 1941.

La gestión del poder en la URSS: no podré en pocas líneas resumir los resultados que en los anteriores decenios han proporcionado tantos investigadores. Diré solamente que las cuestiones son dos: a) qué modelos de “poder popular” (de hecho, democracia) hayan surgido de la Revolución de 1917; b) qué praxis efectiva se haya instaurado sin embargo en la URSS y en los países satélites. Hablar del primer punto creo sea legítimo (basta pensar en los estudios de derecho constitucional alrededor de los códigos legales en la URSS). Es necesario al mismo tiempo comparar estos textos y aquellos esfuerzos con las duras lecciones de la realidad y con la praxis efectiva. Escribía en mi libro sobre la democracia que «en el último período del gobierno de Stalin fueron colocadas las premisas para la ruina del sistema». Y de hecho la que había sido, desde la ruptura con Trotsky y la colocación fuera de la ley de la oposición interna del PCUS, una guerra civil ininterrumpida llevada a cabo con ferocidad y sin excluir duros golpes, después de la victoria de 1945 habría tenido que agotarse o disminuir. Perpetuar los instrumentos fue su ruina. Sobre este concepto de guerra civil referido a todo el período que va de 1927 hasta las vísperas de la Guerra mundial me gusta recordar las páginas de Feuchtwanger (Moscú 1937), el escritor judío exiliado a los EEUU, donde vivió hasta su muerte. Todo lo dicho hasta aquí tiene una sola premisa: que se discuta sobre historia. Pero para discutir hay que conocer el sentido de las palabras. Me divierte bastante observar los malentendidos que suscitó la expresión que utilizo, «crear un mito alrededor de la Polonia dividida». ¡Alguno ha pensado que yo afirmaba que Polonia no había sido dividida! Sin embargo en italiano esa frase significa que un hecho (indiscutible) es “mitificado”, es decir, ocupa toda la escena, se convierte en el hecho por excelencia. Y este era uno de los aspectos del pacto de agosto de 1939. Los otros aspectos eran: la voluntad de destruir antes o después una URSS bien enraizada en la mente de Hitler (como ha documentado Kershaw en sus notables libros), además de la poca voluntad anglofrancesa de alcanzar de veras un pacto antialemán junto con Stalin (lo escribe claramente Churchill en su De guerra a guerra). Por no hablar de la hostilidad polaca a la hora de dejar pasar tropas soviéticas por su territorio en caso de conflicto con Alemania, y por no hablar tampoco de la participación polaca, el año antes, en la división de Checoslovaquia. Pongamos un ejemplo respecto a otro asunto: Bacque ha documentado en el libro Der geplante Tod (La muerte planificada) la aniquilación por parte de los EEUU de cientos de miles de prisioneros alemanes. Eran tiempos “férreos” habría dicho Tibulo. Sentarse tras la cátedra y repartir votos y credenciales democráticas, ahora y entonces, casi nos hace a algunos sonreír.

Es una buena costumbre entendernos a nosotros mismos a través de las palabras de quien nos mira con ojo crítico, no a través del consenso, estéril, de los que consienten, ni de los seguidores. El más pertinente retrato de Julio César, muerto ya junto con el temor que inspiraba, lo realizó Cicerón, que desde luego nunca lo había amado, en un bien cincelado pasaje de la Segunda Filípica, donde sabiamente hizo balance de los valores y límites del dictador que él mismo había alabado en vida. En el caso de Stalin se puede decir, sin temor a errar, que tanto vivo como muerto, no le ha faltado literatura elogiosa ni literatura demonizadora.

Para personajes que, en un determinado momento histórico, han reunido en su persona el significado y la simbología misma del movimiento que lideraban, el “culto” de su persona es un fenómeno no solamente bien documentado, sino que, por lo que parece, difícilmente evitable. Se podrían invocar muchos nombres, pero los más familiares y obvios son César y Napoleón. La necesidad, por parte de los seguidores, de mitificar al “jefe”, al que corresponde la intuición, por parte del jefe, de la imprescindible función de tal mecanismo “mitificador”, es un fenómeno bien documentado también. Cuanto más destaca (y se desvela como mecanismo que va más allá de la voluntad del individuo), cuando el interesado mismo sería por su estilo y cultura ajeno a tal relación casi religiosa y sin embargo, al producirse, se adecúa a ello. Es el caso del “Incorruptible”, que fue el exacto contrario del demagogo sediento de multitudes entregadas, o también, en tiempos más próximos, el caso de Antonio Gramsci. Relata Gramsci, divertido, en una carta desde la cárcel, la desilusión que vivió un camarada con el que se encontró durante una de sus estadías carcelarias: ¡que se había imaginado al líder de los comunistas de una bastante diferente, e imponente, estatura!

En esta categoría (por inusual que sea decirlo) entra también Stalin, que durante un período nada breve de su larga carrera quiso mantenerse en el papel ideal de “segundo”: de mero, fiel, ejecutor de la obra y del proyecto de otro, bastante más “grande”, y que también muerto habría tenido que continuar siendo percibido como “el jefe”, es decir Lenin. Al que Stalin le destinó precisamente un mausoleo de tipo faraónico-helenístico-bizantino: para que sobre él, único jefe “vivo” -si bien muerto (y de hecho debidamente embalsamado)- continuase recayendo la necesidad de carisma de las masas soviéticas. Por la misma dinámica, Augusto se presentó durante largo tiempo como el heredero-ejecutor-continuador-vindicador de César y le reservó un culto asimilándolo a los dioses.

Más que nunca necesario por tanto, frente a personajes históricos cuyo mito fue parte esencial de su actuación (y de su “ser percibidos” por los otros), es remitirse al juicio, limitado, mas no obnubilado, de los no-seguidores, de las personas pensantes y lejanas, y también de los adversarios. En “Città libera” del 23 de agosto de 1945, Croce, que al bando enemigo comunista no les ha “concedido” nunca nada, ni siquiera en los momentos de mayor unidad “ciellenistica*, y que en la Historia de Europa había escrito que «el comunismo no se ha realizado en Rusia como comunismo» (1932), escribió de Stalin palabras que pudieron incluso parecer un elogio, pero no lo eran. «Lo que se ha realizado en Rusia», escribió, «es el gobierno de una clase, o de un grupo de clases (burócratas, militares, intelectuales) que ya no guía un emperador hereditario, sino un hombre de dotado genio político (Lenin, Stalin)»; ¡y añadía con profética ironía: «quedando encargada la Providencia de proporcionarle sucesores siempre equiparables»! De “genio” (y esta vez no en sentido neutro, como en las palabras de Croce, sino exaltador) había hablado, a propósito de Stalin, Alcide De Gasperi, pocos meses antes, en el Teatro Brancaccio en Roma, en el mismo momento en el que proyectaba con firmeza la lejanía inaprehensible del experimento soviético de aquél, todavía por precisar, de la Italia posfascistas. Había hablado nada menos que de «mérito inmenso, histórico, secular, de los ejércitos organizados por el genio de José Stalin».

Era fácil por lo demás en aquel momento proferir una gratitud “secular” a los vencedores de Stalingrado, Paolo Bufaldini ha recordado a un sacerdote que, abrazándolo, en la clandestinidad, le había susurrado: «¡En Stalingrado venceremos nosotros!». Pero como bien sabía Heródoto, la victoria de los atenienses en Salamina, contra un adversario poderoso y en apariencia invencible había sido poco a poco olvidada, pese a ser fundamento de la “libertad de los Griegos”. Olvidada precisamente por los beneficiarios, porque de aquella victoria había partido el imperio ateniense, opresivo heredero de una alianza inicialmente paritaria. Una historia que se ha repetido, y que en la Italia de después de Marengo ha visto como poco a poco se embrutecían las facciones del emperador. En definitiva es demasiado fácil hablar en gros de objetivos imperiales y de libertades conculcadas. Para la Europa oriental de después de 1945 vale más la lectura del notable relato de Ambler El proceso Delchev1042, que abandonarse a las esquemáticas jaculatorias sobre las “horcas de Praga”. Y vale más la lectura del ensayo de Wilfried Loth (El hijo poco amado de Stalin: por qué Stalin no quería el nacimiento de la DDR1043) sobre la reluctancia de Stalin a consentir la constitución en república de la zona soviética de Alemania, en vez de la insulsa retórica sobre el “telón de acero”.

Stalin vuelve hoy al sentir colectivo de los rusos (muchos sondeos lo señalan) porque en la actual desazón y declinar de la ex superpotencia es obvio el reconocimiento, ya sólo por sentido común, hacia el estadista que la había convertido en tal, levantándola de una situación de inferioridad material y de aislamiento. Molotov recuerda que Stalin le había dicho una vez: a mi muerte arrojarán basura sobre mi tumba, pero mucho después lo entenderán. La imputación casi judicial que pesa sobre Stalin es la de la desmedida pérdida de vidas humanas. Esta vara de medir, que ya durante todo el siglo diecinueve acompañó y distorsionó los altibajos (muy similares a los actuales) de la historiografía sobre la Revolución francesa, ha sido finalmente contaminada por las monstruosidades del llamado Libro negro de Courtois y compañía: un libro que incluye entre las “víctimas de Stalin” también a los millones de muertos de la Guerra mundial, o entre las “víctimas del comunismo” a las infinitas víctimas de la UNITA en Angola. Tras aquél monstruoso panfleto es difícil devolver la reflexión a un ámbito decente; basta con el rápido desmantelamiento de estas cifras astronómicas que se ha producido después. Es el vínculo entre Revolución y Terror el difícil problema: comienza con Robespierre, no con Lenin, y todavía está abierto.

Pero envió a la muerte a multitud de comunistas: esta es la otra imputación “judicial”. El Danton de Wajda, por lo demás, quería significar y denunciar esto mismo. Un gran escritor judío, Lion Feuchtwanger, que reconoció a Stalin el mérito de ser el primero en haber dado un Estado a los judíos (en Birobidjan, dentro de la URSS)* ha evocado, a propósito de los “grandes procesos”, un factor capital: «La mayor parte de los acusados eran en primer lugar conspiradores y revolucionarios, durante toda la vida habían sido subversivos y opositores, habían nacido para eso»1044. Es la misma observación que hará años después De Gasperi en el ya citado discurso en Brancaccio: «Nosotros creíamos que los procesos eran falsos, los testimonios inventados, las confesiones arrancadas mediante la extorsión. Y entonces informaciones objetivas americanas aseguran que no se trataba de una farsa, y que los saboteadores no eran vulgares timadores, eran los viejos e idealistas conspiradores [...] que afrontaban la muerte antes que adaptarse a lo que para ellos era una traición al comunismo originario».

A Tiberio le tocó Tácito como “juez”; a Stalin, menos afortunado, Nikita Kruschov, dijo con sarcasmo Concetto Marchesi después del XX Congreso. Era una broma. Con el XX Congreso en realidad se abría una lucha de poder dentro de la cúpula, no muy diferente de la que había enfrentado a Trotsky y Stalin. Una lucha que no excluía golpes bajos, en la que la “desestalinización” era una pieza más del tablero; no era un intento de historiografía, de ésta era si acaso la más escandalosa negación. Y también quien, como Togliatti, entendió la instrumentalidad y la esencial falsedad, no pudo desenmascarar de raíz su naturaleza y génesis porque el mismo Togliatti y otros dirigentes del movimiento comunista eran, voluntariamente o no, parte de esta nueva lucha. Lucha cuyos resultados iniciales fueron las revoluciones dentro del “campo” soviético, y a largo plazo, la misma historia que hemos acabado viviendo. Curzio Malaparte, en un libro importante y olvidado, Técnica del golpe de Estado (editado en Francia en 1931, destinado a disgustar tanto a comunistas como a sus adversarios) registró la crónica de un acontecimiento que explica mejor que cualquier razonamiento el conflicto permanente y la represión ininterrumpida que caracterizaron los años de gobierno de Stalin hasta la guerra: el golpe de Estado fallido de Trotsky en Moscú el 7 de noviembre de 1927, en ocasión del desfile para el décimo aniversario de la Revolución. Un golpe fracasado, que mantuvo una profundísima división en el partido, donde el prestigio de Trotsky se mantenía enorme, y una guerra civil larvada, que la propaganda soviética de manera reduccionista presentaba como actividad judicial contra los “saboteadores”. Este fue el caso dentro del cual se inscribe el fenómeno Stalin. La formación de la URSS, la industrialización, la guerra a los kulaks, la alfabetización de masas, la creación de un Estado benefactor gratuito, el intento de quedar fuera de la guerra impuesta por Hitler, la victoria sobre el nazismo alcanzada a través de esfuerzos inimaginables y sin un auténtico consenso: estos son los acontecimientos con los que el historiador debe cimentar su análisis, sin olvidar nunca que, entre bastidores crecía un conflicto civil, una fractura del partido hegemónico, que nunca había cicatrizado.

A los puritanos de la ideología Stalin nunca les gustó. Oportunamente Colletti lo definió, a veinte años de su muerte, en L’Espresso, como «aquél que no se dejó nunca atar por los lazos de la ideología». Pero tanto realismo no fue un fin en sí mismo. El editorial no firmado con el que el Corriere della sera comentó el 6 de marzo de 1953 la desaparición de Stalin, continúa vigente tras cincuenta años de batallas -y de modas- historiográficas: «Esta obra -se lee- costó sacrificios inenarrables y fue dirigida con un rigor que no conoció piedad. La libertad, el respeto a la persona, la tolerancia, la caridad, fueron palabras vanas y fueron tratadas como cosas muertas. Solamente durante la Segunda guerra mundial se vio cuánto hubiese trabajado en profundidad aquella obra. Es historia del ayer. Pero cuando sonó la hora de la prueba suprema, el hombre se mostró a la altura de sí mismo y de las grandes tareas que había buscado y que la historia le había asignado».

 

Se puede discutir mucho alrededor de la cuestión de si Stalin se consideró a sí mismo y a su propia acción política como vinculadas al renacimiento de su país después de la catástrofe (guerra, derrota, revolución, guerra civil) o más bien dependientes del movimiento comunista mundial: por decirlo brevemente, si se sintió pese a todo un estadista ruso o un dirigente comunista con responsabilidades mundiales. Es propio de la reflexión historiográfica de inspiración trotskista (el mismo Trotsky, Deutscher) dar crédito a la primera respuesta. Fue sin embargo característico de la historiografía oficial de partido (también después de 1956) rechazar como reductiva, distorsionadora, tal respuesta (que por lo demás encontraba acogida también fuera de la discusión político-historiográfica dentro del movimiento comunista), y anteponer a la figura del Stalin estadista, para bien y para mal, la figura y el papel de Stalin como hombre de partido.

Hoy, a distancia de más de cincuenta años desde la desaparición de Stalin, las razones de la historiografía de partido se hacen más insignificantes a nuestros ojos, mientras que el problema histórico del lugar reservado a Stalin y sus seguidores en la historia de la Rusia de nuestro siglo sige con plena vigencia (reflexión similar debería hacerse en lo que respecta al encaje del “comunismo” en la historia de China por obra de un “hereje” como Mao). Isaac Deutscher dedicó un libro entero1045 para demostrar que el estalinismo sería, llegados a cierto punto, “arrancado” de la piel de Rusia, como la costra de una herida: arrancada la “malformación”, se habrían reunido socialismo y praxis democrática (restaurada) con un más coherente internacionalismo. Jamás previsión alguna se ha mostrado más infundada.

Hay tres momentos capitales en la política de las relaciones internacionales de la URSS, que constituyen el “hijo rojo”, y que recíprocamente se iluminan. Brest-Litovsk (enero de 1918), el “pacto” ruso-alemán (agosto de 1939), Yalta (febrero de 1945).

El comienzo es Brest-Litovsk. Es bien conocido el enfrentamiento que estalló dentro del grupo dirigente bolchevique, entre defensores y adversarios de la paz. Para no suscribirla, Trotsky dimitió del comisariado de Exteriores. Zinoviev y Kamenev tenían grandes dudas. Plenamente de acuerdo con Lenin, que sostenía la necesidad de la paz en cualquier caso, se alineó sin embargo Stalin. En la hagiografía de partido esto se convirtió después en un punto de fuerza y un título de mérito para los estalinianos, en su martilleo de descrédito contra las otras facciones bolcheviques. En la infausta Historia del Partido comunista de la URSS se leen estas expresiones, en las que se mezclan consideraciones fundadas y frases de repugnante mixtificación:

Continuar la guerra en estas condiciones equivalía a jugarse a una carta la existencia de la República soviética, que acababa de nacer. Planteábase ante la clase obrera y los campesinos la necesidad de aceptar las duras condiciones de paz, y replegarse ante el bandolero más peligroso por aquel entonces, el imperialismo alemán, para obtener una tregua, robustecer el Poder Soviético y crear un nuevo ejército, el Ejército Rojo, capaz de defender al país contra los ataques de sus enemigos.

Todos los contrarrevolucionarios, comenzando por los mencheviques y los socialrevolucionarios y acabando por los guardias blancos más caracterizados, desplegaron una campaña rabiosa de agitación contra la firma de la paz. Su línea era clara: aspiraban a romper las negociaciones de paz, provocar la ofensiva de los alemanes y exponer a un golpe al naciente Poder Soviético, poniendo en peligro las conquistas de los obreros y los campesinos.

En esta tenebrosa empresa, tenían por aliados a Trotsky y a su escudero Bujarin, quien, junto a Radek y Piatakov, acaudillaba el grupo antibolchevique que se disfrazaba con el nombre de grupo de los “comunistas de izquierda”. Trotsky y el grupo de los “comunistas de izquierda” libraron en el seno del Partido una lucha furiosa contra Lenin, exigiendo la continuación de la guerra. Estas gentes hacían claramente el juego a los imperialistas alemanes y a los contrarrevolucionarios dentro del país, ya que trabajaban por exponer a la naciente República Soviética, carente aún de ejército, a los golpes del imperialismo alemán. Era, verdaderamente, una política de provocadores, hábilmente disfrazada con frases izquierdistas.

El 10 de febrero de 1918, se interrumpieron las negociaciones de paz de Brest-Litovsk. A pesar de que Lenin y Stalin insistían, en nombre del C.C. del Partido bolchevique, en que se firmase la paz, Trotsky, que era presidente de la delegación soviética de paz enviada a Brest, traicionó abiertamente las instrucciones concretas del Partido bolchevique. Declaró que la República Soviética se negaba a firmar la paz en las condiciones propuestas por Alemania, y, al mismo tiempo, comunicó a los alemanes que los Soviets no harían la guerra y continuarían desmovilizando su ejército.1046

El relato es a ratos grotesco, las insinuaciones infamantes contra Trotsky se agolpan (posteriormente se llega a sostener que Trotsky y Bujarin preparaban un golpe de Estado con el fin de sabotear la paz). El punto clave del relato es en todo caso que, en su enfrentamiento sobre el problema de la paz, Lenin y Stalin -quizás en minoría- están por una parte a favor de la salida lo más pronto posible de la guerra, mientras gran parte de los otros dirigentes, in primis Trotsky (que llegó a dimitir para no suscribirlo), quedan en el frente opuesto. El enfrentamiento fue muy duro, como es obvio: no por caso, no solamente la Historia del partido comunista, sino también Mi vida de Trotsky dedican partes enteras (Trotsky casi treinta páginas) al asunto1047. Es digno de observar que, pese a que el relato de Trotsky sea en gran medida superior respecto a la irritante prosa de la Historia del partido comunista, resulta claramente apologético y a veces oscuro: lleno de detalles que apuntan a amortiguar el hecho de que Trotsky y Lenin se encontraron en frentes opuestos, y siempre reticente sobre la posición asumida por Stalin en el momento crucial.

La elección llevada a cabo en Brest-Litovsk es también el nacimiento de la política exterior soviética. Política exterior de un Estado que se apega sobre todo a los propios intereses estatales (se entiende que sobre la base del siguiente corolario: el reforzamiento de la URSS beneficia a la causa de la revolución mundial). Trotsky mantenía la ilusión de replicar a Valmy, de dar oxígeno al incendio revolucionario como en la época de Dumouriez y del conflicto victorioso de la Francia revolucionaria contra las coaliciones. Lenin y Stalin, en tantos aspectos diferentes pero en esto de acuerdo, medían de manera realista las relaciones de fuerzas y mantuvieron la línea de conducta que resurgirá en 1939, frente al renovado peligro de la guerra: «Los imperialistas se masacran entre ellos, nosotros nos quedamos fuera y nos reforzamos».

Escribió una vez Deutscher: «Bajo un aspecto crucial Stalin prosiguió la obra de Lenin: intentó defender en Estado construido por Lenin y aumentar su potencia». Así entonces: si Lenin hubiese sobrevivido, habría acabado haciendo la política de Stalin, ya que -observa- «en la práctica un sólo camino se abría frente a él, el que llevaba a la autocracia»; «el régimen bolchevique no podía volver a sus orígenes democráticos, porque no podía esperar un apoyo suficiente como para garantizar la supervivencia»1048.

«Garantizar la supervivencia». Es esta la estrella polar de la política exterior de Stalin. Si todavía alguno albergaba la ilusión de amplios frentes y posibles alianzas, bastaron la intervención extranjera en la guerra civil, el “cordón sanitario”, la exclusión durante largo tiempo de las instituciones internacionales, para aclarar la relación efectiva con el mundo exterior. De aquí el rasgo dominante de la política exterior soviética, desde los orígenes: negociar con quien esté. El orden del día sometido a votación por Lenin el 22 de febrero de 1918, en una reunión del Comité central, en una fase (que rápidamente se reveló transitoria) de las negociaciones de Brest-Litovsk («Se le dan plenos poderes al camarada Trotsky para aceptar la ayuda de los bandidos imperialistas franceses contra los bandidos alemanes»)1049, es cuanto menos iluminadora y connota claramente esta línea de acción y sus presupuestos. Así, tras la paz trampa, ocurrió que precisamente la Alemania de Ludendorff fue el único país con el que la Rusia bolchevique conseguía mantener relaciones: al menos durante algunos meses. Y el tono más bien plácido y comprensivo con el que el boletín del Alto mando alemán (Deutsche Kriegnachrichten) habla de Rusia y de Lenin se enmarca perfectamente en esta aparentemente antinatural colaboración, que se retomó con los gobiernos weimarianos de centro-derecha, a partir del tratado de Rapallo, el 16 de abril de 1922: precisamente desde la óptica de que entre “bandidos franceses” y “bandidos alemanes” no había que hacerse ilusiones de poder captar diferencias. Y la posibilidad de mayor colaboración con los alemanes nacía del hecho de que también ellos eran víctimas del orden impuesto en Versailles por los vencedores, es decir por las grandes y “democráticas” potencias imperialistas occidentales. El fracaso de la oleada revolucionaria de 1919-1920 (ocupación de fábricas en Italia, República Bávara de los Consejos, la Hungría de Béla Kun, derrota militar en el conflicto con Polonia) confirmaba de manera definitiva a la dirigencia soviética el acierto de sus elecciones en política exterior.

El “pacto” de 1939 parte de presupuestos similares. Se olvida siempre considerar, cuando se juzga aquél acontecimiento capital en vísperas de la Segunda guerra mundial, que se produce tras el fracaso del único intento verdadero de política exterior “internacionalista” y de amplias alianzas democráticas por parte de Stalin, es decir, después del derrumbamiento de la República española, ayudada militarmente sólo por los soviéticos y las brigadas internacionales, abandonada a su suerte por los gobiernos de Francia (es decir, el socialista Léon Blum) e Inglaterra. La caída de Madrid (28 de marzo de 1939) precede en pocos meses al pacto Molotov-Ribbentropp (agosto), concretado -como es bien sabido- en respuesta al desinterés anglo-francés por un acuerdo efectivo con la URSS en dirección anti-alemana (anti-nazi). La elección de ponerse de acuerdo con Alemania para mantenerse fuera de la guerra, mientras los “bandidos” se destruyen mutuamente, no es sino la continuación de aquellas políticas, en una situación favorable al interlocutor alemán, a cambio del gran favor de asegurarle la tranquilidad en el frente oriental.

Los motivos aducidos después, según los cuales el pacto había sido realizado para “prepararse” mejor, para ganar tiempo en previsión de un posterior ataque alemán, son probablemente motivaciones construidas post eventum: no está en absoluto claro que Stalin considerase realmente inevitable el ataque alemán contra la URSS; y de hecho la poca preparación con que la operación Barbarroja encontró las líneas soviéticas haría pensar lo contrario.

No es superfluo recordar finalmente que la analogía entre la situación de 1918 y la de 1939 es evidenciada por Mijaíl Gorbachov en el informe al Comité central del PCUS del 7 de noviembre de 1987, en ocasión del LXX aniversario de la Revolución. «La cuestión», dijo entonces Gorbachov, «se planteaba más o menos en los mismos términos en los que se había planteado en tiempos de la paz de Brest: se decidían las suertes de la independencia de nuestro país y de la existencia misma del socialismo en la tierra». Y añadía: «Por los documentos se sabe que la fecha de la agresión alemana contra Polonia (no más tarde del 1 de septiembre) se fijó ya el 3 de abril de 1939, es decir mucho antes de la conclusión del pacto entre la URSS y Alemania. Londres, París y Washington conocían al detalle el trasfondo de la preparación de la campaña contra Polonia». Y continuaba: «No podemos olvidar tampoco que en agosto de 1939 frente a la URSS se situaba la amenaza de una guerra en dos frentes: al oeste con Alemania y al este con Japón, que había desencadenado un sangriento combate sobre el río Kalkhin-Gol». Como en tiempos de Brest-Litovsk, concluía Gorbachov, «la vida y la muerte, barriendo los mitos, se convirtieron en el único criterio de realidad».

Arrastrado a una guerra no deseada, Stalin llevó a su país a la victoria, a través de una prueba durísima, que recuerda en muchos aspectos a la afrontada por Alejandro I y Kutuzov contra la agresión francesa de 1812. Y ganó uniendo al país alrededor del lema de la Gran guerra patriótica, recuperando, por lo demás, también una positiva relación con la Iglesia ortodoxa. La ayuda militar americana tuvo su importancia. Averell Harriman ha recordado alguna vez la frase que le dictara Stalin, según la cuál «sin la potencia industrial americana no habría podido ganar la guerra»1050. En honor a la verdad debe decirse sin embargo que, si aquellas ayudas fueron valiosísimas, el exasperante retraso en la apertura del “segundo frente” hizo que, hasta el desembarco en Normandía el 6-7 de junio de 1944), todo el peso de la guerra en Europa recayese sobre los soviéticos. En este sentido es exacto decir que Hitler perdió la guerra en Stalingrado (no constituyó, si acaso marginalmente, un “segundo frente” el desembarco en Sicilia: el desembarco aliado, en la primavera de 1943, en el extremo meridional de Italia, fue tal como para permitir a los alemanes tener en jaque con el mínimo de fuerzas y durante mucho tiempo a los angloamericanos, obligados a remontar trabajosamente toda la península).

Es sintomático que -como emerge claramente de la correspondencia entre Churchill, Roosevelt y Stalin en los meses de febrero-mayo de 19441051- a medida que se consolida la perspectiva de que los angloamericanos den comienzo a la operación Overlord (el desembarco en Normandía), vuelva insistente, en el intercambio epistolar entre los tres estadistas, el tema de la situación futura de Polonia. Ya en el carteo del 4 y 24 de febrero Stalin le deja claro a Churchill que el llamado “gobierno polaco en el exilio” (en Londres) tendrá que aceptar como futura frontera polaco-soviética la línea “Curzon”. Pese a la reluctancia del poco representativo gobierno polaco en el exilio (que hizo fracasar las reuniones de Moscú precisamente por la cuestión de las fronteras), Churchill aceptó la situación de hecho. Y es bien sabido que el “reparto” de Yalta -precedido en octubre de 1944 por el célebre folleto con los porcentajes de las “zonas de influencia”- conllevó, aunque no fuera aprobado oficialmente en Crimea, que, en la cuestión polaca, así como también en otros tableros de juego, fueran esencialmente confirmadas las ventajas territoriales que la URSS había conseguido con el “pacto” de agosto de 1939. Hay plena sintonía, en definitiva, entre las acciones tomadas por Stalin en la inmediata posguerra, y la sustancia de los acuerdos territoriales incluidos en el pacto ruso-alemán.

Es por esto que, como ya se ha observado, un único hilo conecta los tres momentos cardinales de la diplomacia soviética: Brest-Litovsk, el pacto de no agresión con Alemania, y Yalta. Tres momentos en los que los más duros adversarios (¡de hecho, sobre todo ellos!) reconocen la capacidad de Stalin para intuir, como estadista de altura, el interés por su país y su coherencia a la hora de perseguir, en un arco de tiempo tan amplio, tal interés.

No una política imperial o expansionista, sino una política de seguridad: aceptada como tal también por la contraparte occidental. Basta pensar precisamente en las decisiones de Yalta, no codificadas sino aceptadas y reafirmadas también en los momentos de mayor tensión (bloqueo de Berlín, Revolución húngara). Política de seguridad, que tenía su definición formal en las nuevas líneas de frontera. Es interesante a este respecto observar que, en ocasión de la reimpresión del carteo en los años de guerra, 1941-1945 de los jefes de la coalición anti-nazi, incluya como prólogo una introducción de Gromiko, que es esencialmente un himno a las deliberaciones cerradas en Helsinki el 1 de agosto de 1975: «Hoy», escribe Gromiko, «la inviolabilidad de las fronteras europeas ha sido reconocida por todos los Estados europeos, aparte de los EEUU y Canadá, que han firmado el 1 de agosto en Helsinki el acto final de la Conferencia para la seguridad y la colaboración en Europa. Este acuerdo tiene una importancia histórica, constituye una gran contribución a la causa de la paz»1052. Gromiko, que ya en Yalta formaba parte de la delegación soviética, capta con esas palabras el sentido -reconocido por lo demás por todas las partes presentes- de la CSCE: el reconocimiento formal de las fronteras surgidas de la segunda guerra mundial. Era la coronación, también formal, de una política inaugurada con el gran acto de realismo consistente en la aceptación, en el lejano febrero de 1918, de las leoninas cláusulas de la paz de Brest.

Por esto es por lo que, en el momento del rápido, tumultuoso, desmantelamiento gorbachoviano de la URSS, las potencias occidentales han quedado perplejas: dudaban en extender su protección a iniciativas, por ejemplo, como la de Landsbergis y sus seguidores en Lituania, destinada a volver a poner en discusión todo lo acordado y defendido en Yalta y Helsinki, en un arco de tiempo treintenal.

Por esto es por lo que la política exterior de Gorbachov, consistente en desmantelar espontáneamente las claves de bóveda del Estado del que era máximo dirigente, espera (y quizás esperará durante largo tiempo) a su historiador, y antes aún, a su intérprete. Acaso se tiene la impresión de tener enfrente a dos diferentes personalidades, en lucha entre ellas, encerradas en la misma persona. El dirigente que todavía en noviembre de 1987 reivindica el acierto del “pacto” de agosto de 1939 difícilmente puede ser la misma persona que escribe en La Stampa del 3 de marzo de 1992: «Hoy podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa oriental en estos últimos años no habría sido posible sin la presencia de este papa, sin el gran papel, incluso político, que ha sabido realizar». Palabras que Carl Bernstein, protagonista en su momento del Watergate y autor, en febrero de 1992, de la investigación sobre el pacto secreto entre Reagan y Wojtyla para apoyar masivamente a Solidarno y el derrumbe consiguiente del régimen comunista polaco, ha definido, en abril de 1992, en su primera carta para Il Sabato, «el desvelamiento de uno de los más grandes secretos del siglo veinte».

La colaboración periodística de Gorbachov en La Stampa merecería un análisis sistemático, ya que entre los pliegues y la melaza de la característica verborrea que Gorbachov destina a aquel importante periódico afloran de vez en cuando expresiones que deberían arrojar algo de luz sobre la huidiza personalidad del último secretario general del PCUS. Por ejemplo la que aparece hacia el final del prolijo ensayo del 26 de noviembre de 1992 («Yeltsin, palo y zanahoria»): «Después de haberse librado acertadamente, por inservible, del modelo comunista, deberíamos evitar caer en otros modelos rígidos».

Sobre todo la “revelación” sobre la que ha llamado la atención Carl Bernstein -la puesta en valor que expresa Gorbachov sobre el papel cumplido por Wojtyla en la demolición de los regímenes comunistas- se aviene mal con las sentencias finales del diálogo entre Gorbachov y Wojtyla (1 de diciembre de 1989). Cuyo texto ha sido publicado por el mismo Gorbachov en sus Avant-Mémoires, donde Wojtyla dice: «Nadie debe pretender que los cambios en Europa y en el mundo tengan que hacerse según el modelo occidental; esto es contrario a mis convicciones más profundas; Europa, como protagonista de la historia mundial, debe respirar con sus dos pulmones», y Gorbachov responde: «Es una imagen muy pertinente»1053. A la luz de lo que Gorbachov “reveló” en marzo de 1992, esta proclamación provoca mucha perplejidad. Aún más si se tiene en cuenta el pensamiento del brutal exégeta del pensamiento de Wojtyla, el presidente polaco Walesa. Entrevistado por Jas Ga-wronski para La Stampa (9 de mayo de 1993, p. 8), Walesa se ha encontrado ante la siguiente pregunta: «¿Quién determinó el derrumbe del comunismo?

¿Estaría de acuerdo en una clasificación de este tipo: Juan Pablo II, Walesa, Gorbachov, Reagan?»; a lo que responde, no sin habilidad: «Desde luego el papel del Papa ha sido muy importante, diría determinante. Los otros son todos eslabones de la cadena, la cadena de la libertad; es difícil decir quién sería más importante, mas si a cualquier cadena le falta un eslabón no es ya una cadena. Muchos, sobre todo los alemanes, consideran que sea Gorbachov el más importante, pero no estoy de acuerdo» (y más adelante en la entrevista, proporciona también él una “revelación”: el haber propuesto a Gorbachov ya en 1989 que tomara la iniciativa de la disolución de la URSS).

Después de que, el 24 de febrero de 1992, Time publicó la investigación de Carl Bernstein sobre el “pacto secreto” entre Reagan y Wojtyla para el derrocamiento del régimen comunista en Polonia (con detalles relativos, por ejemplo, al canal de comunicación por radio entre los palacios vaticanos y el del cardenal Glemp después de que el gobierno de Varsovia hubiese cortado las comunicaciones telefónicas entre Polonia y Vaticano, o relativos al “enrolamiento” por parte de la CIA del viceministro polaco de Defensa, o la avalancha de dinero enviado a Polonia como financiación del sindicato “clandestino”), se produjeron reparos y bochorno en el Vaticano. Eufórico, sin embargo, Reagan confirmó, entrevistado por Pino Buongiorno para Panorama: «nuestro intento [Reagan se refiere a la gestión suya y de Wojtyla, N.d.A.] ha sido desde el comienzo el de unirnos para derrotar a las fuerzas del comunismo». Y prosiguió con múltiples revelaciones y detalles, publicados por el semanario italiano en el fascículo del 22 de marzo de 1992.

Pero probablemente la intervención, pese a sus enormes dimensiones (algo poco novedoso, aunque potenciado por el origen polaco del pontífice) no habría bastado. Al menos según un agudo analista de asuntos soviéticos, Helmut Sonnenfeldt. «Cuando se abrió la puerta polaca», declaró Sonnenfeldt en Panorama, «Moscú no movió un dedo. Quién sabe si quien influyó en el comportamiento de Gorbachov no fuera precisamente una intervención del Vaticano». Una hipótesis que parece encontrar confirmación en las palabras, muy comprometedoras, escritas por Gorbachov para La Stampa el 3 de marzo de 1992. Por lo tanto no es sorprendente que poco después, en la misma conversación, Sonnenfeldt hablara, sin dar nombres, de «quien, en alguna sala del Kremlin, decidió liberar a todos».

Las acciones políticas realizadas por Gorbachov a partir por lo menos de 1988, han afectado sobre todo a su pueblo. La condición de Rusia era así descrita por François Mitterrand (en un encuentro con el entonces presidente del Senado italiano, Spadolini): «Antes la gente comía poco, pero todos comían igualmente poco. Ahora en Rusia hay tantas mafias (el presidente -advertía Spadolini- usa la expresión italiana con un voluntario subrayado) que se enfrentan y se combaten, y se aseguran sectores de privilegio, monstruosamente distantes del hambre y de la pobreza generalizados. Situación, como poco, explosiva»1054.

No está mal como paso a la “libertad” (de qué tipo, se ha visto con los cañonazos sobre el parlamento de octubre de 1993). No sorprende sin embargo que Gorbachov sea una de las personas más detestadas en su país (y cada vez menos mimado por sus amigos en el exterior).

Puede esperarse todo de un historiador, excepto que tenga que creer en la “ingenuidad” que habría llevado a Gorbachov a cometer error tras error, capitulación tras capitulación. Markus Wolf, el gran artífice de los servicios de seguridad de la DDR, recordó en una entrevista a La Repubblica1055, que los tres artífices del derrumbamiento de la URSS -Gorbachov, Shevarnadze, Yeltsin- trabajaron en el KGB.

A los atenienses, cansados del conflicto con Esparta, Pericles les enseñó, en un discurso ante la asamblea, una gran verdad geopolítica: «No se puede huir del Imperio». Y con la crudeza conceptual que no le era ajena, añadía que «el Imperio es tiranía», que «puede parecer injusto defenderlo, pero desde luego es altamente arriesgado ignorarlo»1056. Al final el Imperio, que duro poco más de setenta años, se perdió gracias también a aquellos estrategas (uno se llamaba Adimanto) que en la batalla decisiva de Egospótamos «traicionaron -como entonces se dijo- a las naves»1057. Por una curiosa combinación histórica también el Imperio soviético duró setenta años. La comparación de Stalin y Pericles puede resultar incómoda (aunque sobre la grandeza del estadista georgiano insistan historiadores nada ingenuos, como Mijaíl Heller y Sergio Romano): es quizás más factible, pese al riesgo propio de las analogías, reconocer a Gorbachov el papel mediocre e ignominioso de Adimanto.

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ÍNDICE ONOMÁSTICO

Abdel-Kader, 352

Adimanto, 382

Adorno Theodor W., 254

Alejandro I, 377

Alejando III, 261, 275, 314

Althusser Louis, 44

Ambler, 370

Antonescu Ion, 319

Arendt Hannah, 16-7, 43, 122, 200, 205, 215-8, 246, 249, 270-1, 277, 317-22

Augusto, 369

Babeuf François-Noël, llamado Gracchus, 324, 326

Babina Berta, 167

Bacque James, 178, 367

Baldwin Stanley, 289

Bauer Leo, 249

Beck Joseph, 209

Benjamin Walter, 120, 305

Beria Lavrentii, 173, 248, 308, 321

Bernstein Carl, 380-1

Berzin Eduard, 169

Bevin Ernest, 206

Bierut Boleslaw, 46

Bloch Ernst, 66, 78

Blum Leon, 376

Blumkin Iakov G., 90-1, 98-9

Bobbio Norberto, 16, 18

Bock Fedor von, 37

Boissy d’Anglas François-Antoine, 323, 325

Bose Subhas Chandra, 210

Brecht Bertolt, 204

Brezhnev Leonid I., 197

Brockdorff-Rantzau Ulrich von, 276

Brusilov Aleksej A., 120

Bujarin Nikolai I., 50, 58-9, 86, 93-4, 104, 109, 124, 137-38, 145-46, 148, 150, 161, 280, 284, 314, 374

Bugeaud Thomas-Robert, 284

Bullit William C., 209

Buongiorno Pino, 381

Burke Edmund, 122

Bush George W., 361

Calhoun John C., 359

Canaris Wilhelm, 38, 319

Camap Rudolf, 199

Castro Fidel, 261, 359

Chéjov Anton, 174

Chamberlain Houston S., 204, 230

Chamberlain Neville, 289, 290-1, 311, 313

Chiang Kai-shek, 149

Kruschov Nikita S., 13, 20-2, 25-29, 34, 38, 40-4, 47-50, 52, 54-5, 81, 92, 108, 110, 139, 158, 206, 229, 238, 255, 261, 312, 315, 317-20, 322, 365, 371

Churchill Winston, 15, 19, 20, 38, 46, 53, 107, 112-13, 200, 206, 217, 225, 228, 233-6, 244, 254, 271, 275, 282, 287-90, 293-4, 297, 304, 311, 313-4, 339-41, 362, 367, 379,

Cicerón Marco Tulio, 368

Clemenceau Georges, 99, 100

Clinton William J., 187

Colletti Lucio, 372

Conquest Robert, 174-5, 219, 222-3, 227, 229-30, 259, 326, 338, 340, 342-3, 350-3

Courtois Stéphane, 81, 370

Croce Benedetto, 16, 282, 285, 340, 369

Cromer Evelyn Baring, 2000

Cromwell Oliver, 140, 358

Daladier Edouard, 99

David Jacques-Louis, 149

David Lloyd George, 311

Davies Joseph, 314

Davis David B., 359

De Gasperi Alcide, 15, 43, 313-4, 369, 371

De Ruggiero Guido, 348

Denikin Anton I., 61-2, 223,

Deutscher Isaac, 14-5, 25-6, 310, 312, 314-5, 321-2, 372-3, 375

Dewey John, 199

Dimitrov Georgi, 29-30, 48, 105, 128, 214, 264, 289, 319

Diocleciano Gayo Aurelio Valerio, 363

Disraeli Benjamin, 204

Dournovo P. N., 112

Duclos Jacques, 253

Dulles Allen, 237, 276

Duverger Maurice, 326

Dymshitz Alexander, 248

Ehrenburg Ilia G., 201, 251, 257-8

Eichmann Adolf, 228

Eisenhower Dwight D., 178, 236-7

Eisler Gerhart, 248

Yeltsin Boris N., 326-7, 380, 382

Engels Friedrich, 22, 56, 79, 142-3, 232, 284, 350, 359-61

Heraclio, 366

Heródoto, 369

Feuchtwanger Lion, 216, 265, 367, 370

Fischer Louis, 96

Fischer Ruth, 87-8, 99

Foca, 366

Foch Ferdinand, 149, 298

Ford Henry, 234, 253

Franco Francisco, 19, 97

Franklin Benjamin, 358

Freud Sigmund, 278

Furet François, 230, 246, 277-8

Gandhi Mohandas K., 202, 210

Gascoigne A. (“Joe”), 261

Gawronski Jas, 380

Gehlen Reinhard, 276

Genghis Khan, 191

Justiniano, 365-6

Glemp Józef, 381

Goebbels Joseph, 31-6, 43, 102, 214, 230, 245, 269, 275, 334, 339

Goldman Emma, 233

Gollancz Víctor, 225

Gorbachov Mijail S., 41, 219, 220, 311, 365-6, 377, 379, 380-2

Göring Hermann, 339

Gorki, 169, 267

Gottwald Klement, 46

Gramsci Antonio, 77, 120, 130, 228, 263, 279, 340-2, 358, 368

Grant Madison, 234

Gromiko Andrei A., 249, 379

Guillermo II, 59, 98, 101, 186, 229, 275, 298

Gurion David Ben, 45, 251

Halifax Edward F., 34, 289

Hamilton Alexander, 278

Harding Warren G., 342

Harriman Averell, 15, 377

Harris Arthur, 293, 304

Hayek Friedrich A. von, 308

Hebbel Friedrich, 297

Hegel Georg W. F., 66, 69, 132, 134-5, 139, 143, 263, 358

Heller Mijaíl, 382

Herriot Edouard, 99, 220

Herrnstadt Rudolf, 249

Herskovits Fabián, 256

Herzen Alexandr I., 129, 263

Hess Rudolf, 33, 207

Himmler Heinrich, 222

Hitler Adolf, 15-8, 22-3, 26, 30, 32-5, 38-41, 48-9, 92, 97-100, 103, 107, 181-3, 187, 189-90, 199-218, 221, 226, 229, 230, 233, 236, 243-6, 259, 264, 269, 272-3, 278-9, 289, 293-4, 298, 311-2, 318-20, 328, 335, 338-9, 341-2, 356-7, 362, 366-7, 372, 378,

Ho Chi Minh, 359

Hobbes Thomas, 284

Hobsbawm Eric J., 230

Hoover Herbert, 51, 224, 228-9, 237, 282, 342

Howard Roy, 62

Humbert-Droz Jules, 93

Hussein Saddam, 229

Jackson Andrew, 202

Yagoda Genrich G., 91, 173, 266

Jefferson, 227-9, 278, 351

Jodl Alfred, 319

Kaganovich Lazar M., 52, 74, 152, 159, 222, 245, 266

Kamenev, 56, 87, 93, 149, 373

Kant Immanuel, 263

Kautsky Karl, 56, 123-6, 137, 141, 231

Kennan George, 160-2, 196

Kennedy John, 206, 332

Kerensky, 50, 52-3, 100-1, 113, 252, 275

Kershaw Ian, 367

King Martin Luther, 201

Kirchner Peter, 248

Kírov Sergei M., 25, 27, 81-6, 95, 155, 158, 161, 179, 185, 243, 314, 321

Kissinger Henry, 335, 337

Kleist Heinrich von, 354

Klemperer Viktor, 240, 339

Kojève Alexandre, 17

Kolčak Alexandr V., 61-2,

Kollontai Alexandra M., 73, 127-8, 131, 135, 213

Kun Béla, 233, 325, 376

Kutuzov Mijaíl, 377

Landsbergis, 379

Laski Harold J., 16-8

Lenin Vladimir I., 16, 23, 26-7, 44, 55-60, 76-9, 86, 90, 92-5, 101, 104, 109, 120-1, 125-9, 139-43, 147, 151, 165, 174, 192, 201, 232, 264, 267-9, 279-84, 305, 310, 312, 314, 356, 358-9, 368-70, 373-6

Liebknecht Karl, 280-1

Lincoln Abraham, 304, 306

Lloyd George, 311

Locke John, 358

Lon Nol, 336

Loth Wilfried, 370

Louverture Toussaint, 353-4

Ludendorff Erich, 376

Luis XVI, 223

Lukács György, 199, 200, 285, 297

Lumumba Patrice, 261

Lutero Martin, 358

Luttwak Edward, 333

Luxemburg Rosa, 56, 136-40, 233, 280

L’Vov George E., 115

Madison James, 358

Maistre Joseph de, 111, 122, 295

Maklakov Vasili A., 120

Malaparte Curzio, 88-90, 313, 371

Malenkov Georgi M., 53

Mandel Leo, 249

Mann Thomas, 16

Mao Tsé-Tung, 130, 211, 264, 328, 331, 333-4, 359, 373

Mahoma, 358

Marchesi Concetto, 371

Marx Karl, 22-3, 56, 65, 67, 70-2, 76, 79, 111, 125-5, 142-3, 148, 182, 195-7, 232-3, 286, 295, 305, 308-9, 350, 358-61

Masaryk Jan, 47

McCarthy Joseph, 253

Medvedev Roy A., 230

Meir Golda, 258

Mendelsohn, 265

Mengele Joseph, 186

Mgeladze Akaki, 42

Miliukov Pavel, 120

Mill John Stuart, 329, 360-1

Mirbach Wilhelm, 99

Mises Ludwig von, 341

Mitterrand François, 382

Molotov V. M., 53, 108, 262, 281, 289, 320, 370, 376

Montgomery Bemard, 226

Mussolini Benito, 15, 33, 214, 229, 288, 340-1

Napoleón, 52, 149, 368

Nasser Gamal A., 237

Nerón, 363

Neurath Konstantin von, 107

Nicolás II, 85, 100, 176

Nietzsche Friedrich, 17, 278, 281, 357, 360

Nikolaev Leonid, 81-2, 84

Nixon Richard, 335, 337

Nolte Emst, 49

O’Connell Daniel, 51

Orlov Alexandr M., 96, 311-2

Pannekoek Anton, 77

Pareto Vilfredo, 285

Pascal Pierre, 65, 126

Patterson William, 201

Patton George S., 247

Pauker Ana, 258

Pericles, 382

Petrarca Francesco, 299

Pedro el Grande, 15, 20, 122, 175, 191, 304-5, 309,

Piatakov Grigorii L., 374

Pol Pot, 328, 335, 337-8, 359

Popper Karl R., 361

Procopio, 365

Quinet Edgar, 327

Radek Karl B., 149, 374

Rákosi Mátyás, 248

Reagan Ronald, 291, 220, 380-1

Riazanov David B., 59

Ribbentrop Joachim von, 33, 376

Riutin Martemyan N., 93

Robespierre Maximilien de, 140, 262, 323-6, 366, 370

Rogowin Wadim S., 108, 312

Romano Sergio, 382

Romanov Nicolás, 265

Romas Mijaíl, 118

Roosevelt Franklin Delano, 15, 31, 38, 46, 48, 51, 177, 200, 216-7, 224, 227, 236, 244, 371-4, 278, 291-4, 339, 349, 362, 378

Roosevelt Theodore, 202, 231, 281-4,

Rosenberg Alfred, 214, 234, 252-4

Rosselli Cario, 18

Rostow Walt W., 332

Roth Joseph, 126

Rothschild, 265

Rousseau Jean-Jacques, 277

Roy Olivier, 316

Rykov Alexei I., 106

Saint-Just Louis-A.-L., 324

Santo Mazzarino, 366

Sargent Orme, 46

Sedov Lev, 91

Shevarnadze Eduard, 382

Shaposhnikov Boris M., 108

Sherman William T., 355

Shirer William L., 274

Smith Andrew, 95

Solzhenitsyn Alexandr I., 174

Somoza Anastasio, 292

Sonnenfeldt Helmut, 381

Souvarine Boris, 87

Spadolini Giovanni, 382

Spencer Herbert, 204

Spengler Oswald, 21

Stasek Bohumil, 47

Stassen Harald, 275

Stimson Henry L., 34

Stoddard Lothrop, 234-5, 342, 354

Stolypin Petr A., 276

Strong Anne Louise, 95

Sun Yat-Sen, 264-5, 330

Tácito Publio Comelio, 371

Temple Richard, 225

Tiberio, 371

Tibulo, 367

Tito Josip Broz, 156, 359

Tocqueville Alexis de, 202, 227, 284, 329, 350, 352, 354, 360-1

Togliatti Palmiro, 371

Toynbee Amold, 19, 297

Trevelyan Charles Edward, 227

Trotsky León, 14, 21, 23, 27, 40, 56-60, 63, 70-9, 82-91, 94-110, 121-8, 135, 138, 142, 153-5, 158, 164-5, 220-1, 233, 237-41, 247, 262-5, 268-9, 279, 281, 305, 308, 310-7, 334, 367, 371-6

Traman Harry S., 53, 157, 199, 250, 292, 352, 362

Tuchačevsky Mijaíl N., 104-4, 149-50, 297, 313-4

Wajda Andrej, 370

Walesa Lech, 380-1

Walzer Michael, 296-7, 299, 300

Webb Beatrice, 17, 38

Weber Max, 121, 179, 282

Webster Nesta H., 233

Weishaupt Adam, 233

Weiss Gus, 277

Wels Otto, 208

Werth Nicolas, 81

Wheeler Burton K., 51

Wilson Thomas W., 50, 278-9, 325, 354, 361

Witte Serge, 112, 295

Wittgenstein Ludwig, 199

Wojtyla Karol, 380-1

Wolf Markus, 382

Yaari Ariè, 256

Zhdanov Andrej A., 261, 321

Zinoviev Grigory E., 56-7, 87, 93, 109, 148-9, 373

Zhukov Georgy K., 39, 53

Resumen

¿Fue Stalin ese «enorme, siniestro, caprichoso y degenerado monstruo humano», como dijo Nikita Kruschov en su famoso Informe secreto? ¿O, como se ha dicho después, el inepto hermano gemelo de Hitler? ¿El dictador sádico, paranoico, antisemita, carente del menor escrúpulo que ha retratado la historiografía dominante? Domenico Losurdo cree que no. Sin por ello exculpar a Stalin del horror del Gulag, ni negar su responsabilidad en otros crímenes, Losurdo resulta convincente cuando imputa como falsa la acusación de antisemitismo, cuando subraya el genio estratégico y militar del líder soviético o cuando rechaza el paralelismo con el Führer, por citar algunos aspectos que se dan por ciertos sin serlo. Más aún: al contextualizar las decisiones, muchas veces terribles, que tomó Stalin, Losurdo demuestra que es más fácil enlazar los delirios racistas e imperiales de Hitler con sus contemporáneos occidentales y sus precursores, que con el político bolchevique.

Libro que cuestiona la mayor parte de la historiografía actual, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra no dejará indiferente a quien se adentre en sus páginas.

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Notas a pie de página

1. Medvedev (1977), p. 705; Zubkova (2003), comentarios a pie de foto 19-20.

2. Thurston (1996), pp. xiii-xiv.

3. Fejtö (1971), p. 31.

4. Nirenstein (1997).

5. Deutscher (1972a), pp. 167-9.

6. Trotsky (1962), p. 447.

7. Kojève (1954).

8. Roberts (2006), p. 3.

9. Deutscher (1969), p. 522

10. Roberts (2006), p. 273.

11. En Fontaine (2005), p. 66; remite a un libro de Averell Harriman y Elie Abel.

12. En Thomas (1988), p. 78.

13. De Gasperi (1956), pp. 15-6.

14. Bobbio (1997), p. 89

15. Arendt (1986b), p. 99.

16. Croce (1993), vol. 2, pp. 33-4 y 178.

17. Mann (1986a), pp. 271 y 278-9; Mann (1986b), pp. 311-2.

18. Webb (1982-85), vol. 4, pp. 242 y 490 (entradas del diario del 15 de marzo de 1931 y del 6 de diciembre 1942); Laski (1948), pp. 39-42 y passim.

19. Bobbio (1997), p. 89; Bobbio (1977), pp. 164 y 280.

20. Rosselli (1988), pp. 358, 362 y 367.

* Víd. Yuri Ribalkin, Stalin y España (ed. Marcial Pons 2007), Ángel Viñas, La soledad de la República: El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética (ed. Crítica 2006), El escudo de la República: el oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937 (ed. Crítica 2007), El honor de la República: entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin (ed. Crítica 2008), Javier Iglesias Peláez, Stalin en España. La gran excusa (ed. Raíces, 2008). [N. del T.]

21. Ibíd, pp. 301, 304-6 y 381.

22. Churchill (1974), p. 7290.

23. Toynbee (1992), pp. 18-20.

24. Gleason (1995), p. 121.

25. Cohen (1986), p. 13.

26. Spengler (1933), p. 86, nota 1.

27. Trotsky (1988), p. 1285

28. Kruschov (1958), pp. 223-4.

29. Deutscher (1972b), p. 20.

30. Kruschov (1958), pp. 121-2.

31. Ibíd, pp. 164-5 y 172.

32. Ibíd, pp. 176 y 178.

33. Zubkova (2003), p. 223.

34. Trotsky (1962), pp. 170, 175-6 y 446-7.

35. Trotsky (1988), pp. 1259 y 1262-3.

* Fuerzas armadas de la República Federal Alemana desde 1955 [N. del T.]

36. Hoffmann (1995), pp. 59 y 21.

37. Wolkogonow (1989), pp. 500-4

38. Knight (1997), p. 132.

39. Medvedev, Medvedev (2006), pp. 269-70.

40. Montefiore (2007), p. 416.

41. Dimitrov (2002), pp. 320-1.

42. Ibíd, p. 314.

43. Roberts (2006), p. 7.

44. Goebbels (1992), p. 1620 (nota de diario del 5 de julio de 1941).

45. En Butler (2005), pp. 71-2.

46. Goebbels (1992), p. 1590.

47. Wolkow (2003), p. 111.

48. Goebbels (1992), pp. 1594-5 y 1597.

49. Besymenski (2003), pp. 422-5.

50. Costello (1991), pp. 438-9.

51. Goebbels (1992), p. 1599.

52. Roberts (2006), p. 35.

53. Wolkow (2003), p. 110.

54. Costello (1991), pp. 436-7.

55. Kershaw (2001), pp. 581 y 576-7.

56. Ibíd, pp. 585-7; Ferro (2008), p. 115 (en lo que respecta a Maysky).

57. Besymenski (2003), pp. 380-6 (y en especial p. 384).

58. Roberts (2006), pp. 66-9.

59. Ferro (2008), p. 64; Beneš (1954), p. 151; Gardner (1993), pp. 92-3.

60. Liddel Hart (2007), pp. 414-5.

61. Ibíd, pp. 417-8.

62. Goebbels (1992), pp. 1601 y 1609.

63. Ibíd, pp. 1601-2.

64. Fest (1973), p. 878.

65. Ferro (2008), p. 189.

66. Goebbels (1992), p. 1619.

67. Ibíd, pp. 1639-40.

68. Ibíd, p. 1645.

69. Ibíd, pp. 1656-8.

70. Ibíd, pp. 1665-6.

71. Liddel Hart (2007), pp. 417-8.

72. Hillgruber (1991), p. 354.

73. Citado en Hillgruber (1991), pp. 358-60.

74. Ibíd, pp. 372 y 369.

75. Medvedev, Medvedev (2006), p. 252

76. En Butler (2005), p. 41.

77. Webb (1982-85), vol. 4, p. 472 (entrada del diario del 8 de agosto de 1941).

78. Klemperer (1996), vol. 1, p. 647 (entrada del diario del 13 de julio de 1941).

79. Medvedev, Medvedev (2006), pp. 259-60.

80. Hitler (1965), p. 1682 (declaraciones del 30 de marzo de 1941).

81. Hitler (1989), p. 70 (conversación del 10 de septiembre de 1941) y Hitler (1980), p. 61 (conversación del 17-18 de septiembre de 1941).

82. Liddel Hart (2007), pp. 404, 400 y 392.

83. Werth (2007a), pp. 352 y 359-60.

84. Tucker (1990), pp. 97-8.

85. Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 67 y 274.

86. Trotsky (1988), p. 930 (= Trotsky, 1968, p. 207).

87. De una conversación con Fritz Todt, citado en Irving (2001), p. 550.

88. Hitler (1980), p. 366 (conversación del 26 de agosto de 1942).

89. Wolkogonow (1989), pp. 501 y 570.

90. Ibíd, pp. 501, 641 y 570-2.

91. Ibíd, pp. 597, 644 y 641.

92. Montefiore (2007), p. 503.

93. Roberts (2006), pp. 81 y 4.

94. Schneider (1994), pp. 278-9 y 232.

95. Goebbels (1992), p. 1656 (entrada del diario del 19 de agosto de 1941).

96. Althusser (1967), p. 6.

97. Kruschov (1958), p. 187.

98. Graziosi (2007), pp. 70-1.

99. Torri (2000), p. 617.

100. Grunfeld (1996), p. 107.

101. En Pappe (2008), p. 3.

102. MacDonogh (2007), p. 1.

103. Hillgruber (1991), p. 439.

104. Churchill (1974), p. 7069.

105. Hillgruber (1991), p. 439.

106. Naimark (2002), p. 134.

107. Ibíd, p. 136.

108. Ibíd, pp. 137-8.

109. Ibíd, p. 139.

110. Ibíd, p. 138.

111. Ibíd, p. 133.

112. Deák (2002), p. 48.

113. Stalin (1971-73), vol. 14, pp. 238 y 241.

114. Ibíd, pp. 266-7.

115. Cfr. Losurdo (1996), cap. iv, § 2 (para Nolte) y cap. iv, § 5 (para F. D. Roosevelt y la «castración» de los alemanes).

116. Loewen (2006), pp. 42 y 125-7.

117. Bujarin (1984), p. 73.

118. En Hoopes, Brinkley (1997), p. 2.

119. Schlesinger jr. (1959-65), vol. 2, pp. 3-15.

120. Nevins, Commager (1960), p. 455.

121. Johnson (1991), p. 256.

122. En Hofstadter (1982), vol. 3, pp. 392-3.

123. Figes (2000), pp. 499-500.

124. Ibíd, pp. 503-4.

125. En Marcucci (1997), pp. 156-7.

126. Wolkogonow (1989), p. 707.

127. Roberts (2006), p. 272.

128. Wolkogonow (1989), p. 707 (para la conversación entre Stalin y Malenkov); Montefiore (2007), pp. 498-9.

129. Cfr. Losurdo (1996), cap. II.

130. Werth (2007a), pp. 49-50.

131. Broué (1991), pp. 274-7.

132. En Cohen (1975), p. 75.

133. Bujarin (1966), pp. 329-31.

134. En Carr (1964), p. 814.

135. Bujarin (1970), pp. 104-5 y nota.

136. Lenin (1955-70), vol. 27, pp. 54 ss.

137. Conquest (2000), p. 35.

138. Lenin (1955-70), vol. 28, p. 479.

139. Stalin (1971-73), vol. 3, pp. 127 y 269 (= Stalin, 1952-56, vol. 3, pp. 161 y 324).

140. Ibíd, pp. 197 y 175-8 (= Stalin, 1952-56, vol. 3, pp. 243 y 220-2).

141. Figes (2000), pp. 840 y 837.

142. Stalin (1971-73), vol. 4, p. 252 (= Stalin, 1952-56, vol. 4, pp. 312-3).

143. Ibíd, pp. 236 y 131 (= Stalin, 1952-56, vol. 4, pp. 293 y 166).

144. Ibíd, pp. 202, 199, 208 (= Stalin, 1952-56, vol. 4, pp. 252, 248 y 258).

145. Ibíd, pp. 286 y 293 (= Stalin, 1952-56, vol. 4, pp. 354 y 363).

146. Stalin (1971-73), vol. 11, p. 308.

147. Trotsky (1988), pp. 905-6 (= Trotsky, 1968, pp. 186-7).

148. Trotsky (1997-2001), vol. 3, pp. 476, 554 y 566.

149. Trotsky (1988), pp. 1001 y 1333.

150. Figes (2000), p. 926.

151. En Flores (1990), p. 29.

152. Furet, Richet (1980), p. 85; Figes (2000), p. 434.

153. En Furet (1995), p. 129.

154. Marx, Engels (1955-89), vol. 4, pp. 484 y 489.

155. En Figes (2000), p. 926.

156. Losurdo (1997), cap. iv, § 10.

157. Hegel (1969-79), vol. 3, p. 318; Marx, Engels (1955-89), vol. 19, pp. 20-1.

158. Marx, Engels (1955-89), vol. 4, p. 466.

159. Ibíd, vol. 17, p. 339.

160. Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 314-5 (= Stalin, 1952, p. 573).

161. Ibíd, pp. 316-7 (= Stalin, 1952, p. 575).

162. Stalin (1971-73), vol. 14, p. 33 (= Stalin, 1952, p. 601).

163. Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 317-9 (= Stalin, 1952, pp. 575-7).

164. Losurdo (1992), cap. x, § 2.

165. Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 319 y 317 (= Stalin, 1952, pp. 577 y 575).

166. Stalin (1971-73), vol. 14, pp. 33 y 46 (= Stalin, 1952, pp. 599 y 613).

167. Trotsky (1988), p. 957 (= Trotsky, 1968, p. 232).

168. Trotsky (1962), p. 431.

169. Trotsky (1988), pp. 972-3 y 969 (= Trotsky, 1968, pp. 248 y 244).

170. Stalin (1971-73), vol. 14, p. 34 (= Stalin, 1952, p. 602).

171. Trotsky (1988), p. 941 (= Trotsky, 1968, p. 218).

172. Ibíd, p. 946 (= Trotsky, 1968, pp. 223-4).

173. Stalin (1971-73), vol. 13, p. 304 (= Stalin, 1952, p. 564).

174. Trotsky (1988), pp. 763 y 768-9 (= Trotsky, 1968, pp. 65 y 70-1).

175. Ibíd, pp. 757-8 (= Trotsky, 1968, p. 61).

176. En Carr (1968-69), vol. 1, p. 32.

177. Ibíd, pp. 30-1.

178. Marcucci (1997), p. 143.

179. Trotsky (1988), p. 957 (= Trotsky, 1968, p. 232).

180. Ibíd, pp. 843-4 (= Trotsky, 1968, pp. 139-40).

181. Ibíd, p. 846 (= Trotsky, 1968, p. 142).

182. Stalin (1971-73), vol. 14, p. 87 (= Stalin, 1952, p. 641).

183. Trotsky (1988), p. 846 (= Trotsky, 1968, p. 142).

184. Ibíd, p. 850 (= Trotsky, 1968, pp. 144-5).

185. Lenin (1955-70), vol. 25, p. 380 y vol. 33, pp. 445-50.

186. Lenin (1955-70), vol. 25, p. 400.

187. Figes (2000), pp. 878-80.

188. Gramsci (1987), pp. 56-7; la carta del anarquista puede leerse en el n. 8 de Ordine Nuovo.

189. Pannekoek (1970), pp. 273-4.

190. En Kollontai (1976), pp. 240-1.

191. Gorter (1920), p. 37.

192. En Kollontai (1976), p. 242.

193. Ibíd, pp. 199-200.

194. Gorter (1920), p. 87.

195. Ibíd, p. 33.

196. En Losurdo (1997), cap. iv, § 10.

197. En Kollontai (1976), p. 240.

198. En Carr (1964), p. 128.

199. Stalin (1971-73), vol. 14, p. 70 (= Stalin, 1952, p. 626).

200. Ibíd, p. 74 (= Stalin, 1952, p. 629).

201. Trotsky (1988), pp. 966-7 (= Trotsky, 1968, pp. 241-2)

202. Stalin (1971-73), vol. 14, p. 229 = Stalin, 1952, pp. 724-5).

203. Ibíd. (= Stalin, 1952, p. 725).

204. Cohen (1975), p. 344.

205. Thurston (1996), pp. 20-3.

206. Kirilina (1995), pp. 223 y 239.

207. Ibíd, p. 193.

208. Chlevnjuk (1998), pp. 365-6.

209. Kirilina (1995), p. 203.

210. Trotsky (1988), pp. 573 y 575.

211. Ibíd, p. 986 (= Trotsky, 1968, p. 263).

212. Trotsky (1967), p. 75.

213. Trotsky (1988), p. 655.

214. Ibíd.

215. Ibíd, p. 854 (= Trotsky, 1968, p. 149).

216. Ibíd, p. 851 (= Trotsky, 1968, p. 146).

217. Trotsky (1967), p. 75.

218. Kirilina (1995), pp. 67-70.

219. Trotsky (1988), p. 857 (= Trotsky, 1968, p. 152).

220. Ibíd, p. 553.

221. Ibíd, p. 655.

222. Ibíd, pp. 856-61 (= Trotsky, 1968, pp. 152-5).

223. Trotsky (1988), p. 986 (= Trotsky, 1968, pp. 263-4).

224. Trotsky (1967), pp. 75-6.

225. Souvarine (2003), pp. 547-8.

226. Fischer (1991), vol. 2, pp. 217-22.

227. Ibíd, pp. 256-7.

228. Malaparte (1973), pp. 105, 109-10 y 113.

229. Ibíd, p. 125.

230. Broué (1991), p. 632.

231. Ibíd.

232. Malaparte (1973), p. 124.

233. Stalin (1971-73), vol. 2, pp. 101-6 y especial p. 103 (= Stalin, 1952-56, vol. 2, pp. 126-44 y en especial p. 128).

234. Broué (1991), p. 516.

235. Lenin (1955-70), vol. 5, p. 432 nota.

236. Mayer (2000), pp. 271-2.

237. Broué (1991), p. 597.

238. Malaparte (1973), p. 124.

239. Broué (1991), p. 616.

240. Thurston (1996), p. 34.

241. Fischer (1991), vol. 2, p. 250.

242. Trotsky (1988), p. 986 (= Trotsky, 1968, p. 263).

243. Trotsky (1967), pp. 67, 69 y 63.

244. Lenin (1955-70), vol. 31, pp. 26 y 44.

245. Broué (1991), p. 680.

246. Kruschov (1958), pp. 134-5.

247. Humbert-Droz (1974), pp. 263-4.

248. Graziosi (2007), p. 336; cfr. también Tucker (1990), p. 211 y Mayer (2000), p. 647.

249. Humbert-Droz (1974), pp. 263-4.

250. Cohen (1975), p. 285; Tucker (1974), pp. 424-5.

251. Lenin (1955-70), vol. 5, p. 332.

252. Cohen (1975), pp. 356-60.

253. Wolkogonow (1989), p. 295.

254. Lenin (1955-70), vol. 5, pp. 332-3.

255. Fischer (1991), vol. 2, p. 326.

256. Strong (2004), cap. v.

257. Kruschov (1958), pp. 136-7 y 139-40.

258. Flores (1990), pp. 215-6.

259. Chlevnjuk (1998), p. 28.

260. Trotsky (1997-2001), vol. 3, pp. 421-5.

261. Trotsky (1988), p. 490; cursivas en el original.

262. Rogowin (1998), pp. 91 y 404.

263. Ibíd, p. 100.

264. Rogowin (1999), pp. 288-9.

265. Ibíd, pp. 11-2.

266. Carr (1964), p. 876; de «insurrección» habla Daniels (1970), p. 145; cfr. también Mayer (2000), p. 271.

267. Broué (1991), p. 707.

268. Ibíd, pp. 715-6.

269. Hillgruber (1991), p. 191.

270. Trotsky (1988), p. 117 y nota 85 del editor.

271. Ibíd, p. 1179.

272. Ibíd, pp. 1253-4 y 1179.

273. Ibíd, pp. 1258-9.

274. Ibíd, p. 1183.

275. Ibíd, pp. 1341, 1273 y 1328.

276. Ibíd, pp. 1273 y 1286.

277. Goebbels (1996), p. 123.

278. Goebbels (1992), pp. 1614 y 1619-20.

279. Ibíd, p. 1635.

280. Rogowin (1999), pp. 288-9.

281. Broué (1991), p. 683.

282. Trotsky (1967), pp. 64 y 44.

283. Trotsky (1988), pp. 1334 y 1339.

284. Wolkogonow (1989), pp. 514-5.

285. Mayer (2000), p. 621, que remite a su vez a Thomas C. Fiddick.

286. Chlevnjuk (1998), p. 61.

287. Trotsky (1988), pp. 297-9.

288. Deutscher (1969), p. 694.

289. Ibíd, p. 531.

290. Dimitrov (2002), p. 59.

291. Trotsky (1988), pp. 913 y 916-28 (= Trotsky, 1968, pp. 192 y 195-205).

292. Wolkogonow (1989), p. 415.

293. Chlevnjuk (2006), p. 162.

294. Wolkogonow (1989), p. 412.

295. Beneš (1954), pp. 19-20 y 47, nota 8.

296. En Nolte (1987), pp. 306-7.

297. Conquest (2000), p. 322.

298. Churchill (1963), p. 321.

299. Hitler (1989), p. 447 (conversación del 21 de julio de 1942).

300. Conquest (2000), p. 321.

301. Rogowin (1998), pp. 520 y 531-44.

302. Schneider (1994), pp. 248 y 232.

303. Deutscher (1969), pp. 694-5.

304. Roberts (2006), p. 16.

305. En Cohen (1975), pp. 75 y 268.

306. Ibíd, pp. 288 y 285.

307. Feuchtwanger (1946), p. 95

308. Maistre (1984), tomo 12, pp. 59-60.

309. Marx, Engels (1955-89), vol. 12, p. 682.

310. En Werth (2001), p. 50.

311. Ibíd, pp. 53, 59-60 y 74-5.

312. Schmid (1974), pp. 17 y 293.

313. Kerensky (1989), p. 415.

314. Ibíd, pp. 340 y 328 ss.

315. Figes (2000), p. 399; Werth (2007a), p. 27.

316. Figes (2000), p. 400.

317. Werth (2007a), pp. 28-9.

318. Figes (2000), p. 481

319. Werth (2007a), pp. 41-2.

320. Figes (2000), p. 463.

321. Werth (2007a), p. 31.

322. Ibíd, pp. 63, 52-3 y 55.

323. Ibíd, pp. 53 y 51.

324. Ibíd, p. xv.

325. Ibíd, pp. 27 y 37-8.

326. Ibíd, pp. 38-9 y 43.

327. Lincoln (1994), p. 147.

328. Figes (2000), p. 448.

329. Ibíd, pp. 407, 507, 447 y 486.

330. Ibíd, p. 441.

331. Ibíd, p. 909.

332. Ibíd, p. 903.

333. Ibíd.

334. Ibíd, pp. 877-8.

335. Ibíd, p. 122.

336. Ibíd, pp. 814-5.

337. Werth (2007a), p. 26.

338. Ibíd, pp. 53-54.

339. En Flores (1990), p. 41.

340. Lenin (1955-70), vol. 31, p. 74.

341. Figes (2000), pp. 840 y 837.

342. Benjamin (2007), p. 44.

343. Cfr. Werth (2007a), pp. 61 y 510 nota 43.

344. Kautsky (1977), p. 121.

345. Ibíd, pp. 129-31.

346. Ibíd, p. 113.

347. Ibíd, pp. 119 y 122.

348. Ibíd, pp. 120-1.

349. Trotsky (1988), p. 848 (= Trotsky, 1968, p. 143).

350. Kautsky (1977), p. 129.

351. Ibíd.

352. Ibíd, p. 100.

353. En Flores (1990), pp. 41 y 53.

354. Ibíd, p. 32-3.

355. En Furet (1995), p. 127.

356.